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4 min
Plato frío
Varios |
02.02.17
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Sinopsis

De todos es conocido el dicho que la venganza se sirve en plato frío. Ahí va una historia.

¿Recuerdas cuando éramos niños? Ahora, con los ojos de un adulto, sabiendo lo que el paso de los años otorga a todo ser humano, diríase que era un comportamiento normal a esa edad, aunque sigo pensando que tu crueldad hacia mí era desmesurada. ¿Por qué tenías que reírte de todos mis actos, mis opiniones o aún mis gestos? ¿Por qué tenías que hacerme un desgraciado?

 

No obstante, seguía a tu lado, porque eras mi único amigo, mi confidente, mi apoyo. Quizá porque nadie más se reía como tú, porque todos se apartaban de mi lado, porque tú parecías comprenderme, y soportarme. Quizá porque me acompañabas o, tal vez, hacías que te acompañara a todos esos sitios que querías visitar, los múltiples peligros que los acechaban y que no podías dejar de correr, las afrentas que podíamos procurarnos en esos comportamientos incívicos... Más de una regañina de mis padres me llevé a cuenta de tus actos, sin contar algún que otro castigo, más o menos severo. No me importaba. Como tampoco me importaba el que dudaran de mi condición sexual por el simple hecho de hallarme siempre a tu lado. No. Yo tenía muy clara mi atracción irrefrenable hacia las mujeres, pero de ti... ¿qué se pensaría?

 

El curso de montañismo, al que, como todo lo demás, también me hiciste apuntarme, se me antojó necesario, dada tu temeridad y tu arrojo, tu capacidad y determinación para superar todo reto imaginable. Y la verdad es que disfruté con él, porque sabía que, tarde o temprano llegaría el día, el día que subiríamos a una cima. Porque tú querías llegar muy alto. Decidiste que el Puigmal era una opción. No era un ascenso complicado, según pude oír, si se realizaba en época estival. Ni pensarlo en pleno invierno. Y aunque amaneciera nublado, con pronóstico de tormenta, no te importó. Cogimos nuestras ligeras mochilas dispuestos al ascenso desde el valle de Nuria. Con suerte la tormenta se desencadenaría con el descenso, posiblemente cuando estuviéramos en la seguridad del albergue.

 

El ascenso fue fácil gracias a tu buen conocimiento de los mapas, con esas endiabladas e incomprensibles curvas de nivel que parecían indicarte el camino. Yo solo te seguía, confiado en que sabías por dónde caminábamos.

 

Y lo logramos. Llegamos a la cima desde donde se divisaba, al otro lado, territorio francés y gente subiendo por esa cara. Las nubes quedaban mucho más abajo. Arriba el cielo era límpido. Tenía ilusión porque llegaras, porque no te podía dejar con ese reto sin alcanzar. Dejamos nuestra impronta en una insignificante y barata libreta de anillas oculta en un símil de caja fuerte, dentro de una roca. Sonreí, ahora había llegado mi momento.

 

Comenzamos a descender. No era cuestión de tentar a la suerte, de tener que soportar una tormenta a esas latitudes. El terreno era resbaladizo, por la pizarra desmenuzada que cubría el monte. Era preciso pisar con precaución. Te lo avisé, pero no me hiciste caso. Por eso ahora te veo ahí, despeñado, con la cabeza rota por el golpe que te diste contra esa roca. Ya no puedo hacer nada por ti salvo que, cuando llegue al albergue, avise a la Guardia Civil, división de Montaña, para que rescaten tu cuerpo sin vida. Sufriste un desafortunado resbalón. Mi aparente dolor dará la suficiente credibilidad.

 

Hasta nunca, amigo.

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Me importa muchísimo que se comenten mis trabajos, más que recibir 5, 4, 3, 2 o 1 estrellas. Lo bueno es saber si se está escribiendo acorde con las expectativas. Es fundamental que ese comentario sea honesto, aunque sea duro. Prometo no tomar represalias.

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