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7 min
[+18] Corazones [+18]
Amor |
25.08.17
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Sinopsis

Gore romántico.

Oye, cariño, ¿has matado alguna vez?
Me miró al tiempo que pestañeaba varias veces. Me pareció de una inocencia sublime. Le acaricié la mejilla antes de besarla.
¿Sabéis todo eso del amor verdadero? Así siento que he encontrado. Da igual que lo explique, vosotros no sabéis sobre verdadero amor ni por asomo, pero eso no os priva del derecho de conocer mi caso.
Encontré a mi novia en la noche más fría del invierno. Supe que algo sucedía por cómo nos tratamos desde el primer momento. Escondí mejor el cuchillo y la ayudé a empujar el coche averiado. Charlamos y volvimos a quedar otro día. Antes de terminar la semana ya estábamos haciendo el amor; nada de follar. Sí, soy un romántico, que te den.
A la larga, sentí como lo que dijo el viejo escritor: allí donde estaba ella, estaba el Edén. Con tal inspiración, menudos polvos le daría a su mujer. Ah, sí, hubo un tiempo en que su mujer era menor. Sé que las personas necesitáis saber de esos detalles sin importancia.
Os contaré a partir del día siguiente a cuando hice esa pregunta a mi Edén. Llevaba un cachorrito de perro en las manos y me dirigía a casa. El bicho era peludito, blanco como la nieve predispuesta a ensuciarse. Su instinto daba indicios de buscar juego. No le iba a hacer el feo.
Lo coloqué panza arriba sobre la mesa. Cuchillo en mano invité a mi novia a acercarse. Aún se la notaba asimilando mi confesión sobre que no era virgen en esto de matar. Mi explicación sobre cómo lo hago, sobre lo que se siente al atravesar una vida y privarla de todo derecho… le debí dar entre curiosidad y envidia de éxtasis, celos por haber sido infiel en experiencias no compartidas.
Con delicadeza la coloqué frente a la mesa. Acarició la barriga del perrito, y este activó su cola. La mía también se activó, y apreté mi entrepierna contra las nalgas de ella. Le mostré el cuchillo, y supo que tenía que colocar sus manos donde las mías. Guié las manos libres sobre su cintura. Las otras, agarradas al mango del filo, descendieron hasta el animal.
Mi bella temblaba, un horror que fue convirtiéndose a juzgar por cómo cambió su pulso acelerado. Moví la mano de la cintura para ascender con suavidad por debajo de la blusa. Fui lento, con su mano encima apretando, siendo delicado como si fuera la primera vez que la explorase. Agarré su pecho. Apreté conforme el cuchillo lo hizo sobre la carne.
Empujé mi entrepierna. Ella disimuló un gemido. Recorrimos el vientre y este comenzó a abrirse, separándose la piel con cierto ímpetu. Bajo el sonido lastimero del animal identifiqué los gemidos, y eso me obligó a apretar el pezón. Continuamos con el juego lo más lentamente posible.
El perro calló justo cuando eyaculé. Tras los espasmos, ella y yo nos mantuvimos, jadeando a ritmo descompasado, piel contra piel con el sudor mezclado entre la ropa apartada. Mi miembro terminó de surgir de dentro por peso flácido. Pero ahí permanecimos, abrazado yo a su espalda mientras observábamos la escena en canal abierto. Le susurré al oído que podía hacer un peluche si lo rellenaba, pero ella frunció el ceño. Así es, le dije, se irá descomponiendo porque no soy un maldito taxidermista, pero esa es parte de la gracia. Al final optamos por colocar el cuchillo y decapitar. Vive la révolution. Entonces ella se giró hacia a mí y nos besamos. Nuestras esencias se mezclaron. Ella se sentó en la mesa sin importar mancharse y regresamos a mezclar líquidos.
Las siguientes semanas fuimos el rey y la reina carmesís, y supe que nuestra relación había dado un paso más. Ella comenzó a improvisar ideas, como aquella del gato y el exprimidor. Nuestros besos fueron escarlatas, y su piel comenzó a tomar otra textura y tono. Bañarse en sangre debe de ser sano para la piel, y fue justo por esa deducción que tuve la idea que permitiría el siguiente paso: dejar el algo para matar a alguien.
Tras secuestrar a la mujer, dejé que mi novia hiciera los honores. Sabía que rechazaría la idea en un principio, pero cuando le dije que escogiera a la persona que más odiase me llevó hasta la casa de su jefa. Suena a tópico, lo sé, pero probar a pensar a quién llevaríais vosotros.
Observé curioso cada tortura que aplicó. Creo que ni pestañeé en ningún momento, hipnotizado por las pinzas y los filos; las anillas y las tenazas. Usó sus pendientes, la cubertería, cuerdas… el plástico que cubría el suelo de la habitación sonaba cada vez que movía mis rodillas para observar mejor. Joder, estuve empalmado todo el tiempo.
Sucedió el ménage a trois en la bañera. Con qué lascivia me miraba cuando ella estaba con su jefa y con qué celos cuando la tomé yo para penetrarla. No sabía que pudiese excitarme tanto mi chica cuando hay un cadáver entre ambos.
En ese momento supe que nuestra relación tocaba techo.
Y ahora bailamos un vals macabro. He puesto en el reproductor una canción que se dice sonó en una psicofonía. Gilipolleces, pero la sugestión es poderosa. Bailamos. Somos uno; puro encanto. Me confiesa que la noche que nos conocimos llevaba un cuchillo y que iba a matarme. Mi fascinación es palpable y quiero contarle que yo también iba armado, pero no puedo hablar con la boca llena de sangre. Seguimos y dejamos un reguero por donde pisamos. Qué bien que esté tan concentrada y me permita agarrar el cuchillo de su mano para devolverle la estocada. Conforme atravieso su costado, la miro de un modo que comprende que también podría entrar por esa herida. Eso endurece sus pezones, y mueve su mano para apartar la mía, sacar el cuchillo y clavarlo entre mi pecho y el hombro, todo con una destreza envidiable. Gimo; se la devuelvo; gime, me la devuelve…
Nuestra imagen final son nuestros cuerpos abiertos en canal, pisoteados los intestinos por el baile. Nuestros corazones aún laten, así podemos apreciarlo, cada uno en el pecho del otro conforme surgió la idea de intercambiarlos, lo que nos mantiene entrelazados como con hilos por las venas cava, la aorta o lo que rayos sea. Prefiero fijarme en su corazón palpitante entre las rendijas de mis costillas, y me parece la imagen más hermosa que puede existir.
Justo en ese instante comprendo la similitud entre las palabras éxtasis y existir.
Mi visión se están nublando, hace rato que me siento débil. Los ojos de ella se entornan, ya se va. La abrazo con el resto de mis fuerzas. Hace lo propio. Poco a poco caemos de rodillas, y siento mi corazón en su cuerpo latiendo al unísono con el suyo dentro de mí.
¿No es lo más hermoso morir al mismo tiempo que tu verdadero amor? Vosotros qué sabréis.

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