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13 min
Luz (+18)
Varios |
16.11.14
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Sinopsis

Porno-fantástico

Le encanta dormir desnuda. De hecho, cuando algún ligue la acompaña en las noches le pide que aparte sus bragas como condición para penetrarla, una excusa de extraño fetiche. Con ellos lleva cubierta a su intimidad profanada de hace tiempo, pero a solas era más diosa y conclusa, abatida a los propios deseos de su piel que ningún hombre lograría comprender.

Linda es una actriz y directora de cine pornográfico de cierto prestigio, ironía del mundillo que logró colocarla donde debía –además de encima de unos cuantos tipos, influencias de diferentes billeteras para según qué ocasión–. Considera lo suyo un arte, y por eso le duele más el alma que el cuerpo frente a las vejaciones que la inmortalizan. En secreto incluso grabó una snuff con una extranjera que habló demasiado, y de eso aprendió que lo mejor era callar preguntas y, más que todo, respuestas. Agachar y dejarse llevar, era la norma si se quería sobrevivir en esa jungla de celuloide, regla aplicable a todos; todos sin excepción.

De ello, resultaba más irónico que siendo reina del orgasmo se sintiese más excitada cuando estaba a solas sobre su cama, gustando taparse con una fina seda para elevarla con los pies y que vuele hasta caer sin prisas. La tela le roza todo el cuerpo, erectos sus pezones como si fueran capaces de rasgarla. Sin embargo, lo único que logra es rasgar su interior, y todo un oculto se desborda hasta cubrirla y aparentar ser otra, una Linda rojiza de mirada pura y destacada que habla más de verdaderas intenciones.

Agradece no follar esa noche, tan sobrevalorado por rutinario el concepto, pudiendo lanzar así las bragas contra el armario entre juegos que aún nadie le ha presenciado. Se deja llevar por el contexto del colchón y la almohada, erizada la piel y las escamas en su tierna nariz de pecosa. Sonría y a veces muerde si acaso no lo aguanta, bañada en gloria y gemidos mudos de satisfacción a pesar de no haberse masturbado a solas en años. En esos momentos antes de quedarse dormida siente como la libertad la acaricia, susurrando su nombre para que jamás olvide quién es y lo importante que supone. Oculta la cara como aprobación.

No suele recordar los sueños, así que aquella noche tuvo que ser real.

Abrió un ojo y vio el punto de luz. Giró la cabeza para comprobar la persiana y la ventana cerrada; se perfila el rayo partiendo la oscuridad sobre ella. Llega hasta la pared: un círculo de luz se delataba sin cuidados, estático y distante a pesar de hacerle compañía.

Elevó el cuerpo y la seda cayó como una cascada de segundo, llevándose tras de sí la frialdad que el cuerpo de la chica portase por el sueño, erizado cada punto en su cuerpo. Quedó fija observando el punto. Sus ojos se sumergieron en un mar de apariencia de pensamiento.

Alzó la mano y se interpuso entre ese lógica de luz. Apenas un grado más le calentó un punto de la palma, suficiente para sentir una corriente recorriendo su brazo hasta la parte alta de su nuca. Apartó la mano como si temiera, y unos segundos después repetía el proceso.

Una sensación la delataba y quiso mentirse por miedo. Poco a poco dominó al miedo y le sugirió ser partícipe de un algo que se acontecía. Comenzó a levantar más el cuerpo.

La línea trasversal destelló cuando Linda se interpuso. Sintió fuego inofensivo atravesar su piel para estimular sus músculos. Del hombro fue pasando por debajo de su cuello conforme quiso ladear para ser impactada. Sintió como si un dedo escarbara bajo la carne con masaje, llegando a tocar sus huesos. Comenzó a incorporarse y la luz impactó –con veracidad– sobre uno de sus pezones.

Durante el viaje de décima sintió el recorrido de la energía por su seno como si se lo abrieran, estímulo sin dolor que sólo permitía el alivio posterior, el ansia del masoquista convertida en sueño hecho realidad. Su pezón quedó presionado e hinchado. Imaginó dedos firmes y gruesos aplastando sin fuerza. Decidió mover su torso con pequeños giros para comprobar que resultaba buena idea.

Calló un gemido y se enfocó a mirar alrededor de la habitación al sentirse vergonzosa. Desde sus días menos pulidos que no se encontraba con tal comportamiento, lo que la hizo sentir a la vieja amiga como un reencuentro inesperado del que no supo qué pensar. Puesto en ello, decidió hacer lo mejor para esos casos y cerró los ojos dejándose llevar. Notó como el pezón estaba más hinchado, quizás de un color alertando sobre lo prohibido que nadie impide.

Aumentó la amplitud y velocidad de los movimientos. Acostumbrada y con temple en las posturas, posicionó las piernas flexionadas y las manos apoyadas en los talones. Los agarró con presión al no esperarse el calambre que durmió su pecho. Sintió angustia conforme el seno regresaba a la consciencia, aumentando el placer como si alguien le estuviese succionando con tanta fuerza que lo fuera a vaciar. No lo impidió, inútil el miedo que la acompañaba en temblores de varios significados.

Linda cometió una sacudida. Quedó paralizada analizando aquel disparo invisible sobre su persona. Tragó saliva, aún sumergida en su oscuridad personal. Sintió la gota resbaladiza surgiendo de su interior.

Se dejó caer de lado. La cama la recibió con rebote de eficacia imbatible y le acarició la mejilla para relajarla del sin fin de verdades que paseaban y la traspasaban como si fuese un fantasma.

Esperó a calmar la respiración y abrió los ojos. Giró el cuello y observó de nuevo al punto de luz sobre la pared, con un tono más rojizo como si también entendiera de ruborizarse. Eso no la hizo sentirse sola, lo que provocó un movimiento automático donde la chica giró y quedó boca arriba. Abrió sus piernas con decisión.

