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22 min
PERFECTA
Drama |
14.06.15
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Sinopsis

Un cuerpo destrozado junto a la puerta permanecía como un objeto con ojos fijos en la ventana donde la luna, quieta y dominante, iluminaba la noche de un viernes cualquiera mientras el mundo seguía girando y construyendo historias propias de cada ser humano, ingenuos y misericordiosos de su propia existencia sin importarles quienes a su lado pasaban pidiendo una oportunidad de ser considerados. Esta es la historia del odio a si mismo.

PERFECTA

Un cuerpo destrozado junto a la puerta permanecía como un objeto con ojos fijos en la ventana donde la luna, quieta y dominante, iluminaba la noche de un viernes cualquiera mientras el mundo seguía girando y construyendo historias propias de cada ser humano, ingenuos y misericordiosos de su propia existencia sin importarles quienes a su lado pasaban pidiendo una oportunidad de ser considerados.

Era pleno otoño, con ese frio que comenzaba a invadir las mañanas y las noches de forma irónica después de tardes de calor intenso. Había caminado con mi abrigo gris desde la parada de autobuses a mi casa a eso de las 9 de la noche, con mis manos frías y mi cabeza algo adolorida por el estrés del día. No había nadie en las calles, algunas chimeneas habían sido encendidas para capear el frio repentino de la noche mientras los perros vagos buscaban su refugio debajo de algunas pasarelas del metro entre cartones viejos que les ayudarían a mantener su calor.

Detuve mis pasos cuando una figura familiar se acercó. No sé por qué razón detuve mis pasos esa noche frente a ella, quizás porque me sonrió como si nada le preocupara o como si quisiera entablar una conversación amistosa, pero yo no sonreí ni respondí a su expresión gentil, solo la dejé pasar frente a mis ojos haciendo caso omiso a cualquier palabra que lanzara a su paso. No me interesaba tener que hablar con alguien como ella, con esa figura perfecta, con su cabello lacio y sedoso y sus ojos de un color verde llamativo que al menos la luna, aquella noche no podía iluminar.

¿Sentir envidia de alguien así? Pues claro que sentía envidia, ella era perfecta ante mis ojos, era la mujer perfecta que muchas queríamos ser. Su nombre, su vida, el trasfondo de su dulce sonrisa lo conocía, tenía madre y padre, ambos preocupados de la familia, tenía hermanos con los que se llevaba perfectamente, se notaba cuando los veía salir juntos por las tardes. Tenía un trabajo bien remunerado en una compañía de telecomunicaciones y de paso una pareja estable que le enviaba flores cada fecha importante. La perfección hecha mujer, su vida al parecer un ejemplo que conocía sin que ella supiera siquiera cual era mi nombre.

Continué caminando como si nada sucediera, de vez en cuando viendo de reojo las sombras que a mis espaldas se creaban por los focos de los postes de luz del camino, pero después de un par de pasos nada más que un perro hambriento me seguía.

— ¿Tienes hambre, pequeño?—le pregunté volteando hacia él y ofreciéndole un pedazo de pan que había quedado sin tocar dentro del bolso que llevaba a mis espaldas.

 

            Esperé con paciencia que dejara la desconfianza por alguien extraño, pero solo se quedó inmóvil mirándome fijamente como si fuese una clase de monstruo indeseado de quien no era necesario obtener una limosna.

            Enfadada lancé aquel pedazo de pan a la calle y maldije por no ser capaz de que un animal confiara en mis intenciones, pero claro que no iba a confiar en alguien como yo, ni siquiera un ser humano fue capaz de confiar en mí en el pasado, siempre distante todos, como si fuese la peste andante. Recordé entonces aquel sujeto, ese que ame locamente y que de un día a otro dio un paso hacia el lado y me dejo avanzar sin él. ¡Maldito! Seguramente iba a desear alguien mejor, no era lo suficientemente buena para él, ni siquiera era lo suficientemente buena para mis padres, ¿por qué lo sería para los demás?

