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4 min
Plumas blancas: Ascenso
Drama |
14.08.19
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Sinopsis

Capítulo 2

  Iba caminando con su brazo en mi hombro por una escalera de plumas blancas. El accidente ya quedaba muy abajo, pero cada tanto volteaba a ver mi cuerpo tirado en el suelo, al costado del auto azul. Lo hacía porque no quería abandonarme. No me quería despedir. El señor me dijo que no tuviera miedo, que todo iba a estar bien, que no era una despedida, pero yo no estaba seguro. Aun así, seguía subiendo los escalones.

  Plumosos, suaves y acolchonados escalones de plumas, el tacto era tan bello y agradable bajo la planta de mi pie que tardé en darme cuenta que iba descalzo. ¿Perdí mis zapatos cuando volé por el parabrisas o me cambiaron y no me di cuenta? La luz blanca que veía en el cielo parece coincidir con el final de la escalera, allá arriba. Sospecho que no es una estrella después de todo. El viejo me aprieta más con su enorme brazo y me acerca hacia él en gesto fraternal.

  –Sigues con miedo en tu alma, Nicolás –me dijo él. Yo jamás le dije mi nombre, ¿cómo puede saberlo? Si no estuviera subiendo por una escalera hacia el cielo pensaría que es raro.

  –¿Quién sos? ¿Cómo sabes mi nombre? ¿A dónde vamos? –Vomité las preguntas una atrás de otra, las más importantes. Ahora entiendo menos que cuando estuve abajo–. ¿Estoy muerto?

  El hombre de barba blanca me sacaba una cabeza y eso que yo medía un metro noventa. Me miró y sonrió. Su cara emanaba calor, no sé como describirlo mejor, pero me ofrecía calor, cariño y tranquilidad, todo en un mismo gesto. No pregunte más, me sentía un poco mejor. Hombro con hombro continuamos la caminata en silencio, paso a paso, escalón a escalón. El señor con túnica blanca y yo con sólo un camisón del mismo color. Cada tanto lo miraba a escondidas, disimuladamente, y mi ser se inundaba de paz. Era lo más jodidamente extraño que me haya pasado alguna vez. ¿Será Dios? Y yo que soy ateo, esta mierda no me la voy a olvidar nunca más en mi puta vida. A lo mejor es un sirviente, un ángel, otro muerto o nadie en concreto, no tengo la menor idea. Pero sea quien sea, tengo la extraña sensación de que lo conozco.

  Sigo subiendo. Ya habré subido como mil escalones fácilmente, pero no noto cansancio. Las estrellas desaparecieron, el cielo es más claro, de un celeste tirando a blanco, pero la luz sigue allí arriba, cerca, inamovible. El hombre sigue con su brazo en mi hombro, no lo retiró ni una vez, cosa rara.

  De pronto, siento que me desarmo, que me desparramo desde mi interior hacia afuera, como si me rompiera en mil piezas y fueran hacia todas direcciones. Mi primera reacción fue verme el cuerpo para ver qué me había pasado, pero mi incertidumbre se esfumó casi tan rápido como surgió. Estaba todo en su lugar. Inmediatamente después, una tranquilidad absoluta se adueñó de todas mis venas, pensamientos y sensaciones. Una lágrima brotó de mi ojo derecho al estar en ese estado. En ese momento, el hombre que había estado conmigo en silencio lo que duró toda la subida, se volteó hacia mí, retiró su brazo de mi hombro y me dijo, sonriendo con toda su cara:

  –Estoy muy orgulloso de vos, Nicolás, hermano mío. Acá es.

  –¿Acá es qué? ¿A dónde llegamos? –Cuando entré en razón y miré hacia delante, la luz que veía desde abajo, tan brillante, cautivante, blanca y absoluta, estaba delante de mí. Era una arcada, una puerta. El marco proyectaba los destellos níveos–. ¿Quién sos? Necesito saber, por favor. No entiendo, por favor, no entiendo.

  –Tranquilo, lo vas a hacer –dijo, y me dio un leve empujoncito desde mi cintura, lo suficiente para que me hiciera avanzar y atravesar aquella puerta.

  Cuando vi lo que había del otro lado no pude evitar abrir mi boca. Yo nunca en mi vida había abierto mi boca.

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