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14 min
Pesadilla
Suspense |
25.11.14
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Sinopsis

Una joven, después de una fiesta indirectamente se ve involucrada en un crimen que trastorna su vida.

PESADILLA

Los nervios le estallaron al sentir el teléfono. Dudó en contestarlo, presintiendo una de las llamadas amenazantes que empezaron a acosarla dos semanas después del suceso, al igual que a sus amigos y abogados defensores.  Al fin decidió contestar el black berry. 

Se tranquilizó al constatar que era María, su compañera de estudio y de fiesta de brujas.

 _Jimena, alégrate… Ya no somos las únicas jodidas. Me contó mamá, que acaban de pasar en el noticiero el caso de un mechudo de la universidad, que en una fiesta, fue agarrado a golpes por una patota y tirado por el hueco del ascensor, desde un quinto piso. Lo de Roberto no fue nada, en comparación…pero él tipo que era un churro se salvó, aunque está en coma. Ya tienen en que entretenerse…otro hueso carnudo le cayó a la jauría…pero lo malo es que los periodistas ya están comentando que a casos como el de Roberto y del mechudo, hay que andarles duro, “sancionando ejemplarmente a los implicados, para que no se extienda el mal ejemplo”…Buscan chivos expiatorios y estamos en la cuerda floja, con todo el mundo y la prensa pendiente del caso…ya no sirve ni que Uribe critique al presidente Santos y sus negociaciones de paz, para que nos dejen de titular en los noticieros_

- ¡No puedo resistir este infierno! Hoy me quemo del todo o me salgo- contestó con voz de angustia, antes de colgar y sentarse al borde de la cama, con los ojos hinchados de tanto llorar y no dormir, desde que su vida se convirtió en una pesadilla interminable después de aquella aciaga noche de Halloween, cuando las brujas y espíritus malignos adquirieron formas humanas, reencarnadas en  ella, su novio y amigos del grupo agitando brazos, puños y piernas contra el bulto desmadejado de Roberto.

 

Desde niña, su vida había transcurrido en un sueño de hadas. Como  hija menor, consentida del padre, sus antojos eran órdenes. En el colegio bilingüe más caro y acreditado de la ciudad, despertaba  envidia entre sus compañeritas, pues guardaba la colección completa de “barbies”, con los vestidos y adornos para toda ocasión y acompañada por los amigos y el novio. Estaban expuestas en una repisa alrededor de su amplia habitación.

 En su tocador abundaban los frascos de perfumes, talcos, cremas, rímeles y demás cosméticos; en el guardarropa no cabían las prendas y los zapatos y carteras de surtidos colores y estilos ya no tenía donde ponerlos.

A sus 19 años, era atractiva, sin ser despampanante ni con la pinta de reina que añoró ser desde niña.  De mediana estatura, piel canela y ojos cafés,  tenía cuerpo bien proporcionado con piernas y muslos esbeltos. Su sonrisa espontánea  le daba un aire de calidez que inspiraba confianza con quienes se relacionaba, así fuera por primera vez.

José, su padre de origen campesino, aún conservaba la vitalidad de la juventud, propia de quienes desde los primeros años han respirado y comido ‘de lo que da la tierra’, en medio del aire limpio y fresco y la abundancia de nutritivos alimentos. Desde los 14 años -cuando por aventurar se voló de la casa de hacienda ganadera de tierra fría- había labrado su fortuna en las minas y más tarde en el comercio de esmeraldas, consiguiendo dinero para adquirir dos haciendas ganaderas en la sábana, tres en los llanos del Meta y en la compraventa de bienes inmuebles en la capital. Fuera de generalidades y anécdotas de su niñez -que de vez en cuando le contaba su padre-  poco conocía de su pasado, pues cuando le preguntaba, respondía con parquedad, como queriendo evadir el tema y recalcándole que todo lo había logrado con sacrificio y en varias ocasiones salvándose de la muerte.

