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14 min
Pesadilla
Suspense |
20.06.17
  • 4
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Sinopsis

Hay algo peor que una pesadilla: una pesadilla recurrente...

 

 

El funcionario Guillermo Alcázar pulsó el timbre con decisión. Una discreta placa de metal anunciaba al ilustre morador: Santiago Robles Sánchez, Doctor en Psiquiatría. Éste, en persona, no tardó en franquearle la entrada invitándole a tomar asiento.

Alcázar se sintió algo cohibido ante la presencia del afamado psiquiatra, uno de los más renombrados de toda la provincia. Santiago Robles  lo evaluó brevemente, escrutándolo por encima de sus gafas de gruesa montura.

—Y bien, señor Alcázar, —Robles lo interpeló al fin—¿quiere explicarme cuál es su problema?

—Enseguida doctor, pero antes…—Alcázar titubeó, dudando como abordar el asunto—Dígame, usted es especialista en la interpretación de los sueños, ¿verdad?...

—Ah, así que se trata de eso…—Robles se quitó las gafas y procedió a limpiarlas—Pues sí, en efecto, está usted muy bien informado.

—Hasta ha publicado un libro y todo, ¿no? —insistió un animado Guillermo.

—Así es, y ha resultado un sorprendente éxito de ventas.

—“Descifrando tus pesadillas”—declamó Alcázar—Un título muy apropiado y con gancho. Sí, lo he leído.

—¿Y qué le ha parecido?

—Pues… yo diría que fascinante, curioso…y, para mí, perfectamente inútil.

—Ya, ¿no encontró su pesadilla?

—Nada, ni tan siquiera alguna que se le pareciera. En caso contrario, no estaría aquí, ¿no cree?

—Está bien, señor Alcázar, —Robles conectó la grabadora—pues adelante, cuénteme su mal sueño y le prometo incluirlo el primero en el próximo libro.

 —Allá voy. —Alcázar vaciló, escogiendo con cuidado las palabras—Mi pesadilla comenzó hace cuatro días y, con escasas variaciones, se ha venido repitiendo durante las últimas cuatro noches. Nunca antes había soñado algo parecido; de hecho, normalmente no suelo soñar, o, al menos, no lo recuerdo al despertar.

—Una pesadilla recurrente, —sentenció Robles—ansioso estoy por escucharla.

 —Verá…—arrancó Guillermo —El asunto comienza siempre de la misma forma y sigue un guion similar en los cuatro casos. De repente, me hallo caminando por un parque en una ciudad desconocida a plena luz del día. Me encuentro con gente, no mucha, rostros extraños que pasan de largo murmurando en una lengua extranjera.

A la salida del parque, y al otro lado de la calle que discurre a su vera, debo atravesar un pequeño puente con barandilla de hierro construido con traviesas de madera, bajo el cual corre un singular riachuelo de aguas turbias y rojizas. A lo lejos, un horizonte de azuladas montañas se recorta contra un cielo palpitante del mismo color que el río.

No sé si “palpitante” es la palabra. Lo que quiero decir es que parece vibrar con un ritmo pulsátil como si estuviera vivo. ¿Entiende lo que le digo?”

Robles asintió, alentándolo a continuar.

—Justo cuando comienzo a cruzar el paso de cebra que conduce al puente, ocurren dos cosas, casi al unísono. Alguien comienza a silbar una familiar melodía que suena como una marcha militar, mientras desde arriba una especie de voz en “off” me advierte de que este sueño me acarreará graves desgracias.

—Así que la tonada le resulta familiar. ¿Ya la había escuchado antes?

—Pues, sí. —respondió Alcázar—Estoy seguro de haberla oído en algún sitio, pero cuando despierto soy incapaz de identificarla.

—Y la voz en “off” le habla “desde arriba” ¿No podría precisar más? Lo mismo podría ser Dios que la avioneta de una campaña publicitaria…

—No, ni lo uno ni lo otro; —declaró Alcázar tras unos momentos de concienzuda reflexión—más bien, tengo la impresión de que es ese cielo tan raro el que me habla. Ya le expliqué que me parecía algo vivo.