De pronto apareció de nuevo a mis espaldas la figura perfecta de la mujer perfecta de un mundo perfecto que yo detestaba, tomando el pedazo de pan sucio que arrojé a la calle entre sus manos y ofreciéndolo una vez más a aquel miserable animal que, como si fuese una clase de desprecio intencional hacía mi, se acercó a ella sin temer y comió de su mano como una mascota mansa y cariñosa, mientras su nueva amiga me miraba fijamente esbozando una sonrisa.

—Es algo tímido…—dijo tan dulcemente que me hizo retroceder queriendo continuar mi camino sin siquiera molestarme en voltear para ver su horrible figura.

            Tímido, claro, tímido con las personas que no son de su agrado y en cambio con personas como ella se vuelven completamente unos sumisos malcriados. Suspiré celosa, con las manos empuñadas ocultas dentro de mi abrigo. Qué persona más detestable fui ante dos seres que nada tenía que ver conmigo, pero fue así, no puedo cambiar los sentimientos que me invadieron solo para retratar en palabras una imagen falsa de mi misma para cautivar a un lector. Yo fui y soy la persona más detestable del mundo y lo reconoceré hasta el final, sin mentiras, sin caretas.

            Lancé mi bolso al suelo de mi cuarto en cuanto pude abandonar el mundo mágico bajo la noche que ella creó con un vago animal y me quité la ropa para sumergirme en agua tibia y jabonosa de un frio baño pintado de blanco para dejar en ella toda la tensión acumulada. Cerré los ojos y sonreí al escuchar una suave melodía a lo lejos, como una especie de seductora nota que a segundos parecía desaparecer y luego se intensificaba y avanzaba hasta mí de manera inquietante. Abrí los ojos cuando la puerta del cuarto de baño de abrió de golpe, como si una ráfaga de viento hubiese golpeado con violencia la puerta de madera azotándola contra la pared y dejando caer de ella algunos cuadros de porcelana que mi madre mantenía como adornos desde que tenía memoria.

 Intenté levantarme pero no pude, mis manos y mi cuerpo estaban resbalosos por el jabón, la toalla estaba en el suelo esperando que alguien la tomara en cuenta mientras la luz del techo comenzaba a parpadear. Solo sonreí cuando me di cuenta de que ni siquiera era capaz de hacer algo tan básico de manera elegante. Desnuda tuve que salir de la tina de baño dejando pozas de agua a mis pies. Tomé la toalla, me envolví en ella y miré mi reflejo en el espejo que empañado ocultaba mi verdadero odio. Yo, la mujer que envidiaba la perfección no era más que una vasija dañada donde no había terminaciones delicadas y hermosas que admirar. Desnuda, odiándome, odiando a todos di media vuelta y escapé de mi reflejo antes de que el sentimiento que invadió mi corazón de manera dolorosa y angustiante, terminara por apoderarse de mi maldito ánimo esa noche ya destruido.

            Busqué a mi madre luego de vestirme, era una mujer sencilla y silenciosa, solo que esta vez al parecer era más silenciosa que antes, sentada en su silla mirando la televisión y con sus bordados en tela sobre el regazo. Sus ojos estaban cerrados, parecía dormida  y no quise interrumpirle ¿para qué si solo iba a hacerme las mismas preguntas de siempre? ¿vas a comer? ¿Mañana tienes que levantarte temprano?  Las mismas respuestas se repetirían una y otra vez. Era así desde que mi padre falleció en extrañas circunstancias, un suicidio, tal vez, por la manera tan limpia de clavar un cuchillo en su abdomen que terminó por destrozar sus órganos causando una hemorragia interna que le arrebató la vida. Nunca hubo pruebas de la intervención de terceros, pero como su única hija, encontrar su cuerpo por la noche fue un trauma que cualquier persona podría de haber necesitado un psicólogo, pero no yo, me negué a que esos sentimientos de dolor me manipularan como una marioneta, al menos frente a los demás para impedir terminar como la  caja vacía que era mi madre con sus medicamentos.

Suspiré dos veces mirando fijamente la figura quieta de ella y tomé mi abrigo gris que permanecía reposando en uno de los sofás de la sala para regresar a la calle y tomar ese aire fresco de la noche para despejar mis emociones.

