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9 min
Piratas de las afortunadas
Históricos |
29.09.15
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Sinopsis

Apasionante historia de piratas en aguas españolas

Octubre de 1585, la flota del temible corsario inglés Francis Drake se hallaba anclada cerca de la costa de Arquineguín. Pocos días antes había atacado ferozmente el puerto de las Palmas, donde el gobernador de la isla de Gran Canaria Don Alonso de Alvarado los paró en seco al mando un puñado de valerosos civiles y la ayuda inestimable de los fuertes de Santa Catalina y Santa Ana. Ante el fracaso de la empresa, los ingleses planearon avituallarse de agua potable y víveres en la parte sur de la isla y desde ahí partir hacia las Américas para seguir tocando la moral al imperio español.

 

A lo lejos se divisaba con bastante claridad los buques ingleses, a pesar que era de noche, la luna iluminaba lo suficiente para distinguirlos a una distancia prudencial. Ramón estaba maravillado, al contemplarlos en el fragor de la batalla apenas tuvo tiempo para levantar la cabeza pero ahora al verlos parecían auténticos titanes de los mares. De repente hay mucho movimiento en la cubierta de uno de los galeones reales, tras unos segundo de incertidumbre, sin saber bien lo que ocurría, Ramón observa como un bote de remos con unos 10 hombre se dirige a la orilla. 

 

—¿Quién me mandaría decir que sabía manejar un barco?—Maldijo Ramón en voz baja sin dirigirse a nadie en particular.  Después de la defensa de la isla, se buscaron marineros para patrullar las costas en busca de los enemigos y Ramón que había trabajado en un barco ballenero gallego en su juventud tenía cierta experiencia en el oficio, también tuvo sus años de contrabandista pero este es un dato que prefirió ahorrarse no fuera que a su señoría le diera un ataque de disciplina y lo colgara de la palmera más alta.

 

Cuando le asignaron la tarea vio la oportunidad de alejarse del tedioso trabajo en el ingenio y no la desaprovechó, lo que nunca se le pasó por la cabeza es que fuera a encontrarse de bruces con los piratas. Pero de perdidos al río ya no había marcha atrás así que lo único que podía hacer era seguir con su misión que era mucha mejor opción a la que le fusilaran por desertor.

 

Le habían puesto al mando de un viejo y pequeño barco velero, en realidad no era más que un bote con una vela improvisada. Al verlo por primera vez Ramón pensó que igual llegaba más lejos con una balsa hecha de hojas de platanera. Como tripulación le encomendaron una pareja un tanto peculiar, un descendiente de aborígenes canarios llamado Abora, un muchacho grande de anchas espaldas y un esclavo africano que nadie sabía pronunciar su nombre y al que apodaron Cernícalo por la mirada tan profunda que poseía.

 

El bote llegó a la playa, los marineros arrastran la embarcación por la arena que brillaba con una luz fantasmagórica al reflejarse la luna en ella. Pum, pum, se escucharon fuertes ruidos junto a algunos fogonazos, Ramón reconoció al instante el sonido característico de disparos de arcabuz. Una patrulla había descubierto a los ingleses y los habían emboscado en un cañaveral cercano a la orilla. Ante el nuevo contratiempo y sin posibilidad de salvar a sus hombres   los navíos corsarios zarparon, habían sido descubiertos, por lo que el capitán Francis Drake decidió partir en busca de los suministros que tanto necesitaba en otro lugar.

 

—Dejar los remos e izar la vela caballeros, tenemos que seguir hasta donde podamos a esos bastardos. —Dijo Ramón con resolución, le gustaba usar la palabra caballeros para dirigirse a sus subordinados porque otorgaba sensación de igualdad y para él era un sentimiento indispensable a la hora de comandar y además le hacía aparentar una gentileza que no poseía.

 

Sin decir una palabra, con la eficacia de quienes están acostumbrados a seguir órdenes sin discusión los marineros hicieron que el pequeño velero iniciara la persecución de la escuadra invasora. La brisa marina lentamente hinchó la vela a la vez que el mástil empezó a protestar como quien se despierta de un sueño profundo, todos contuvieron la respiración temiendo que se quebrara el trozo de palo, estaba pintado de rojo con savia de Drago, Abora se había empeñado en ello, según él la esencia del árbol canario tenía propiedades mágicas y los protegerían de los espíritus del mar. Ramón supersticioso como todo hombre de mar no puso ningún reparo, aunque fueran dioses pagano ninguna ayuda sería mal recibida.

