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3 min
Pijamas y planos.
Reales |
15.06.16
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Sinopsis

¿Qué va antes el amor o el trabajo? Tened cuidado.

Era una larga noche de trabajo. Habitual. Traí todo a casa, no acabé en el trabajo. Tengo mi propio cuarto para organizar planos y proyectos. ¿Mi trabajo? Arquitecto. Me apasiona, pero requiere tantas horas… Mi matrimonio -de siete meses- empezaba a resentirse.  Demasiadas horas fuera, tanto trabajo en casa: Isabel me echaba de menos. Hacían las doce, y justo, cual cenicienta, mi esposa abrió la puerta.

Isabel venía saltarina. Muy juguetona. Con los labios aun pintados, volvía de estar con sus amigas:

-¡Mis amigas son un rollo, Marco! Se recogieron antes de que empezase la noche… -me dijo con un tono de ebriedad en la voz, claramente había tomado un par de copas, quizás dos copas de vino, o tres. Aunque tampoco estaba tan mal-.

Mi esposa se acercó a mí, empezó a desabrochar su blusa blanca cargada de florituras en forma de bordados. Su escote se asomaba, dando una imagen que derretiría a cualquier mortal. Pero no a mí. Hoy no. Tenía trabajo, hay que entregar todo a su debido momento y este proyecto aún no estaba acabado. Giré la cara, le di las buenas noches, un beso fugaz y bajé la cabeza para seguir trabajando. Sin pensar qué podría ocurrir…

Isabel me puso una cara malhumorada, pero era habitual… se resignó al minuto y salió del cuarto. Con ganas, muchísimas ganas. Pero debía asimilar la situación: estoy ocupado. "No" es "no". Tengo que mantenerme serio, sin atender a sus provocaciones. Mi trabajo es mi vida, tengo que acabarlo lo antes posible –y lo mejor que pueda-. Sin este sustento no podr-

Una puerta, abriéndose bruscamente interrumpió la retahíla de pensamientos.

Era ella, en todo su esplendor, llevando su pijama más ceñido: sabía bien que ese era mi punto débil. Y ahí estaba yo, inmóvil. Sabía que ante eso no me puedo resistir. Andó hasta mí, bamboleando sus caderas como una felina, mirándome con ojos de deseo –mordiéndose el labio inferior a medida que avanzaba-. Su escote, aún más pronunciado y provocativa poco dejaba a la imaginación. Se acercó a mí, besándo mi cuello con calma, bajando su brazo hasta agarrarme. Estaba fatal, muy mal.

Bajó mis pantalones como pudo. Me cogió completamente, me agarró con fuerza. Ya no me podía resistir. Empezó a jugar conmigo como quiso. Con la fuerza que le viniera en gana. No me dejó levantar de la silla. Aumentó la velocidad. Aumentó los besos, acompañado del roce de su voluptuosa delantera por mi cara. Y, justo cuando iba a terminar, cuando estaba a punto de llegar al clímax. Ella paró:

-Buenas noches, cariño. Sigue trabajando –me dijo mientras se fue tal y como vino por la puerta, orgullosa y dejándome con más ganas, muchísimas ganas. Más que nunca-.

Me lo había merecido. 

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