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14 min
Piensa lo que deseas
Reales |
14.09.15
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Sinopsis

Todos los días deseamos cosas, pero nunca nos hemos parado a pensar si esas cosas son adecuadas para nuestras vidas. La realidad siempre supera a la ficción.

Mi vida es una auténtica mierda, de esas que te las encuentras por la calle y piensas en el hijo de puta que la ha dejado en la acera para que la pises y te joda todo el día: Mi trabajo en la hostelería requiere de diez horas diarias de mi existencia y no es el ejemplo más claro de disponer de un futuro próspero; a mi mujer no le veo las tetas desde que le estaba dando de mamar a nuestros segundo hijo, y tiene 19 años; mis dos pequeños retoños se dedican a fumar liados y a sacarle toda la pasta que pueden a su queridísima madre. ¡Qué felicidad!

He abandonado la cama conyugal y suelo dormir en el sofá cuando llego del curro, allá por las dos o tres de la mañana. No sé qué coño nos pasa a los camareros del local, todos tenemos el vicio de dormirnos con la tele puesta y acabamos comentando los programas esos del tarot o de los casinos. Antes por lo menos llegaba a casa y sólo tenía que acostarme en cualquier lugar cómodo y calentito, pero desde que nuestro jefe convirtió el local en una franquicia todo ha cambiado.
 
¿Hay algo más triste que  trabajar en un restaurante y llegar a casa muerto de hambre? Esto de los nuevos negocios bien estructurados es una basura. Al cocinero lo tienen frito, el primer movimiento de estos jóvenes trajeados fue el de posicionar un peso electrónico para que todos los platos tuvieran la misma cantidad de ingredientes, una medida que afecta proporcionalmente al apetito de los trabajadores.
 
Todo  bien medido y estudiado, me tiene hasta los cojones, no hay nada peor que escuchar su voz por las mañanas informándote de los fallos que has tenido en el servicio de ayer ¿Fallos en el servicio? Situar el plato tres centímetros a la derecha del mantel principal no es tener un fallo en el servicio, es tener la sala llena con personal escaso.
 
Lo único que nos queda es el compañerismo, apoyarnos unos a otros e intentar tirar p’alante como dice mi compañero de Euskadi. Todas las mañanas nos toca abrir a dos de los cuatro camareros de sala y siempre apañamos el asunto para tomarnos un cafecito mañero antes de limpiar y ordenar todo el local.
 
Qué raro que ‘El Joseba’ se retrase, siempre soy yo  el que llega tarde y le toca limpiar los baños como castigo; un pequeño suplicio que merece la pena soportar si a cambio te ofrece uno de esos cafés cargados y completos. Toca utilizar la llave que me entregaron hace unos meses y que ni siquiera he probado si funciona o no, aunque conociendo a estos gilipollas seguro que la han probado siete veces antes de entregármela.
 
Al entrar al local una hostia de humedad y ranciedad me da en la cara, casi me tira de espaldas este olor a ciénaga desecha. Enciendo todas las luces y abro todas las ventanas para que se vaya esta pestilencia; siempre me quejaba del frío a mis compañeros, ahora empiezo a comprender muchas cosas.
 
Enchufo el tractor para preparar un cafecito y lanzo un par de tacitas para dejarle el desayuno a Joseba. Por una vez seré yo el que tenga que lidiar con esta bestia metálica que todos los días se queja de que le acariciemos todas las partes de su cuerpo. Todo el mundo se queja del ruido de esta vieja cafetera y del mal aspecto, pero cuando les pones un café se les olvida todo y nada más que tienen elogios para la experiencia de nuestro tractor.
 
—    ¡Carles!

—    ¿Qué coño pasa aquí? Me giro de repente con un trapo sucio en una mano y la jarra metálica de la cafetera en la otra.

—    ¿Estás sordo? Te estoy llamando desde la puerta.

—    Joder Joseba, que susto que me has dado so mandril. Casi te atizo con la jarra de metal en la cabeza.

—    No tienes que comer tu nada para atizarme, cuando estabas haciendo la comunión yo estaba cargando cajas de pescado en la empresa de mi tío. Eres un puto escuincle. Me dice mientras se sienta en la barra y me hace señales para que le acerque un café

—    ¿Un qué? Le pregunto mientras le sirvo su café
 
Joseba levanta su taza y prueba mi café, con la cabeza me indica que está bien y termina todo este brebaje de un solo trago. Me señala con el dedo que rellene su taza y me dice:
 
—    Escuincle ¿Tú es que no lees?

—    Si leo, pero no se vasco.

—    ¿Vasco? — Me dice entre risas Joseba — Si te hablara lo poco que se en vasco no te enterarías de la misa ni la mitad. Lo que te digo es una expresión que escuché anoche en la tele, en el canal ese nuevo de telenovelas mejicanas.

—    Que mariquita que eres, viendo esas mierdas cuando está la tertulia deportiva en el canal de deportes. Le digo mientras le sirvo otro café sólo.

