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5 min
Perdone, ¿está ocupado?
Reales |
02.07.13
  • 5
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Sinopsis

Se aproxima y da dos toquecitos.

-Perdone, ¿está ocupado?

-Oh, eh. No. Claro que no. Al menos eso creo –responde el hombre, sobresaltado al oír aquella voz femenina.

-Perfecto –dice la mujer, sonriente, mientras se acomoda en el asiento.

Transcurren un par de minutos de silencio sepulcral, hasta que ella, y no él, se atreve y rompe el hielo.

-Y bueno… ¿lleva mucho aquí? ¿Hay mucha gente?

-¿Aquí?

-Sí, ya sabe, aquí.

-Pero… aquí… ¿en la ciudad? O...

-No, no. En la sala hombre –se medio ríe.

-Ah claro –ríe él también- Bueno… un ratito, aunque tampoco se aprecia gran alboroto.

-Ajám.

Vuelve a haber silencio, aunque esta vez no dura demasiado pues él…

-Espero al chico que mira la espalda, me duele un poco… y eso que soy joven ya ve. Pero no sé. Creo que me di un golpe el otro día… ya sabe…

-¿Ya veo? Ah… si, por supuesto, si. ¿Y eso? ¿Es usted muy patoso? –ríe- Oh, perdone, soy una grosera.

Él ríe también, aunque algo extrañado –No, no, mujer. En parte es verdad, aunque claro, son cosas que pasan –hace un gesto con las manos señalándose a la cara. Después sonríe.

-Sí, a mi me pasa igual… pero bueno, ¡tengo excusa al menos! –ella sonríe también.

-¿Excusa? ¿Y bueno, usted se encuentra bien?

-Sí, simplemente vengo a una revisión. Pura rutina… y eso.

Él se carcajea –¡Si lo sabré yo!

Tras una pausa, él, apurado, vuelve a hablar, como cuando intentas avivar la chispa de una hoguera para que no se apague.

-¿Tiene con Masbath?

-¿Perdone?

-El doctor Masbath.  Jony Masbath, ¿tiene cita con él?

-Ah, no, no. A mí me mira la señorita Roth.

-¿Mariett?

-No, Cecilia.

-Ah, ¡Cecilia!, sí… creo que… sí. Me suena.

-Es encantadora. No me puedo quejar –ella sonríe.

-Sí, creo haber oído hablar bien de esa muchacha –miente él, con una sonrisa medio dibujada.

Otra pausa, aunque breve. Habla ella.

-¿Y qué tal es ese tal Masbath?

-¿Masbath?

-Sí, tengo un amigo que también sufre de dolor de espalda y...

-Ah, no, no. Él no mira la espalda, es de medicina general, pero bueno, está bien.

-¿Está bien?

-Sí, me refiero que, es majo y todo eso.

-Ya veo…

-A mi me mira la espalda Richar Alpert. A veces me da masajes, aunque casi siempre me recomienda antiinflamatorios. Tampoco le puedo decir mucho más de él.

-Ya, ya… Pues bien.

Ella habla.

-Oiga perdóneme que le esté dando tanto la tabarra. A menudo comienzo a hablar y a hablar y ni me doy cuenta.

-Oh, ¡para nada! ¡Por Dios! Es un placer.

Ella sonríe –Me llamo Igrit.

Él sonríe también –Encantado, Igrit. Yo soy Eddy.

-Es un placer.

-¿Es de por aquí? –cierto grado de confianza ha germinado en él.

-No, soy del sur, tan solo vengo a la consulta y de paso, visito a mi tía, aunque no vea qué jaleo para aparcar por el centro.

-¡Lo sabía! Tiene usted una voz bonita. Allí en el sur, las mujeres sois muy bonitas.

Ella ríe.

-Gracias, supongo –ella sonríe- lástima que yo no pueda decir lo mismo –ríe-

-¿Disculpe? –pregunta él sorprendido.

-Sí, bueno, ya sabe… por lo de ver y tal.

-Ah, ¿tiene problemas de vista?

-¿Pero usted no me ve?

-Pues…

-¿Cree que llevo este bastón y estas gafas de sol porque trabajo en algún teatro? –ella ríe-

-Oh, es ciega. Disculpe… disculpe… es que yo…

-Tranquilo, aunque también me sorprende que no se haya fijado antes.

-Ya, bueno…

El silencio vuelve a reinar, como al principio. Ella habla llena de rabia.

-Y bueno, supongo que ahora que sabe que soy ciega no le resulto tan… ¿atractiva?

-¿Eh? No, no. Es que me he quedado muy cortado. Ya lo siento.

-Nada, es igual.

-Como yo también soy ciego… en fin, en parte me he sentido fatal.

-¿Ciego? ¿Usted también?

-Sí, claro. Soy ciego. ¿No me...

Ella ríe –no me vacile, anda.

 -Ay Dios. Se lo juro, ¿eh?

-Antes ha dicho que las mujeres del sur somos bonitas.

-Claro.

-¿Si es ciego como es que sabe eso?

-Bueno, es fácil… el sol tuesta su piel.

-¿En serio? Qué genio.

-Oh vamos, ¡quizá la que me esté tomando el pelo sea usted a mí!

-Pero qué dice, hombre.

-La recuerdo que antes me ha dicho que en el centro hay mucho jaleo para aparcar. ¿Cómo es que conduce si es ciega?

-¡No conduzco yo! Me trae mi tío.

-Ah, sí, claro. Es ágil con la mente usted. Ya veo ya…

-¿Perdone?

-No, nada, nada.

-Aunque bueno, también con la coherencia que tiene usted para vestir, ¡no me extraña que sea ciego! ¡Y uno de los gordos además!

-¿Por qué narices dice eso?

-Pues nada… que llevar una chaqueta de cuero en puro verano es un poco… no sé. Extraño al menos.

-¡Ajá! ¿Lo ve? ¡La pillé! Usted no es ciega, ¡miente!

-¡Qué va!

-¡Sí!, se ha delatado señorita. Si fuese ciega no sabría que llevo una chaqueta de cuero.

-¡Pero si se oye como rechina cada vez que se mueve!

-Ya claro, claro. Lo que yo digo: agilidad mental.

-¿Agilidad mental? Sí, usted si debe tener eso, ¡pero al revés!

-Anda sin vergüenza, fuera de mi banco, váyase con su coche a aprender modales por ahí.

-¡Pero como que su banco!

-Yo llegué primero.

-¡Y luego me habla usted a mí de modales! ¿No tiene usted tanta educación y tanto conocimiento? Que si las pieles tostadas del sur que si no se qué.

-Sí, pero usted más que la piel, ¡lo que debe tener tostado es el cerebro!

-¡Pero bueno! –Se pone en pie de golpe- ¡anda y que le zurzan!

Ella coge su bastón y comienza a dar toquecitos al frente. Va tanteando asientos y al cabo de unas cuantas vueltas parece encontrar uno.

-Perdone, ¿está ocupado?

-Oh, eh. No. Claro que no. Al menos eso creo –responde el hombre, sobresaltado al oír aquella voz femenina.

-Perfecto –dice la mujer, sonriente, mientras se acomoda en el asiento.

 

 

RyuKunn

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