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4 min
Pecados capitales.
Varios |
03.11.14
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Sinopsis

 

Me tomé la penúltima cerveza en el bar que hay junto al bingo, un antro con gente tan poco respetable como yo. El dueño cerró la persiana para que los últimos borrachos fumáramos sin ser molestados por los inspectores, que últimamente andaban jodiendo demasiado. Apuré el último sorbo y me largué agradeciendo a los parroquianos su compañía.

Arrastrando mi sombra por los adoquines encharcados del casco viejo, me protegí de la lluvia en un garito de moda. Mi presencia incomodó al camarero que servía gin tonics a los niñatos que se agolpaban junto a la barra. Cruzamos la mirada, yo con los párpados caídos, él con los ojos fuera de órbita.- ¡Jefe,una cerveza! le grité a un palmo de su rostro marcado por las cicatrices de un acné severo. Seguramente alguna de mis babas se coló en más de uno de sus antiestéticos hoyuelos. Ira, en aquel momento no me vino a la cabeza, pero ahora, más sereno y con demasiado tiempo para pensar, creo que fue el primer pecado capital que le descubrí. Olvidándome de su desagradable cara me giré hacia el chaval que tenía a mi derecha. Llevaba las manos ocupadas con sendos cubatas y se dirigía hacia la mesa en la que unas jóvenes clonadas soñaban con un polvo rápido.

Mientras esperaba que me sirviera la cerveza encendí con descaro un cigarro. El camarero estaba frente a mí y sin mediar palabra me aplastó el cigarro contra la cara. Mi poca estabilidad hizo el resto y caí a los pies de una chica que se apartó de un salto, vertiendo parte de su cubata sobre mi humillado y derrotado cuerpo. Me levanté apoyándome en el respaldo de una de las sillas y una vez encontrado el equilibrio, me abracé al camarero clavando el cañón de mi pistola en su vientre y susurrándole con un aliento de cuarenta grados una amable amenaza. –Tranquilo amigo, ocupate de los capullos de la barra y olvídame. Me voy a fumar el puto cigarro sin que rechistes o te vas a pasar el resto de la noche recogiendo tus sesos, que adornaré con medio limón y una cañita-. Su soberbia, segundo pecado capital que mostró, venció al temor que le podía provocar un borracho bocazas. Se negó a excusarse y con el desprecio del que se sabe superior, me apartó de un empujón. Mi pereza fue la que evitó que el altercado fuera a más. Ya llevábamos tres pecados capitales en apenas diez minutos, aunque él iba ganando, dos a uno. Estaba claro que no era mi noche, pero me dio igual, hacía demasiado tiempo que no tenía una buena noche. Miré a la chica que me había remojado con su bebida y le lancé un guiño torpe y un beso húmedo, de alcohol. Me lo devolvió y me envalentoné. Saqué la pistola y se la puse en la boca al camarero. -¡Pídeme perdón!,¡Pídeme perdón! le grité en la cara, mientras de fondo Bob Marley cantaba No woman no cry. A pesar de mi estado, no se me había pasado por la cabeza disparar, joder, que estaba suspendido de empleo por supuestos problemas con el alcohol y no me podía jugar el puesto alegremente. Un universitario con polo amarillo anudado y mocasines me intentó sujetar y al oponerle resistencia mi dedo índice accionó sin querer el gatillo.

Llovía cuando me esposaron. Las luces del coche patrulla iluminaban mi embriaguez. –En buen lío te has metido, ¿por qué la has cagado tanto?. Solo te faltaban dos semanas para ser readmitido, me dijo Francisco, de los pocos amigos que me quedaban en el cuerpo. En el coche de policía, camino del trullo, les dije entre risas a mis compañeros si podían regresar de nuevo al bar. Por el espejo vi como se miraban con cara de sorpresa. Me había olvidado de poner medio limón y una cañita, claro que el camarero tampoco iba a tener cuerpo para recoger sus sesos. 

Tras unos meses en la celda sentí envidia del camarero, yo también quería estar muerto. Joder, por lo menos había conseguido empatar, dos a dos.

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