Era la noche más oscura de todas, con una luna oculta en quien sabe qué lugar del infinito cielo que cubrió mis pasos a través de la calle. Sentía el corazón oprimido, estaba angustiada, necesitaba poder liberar toda la desesperación que estaba destruyéndome por dentro, necesitaba hacerlo, ahora o nunca.

Eran tantas cosas que pasaban por mi cabeza, situaciones que odiaba, que no podía aceptar ni olvidar. Gente destructiva aplastando a los demás para buscar un lugar mejor donde poner su trasero y ganar dinero, otros viviendo su miseria, algunos suprimiendo sus necesidades para parecer hombres tranquilos. Padres que se suicidan, madres que se convierten en muñecos sin voluntad, familias separadas y ningún ser sobre la tierra capaz de ponerse en tu lugar o echarte una mano para aliviar el peso de toda la basura que llevas sobre los hombros. ¿Habría tenido ella que lidiar con esto? Fue lo que me pregunté cuando divise a la mujer perfecta a lo lejos una vez más, como si nuestros caminos estuviesen destinados a cruzarse esa noche, la noche en que mi ira creció cuando de pronto sonrió como si fuese la mujer más feliz del mundo ante la fría vida que yo llevaba como martirio.

—Hola…—me saludó sin borrar esa sonrisa de su rostro—ya nos habíamos encontrado hace poco…—dijo intentando ser amable, como la perfecta persona sociable que yo no era— ¿vives por aquí?

—Aja…—fue lo único que respondí mientras ella seguía sonriendo.

—Me llamo Mónica—se presentó mirándome fijamente mientras estaba intentando descifrar el por qué de mi expresión confusa— ¿Cómo te llamas?

            No respondí a su pregunta, me quedé en silencio observando su sonrisa que parecía querer servir como arma secreta para engatusar a las personas y yo no era de las fáciles que se dejan llevar por una sonrisa burda como esa, por eso solo le miré con algo de orgullo sintiendo cómo nosotras, una frente a la otra, éramos polos opuestos en vidas que una no merecía. Me pregunté una y otra vez en solo un par de segundos por qué seguía manteniendo ella esa sonrisa estúpida en su rostro.

El odio hacia ti misma y la envidia hacia los demás son las armas letales para acabar con cualquier ser humano, no soportar una sonrisa fácilmente creada por labios que quizás ni siquiera estaban hechos para mentir y una mirada fija que quizás ni siquiera intentaban analizarte. Quizás nada de lo que pasó por mi cabeza sucedía en realidad, pero fue automático el despertar de los deseos de poder liberar la desesperación que aquella noche comenzó a crecer.

—tú eres buena con los animales, ¿verdad? —pregunté de pronto sin saber  si lo que estaba haciendo era lo correcto, pero mi mente se había apagado, o al menos mi conciencia, la parte de mi cerebro donde la cordura mandaba.

—sí, algo…

—tengo un pequeño cachorro en mi cuarto que está herido, ¿quieres ayudarme?

            Hay un momento donde tu conciencia se separa de ti y deja a  los deseos ciegos haciendo de las suyas, nada puedes hacer respecto a ello, menos cuando sientes que necesitas hacer algo que no estaba dentro de tus planes pero que sin embargo sabes que traerá la calma que necesitas, la que puede hacerte por fin respirar con normalidad, sin esa angustia y ansiedad asfixiante. Lo que no sabía era que existía gente tan tonta en el mundo, bueno, si lo sabía, pero no a este nivel donde un desconocido te inventa una historia que hace que muerdas el anzuelo y caigas por completo en una red de la que no vas a poder escapar.

— ¿Dónde lo tienes? —me preguntó cuando le invite a pasar a la casa, en donde permanecía aun sentada frente a un televisor mi madre con sus bordados en tela en el regazo, con los ojos cerrados y los labios pintados de un color oscuro que le hacía parecer enferma, pero no me importaba, su depresión no era mi depresión.

