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14 min
Pérez
Humor |
17.11.16
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Sinopsis

Un inspector del padrón es asesinado.

Me llamo Pérez.  Creo que me sigo llamando Pérez, al menos no he escuchado a nadie rebautizarme tras convertirme en un espectro. ¡Vamos, en un jodido fantasma!

Me presento, siempre he considerado que es de buena educación presentarse primero, después ya vendrá el tema; además, ahora que he aprendido a manejar el ordenador con la voluntad, me hace mucha ilusión poder presentarme.

El caso es que, desde hace tres años, soy el fantasma de una finca de Barcelona, una finca de vecinos, con Principal y cuatro plantas más, en total veinte viviendas. Y es una mierda. ¡Pero una mierda! Es una de esas fincas antiguas, angostas y mal cuidadas, sin ascensor, pero iluminadas con potentes luces (por lo de la peligrosidad del barrio); nada que ver con esos castillos escoceses, vacios, amplios y lóbregos en los que los fantasmas, según conocemos, son amos y señores. Yo, la verdad, de fantasmas no tengo ni puñetera idea, lo que intuyo de mi estado y nada más, que no se parece en nada a lo que, en vida, me habían contado.

Yo, en vida, era funcionario del ayuntamiento (inspector del padrón para concretar), y me asignaron la inspección del 1º-2ª de esta finca, porque se presumía que en la vivienda habitaban algunas personas más de las diez que por ley podían estar censadas. Una tarea de rutina, el día a día de un inspector. ¡Y mira tú, que van y me asesinan!  Subí a la vivienda  y me abrió un hombre, un emigrante de India, sonriente, con esos dientes tan blancos que dan envidia. Pude comprobar que en la vivienda solo había siete camas y, por experiencia, conté las posesiones de diez personas. Se trataba de una familia de cuatro miembros y seis emigrantes más en régimen de cama caliente. Ah, y trece vasos para fregar con trece cucharas sucias. Me despedí educadamente y, por instinto, subí al ático, al cuarto de contadores. Hay cosas que cuando se descubren ya es tarde, como eso de que hay que ser un buen profesional, pero sin pasarse. Intuía que estarían allí escondidos y acerté; abrí la puerta del cuarto y no me dio tiempo ni a pedirles los documentos, ya me habían degollado. Y encima me he quedado sin saber por qué.

Bajé volando por las escaleras y cuando me di cuenta de que el cuerpo no venía conmigo me paré en seco, desconcertado. Solo se me ocurrió volver arriba, pero entre el tiempo que perdí buscándome los pies y un ascenso temeroso, al llegar al ático, ni los tipos ni mi cuerpo estaban allí. La puerta de la azotea estaba abierta, fui directo hacia ella y, a pesar de estar bien abierta, no pude salir. Yo, que siempre he sido un poco lento, aún tardé una semana en comprender que estaba encerrado en el edificio, y un mes en caer en la cuenta de que, si mis asesinos no se hubieran llevado mi cuerpo, yo lo habría vuelto a ocupar y me habría muerto del todo, todo, que es lo normal. Pero, además de matarme, aquellos tipos me hicieron una putada enorme. O te mueres o no, pero quedarte en medio como estoy yo no es de justicia, y menos en un edificio como este, que tiene lo suyo. Al darme cuenta de que no podía salir del edificio me apoyé, incrédulo, en la puerta del cuarto-segunda. ¡Hostia! ¡El susto que me di al atravesarla! Estaba en un oscuro recibidor con un espejo enorme, pero no veía mi reflejo, solo se veía una especie de resplandor informe de no más de un palmo por un palmo; entonces no caí en que era yo. Reculé y empujé la puerta con todas mis fuerzas, que no eran tales porque yo no tenía cuerpo, y volví a aparecer en el rellano de la escalera.

— ¡Pérez! —Me estaban llamando y bajé, esperanzado, hasta el 1º-1ª— ¡Wilson Pérez, me debe dos semanas de renta. Page ya, o se queda sin litera, señor….

Fueron unos meses malos. De puerta en puerta, conociendo a los vecinos y conociendo mis circunstancias. Los veía comer y sentía apetito, cuando dormían yo tenía sueño, cuando follaban me ponía como una moto; pero nada de eso era real, eran reflejos de mi carnalidad, así que acababa en algún rellano pasando las horas y asumiendo mi nueva condición: fantasma. Que si lo piensas bien es muy fuerte. ¡Soy un fantasma! ¿Para qué sirve?, para nada. Pero como tienes mucho tiempo libre, llega un momento en el que dices ¡Coño, pues mola! Voy a asustar a la gente. No sé, te creas un oficio, una profesión relacionada con tu estado,  y, para fantasma, lo que más da es asustar a la gente. La cuestión es no estar inactivo, que eso deprime mucho. Me puse a ello. Había descubierto que podía manifestar mi presencia con ruidos y con la iluminación de mi alma en pena. No sé por qué me vino a la mente que si asustaba a alguien hasta su muerte, su alma me sustituiría y yo, por fin, moriría para siempre; malas películas mal digeridas, hay un tipo de cine que ha hecho mucho daño, en especial a los que no hemos leído mucho.