Su madre, Eloísa, aún conservaba atractivos físicos de la juventud, a los que para preservar dedicaba tiempo, cremas y cirugías y era de “mejor familia”, como le recalcaba a su padre, cuando tenían discusiones tirantes, nombrando –para demostrarlo- entre sus antepasados cercanos, a numerosos profesionales destacados y  un general del Ejército.

Cumplidas las bodas de plata de casados, sumando la herencia de Eloísa, habían amasado una gran fortuna.  Vivían en un amplio y lujoso apartamento y a cada uno de los tres hijos le habían regalado un automóvil último modelo.

 

Desde aquella aciaga “Noche de Brujas”, a Jimena ya no le hacía sonreír el recuerdo de su vida de estudiante de Negocios Internacionales, alternando las clases, en la Universidad de Santafe, la más prestigiosa y exclusiva del país, con sus despreocupadas diversiones juveniles marcadas por los amoríos y coqueteos propios de la juventud.

 Atrás quedaron: las amenas charlas en las cafeterías y tabernas vecinas, mamando gallo y botando corriente con sus compañeros; los paseos a la finca de recreo en Girardot; las salidas de compras a los centros comerciales; las tardes de cerveza y alegres fiestas en las que bailaban hasta desfallecer, después de tomarse algunos cócteles y algunas pepas de éxtasis.

-Mi vida se acabó y no he tenido el valor de matarme-, pensó, mientras pesadamente se levantó de la cama, se puso la levantadora y fue al baño a cepillarse los dientes.

-¡Ya no puedo más!…este infierno tiene que acabarse o achicharrarme de una vez por todas. Ya se me jodió la vida, la de mi familia…la de mi novio…uf …‘mi novio’ que ya ni me quiere-, musitó.

La noche anterior había sufrido dos pesadillas que la despertaron sudorosa y con los ojos desorbitados.

En la primera, soñó que una jauría de familiares de Roberto y periodistas la rodeaban como si fueran las avispas de un nido toreado de un tiro y desplegando los flashes de sus cámaras y grabadoras la asfixiaban, con sus avalanchas de preguntas: -¿Se siente culpable? ¿Ayudó a matarlo? ¡Confesa zorra!-

En la segunda pesadilla, soñó que  las calabazas de Halloween,-en las que habían surcado con bisturís las risueñas caras con velas encendidas en su interior-, poco a poco se transformaban en monstruos de puntiagudos colmillos de vampiro, a la par que las luces amarillas  trasmutaban su color a lila, mientras un olor a ‘flores de muerto’, impregnaba el aire y la monja que en quinto de primaria le dictaba clases de religión, paseaba por el frente de su pupitre, repitiéndole la cantinela del “No matarás”, del quinto mandamiento, antes de convertirse en la calavera de la muerte del paso de Semana Santa, agitando sobre su cabeza, la afilada guadaña.   

Viviendo todo este infierno, signado por el diario asedio de la prensa, los vecinos que se quedaban murmurando al verla pasar y la gente de la calle o algún centro comercial que la reconocía, había decidido contar lo que había visto, pues ya se consideraba en una cárcel de puertas abiertas, y las miradas acusadoras de los que la rodeaban y su cara reproducida día tras día en los telenoticieros y en las portadas de diarios y revistas eran peor condena y prisión que los gruesos barrotes de una celda de máxima seguridad.

-Ya, Antonio no me habla cariñoso como antes y sólo quiere salvar su pellejo…el amor, las palabras de aliento, las caricias… se fueron…ya todo murió…hasta el amor.-

 

Aquella aciaga noche, tal vez por el efecto anestésico de los tragos, no creyó que lo que acababan de hacer  fuera tan grave y así se fue a dormir a la casa, cuando empezaba a aclarar el día, llevada por su novio, que aún tenía manchas de sangre en su camisa blanca. Pero al mediodía, cuando en el apogeo de la resaca, la despertó el insistente tono de su teléfono celular, sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo y temió lo peor, antes de contestar.

