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5 min
Plumas blancas: Viejo conocido.
Drama |
15.08.19
  • 5
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Sinopsis

Capítulo 3

  Cientos, miles de personas caminando de acá para allá en parejas sobre una llanura de hierba clara. No me alcanza la vista para verlos a todos. Volteo casi como un acto reflejo para ver detrás de mí al hombre de barba blanca en busca de ayuda, pero no estaba, ni siquiera existía ya la arcada de luz blanca e imponente. Estaba sobre una pequeña colina, apenas unos centímetros del nivel del suelo y a mi alrededor se movían todos ellos. Los había de toda clase: hombres, mujeres, niños, jóvenes, ancianos; pero me percato que en todos ellos hay una constante: en cada par siempre había un anciano con barba blanca y una túnica gris o blanca. Se parecen al señor que me trajo acá. Cosa rara. Al recordar al hombre que me acompañó en la escalera volví a sentir esa extraña sensación nuevamente: a ese hombre lo conocía.

  Decido bajar un par de escalones y adentrarme en tan colosal gentío. Parecen no verme. Van conversando entre ellos. Camino, esquivo, retrocedo, giro y continúo caminando. Mis piernas van temblando, es todo demasiado extraño. Antes estaba seguro que había muerto. Ahora vuelvo a dudar. Sigo caminando, necesito entender.

  Observo.

  –El Yo Soy –escucho decir a un anciano de barba blanca aún más larga que la que tenía el mío.

  –El Yo Soy –responde un chiquillo de unos diez años, más no.

  Muchas voces se pasean por mi cabeza, pero no muy claras. Intento no chocar a nadie, pero es muy difícil. Me tropiezo con el pie de una mujer morena baja, pero se ve que no le importó porque no se inmutó siquiera y continuó su charla con su viejo de turno. Continuo.

  Es extraño lo de las voces. Bueno, todo es extraño desde que volé por el parabrisas, si es que volé, ¿no? Oigo mil palabras en mi mente, pero no me desgastan ni me confunden. No hay bullicio. De pronto, escucho otra charla clara con mi oído izquierdo.

  –La última prueba, Gabriel. No necesitarás ojos, verás con el corazón –dijo alguien con voz ronca, aunque entre tantas personas no alcancé a divisar quién.

  –Con el corazón, bien, creo que lo tengo –respondió una voz aún más tosca que la primera. No se porqué creo que no le sería tan fácil ver con el corazón a ese hombre, a lo mejor me recuerda a la voz de un tío mío, muy anticuado y poco dado con la tecnología, criado con las antiguas costumbres. Me puse contento, por lo menos aquella persona lo iba a intentar. Además, seguro está mejor que yo, porque le dijo que era el último paso. Bien por él. Sigo.

  Entonces, una duda me carcome por dentro. Odio las dudas. ¿Qué hay en el cielo si ya estoy supuestamente en él? Levanto mi vista. Tierra. No comprendo. Dirijo mi mirada hacia toda la extensión derecha e izquierda. Tierra. Formas difuminadas de valles, desiertos, ciudades, mares; ¿no sería más coherente ver el planeta Tierra desde el espacio? Todo se revuelve como un batido, pero los colores se mantienen. El contraste con lo claro de las personas, de la hierba que pisoteo, de las prendas, del horizonte es muy notorio con lo que veo arriba. ¿Estoy arriba, o ahora estoy realmente abajo? A lo mejor simplemente estoy dado vuelta. Qué complicado. No entiendo ni mierdas.

  Imprevistamente, en un mundo en donde sólo oía cosas en mi cabeza, unas trompetas retumban en el lugar más abierto que vi en mi vida. Nada tenía coherencia, pero el sonido formaba ecos. Era tan majestuoso que todas las cabezas se alzaron en dirección del origen. Yo también lo hice. De repente se detienen, las personas se hacen a un lado y forman un sendero despejado hacia mí. Yo me quedo mudo al ver que todos me miran. Ya no me ignoran. ¿Están esperando que haga algo? ¿Debo hacer algo? Carraspeo por si tengo que hablar. Estoy muy nervioso. Pero antes que dijera algo, lo veo venir. Era él.

  A lo lejos del pasillo que se había formado, volvía a ver al anciano de barba y túnica blanca que había visto por primera vez antes de subir las escaleras. La gente empieza a aplaudir: un anciano con miles de arrugas de la vida, una niña con cachetes regordetes, una mujer embarazada, un hombre esbelto, una señora flotando en el aire. No se qué va a pasar, pero agradezco volver a ver a aquel señor.

  Decido ir hacia él. Mis piernas me fallan y me cuesta caminar. Parezco un niño volviendo a aprender. Cada vez más próximo noto la sonrisa tan afable del buen hombre. Ya la extrañaba. Vuelvo a sentir paz y confianza. Yo a él lo conozco, estoy seguro. Me apuro, me siento más débil y no sé cuanto tiempo duraré de pie. Troto más de prisa. Ahora corro. Cuando estoy a punto de llegar, él se detiene, enorme como un oso, y me abre los brazos. Me abalanzo sobre él con mi último esfuerzo y me largo a llorar. Los aplausos cesan. La gente vuelve a sus asuntos.

  Apretado contra su pecho le pregunto que por favor me diga de una vez quien era, que lo notaba familiar. Él rio estrepitosamente. No sé qué le causaba gracia hasta que me respondió.

  –Claro que te voy a resultar familiar, Nicolás. Soy tu ángel guardián.

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