Pasé más de un año asustando a diestro y siniestro sin resultado. Eso te jode mucho porque no lo entiendes; tú eres un fantasma y has de dar miedo. Y claro, te planteas por qué no acojonas. Vuelves a pensar en los de siempre, en los escoceses de los castillos; esos espectros de hombres y mujeres entre medievales y decimonónicos, apareciendo en escalinatas seculares, entre retratos de estirpes longevas y , entonces, te das cuenta de que tú no eres más que una mierda de reflejo que solo se ve a oscuras; en un edificio con iluminación diurna las veinticuatro horas, en las escaleras y los rellanos no te ve ni Dios, y en las viviendas, de noche, te confunden con cualquier reflejo de la calle, y cualquier móvil da más luz que tú. En el 3º-2ª, al ver todos los pilotos de colores que había en el salón, salí huyendo: televisor, ordenadores, cargadores de uno y otro tipo, y más cosas que no sé. Me vino a la mente una base extraterrestre y varias películas, no me cagué encima dada mi condición inexistencial.

Con el tiempo fui conociendo mi poder para generar ruidos y quise aplicarme en esa práctica. Creía estar obligado a  asustar a la gente  hasta su muerte para poder liberarme. Generaba unos ruidos espantosos, como gritos de agonía, derrumbe de paredes y arrastre de hierros. Empecé por probar en las escaleras, tanto de día como de noche… ¡Hostia! ¿Qué puta manía le ha dado a todo Dios por los auriculares? Con el esfuerzo mental que tenía yo que hacer. Decidí asustar piso por piso. No sirvió de nada, si no era el camión de la basura, era una pelea a gritos o una televisión a todo meter; eso si no tenían una fiesta caribeña. Me deprimí, quería morirme, vaya chorrada en mis circunstancias. Vivimos en una época chunga para los fantasmas. Para los fantasmas muertos, se entiende.

Sin darme cuenta aquellas gentes pasaron a formar parte de mi familia, lo sabía todo sobre ellos; hasta lo que ellos no sabían. La mayor parte de las viviendas pertenecían a inmigrantes, salvo dos parejas jóvenes y una mujer mayor, podías dar la vuelta al mundo. Tuve que reprimir mi orgullo profesional de inspector del padrón; viendo todas las infracciones administrativas graves que se sucedían me entraban sensaciones semejantes a náuseas  y mi yo lumínico mermaba. Con el tiempo todos los rastros de apetitos humanos se difuminaron, salvo uno. Sí, ese en el que estás pensando, es que son gente muy promiscua y se pasan la vida follando. Yo me quedaba ahí, mirando, sintiendo sin sentir, pero con unas ganas… Hacía la ruta: del 4º-2ª al 4º-1ª, y al 3º-4ª y bajando, dos, uno, cero, y ya me quedaba en la portería a pasar las horas repasando unas técnicas que, de vivo, jamás se me habían ocurrido y otras que nunca volvería a practicar.

Hasta que un día se vacío el 2ª-1ª, y al día siguiente, junto a un montón de cajas y enseres, aparecieron Marina y Cristóbal Colón. Marina es una chica de veintitrés años que no acabo de ver claro en qué trabaja, pero trabaja. Cristóbal Colón  es su jodido perro, un mini pincher que parece funcionar con un petardo en el culo; y sí, los perros ven a los fantasmas. ¡Me metió un susto, el cabrito! ¡Qué susto me metió! Eso sí, he de reconocer que gracias a Cristóbal Colón estoy escribiendo este post, no le voy a quitar el mérito. La verdad es que no pude resistirme a espiar a la nueva vecina, tenía un cuerpo… Dejé que el sol cayera, atravesé su puerta y mira tú lo que son las cosas, oí el ruido del agua chocando contra la cortina de la ducha. Me puse a cien y, como un Norman Bates de ultratumba, avancé por el pequeño piso. El gruñido de Cristóbal Colón y su mirada acabaron con mis apetencias; me miraba a mí, fijamente, yo lo notaba, era el primer ser vivo que me miraba desde hacía dos años, y sus intenciones no eran las mejores. Hice lo que haría cualquier hijo de vecino, salir huyendo, bueno…ahora no lo tengo tan claro, no sé si cualquier hijo de vecino huiría de un perro canijo que no tiene dos hostias, pero yo huí. La educación y el ambiente marca mucho, sin ir más lejos, desde mi defunción y tránsito a este estado espectral, he estado atravesando puertas  día tras día; sin duda se debe a mi ambiente y a mi educación; me enseñaron que de una habitación a otra se pasa por las puertas. No se me había ocurrido que las paredes también se podían atravesar hasta que Cristóbal Colón se me tiró encima y yo reculé, esquivando el ataque; que ya me dirás que tiene que esquivar un fantasma. Atravesé el tabique del saloncito y la pared maestra que daba al rellano. Gracias al perro esa pared maestra cambió mi vida…vida no…bueno…lo que sea que soy. La descarga eléctrica fue tremenda, empotrados en la pared maestra y justo por el mismo lugar en el que la atravesé, pasaban unos cables de la luz con muy mala leche. Noté una sacudida enorme durante un instante y al salir por el otro lado de la pared me estaba preguntando si lo que había notado era real o no. En contacto con la electricidad sentí el tacto, sí, el tacto que tenía en vida, aprecié perfectamente las texturas del ladrillo, el yeso, el cemento y el plástico de los cables, como si los estuviera tocando con las terminaciones nerviosas de mis antiguos dedos y de mi desaparecida piel. Al cabo de cinco minutos, por supuesto, repetí; el zurriagazo era de aúpa, pero sentir que tocabas materia lo compensaba con creces, me pasé toda la tarde atravesando la pared de un lado a otro; Marina acabó cogiendo a Cristóbal Colón y se lo llevó a pasear, se desesperó de  ver al mierdaperro toda la tarde gruñendo con el  hocico pegado a una pared.