—Ya…¿Y qué es lo que le dice, exactamente?

—Lo que le conté antes, que el sueño acabaría muy mal, una especie de premonición, o algo así…No, aguarde un momento,—Alcázar se palmeó la frente—ya me acuerdo.

El funcionario Guillermo impostó la voz, declamando con un tono grave y profundo:

—“Este sueño te costará muy caro”

—Veamos…—recapituló Robles, entrelazando las manos bajo la barbilla—Usted se dispone a cruzar el paso de cebra para acceder al puente, cuando comienza a oír una familiar melodía militar, que no consigue identificar, y una especie de voz bíblica desciende de las alturas para advertirle de que le acechan peligros inminentes. Siga, siga, se lo ruego. No me tenga en ascuas. Su pesadilla comienza a ponerse interesante.

El funcionario Guillermo no se hizo de rogar.  

—Más allá del puente se levanta un colegio o instituto. Los niños se encuentran en el recreo. Arman un enorme bullicio. Sus gritos y risas resuenan de fondo como acompañamiento de la marcha marcial silbada mientras la voz de los cielos insiste en su inquietante advertencia.

Continúo atravesando el paso de cebra. Juraría que ya llevo haciéndolo mucho rato, demasiado a todas luces. Levanto la vista y compruebo que ha crecido de forma considerable. El puente se encuentra ahora bastante más lejos.

En ese momento comienza a bramar la sirena que anuncia el final del recreo de los escolares. Parado en medio del paso de peatones, observo espantado como una especie de enorme limusina se aproxima por mi derecha.

En vano, trato de huir. Estoy completamente paralizado.

La sirena berrea incansable. Retumba la animosa marcha de los Boy Scouts, que ahora parece coreada por una legión de milicianos dotados de poderosos pulmones. Mientras tanto, la voz celestial clama desaforada con un volumen de decibelios más propio del Apocalipsis.

La limusina sigue avanzando. Se me antoja un monstruo antediluviano a punto de abalanzarse sobre una presa indefensa. Un monstruo de unos diez metros de largo, cubierto de brillante piel azabache, con un aterrador y afilado  morro, que se dispone a engullirme sin remisión.

Ahí me despierto, empapado en sudor y con el corazón al galope. Durante un buen rato aún continúo oyendo la sirena, la marcha silbada y la voz divina.

—Sin duda, un trance angustioso. —reconoció el afamado psiquiatra—¿Y dice usted que en líneas generales el sueño es siempre el mismo?

—Así es. —respondió Guillermo—Hay una línea argumental que se repite invariablemente: el parque, el paso de cebra, el puente, la sirena, la marcha silbada, la voz de las alturas y la limusina del demonio son los actores fijos en este drama.

—¿Y los artistas invitados?

—Algunos hay, aunque no muchos. —admitió Alcázar—La segunda noche, la dichosa sirena pertenecía a un coche de policía que cruzaba a toda velocidad la calle situada al otro lado del puente; en la tercera, era una ambulancia que se dirigía a un hospital próximo; y en la cuarta, se trataba de un camión de bomberos, aullando de camino a una columna de humo que se elevaba a lo lejos.

—¿Eso es todo?  

—¿Acaso le parece poco?

—Ah, no, me parece mucho y muy sustancioso, además. — se apresuró a replicar Robles— Me refería a que si había olvidado algún detalle…

—Hombre, puede ser…—convino Alcázar—usted ya sabe que es muy difícil, casi imposible, recordar un sueño con absoluta fidelidad, como si fuera una película…Pero lo importante está ahí, seguro.

—Bueno, veamos… —reflexionó Robles—El puente con el paso de cebra y la limusina que lo atropella pueden simbolizar el complicado trayecto hacia una meta más o menos asequible. Para alcanzarla deberá superar ciertos obstáculos, más o menos insalvables.