—en mi cuarto…

            Me siguió como una tonta. ¡Fue tan fácil llevarla hasta allí! Que aun ahora no puedo creer que lo hiciera. ¿Habría sabido lo que yo intentaba y solo quería probarme?

— ¿tu mamá está enferma? —me preguntó antes de abrir la puerta del cuarto silencioso que nos esperaba.

—está con depresión, mi padre se suicidó hace unos meses.

            Me miró algo confundida, quizás por el tono de mi voz que sonaba serio y relajado, como si hablar de la tragedia familiar fuese una historia de fantasía que no sentía propia.

— ¿y tienes hermanos?

—ninguno…—respondí esperando quizás que dijese algo que diera vuelta la idea que en mi cabeza se estaba tejiendo poderosamente.

—Me imagino que debe ser horrible lo que estas pasando—dijo sonriendo como si fuese una broma. ¡Maldita! ¿Estaba diciéndolo de verdad? Porque a mis ojos su sonrisa era tan falsa como nuestro reflejo en el espejo que estaba a nuestras espaldas.

— ¿alguna vez has pasado por algo así? —le pregunté decidida esperando que la manera de hablar que había empleado no era más que una equivocación creada por mi mente confundida y cansada, pero no.

—no…—contestó de la misma manera.

— ¿entonces como vas a saber? ¿Eres idiota? —alcé la voz perdiendo los estribos lo que le hizo retroceder asustada, y eso me gustaba.

—No fue lo que quise decir…—intentó disculparse.

—todos dicen tantas cosas estúpidas, ¿Qué van a saber los demás de sobrellevar el suicidio de un padre y luego la depresión de una madre como esa? ¿Crees que puedes imaginarlo siquiera un poco? —dije sin pensar en ninguna de las palabras que salieron de mi boca, fue como si ella activara el botón de desesperación.

—Creo que me iré a casa…—dijo queriendo salir del cuarto, pero entonces la detuve sosteniéndola del brazo con fuerza y jalándola hacia la pared en donde el espejo cayó al suelo quebrándose en mil pedazos a nuestros pies— ¡suéltame!

Solo una carnada para poder liberar la rabia que contenían mis manos que inmediatamente rodearon su cuello con fuerza mientras mi corazón comenzaba a liberar dolorosamente su tensión y su angustia.

—Suéltame…—logró decir una vez más intentando sacar mis manos de su cuello, pero no iba a poder hacerlo.

 Forcejeamos unos segundos, su fuerza contra mi fuerza, dos personas completamente distintas pensando quizás que una morirá y la otra enloquecería, pero logré dominarla sobre mi escritorio en donde los libros que habían estado esperando ser leídos cayeron al suelo uniéndose a los vidrios de un espejo roto a nuestros pies.

¿Saben cuánto quise poder estrangular a alguien que fuese mi opuesto? Estaba fascinada, porque mientras más apretaba mis manos en su cuello más era la adrenalina que le daba un goce relajante a mi corazón y a mi cuerpo. ¡Excitante! ¿Cómo no lo hice antes? ¿Por qué no probé relajar mis emociones de esa forma? Hubiese podido hacerlo con la mujer que se quedó con mi ex novio y que ahora vivía feliz su vida junto a él, o habría usado mis manos poderosas para estrangular a una de las hermanas de mi padre que dijo que era nuestra culpa que él se hubiese suicidado, pero las cosas sucedieron de otra forma y tardé un poco en descubrir el deleite de liberar toda mi energía con mis manos en una persona que simplemente debía dejar de sonreír con tanta perfección.

            Apagué las luces del cuarto en cuanto vi que sus ojos no dejaban de mirarme. La golpee contra la pared intentando aturdirla, pero se resistía. ¿Por qué no fui como ella? Su mundo perfecto, su familia perfecta, padre, madre, hermanos, trabajo, novio, todo a su alrededor era más que perfecto y no lo soportaba.

— ¡Idiota!—exclamé mientras soltaba una risa en el silencio de una habitación oscura mientras el sonido de las manecillas de un reloj sonaba suavemente al mismo tiempo en el que el latido de un corazón se extinguía.

