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5 min
Plumas blancas: Previa
Drama |
18.08.19
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Sinopsis

  –En tu nacimiento, yo estuve ahí. Cuando diste tus primeros pasos, yo estuve ahí. En tu primer amor, yo estuve ahí. Siempre al lado de tu madre, siempre con tu padre; yo siempre estuve ahí. –Sus palabras eran tan suaves pero tan imponentes a la vez que llegaban a mi interior y despertaban momentos en mi memoria que había olvidado hace mucho tiempo.

  Las personas ya no estaban, caminábamos por una llanura llena de hierba clara, llena de árboles, arbustos y arroyos. Este mundo es raro, me transporto a lugares tan distintos entre sí sin siquiera moverme. De un momento a otro simplemente aparezco en otro lugar. Que corta e ignorante fue mi vida que jamás pude saber de estas cosas.

  Al principio sólo escuchaba, pero mi ser era una bomba atómica de sufrimiento a punto de estallar. Tenía tantas cosas que hablar con él, pero no quería ser maleducado. Mi ángel guardián parece bastante buena onda, pero no sé cómo serán los modales en este… ¿mundo? ¿Realidad, dimensión? No se ni dónde mierda estoy.

  –¿Me morí? –le pregunté en seco, sin pelos en la lengua, y lo miré atento por si llegaba a hacer alguna expresión que pudiera significar algo. Él giró para verme mientras sonreía.

  –Sí. Y no.

  –¿Cómo es eso? ¿Puedo estar muerto y vivo a la ves?

  –Por supuesto –respondió riendo–. Ahora lo estás.

  –Bueno, como sea. Sos muy misterioso y poco claro, pero aún así quiero que transmitas un mensaje a las personas que te voy a decir. Porque podés viajar a esa realidad, ¿no?

  –No funciona así, Nicolás. Sé que muchas dudas tienes, pero todo a su tiempo.

  –¿Podés ser claro y conciso en las preguntas que te voy a decir ahora? –Ya me estaba cansando todo, quería respuestas.

  La caminata era monótona, siempre el mismo paisaje, siempre el mismo ritmo, siempre la misma paz. Pero yo me estaba impacientando, había cosas que tenía que solucionar, y allí estaba perdiendo el tiempo vaya a saber para qué. Mi ángel me miró de reojo, como si supiera que lo que iba a decir era algo serio, y por primera vez me contestó sin una sonrisa en su rostro. Su cabeza asintió.

  –Dime lo que necesites antes que lleguemos. Suelta. Libera.

  –¿Me morí?

  –Sí, y no.

  Será de dios, otra vez esa respuesta de doble sentido. O es más bromista de lo que creo, o entiendo cada vez menos. Sólo sé que no sé nada.

  –¿Dónde estoy? –pregunto.

  –En el cielo.

  –Necesito mandar unos mensajes a mi familia y amigos. ¿Podrías vos?

  –Yo no, pero vos sí.

  Me quedo atónito. ¿Yo? Pero si supuestamente estaba muerto, ¿o en realidad no? Ahora sí que no sé nada de nada.

  –¿Cómo?

  –Aprendiendo.

  –¿Cómo aprendo?

  –En un rato lo verás.

  –No me quiero morir para siempre, no quiero estar acá para siempre –digo repentinamente, asustado y desesperado. Él se frena, me ve con lástima y me acaricia con su enorme mano mi mejilla. Oh dios, que bien me hace.

  –Nicolás, deja de culparte. No puedes decidir el destino de todo y todos en ese mundo.

  Fueron las palabras justas a lo que siento y pienso en mi interior. Es algo muy trillado, pero en él parecen las palabras con más sentido que haya escuchado. Lo miro cara a cara, lo admiro, confío en él. Quiero llorar.

  –Lo intento. Mi cabeza es inocente, pero me siento culpable en mi corazón. Ángel, me duele el alma, hace diez años que me duele, y mucho.

  En ese momento juro por mi vida o lo que queda de ella, que me dieron el abrazo más extraño e impresionante que sentí desde que tengo memoria. Él se acercó, con su enorme cuerpo de oso cubierto de blanco con la túnica blanca, y me abrazó. El apretón toco primero carne y luego se fundió para abrazarse en mi alma, como si fuéramos uno. No lo voy a olvidar jamás. Luego vuelvo a sentirlo salirse, desprenderse de mí, y lo veo nuevamente frente a mí, con su barba blanca y tupida.

  –Dejarás de sufrir, Nicolás. Te castigas demasiado, pero ya no más. Recuerda quien sos de verdad. –Entonces me señala con la mirada hacia una puerta luminosa, bastante parecida a la que había visto al final de la escalera, pero algo distinta.

  –¿A dónde vamos? –le pregunto, secándome las lágrimas.

  –A aprender.

  Nos tomamos de la mano y empezamos a caminar hacia la luz. Sigo con dudas, pero si este es el camino para mi vuelta a casa, lo haré. Necesito resolver mis cosas con mis padres, mi hermana, mi sobrino y algunos temas más. Pero esta vez no voy sólo, esta vez voy con mi ángel guardián.

  Mis últimos pensamientos fueron para mi familia. Que no sufran, que estoy bien, que estoy más fuerte que nunca. Que allá voy.

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