En el sueño, la meta es la calle situada al otro lado del puente, y los obstáculos son el tráfico y el río. En la vida real puede representar un montón de cosas: un proyecto inacabado, alguna tarea pendiente, cierta obligación ineludible que se resiste a abordar, un crédito a punto de vencer…

La limusina representa el inexorable paso del tiempo que se le echa encima mientras usted se muestra incapaz de superar esos miedos, dudas o vacilaciones que lo paralizan. Vaya, o que prefiere ir dejando las cosas para mañana.

—Trabajo como funcionario municipal. —repuso Alcázar—Cobro un sueldo decente que me permite vivir sin estrecheces, aunque tampoco da para mucho más. No tengo deudas pendientes y tampoco créditos o hipotecas de ningún tipo. En estos momentos, ninguna tarea importante me quita el sueño, y siempre he procurado llevar mis asuntos al día. No acostumbro a demorar mis obligaciones, ni las personales ni las profesionales. Parece evidente, pues, que su interpretación del sueño no se corresponde mucho conmigo…a menos que…

—¿Sí?, hay algo ¿no?

—Bueno…me quedan aún diez años para jubilarme. Encuentro mi trabajo rutinario y monótono, con escasos alicientes, aparte el aspecto económico, claro. A veces, esa década que tengo por delante se me antoja una eternidad. Cómo si después de haber atravesado un desierto interminable, aún me quedara por escalar una altísima montaña antes de alcanzar la Tierra Prometida. A lo mejor, por ahí conseguimos aproximarnos…—aventuró Alcázar, aunque con escasa convicción.

—Podría ser, podría ser…

—Pero, entonces… ¿la sirena y la voz de las alturas como encajan en esa explicación?

—El sonido de la sirena sería una señal de alarma, el aviso de un peligro, real o imaginario, más o menos inminente. Es todo lo que se me ocurre de momento. La “voz divina” supone un elemento ciertamente original: una advertencia sobre los peligros implícitos del propio sueño para su integridad física y mental. Suponiendo, claro está, que ése sea el sentido: una velada amenaza que se presenta como cierta e insoslayable. Por eso es tan importante que recuerde las palabras exactas. Un solo término equivocado puede trastocar el significado del mensaje.

—“Este sueño te costará muy caro”. —repitió Alcázar—Es decir, creo que eso era lo que la voz quería comunicar, pero no estoy seguro de que lo dijera exactamente con esas palabras…Y la marcha silbada… ¿Qué me dice de ella? ¿Significa algo especial?

—Dice que en el sueño le resulta conocida, pero luego, al despertar, apenas si retiene poco más que un vago recuerdo…Dígame—Robles se echó hacia delante—¿Dónde hizo usted la mili?

—En ningún sitio. Libré por asuntos familiares.

—Ah, vaya… ¿Algún campamento de verano? ¿Los Boy Scouts, quizás?

—Nada de nada, todo lo que sé del folclore militar lo aprendí a través de la tele y el cine.

—Ya.. pues entonces, irán por ahí los tiros… —concedió Robles—alguna película o serie de TV que haya visto de niño o adolescente…Muy bien, amigo Guillermo, por hoy vamos a dejarlo aquí, si no le parece mal. Lo espero el lunes a la misma hora.

 

                                        &&&&&&&

 

Esa misma noche, ya bien entrada la madrugada, Guillermo Alcázar conducía de regreso al hogar, tras una animada cena y posterior velada con los excompañeros del colegio.

La noche era oscura y tormentosa. Soplaba un viento racheado que arrojaba gruesas cortinas de agua al paso de su flamante Peugeot 2008, casi recién estrenado. Más allá del cono de luz de los faros, la visibilidad era prácticamente nula.

Transitaba una vía secundaria que discurría por una zona boscosa. Alcázar miraba intranquilo las gruesas ramas de los pinos retorciéndose bajo el vendaval. La furia de la tempestad se acrecentaba por momentos. Era la primera vez que pasaba por allí. Siguiendo el consejo de un colega, había tomado aquel desvío, alejado de la nacional, para evitar un funesto encuentro con la patrulla de tráfico.

Conectó la radio para relajarse.

A la salida del bosque, los faros del Peugeot iluminaron una familiar construcción cuya visión hizo que clavara los frenos de golpe.