Pasé varios días atravesando paredes, hasta que me di cuenta de que las descargas eléctricas de 220 V no daban más de sí y, además, parecía que había hecho un máster en materiales de construcción. Volví a los rellanos y a la meditación. Empezaba a comprender que jamás saldría de la situación, que vería pasar legiones de familias durante décadas hasta que el edificio se derrumbara. Todos se irían y yo continuaría, entre las ruinas y bajo los árboles que crecerían bajo las ruinas, y bajo la arena que cubriría los árboles, viendo como las altas presiones convertían en petróleo toda la materia orgánica que yo había conocido. Y yo seguiría allí para siempre. Está claro que ese futuro es desalentador, lo que llamamos una mierda de futuro, así que me planté  y tomé la decisión de pensar exclusivamente en el momento, en el día a día. Me moví ligeramente en el rellano, con intención de deambular, y escuché un grito de pánico, me asusté y ascendí hasta la azotea. «Un fantasma. He visto un fantasma», la voz aterrorizada de la madre del 2º-2ª, que volvía de cuidar a una anciana pudiente, hizo salir a casi todos los vecinos. ¡Joder!, la tía me había visto, era la primera vez que alguien, salvo Cristóbal Colón, me veía. ¡Me dio un subidón…! Al parecer cuando me concentro mucho, pensando, mi luminiscencia crece de golpe, como un fogonazo, y la señora me pilló en ese punto.

Cuando el edificio se calmó volví a bajar al rellano del segundo, con la vana ilusión de colarme en el piso de Marina.  La mujer del susto había dejado su móvil tirado en el suelo y, sin pensar, lo abracé con mi éter intentado cogerlo; fue el paso definitivo. Pude notar el tacto del Smartphone, notaba sus texturas y su temperatura, por dentro y por fuera, abrazado al cachivache lo levanté del suelo notando una sensación parecida a la de asirlo con la mano. Aunque no estoy seguro, me parece que el bajo voltaje de ciertos aparatos como ordenadores, tablets, móviles y cacharros a pilas, es lo que me dotan de la capacidad de tocar y manipular.

Ahora está el vecindario revolucionado, hay varias mujeres presas del pánico, tras despertarse por las noches notando como sus Smartphone, totalmente autónomos, les metían mano descaradamente. También han llegado varios estudiosos, psiquiatras para ser exactos, especialistas en histerias colectivas. Pero las sensaciones son tan parecidas a un orgasmo que no puedo reprimirme; en especial si tenemos en cuenta que Marina me está vedada, he intentado cientos de veces que Cristóbal Colón metiera la lengua en algún enchufe, incluso probé con un casquillo de bombilla, pero en vano. ¡Es listo el cabrón! Y ahora que tengo tacto no puedo tocarle, soy alérgico al pelo de perro, siempre lo he sido, y si lo rozo me debilito. Creo que estoy enamorado de Marina, perdidamente, y por eso he abierto esta cuenta en facebook. Por mi profesión tengo muy arraigado el asunto de la protección de datos, así que me veo incapaz de dar la dirección exacta de este edificio en un portal abierto como este. Si alguien quiere ayudarme habrá de encontrarla por su cuenta. Yo tan solo necesito que una mano amiga asesine a Marina de una manera rápida, sin que se dé cuenta, y que retire el cuerpo enseguida, sacándolo fuera del edificio. A ver si por casualidad el espectro de Marina se queda encerrado conmigo.

 

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