Era su novio angustiado, que olvidando el rutinario saludo amoroso, le advirtió   - ¡mucho cuidado con lo que vas a decir!, sí llegan a interrogarte los de la Fiscalía- y que lo mismo debían hacer María, Javier y Pedro, a quienes acababa de llamar, para reunirse por la tarde, en su apartamento y ponerse de acuerdo, sin dejar cabos sueltos, en caso de que los llamaran a indagatoria.

Superado el pánico que sintieron cuando Javier le tomó el pulso y les pasmó la rasca al gritar -¡Maricas está muerto!-  les pareció viable regar la idea del suicidio, “que acosaba a Roberto en las últimas semanas”,  ya que este método de acabar con la vida, tirándose desde las alturas, después de fiestas desenfrenadas de trago, pepas y coca, se había puesto de moda entre los estudiantes de prestigiosas universidades de la capital.

Todos asistieron al velorio y al entierro, con sus gafas negras, ocultando más que el dolor sentido por el difunto, el temor que los embargaba de ser descubiertos.

En la primera semana, la versión del suicidio divulgaba a los cuatro vientos por los medios de comunicación, fue aceptada sin problemas, por casi todo el mundo, pero la asustó el aire de desconfianza y la mirada inquisidora que le lanzó Isaura, la madre de Roberto, cuando le daba el saludo de pésame.

Aunque en el interior sentía que por su culpa se había generado la pelea, no había medido las implicaciones que desencadenaría su muerte y además estaba convencida que con la plata e influencias de sus familias, contratarían a los mejores abogados y asegurarían a fiscales y jueces, en este país, donde todo se compra y se vende.  Pero a la semana siguiente el asunto se complicó, cuando vio a “esa bruja guajira”, como la llamaba Eloísa, declarando ante los noticieros de la televisión que - Tuve un pálpito de madre cuando  vi el cadáver de mi hijo... una corazonada. La familia ha contratado otro examen con expertos legistas… Las señales de golpes en el pecho, la espalda,  la cara y cabeza, nos hacen dudar de la versión del suicidio… También hemos contratado al penalista,  Juvenal Vejarano, ex abogado del Presidente, para que nos represente en la investigación -.

Desde aquel instante se le instaló en los huesos ese frío terrorífico, que sólo la abandonaba por ratos, cuando la embotaban las pastillas.

Para disipar el temor que la iba helando día tras día, de nada valieron las llamadas telefónicas y reuniones clandestinas con sus compañeros de aquella noche, buscando ponerse de acuerdo en la versión a declarar ante el Fiscal, ni el que su familia hubiera contratado a uno de los penalistas más famosos del país y la de su novio, al ex fiscal General de la Nación.

La sensación de pánico enfriándole las entrañas creció a la tercera semana, cuando en el diario, El Tiempo, revelaron al pie de letra las conversaciones telefónicas con María  para ponerse de acuerdo en las declaraciones buscando salvar a su novio y en las que, según el reportero –que las obtuvo de fuentes anónimas - se evidenciaban además, señales de querer esconder algo e insensibilidad hacia el difunto y su familia.

 El temor se agigantó al exhumar el cuerpo y el prestigioso ex director de la sección de médicos legistas de la Universidad Nacional, contratado por la familia del difunto, divulgó el informe reproducido por las cadenas de radio y televisión, las redes sociales y las ediciones impresas y digitales de periódicos y revistas.

Según el informe, antes de morir, Tomás, había recibido escoriaciones y rasguños en los codos, antebrazos y golpes, en la cara, cráneo y tórax,  que no correspondían a los típicos de una caída violenta.

Y como si no fuera suficiente, ese día martes 13 de noviembre, en los principales medios de comunicación, la noticia de encabezamiento era la de los infructuosos contactos secretos   -conocidos por las ‘chuzadas’ a los teléfonos de los sospechosos, autorizadas por las autoridades - que había adelantado ante el vicefiscal, Nelly, (la madre de su novio y reconocida abogada litigante), intrigando para que cambiaran al Fiscal 18, preocupada por el interés que en el caso había puesto, convencido de que era un homicidio y no suicidio, y según  informaciones de algunos asistentes a la fiesta y testigos ocultos, en el crimen estaban implicados: su hijo, la novia y algunos compañeros, a quienes no cesaba de interrogar con la pericia e insistencia de un sabueso, cambiándoles y ‘poniéndoles cáscaras’ en las preguntas, a ver si caían en contradicciones.