Frente a él, y a una distancia de unos 50 metros, se levantaba un pequeño puente con barandilla de hierro y piso de madera. Alcázar lo reconoció enseguida. Había encontrado el puente de su sueño.

En la radio, alguien comenzó a silbar una animada melodía que invitaba a desfilar.

Alcázar se pellizcó. No cabía duda. Ahora se encontraba bien despierto.

Hipnotizado, incapaz de reaccionar, no conseguía apartar la mirada del puentecillo. Lo tenía hechizado, completamente fascinado. El resto de las cosas a su alrededor habían sido borradas del mapa por su presencia deslumbrante.

Y en ese preciso instante, desde un punto situado a su derecha, en medio de las impenetrables tinieblas, comenzó a escucharse el estridente ulular de una bocina aproximándose a su posición.

Guillermo Alcázar volvió a pellizcarse, más fuerte que antes. No contento con eso, extrajo una pequeña navaja y se cortó en el brazo.

La sensación de dolor agudo fue la espoleta que lo sacó de su marasmo, debilitando el hechizo. Alcázar comenzó a reaccionar.

En la radio volvía a sonar la melodía marchosa. El funcionario la identificó al fin. Le parecía increíble no haberlo hecho antes. Comenzó a silbarla.

A través de los altavoces en estéreo una voz grave y profunda, bien modulada y rica en matices, proclamó una solemne sentencia que Guillermo reconoció al instante. Sólo era una frase publicitaria que hablaba de los sueños, pero al atribulado funcionario le pareció una Verdad Absoluta. Ahí estaba la voz de las alturas.

La sirena-bocina, o lo que demonios fuera, bramaba ensordecedora. Unas luces lo deslumbraron por su derecha. Algo monstruoso, largo y oscuro, se aproximaba a un ritmo vertiginoso.

Alcázar puso primera y aceleró a tope. El Peugeot arrancó brincando como un ciervo. Un minuto más tarde, ya había superado el puente y volaba campo a través. Justo en el momento en que el fiel vehículo surcara raudo las traviesas de madera, Guillermo había mirado a través del espejo retrovisor.

Sólo fueron escasos segundos, pero, aunque viviera cien años más, nunca lograría olvidar la imagen del Talgo de cercanías cruzando como una centella el paso a nivel sin barreras dónde él había estado detenido hacía sólo un instante.

Condujo aún durante varios km. antes de detener el vehículo, impulsado por el miedo irracional a que el tren variara su rumbo para perseguirlo. Cuando se paró, finalmente, respiró hondo para calmar su desbocado corazón y salió del coche. El aire frío de la noche despejó su cabeza y serenó su ánimo.

Al llegar a casa, se tomó un fuerte somnífero. Esa noche no tuvo pesadillas. Durmió de un tirón hasta el mediodía.

Nada más levantarse, lo primero que hizo fue llamar al psiquiatra para cancelar la cita.

Desayunó en la cafetería de costumbre. Al terminar, entregó un billete de 10 euros. En la tele pasaban en ese momento un anuncio de lotería. Alcázar lo consideró un guiño del destino, uno más.

—Séllame un boleto de la Primitiva. —le pidió al barman—Cinco apuestas.

Recogió el billete y se marchó silbando alegremente.

—Oiga…le sobran 2 euros.

—Quédatelos, hoy me siento generoso.

—Muchas gracias—replicó el camarero—Y, por cierto, eso que silbaba hace un momento salía en alguna película, ¿no? De guerra, creo que era…

—En efecto. —confirmó Guillermo—“El puente sobre el río Kwai”, Óscar a la mejor banda sonora, una obra maestra, de las que ya no se hacen.

Dicho lo cual, salió al encuentro de un esplendoroso día de primavera, y comenzó a surcar el paseo del muelle. Guillermo Alcázar marchaba a paso vivo, braceando y dando largas zancadas, los ánimos por las nubes y silbando a pleno pulmón.  

Y, en la cafetería, desde la pantalla de 50 pulgadas, una voz profunda, rica en matices y bien modulada, sentenciaba con tono solemne:

              “NO TENEMOS SUEÑOS BARATOS”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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