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4 min
Perfil psicológico de los amantes de la reina escorpión
Amor |
01.01.15
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Sinopsis

Perfil psicológico de los amantes de la reina escorpión

Perfil psicológico de los amantes de la reina escorpión

Con la máxima de "dime con quien te juntas y te diré quien eres", intenté descubrir el porqué de la compleja personalidad de la reina escorpión.

No voy a profundizar en su niñez, pero puedo intuir que es de donde parte su tremenda inseguridad y su desconfianza congénita, que la han llevado, por oposición, a admirar a un tipo de hombres que, bajo una mal entendida seguridad, eran simplemente aprovechados, sinvergüenzas, egoístas, prepotentes, engreídos, jactanciosos y petulantes ignorantes.

En su primer gran amor depositó su confianza, pero la engañó, le hizo creer que la quería, que era el amor de su vida, que no podía vivir sin ella y todas esas cosas que se suelen decir para engatusar, pero en definitiva, lo que los hechos demostraron fue que se aprovechó de la manera más común, corriente y vulgar. Una historia de chica inocente y sencilla conoce chico espabilado y con la cara muy dura, la chica se enamora perdidamente, pero el chico se casa con otra mientras sigue manteniendo que es a ella a quien ama y por ende ejerce su derecho de pernada, mientras la chica, ilusa donde las haya, sigue creyendo que es el amor de su vida. Lo sorprendente es que quedó un vínculo de influencia del que no ha podido librarse todavía.

Quedó helada el día que le anunció que se casaba, ella sospechaba que algo pasaba, pero nunca imaginó, mientras compartía cama, que aquellos pensativos silencios fueran por estar planeando los preparativos de su boda. ¡Qué engaño!, cómo debió sentirse, cómo podría haberse imaginado que algo así sucediera. Creo que sufrió un shock del que no se ha recuperado, jamás aceptó la realidad, se repetía a sí misma que no podía ser, que aquello no podía ser verdad,  que era un mal sueño, y que si se casó con otra fue por una causa de fuerza mayor, tuvo la mala suerte de dejar embarazada a una mujer que se cruzó, sin pretenderlo, en su camino, y no le quedó más remedio que cargar con la responsabilidad de la paternidad, pero querer, lo que se dice querer, la quería a ella.

Era comprensible, razonable, y no se iba a truncar un amor tan profundo por un traspiés sin importancia, y además, su compromiso por el fruto de ese esporádico encuentro realzaba aún más sus valores, y eso era de admirar, ¡se hizo cargo del recién nacido!, qué sentido más honroso de la responsabilidad, pero quererla, la quería a ella, de eso no había duda, son cosas que pasan en la vida, se dijo. Él mientras tanto alternaba en las dos camas, y ellas escuchaban en sus oídos las dulces palabras de los cuentos que él les contaba. Ahí tengo que reconocer que sabía qué decir para camelarlas. Llegó un día que intuyó que quizás no sería el amor de su vida y su gran ilusión derivó en su primera frustración.

Un noche, en una de esas cenas con tiempo ilimitado, le pedí que me explicara con más detalle esa historia que me interesaba, pero lo hizo con desgana, endulzándola con palabras de su propia cosecha y con los dulcificados recuerdos que  su propia memoria había transformado para justificar lo que a mí se me antojaba injustificable, le hice saber que no son de mi agrado esas actuaciones y le dije que quien no se conforma es porque no quiere, se soliviantó, me dijo que yo no entendía nada, que qué sabía yo del amor, le respondí que nada, que yo no sabía nada.

Así quedó, convencida que la mala fortuna fue lo que le impidió ser ella la novia en aquella boda, que no tuvo buena suerte. Le recordé una frase que leí una vez de un ilustre premio Nobel de literatura "es difícil reconocer que somos los responsables de nuestra suerte".
 
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