-Niña, apúrele que ya va a ser hora-,  llamó su madre desde el corredor.

-Ya voy-  contestó mientras pensaba “Eso me pasó por coqueta y querer experimentar con un costeño….mis amigas me habían comentado que eran geniales en la cama y por probar me enrede con él, sin tener en cuenta que se iba a enamorar hasta volverse cansón….era muy intenso, y no aceptó que lo nuestro fue una aventura, ni le bastó que pasara frente a él, abrazada con mi nuevo novio…Seguía insistiendo, sobre todo cuando estaba borracho, como en esa noche, dedicándomela y metiéndose en medio de mi pareja, cuando bailaba con Antonio o mis amigos….no pude evitarlo, mi novio estaba loco y violento y por más que le hablé y lo agarramos con mis amigos se le fue encima… y todos hasta yo nos enloquecimos y lo agarramos a puños, patadas, carterazos…pero ¿por qué le pasé la botella de vodka que estaba medio llena?….Con esa le dio ese golpe que sonó como un coco sin cáscara cuando se azota contra el pavimento…quien iba a creer que estaba muerto…fue sin intención…pero por salvarnos acomodamos la historia y se nos olvidaron los ojos ocultos de los vigilantes y testigos que no estaban borrachos como nosotros y se acercaron, sin que los viéramos, para no perderse el tropel”.

-Nena, apúrele que le están preparando el desayuno-

-Ya voy-, contestó antes de meterse a la ducha y bañarse rápidamente con agua tibia, pensando mientras le corría el agua por el cuerpo, que ya todos los consideraban como los peores asesinos, así sólo ocultaran la verdad para proteger a los que con más ganas lo golpearon y a Antonio, que le pegó el botellazo.

Ya sus sueños de conseguir un buen empleo en una multinacional y viajar, conocer y gozar el mundo, antes de casarse con su príncipe azul, se habían esfumado para siempre, con este duro golpe que la envejeció de repente y le reveló la cara tenebrosa de la vida…aquella que nunca imaginó en su cómoda existencia de estudiante universitaria que todo lo tenía asegurado.

Después de que se secó, salió del baño para sentarse en el tocador sin ganas de mirarse en el espejo y apenas trazar unas líneas de sombra en las cejas y parpados, como para ocultar la angustia, que también ayudarían a disfrazar las gafas oscuras y se vistió con blusa blanca, un sencillo vestido de pantalón y saco gris, de corte sastre y zapatillas oscuras, de tacón mediano.

-Jimena…está listo el desayuno-

-Otra vez el maldito celular…carajo…¡debí apagarlo!- exclamó mientras corría al nochero en su búsqueda, olvidándose que en el piso había dejado tirada la levantadora, en la que se enredaron sus pies yéndose de bruces sin tener tiempo a meter los brazos, antes de golpearse en la sien izquierda contra una de las esquinas del tocador.

-Hoy canto todo…todooo- alcanzó a musitar cuando caía, sintiendo que un acogedor sueño la embargaba, mientras un cálido hilillo húmedo le corría por la mejilla. 

 

 

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Escribo por necesidad de expresar lo que no puedo hablar con mis conocidos y otras personas que nos limitan con su presencia y nuestros temores y prejuicios. El papel nos permite contar historias sin las limitaciones de tener alguien al frente. Me ha gustado leer desde la niñez y empecé a intentar con la narrativa a mediados de la década del 70 del siglo pasado.Soy columnista de algunos periódicos regionales en Locombia. Publiqué mi primer libro "Relatos en busca de Título" en 2011 .

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