—    Anoche no tenía ganas de fútbol Carles, llegué con un susto en el cuerpo que casi me muero de un infarto.

Termino de trajinar con la cafetera y la limpio con la bayeta destinada de forma exclusiva para nuestro amor más puro e inanimado. Las palabras de Joseba me han dejado un tanto anonadado, este monstruo de más de 1,95 y 110 kilos no suele amilanarse con alguna tontería, así que lo que le pasara anoche ha tenido que ser algo muy serio.
 
—    ¿Qué te ha pasado Joseba? Le digo con gesto de preocupación.

—    Me atracaron ayer por la noche cuando iba camino a casa.

—    ¿Te atracaron a ti? Pero si das miedo. Le contesto mientras vacío el lavavajillas y voy ordenando todas las piezas en su sitio.
 
—    Iba todo feliz con mi Mp3 por la calle y noto algo puntiagudo en la espalada. Me dice mientras provoca un tintineo con su mano en la taza de café.

—    Joder… Comento

—    Un golpe seco me quita uno de los auriculares y una voz ronca me dice “Dame todo lo que poseas”.

Es extraño ver a un hombre de la talla de Joseba temblar como un cabritillo en busca de su madre, estaba totalmente aterrado. Me lo contaba con la mirada perdida y con una expresión de pánico que era inusual en una persona de su entereza. Antes de que pudiera levantar la taza de café se la quito y le pongo una tila.
 
—    Se acabó el café por hoy. Entra a la cocina y ordena un poco las cosas que yo haré los baños.

—    Pero me tocan a mí, que he llegado tarde. Me dice con un hilo de voz.

—    Cállate la boca y déjame a mí, que tú no estás en condiciones de meterte a limpiar esos cubículos.  Pon la radio y ordena un poco la cocina que en seguida nos ponemos a preparar todo para el servicio de hoy, verás cómo se te olvida lo que ocurrió anoche.
 
Nuestro querido y amado encargado llegó, como viene siendo habitual, con media hora de retraso y exigiendo un café bien cargado para despertar todos sus sentidos. Durante todo el día estuvo un poco cansino e impertinente con el pobre Joseba; estos progre-guays trajeados huelen la debilidad a un kilómetro de distancia, como tengas un día malo van a ir a pisarte hasta que te hundas en el barro.
 
Los compis estábamos ahí, siempre encima de Joseba para darle un golpe en la espalda y espabilarle un poco, ante el hijo de puta de corbata sólo nos queda el músculo del compañerismo. Con el esfuerzo de todos conseguimos tener un buen servicio de comidas y un excelente servicio de cenas, incluso el hijo de puta nos felicitó antes de marcharse.
 
En cuanto se fue nos sentamos todos en la barra, nos pusimos un refrigerio y descansamos cinco minutos antes de limpiarlo casi todo para que al día siguiente por la mañana al que le tocara no tuviera que esforzarse mucho: Cinco minutos de seis personas equivalen a treinta minutos de una sola.
 
Me ofrecí voluntario para acompañar gran parte del trayecto al bueno de Joseba, le di un poco de conversación futbolera para que se le fuera de la cabeza su mala noche: Nada mejor que sacarle el tema de la nueva joven promesa de Lezama para que tenga horas y horas de conversación abstraído en pontificaciones futboleras.
 
Lo dejé prácticamente en la puerta de su casa y me recomendó, diría que casi me rogó, que tuviera mucho cuidado al volver a casa. ¿Tanto le había impactado un simple chorizo? Me pica demasiado la curiosidad y necesito saber más, al final sé que me arrepentiré de lo que voy a hacer pero necesito cruzar por la zona conflictiva.
 
No tardé mucho en encontrarme en una serie de calles con luz tenue en la que encontraba muy de vez en cuando una farola con su bombilla intacta, sabía que era cuestión de tiempo que algún raterillo de barrio intentara sacarme los tres euros con sesenta céntimos que llevo en el bolsillo y mi Casio de diez euros en el rastro. Pero no quería a un ratero normal, quería al ese cabrón que había dejado al tío más fuerte que conozco cagado de miedo.
 
Estaba elucubrando como afrontaría a este gilipollas cuando noto un objeto puntiagudo en mi espalda y una voz ronca me pide que le ‘entregue todo lo que posea’.  Por fin ha llegado mi momento.
 
—    Señor ladrón — Le digo de forma cortés — podría darme la vuelta para ver el rostro de aquél que me piensa atracar esta noche.

—    ¿Te crees que soy gilipollas? Me contesta mientras la aumenta la presión del objeto puntiagudo en mi espalda.

—    Pues no te pienso dar nada.

—    ¿Tú eres gilipollas o estás buscando que te maten? Me dice antes de golpearme en una de las piernas con un objeto pesado.
 
Caigo al suelo y aprovecho para darme la vuelta, consigo ver a ese atracador que tenía a muchos de los vecinos en vilo. Como suele ocurrir cuando crear una serie de expectativas demasiado grandes, no era ese hombre fornido con cara de malo y cuernos de diablo que esperaba, era un simple ratero que se había pasado media vida fumando tabaco negro y había abusado del Coñac en ayunas.
 