 

A la altura de la Aldea de San Nicolás, la flota inglesa dejó de bordear la isla y marchó mar adentro, todos los los navíos salvo un barco que siguió cerca de la costa. Ramón sabía que debía informar de la ruta tomada por los británicos pero decidió seguir al rezagado, intuía que podría sacar algún beneficio del negocio. Lo persiguieron con cautela para no ser detectados, protegidos por la noche hasta llegar a la altura de Tasartico, concretamente a la playa del Asno. Los británicos anclaron el barco y a continuación bajaron unos bultos para llevarlos a una cueva que se encontraba próxima a la orilla.

 

Ramón decidió desembarcar en una playa cercana para no ser vistos, él y sus compañeros arrastraron el bote a lugar seguro y lo cubrieron con tela de velamen para que nadie pudiera descubrirlo.Tuvieron que dar un rodeo para llegar debido a que la playa está rodeada de acantilados de difícil acceso pero esta vez la suerte está de su lado y tras un rato de búsqueda encuentran un antiguo sendero usado por los aborígenes canarios que por lo que se sabía tuvieron grandes asentamientos por esa zona de la isla.

 

Mientras bajaban Ramón se percató que el navío inglés había zarpado, empezó a maldecir su suerte en voz alta hasta que Cernícalo le puso su enorme mano en la boca y le señaló con el dedo a unas figuras que caminaban en la playa, eran marineros haciendo una guardia, rezó para que no se hubieran dado cuenta de sus gritos. Al acercarse un poco más vieron a otros dos hombres haciendo guardia en la entrada de la cueva. En esa cueva había algo y tenía que ser muy valioso por las precauciones que estaban tomando para pasar inadvertidos.

 

En total eran cuatro los vigías los dos de la entrada de la cueva y los otros dos que estaban patrullando el perímetro. Una vez se aseguraron de que no había más guardias, pasaron a la acción, se acercaron con cautela hasta un punto ciego del recorrido de los vigías donde no podían ser vistos por los corsarios de la entrada de la cueva. 

 

Eran dos jóvenes británicos my rubios y con la piel rosada por el sol, parecían dos gambas, no deberían tener más de 16 años y probablemente eran familia de algún lord inglés que los habría enchufado en la marina para librarse de ellos. Para su fortuna duró poco, una vez llegaron a donde estaban apostados los asaltantes fue todo rápido Abora y Cernícalo cogieron a los muchachos les taparon la boca y les partieron los cuellos respectivamente, todo ocurrió en unos segundos.

 

Sin perder nada de tiempo para aprovechar el factor sorpresa Ramón se puso la ropa de uno de los chicos, su intención era dejarse ver un poco y hacer gestos para atraer a los guardias de la puerta, confiaba que entre la distancia y la oscuridad no lo reconocieran. Así que ni corto ni perezoso ejecutó su plan, se mostró y empezó a gesticular como pidiendo ayuda para atraerlos y poder acabar con ellos limpiamente pero como siempre ocurre con los buenos planes no surtió efecto, los vigías de la puerta no picaron el anzuelo y comenzaron a disparar.

 

A Ramón le dio el tiempo justo para esconderse antes de que le volaran la cabez de un disparo, ya sin el factor sorpresa y sin saber cuántos hombres había dentro, estaba a punto de ordenar la retirada, cuando se escucha un zumbido y luego otro, lo siguiente que se oye es el sonido de huesos al romperse, los piratas de la entrada estaban abatidos. La sorpresa de Ramón fue mayúscula, no comprendía lo que había ocurrido hasta que se percató de que Abora llevaba una piedra en la mano. “Estos aborígenes debieron ser unos rivales formidables” pensó mientras le recorría un sentimiento de admiración de esos que hacen que se te ponga la piel de gallina.

 

Con cautela se fueron acercando a la cueva, con sigilo iban aproximándose a la entrada, cabía la posibilidad de que hubieran más ingleses dentro, así que decidieron esperar un tiempo prudencial fuera para luego entrar. A Ramón le llegaban recuerdos de historias de tesoros de piratas a las que tan aficionados son los marinos del norte de la península, ¿podría ser que los bastardos corsarios hayan dejado un botín aquí para luego buscarlo? .

 

Al poco de entrar ven lo que tan celosamente guardaba la cueva y Ramón dejó escapar un sonido de admiración porque interiormente no esperaba encontrarse con un tesoro tan valioso…

 
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