            Mis manos enredadas en su cuello, mis labios esbozando una sonrisa mientras con mi pierna inmovilizaban las suyas. Era perfecto, tan sublime escenario de dominación que encantaba. Nada podía salir mal bajo el deseo de poder borrar de un rostro perfecto mis miedos. Ella era lo que yo no era, lo que quise ser y lo que no fui. Ese era mi yo perfecto, mi otra mitad de cabellos largos y ondulados, de ojos marrones que se perdían en el infinito, con su piel blanca y suave, con sus labios rosados y finos intentando pronunciar una plegaria. Esa era la imagen que yo quería de mi misma, la débil muchacha aferrada a mis muñecas que pedía ayuda mientras estrangulaba su voz, su aliento y sus peticiones absurdas para ser liberada.

            Solté una carcajada que se escuchó en la silenciosa habitación haciendo un eco ensordecedor que llegue a odiar. Era verdaderamente exquisito escuchar como sus gemidos se hacían cada vez más intensos mientras intentaba golpearme con sus piernas y sus manos, pero nada le resultó porque yo era poderosa, porque mis intensiones de aniquilarla eran más grandes que su instinto de sobrevivencia. Mi miedo a que viviera era aun mas grande, así como el miedo de tener que dejarla moribunda a mis pies. Debía acabar con ella, debía exterminarla y así quitarle cualquier posibilidad de ser feliz, de que con su dulce voz me sepultara frente al mundo.

            Vi en sus ojos brillantes las lágrimas que brotaron de ellos casi con su último aliento y pude detenerme. Mis manos dolían, mis dedos habían perdido la sensibilidad por la fuerza ejercida sobre su cuello para quitarle la respiración, pero aun así, aun cuando estaba moribunda seguía siendo detestable, seguía siendo la persona que mas odiaba en todo el universo. No la quería mirar, no quería verla viva, quería asesinarla, quería aniquilarla hasta que ese rostro fuese completamente destruido por mi rabia.

            Di vuelta la habitación buscando algo que usar para poder llevar a cabo mis macabros planes de aniquilación, pero solo un espejo roto estaba a mis pies, mientras miles de libros que jamás había leído permanecían en el suelo esparcidos como alfombra de letras inanimadas que intentaban decirme algo, ¿qué querían decir? ¿Qué pretendían que supiera? Solo avancé entre ellos, recogí un pedazo de vidrio de aquel espejo destrozado bajo mis pies descalzos y heridos, y sentí el dolor de sus filosos bordes cortar mi mano, pero aun así no lo solté.

La sangre de mi mano se derramó  dejando huellas en el suelo de madera mientras avanzaba hacia ella, que tendida en el piso, miraba el techo de la habitación intentando recuperar el aliento y la movilidad de su cuerpo. La miré con paciencia, observé su garganta enrojecida por la presión de mis manos y luego noté que sus pupilas se dilataron al mismo tiempo en que giraba su cabeza hacia mí.

— ¿Por qué no te mueres y ya? Nadie te necesita, ¿no te das cuenta?—le dije esbozando una sonrisa mientras me acercaba más y más a ella fijando mis ojos en los suyos, intentando dominarla, intentando hacerle entender que tenía su vida en mis manos y que nada iba a poder hacer para liberarse de mí—¿estás asustada? ¿Te doy miedo? —Le pregunté arrodillándome a su lado y viendo cómo intentaba emitir algún sonido de su boca que inmediatamente calle colocando mi mano sobre ella—no quiero escuchar tu estúpida voz, tu perfecta y odiosa voz…

            Mis sentimientos en esos momentos movían mi cuerpo a su voluntad, como si mi mente se hubiese apagado, sin razonamiento, sin cordura. Solo quería acabar con ella, con esa expresión de superioridad que destrozaba mi orgullo y que lastimaba fervientemente mi conciencia perdida en la desesperación. Por eso quizás mi mano ensangrentada se elevó con aquel vidrio que sostenía con fuerza y la clavó profundo en su garganta mientras soltaba un grito ahogado que nadie iba a poder escuchar jamás en aquella habitación.