—    Pero si eres un tipo normal, y yo que pensaba que eras casi un ser salido del infierno para aterrorizar a los pobres mortales…

—    ¿Estás zumbado? Me pregunta más sorprendido que cabreado

—    Me has dicho que quieres todo lo que poseo, ¿No es cierto? Le pregunto mientras me incorporo.

—    Me responde con solemnidad que esa es su intención y permite que un haz de luz ilumine su preciosa navaja de Albacete.
 
Saco el poco dinero de mis bolsillos y desabrocho la correa de mi reloj para que el ladrón pueda observar detenidamente mis objetos.
 
—    Esto es todo lo que hay. Le comento con una sonrisa.

—    Seguro que tienes algo más en…
 
—    Esto es un trato entre caballeros ¿no es así? Le digo antes de que pudiera terminar su última frase.

—    ¿Cómo dices? Me señala con la navaja.

—    Los dos somos hombres de palabra y tú quieres todo lo que poseo.

—    Sí, yo soy un hombre de palabra y la mantengo. Si te tengo que rajar lo cumpliré, así que no intentes nada raro.

—    Muy bien, pues te daré todo lo que poseo.
 
Nada más terminar mi última frase empiezo a despojarme de la ropa de trabajo ante la mirada de sorpresa de mi interlocutor. Se echa una de las manos en la cabeza y con la otra vuelve a amenizarme la velada con su navaja.
 
—    ¿Qué coño haces?

—    Darte todo lo que poseo.

—    ¿Tú eres gilipollas?

—    ¿Yo? Le pregunto extrañado.

—    ¿Seguro que no te has escapado de algún manicomio? Me pregunta de nuevo.

—    Vamos a dejar las cosas claras —Le digo mientras me quito los pantalones — Tú me has pedido todo lo que poseo, así que te estoy dando la ropa de mi trabajo y con él te regalo también mi puesto en el restaurante, después te daré las llaves de mi casa y la información pertinente para que te quedes con mi familia.
 
Un tintineo metálico indica que ha dejado caer su navaja, de un rápido movimiento se despoja del pasamontañas que escondía su rostro y me mira fijamente con una leve sonrisa.
 
—    Tú eres del programa ese de la tele que se queda con los pardillos. A mí no me engañas ¿Dónde está la cámara?

—    Te lo digo totalmente en serio. Mira, en mi curro no tendrás ningún tipo de problema, pego un telefonazo al jefe y le digo que eres mi sustituto, con la ayuda de los compañeros saldrás adelante.

—    Te escucho.

—    Mi mujer ni me hace caso, no notará que otro hombre se acueste en el sofá mientras pague las facturas. Tendrás comida casera, techo y dos hijos adolescentes con los que descargar toda tu frustración.

—    Estás mu loco tío, pero dormir en un sofá y comer tres veces al día es un lujo que hace tiempo que no disfruto. ¿Seguro que me quieres entregar todo eso a cambio de nada? Me dice sorprendido.

—    Sólo quiero que me digas dónde duermes y que me entregues tus instrumentos de chorizo. Te propongo un cambio de vida.

—    Vale — comenta ilusionado — No seré yo quien le quita la ilusión a un hombre.

—    ¿Hay trato? Le digo extendiéndole la mano

—    Hay trato me responde estrechándomela.
 
El infeliz se va dando saltitos camino a su nueva casa, a mi me queda la tranquilidad de un callejón oscuro y una manta de cartones. Ahora toca aprender este nuevo oficio y tengo toda la noche para comprobar si valgo para esto. Un joven con demasiado alcohol en las venas para saber dónde se mete es mi primera víctima, un poco nervioso le pido que me de todo lo que posee y consigo hacerme con
un buen botín.
 
Los meses pasan y las víctimas parece que no aprenden; siempre hay algún despistado que pasa por mi territorio y me permite comer caliente, pagar una pensión e incluso visitar a alguna mujer de lustrosos pechos.
 
Una noche asalto a un hombre por detrás y le pido que me de todo lo que posea, antes de que me diera tiempo ni siquiera a amenazarle con mi navaja de Albacete, se arrodilla y me agarra la pierna para suplicarme que le devuelva su vida.
 
—    ¿Tú eres el chorizo al que le cambié mi vida?

—    Sí — Me dice entre lágrimas — Soy Julián, el pobre Julián al que enviaste al suicidio. Te suplico que me devuelvas mi navaja, no aguanto más la mierda de vida que me entregaste.
 
Siempre he sido un blando, nunca he podido ver a un hombre arrastrarse y llorar de esta manera tan lastimosa. Así que en pocos minutos me encontraba en el sofá de casa viendo el tarot de madrugada.

Mi vida como asaltador de caminos, siempre me ha gustado llamarme así, ha quedado en una simple anécdota, pero he podido comprobar que hay que tenerlos cuadrados para vivir mi vida, así que por lo menos esta noche dormiré con el ego por las nubes.

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