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5 min
Pequeño mundo de oscuridad.
Drama |
26.06.18
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Sinopsis

“Nací con esta extraña habilidad. Sería capaz de acabar con el mal en el mundo, pero ¿Realmente es lo que quiero?”.

 

La alarma comenzó a sonar de manera desesperante. Aquella alarma con la canción favorita del niño que, a duras penas, estaba pasando a ser odiada. Las 6 de la mañana, los zapatos bajo la cama y el uniforme escolar en el suelo. Sitio desordenado por alguien con un caos en su cerebro. Así vivía él.

El día pasado se había recostado en su sillón por unas horas en la mañana antes de dormir. Siempre se tomaba su tiempo para procesar lo que era. “¿Seré un fenómeno?” “¿Habrán personas como yo?” Preguntas sin respuesta y unos ojos llorosos que reflejaban su dolor. Solo él sabía su secreto, y su única ayuda aquí era la conciencia misma. Ni su Madre, ni su hermano. Tampoco sus amigos.

El horario de entrada a clases era de 7:30 am. Tomaba un café anteriormente planeado, con la cafetera y el tarro de cafeína y azúcar a los lados. Antes de salir siempre metía su novela favorita en la mochila, lo único que lo despejaba del ambiente toxico del instituto. Coldy se levantaba una hora antes de lo habitual para entrenar en las afueras. Salía de su hogar y antes de salir por la puerta, siempre chocaba con las botellas de cervezas a un costado de esta.

 Una casa abandonada y detrás, un enorme patio con la entrada en forma de túnel, tapado de yerbas. Era su lugar. Allí nadie le molestaba. Era su encuentro espiritual con Padre. Por alguna extraña razón, se sentía como su verdadero hogar. Repleto de paz, pero aún incapaz de canalizar sus poderes.

­­­-No lo rompas, no lo rompas, no lo rompas… - su dedo índice se acercaba de a poco a una de las enormes rocas de allí, solo con la intención de rozarla. Entonces sucedía, y el material que parecía inquebrantable, se partía solo con la yema de su dedo.

-¡Mierda! – un vacío en su corazón yacía cada que no lograba hacerlo, y le dolía – ¡¿Por qué carajos no puedo hacerlo?! – se mordió el labio inferior con una fuerza capaz de arrancar metal con un simple mordisco, y cerró sus puños gravemente. Sus manos comenzaron a sangrar, también le dolía. Su propio poder era aquel capaz de provocarle algún daño (físico).

Volvió a su habitación a prepararse. El café y las galletas estaban ahí, necesitaba sacarlas para que no se humedecieran, pero le daba flojera, al igual que llevar su tasa a la cocina, al igual que ordenar su cama y levantar la montaña de ropa yacida en una esquina. El agua cayendo por su cuerpo lo tranquilizaba, aunque tenía su contraparte. Se adentró a bañarse, y al salir de la ducha siempre ocurría lo mismo. El espejo espeluznante, ese que “sin querer” se rompía sin razón alguna. Ese que le hacía ver lo que odiaba,  ese que lo hacía verse. Y se miraba, y sus puños volvían a apretarse. Aun más cuando se quitaba la toalla, aún más cuando se quedaba fijo viéndose por unos cuantos minutos, encontrándose como el día anterior, y los días anteriores a ese, un nuevo defecto. O era su negro cabello, o eran sus orejas, o era su nariz, o eran sus labios. Quizás era su torso, o su espalda. También podrían ser sus piernas o sus pies. O ese pequeño lunar situado en su frente, o la misma frente, o la misma piel de un color durazno. Nada le quedaba como quería, nada era como él quería.

Así comenzaban sus días, cada mañana con más marcas en las palmas de sus manos, cada mañana con mas marcas en su corazón. Llevaba guantes para ocultar las cicatrices, era algo incapaz de verse con ellos. Pero el corazón no podía taparse, todo demostraba que estaba agrietado. Ni con el disfraz más increíble del mundo, ni tapándose la cara con una bolsa podía ocultarlo.

El reloj marcó las 7:20am. Cabizbajo, bajó las escaleras, mientras arrastraba la mochila por los viejos y polvorientos escalones de madera. No tenía prisa en ir, nadie le apuraba, el instituto era una obligación que poco le importaba. Por más que no deseaba esta vida contemporánea, lo necesitaba para ser alguien mejor (a futuro). Frente a la puerta, volvió a ver las botellas de cerveza, había una que contenía un poco de alcohol y otra que ya contenía telarañas dentro y fuera del embase. Revoloteó los ojos.

-Cansado de todo – suspiró de manera extravagante, sosteniendo su nuca como si de un dolor se tratara.

Cruzó el umbral, enfurecido como todas las mañanas. Se puso sus guantes negros de lana, llevó la mochila al hombro izquierdo y priorizó su mirada al cielo. Es ahí cuando todo estaba a punto de ser descargado, esa ira destructiva que llevaba dentro. El suelo empezó a temblar, los granos de tierra y piezas de cemento partidas se levantaban paulatinamente. Debajo de la puerta podían verse los destellos de luz de aquella lámpara que titilaba. No había nadie fuera, solo las corrientes de viento que pasaban y hacían de esa escena algo dramática, por más terrorífica que fuera.  Abrió sus dedos, uno por uno hasta abrir toda su mano derecha, y en cuanto volvió a cerrarla, todas las botellas cristalizadas se quebrantaron, en millones de pedazos. Esas cervezas que le traían, quizás un recuerdo erróneo y doloroso, en unos segundos ya habían desaparecido. Ya no estaban, dejaron de ser parte de un  suceso afectivo. Pasaron a ser parte de la nada misma. Era lo que quería.

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