            Sentir como entraba el filoso vidrio en su piel, cómo penetraba hasta lo más profundo de la garganta que hubiese podido emitir una súplica fue tan maravilloso como mágico. Solté una risa de gozo, como si cada centímetro que entraba más y más en ella fuese el camino directo a mi anhelada paz interior. “cállate de una vez” “muérete de una vez” repetía en mi cabeza mientras reía a carcajadas mientras sus ojos se abrían tan grandes como dos esferas prominentes que perdían su brillo.

—Tan perfecta…—murmuré despejando los cabellos de su rostro que se desfiguró mientras perecía a mi lado—tan perfecta maldita estúpida incluso al morir….

            Suspiré cansada, con mis manos ensangrentadas pero con mi ánimo intacto. ¿Era pertinente sonreír en esos momentos? Lo hice sin el menor sentimiento de culpa, me sentí tan aliviada de poder acabar con ella de esta manera, aun sabiendo lo equivocada que estaba no sentí la culpa. Solo era la persona correcta que debía aparecer en mi camino para poder liberar toda la desesperación que estaba conteniendo desde hace un tiempo. ¿Por qué?

            Salí del cuarto vistiendo de un rojo oscuro y tibio deteniéndome frente a la madre silenciosa que permanecía aun frente a un televisor, pero ya me había dado cuenta de que no estaba en este mundo, desde que llegué a casa que ella estaba con mi cobarde padre en el infierno.  

Le quité las telas bordadas del regazo que se mancharon con la sangre de una desconocida y besé sus mejillas frías para luego sonreír feliz. Era un problema menos en mi mundo, una carga menos que sobrellevar. ¡Qué alivio! Ya no iba a tener que lidiar con la inmunda de su hija, la que ahora reía a carcajadas al darse cuenta de lo que había hecho. ¿Qué más me quedaba por hacer? Claro, ahora que lo recuerdo, ¿no le había preparado un té con sus pastillas para dormir antes de irme al trabajo? Entonces, ¿Cuánto tiempo llevaba sin vida? Miré la taza de té vacía en la mesita aun lado de ella y sonreí. Un trabajo perfecto quitarle la vida a tu madre de la manera más lenta, con las mismas pastillas milagrosas para controlar su depresión y mantenerla quieta, solo que ahora se quedaría quieta para siempre.

Realidades confusas para seres que necesitan ser tomados en cuenta. Yo no soy ninguna tonta que quisiera ese mismo destino. ¿Para qué? ¿Por qué? Solo hice lo que debía hacer por necesidad propia. No quise llamar la atención, ni menos llevar mi nombre a la historia. Solo hice todo por la necesidad de gozar de la sangre caer a mis pies, como si la vida fuese parte de mi tortura, como si yo fuese el arma mortal de los seres humanos que delante de mi figura intolerante se formaran para burlarse de mi nefasta existencia, pero algo quiero que sepan, yo deseaba con todas mis fuerzas que esa persona frente a mí nunca me olvidara.

            Quizás las cosas que sucedieron en el ayer fueron las que gatillaron lo que hoy soy. ¿Puedo presentarme ahora que conté un poco el inicio de todo? Mi nombre es Agnes Acedo, tengo actualmente 38 años. Asesiné a Fabiana Aliaga cuando tenía 25 años. Mi madre murió por una sobredosis de pastillas que le di por la mañana del 23 de mayo del 2002. Sus cuerpos fueron descubiertos un tiempo después por el hedor que salió de la casa que abandoné esa misma noche. ¿Dónde crees que estoy ahora? Quizás en un lugar peor al de antes, rodeado de gente estúpida que sonríe con falsedad, que reparten hacia el mundo su felicidad mientras el resto se pudre en sus miserables vidas. ¿El infierno? Claro que no, el infierno es la vida misma, esa donde todos los que amas mueren frente a tus ojos y entre tus manos mientras el victimario sigue su camino sin que nadie pueda detenerle.///

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