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3 min
Perla rodada.
Reflexiones |
04.04.16
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Sinopsis

Analicemos un poco la figura de aquel con el derecho a juzgar. A aquel con el derecho de ejecutar: ¿Quién estima al que se proclama con tal derecho?

                                                                        En Toulon, a cinco de Febrero de 1894 

  

Estimado señor Abbadie,

Sepa usted que todo cuando aquí narro así aconteció.

En primer lugar, todos estos años trabajando duramente a su lado han sido un honor. Es una lástima que éste sea el único recurso disponible para poder seguir en contacto con usted. No obstante, le entiendo, debe alejarse de mi. Nunca olvidaré nuestra amistad. Sin lugar a dudas, fuimos un gran dúo. Toulon nos recordará por siempre.  

Usted, señor Abbadie, fue el mejor juez de Toulon. Pocas veces se ha visto a alguien dictaminar con tal sangre fría. Fue capaz de mandar a la muerte sin distinción de edad, de sexo o de color de piel. Usted llegó a tener la voluntad de mandar a morir a un pescador, padre de doce hijos, por vender peces en mal estado. Y yo estuve allí, señor Abbadie, para darle muerte. Aunque quizá no me recuerda tan bien como yo a usted.

Sí, mi cara estaba cubierta bajo aquella capucha morada: Guillotinas, horcas, hachas... Estuve siempre detrás del dolor. Usted acostumbró durante unos años a mandar a cada rufián que pudo a trabajar forzadamente para construir ese maldito dique. Se que le pagaron bien por ello. Vinieron centenares de italianos por aquellos días, buscando mejor vida, pero aquí no encontrarían nada sino un castigo injusto y perverso.

Sesenta y tres, señor Abbadie. Usted me hizo acabar con la vida de sesenta y tres personas. Aún recuerdo el rostro de cada uno -esas miradas aterradas-. Confié en usted durante más de dieciséis años. Qué lástima. Qué pena que esté muerto, señor Abbadie. Qué pena que yo le matase.  

Ser verdugo de Toulon fue mi derecho de familia, era la mayor de mis hermanas. Así que cargué con la responsabilidad de continuar el oficio familiar. Pero aquel día,ese fatídico día, usted tuvo la arrogancia de juzgar culpable a mis hermanas de asesinato, señor Abbadie, con pruebas claramente erróneas. Usted me hizo decapitar a Helene, usted me hizo llevar a la horca a Davina, usted me hizo pasar por la guillotina a Daphnee. Todas llevaron aquel día una bolsa en su cabeza para ocultar sus rostros, como de costumbre. No supe hasta que era demasiado tarde que eran mis hermanas. Usted, señor Abbadie, sentenció su propio final.

Lo entiendo, seré castigada por mi crimen. Sin embargo asestar quince hachazos no me parece suficiente. Dígame, señor Abbadie, ¿qué sentido tiene la justicia? Somos dioses, usted decide quién muere y quién debe ser libre. Yo les doy muerte. Pero ¿Quién nos juzgará a nosotros, señor Abbadie?

Le recordaré con cariño aún subida en la horca. Nos veremos pronto.   

Un saludo,

Dominique Fortabat.

 
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