Como si activara a un mecanismo secreto de la naturaleza, al punto lo comenzaron a acompañar multitud de gemelos que atravesaron de igual forma la persiana cerrada y el cristal que siempre recibe y brinda.

Sus piernas se estremecieron, y se obligó a morderse la lengua para sentir por primera vez un dolor real. Conforme se alivió del gesto, eso la animó a comenzar a moverse y posicionarse junto a la figura cuadrada que formaban los círculos de luz a la espera, de un tamaña que sin duda la abarcaría al completo como hicieron los barcos con Helena de Troya. El símil la hizo sentirse importante, intimando con el punto rojo, que seguía destacando, negado a soltar ese trozo de alma que le había robado.

Linda se movió de forma lateral, algo agachada, por lo que quedó impactada su cara por una sensación ametrallando. Gritó sin definir con qué sentido e incorporó el cuerpo con la misma postura de antes. Todo su cuerpo quedó bombardeado por un calor que mató su personalidad.

Aguantó el hervir del ambiente como si intentara demostrar algo. Un ola despellejaba en lo invisible y aflojó su mandíbula, donde se liberó a presión el placer otorgado por las pequeñas figuras hechas una, esos puntos como acupuntura de luz que la traspasaron como dedos; que la vaciaron de cualquier átomo apático para sustituirlo por uno lleno de morbo y esencia, conectados entre sí hasta su garganta, donde fabricaban el resultado con gemidos intermitentes separados entre un tiempo indefinido.

Otra gota se sucedió.

Experta en saber cómo actuar, Linda se giró y dejó que fuese su espalda la nueva agraciada. Con calma de sentir cada segundo, deslizó su cuerpo y elevó las caderas. La luz acarició sin cuidado sus nalgas y su vida. Reaccionó en punta el pelo del pubis y se hincharon los labios; apretados los de su boca hasta ser blancos.

No supo si gritó o si sucedió en la mente, tan efectivo como en la realidad. En esa postura a cuatro patas se agitó. Varió los movimientos: primero adelante y atrás, luego en círculos; arriba y abajo y cerrando sus piernas para impedir la imprudencia de los picos insaciables.

Conforme aumentó la velocidad, notó cómo los puntos aumentaban de tamaño. Observó por instinto hacia su sombra en la pared. Comprobó a los puntos adyacentes que no la impactaban –en torno a su silueta de mujer a merced– creciendo hasta un tamaño familiar. Sus nalgas fueron presionadas para realzar su formando, creando líneas arrugadas que recorrieron sus piernas, que iban siendo doblegadas por una nueva fuerza tornándose física con paciencia. Se arrepintió y tragó saliva, cerrando sus vías con un gesto de defensa.

Esperó a otra reacción, pero los puntos agrandados esperaban, entretenidos de mientras por la presión de cuchillo que la rozaban en las nalgas y las piernas firmes y posicionadas, bien afirmadas en su postura.

Poco a poco fue cediendo.

Se movió en lo leve y con eso bastó. Notó la penetración más allá de los esperado. Abrió los ojos al límite y apretó los dientes cuando el temor por fin pudo tomar posesión. Destensó la cara al darse cuenta que no existía dolor; en ningún momento lo había hecho...

¿Cuál era el problema? Todo era parte de ella.

Todo era por ella.

Adelantó la cadera y echó hacia atrás con decisión. Gritó de tal forma que elevó el cuerpo y su espalda de nuevo fue tratada. Torció hacia atrás los hombros y las paletillas se endurecieron, lo que provocó unos golpes que la incomodaron. Se relajó y regresó a la postura de sumisión.

Callada y quieta, analizó como la energía –a falta de apelativo– la recorría hasta dentro del útero; lo podía jurar. Resultaba nuevo, y la humedad de su vagina hablaba de seguir probando. Respiró hondo y repitió el gesto. Aplastó su cara contra el colchón.

Enmudeció todos los gemidos contra el cuerpo de la cama conforme avanzaba y retrocedía su pelvis alzada. Algunos de ellos resultaban rotos y casi desesperados, aunque alejados de cualquier concepto del mal. Aceleró el ritmo y pudo definir dentro de la percepción la forma exacta de su útero e incluso ovarios.

Aún poseída por lo desconocido, acercó sus manos a las nalgas y las separó. Una puntería certera definió de igual forma su ano y al secreto que aguardaba. Supo que si su intestino tuviese otra forma, el largo recorrido habría sido cubierto.

Alzó la cara tras posicionar y elevarse con las manos y abrió la boca de forma violenta, no emitiendo sonido alguno. Respiró de forma agitada y nerviosa pero no cesó en sus movimientos rítmicos y delatores. Por fin pudo centrarse en emitir la sinfonía de quejidos dejados matar por el placer.

Gritó hasta notar arañada la garganta, raspada de igual forma que la conciencia. Cerró la boca y resopló entre dientes, alzando el cuerpo para usar la manos y apartar de nuevo sus nalgas, gesto que no suponía nada salvo la aprobación de lo que se había avecinado.

Comenzó a sentir sus pechos inquietos, duros y tersos en demostraciones de cada salto que se provocaban. Parecían vivos al bailar al son de la forma del sol y el perdón, aplastados sus pezones con cariño como si los trataran los dedos de la pesadilla más dulce.

Miró a los brazos apenas perceptibles que recorrían sus costados bajo las axilas, captores de sus pechos y de su cuello, bautizado ahora en un fuego más real que cualquier otro.

Una fuerza la empujó y la hizo perder el equilibrio hacia un lado. Giró y no terminó de caer de espaldas, como si el aire también la tuviese en consideración. Apoyó las manos por inseguridad y comprobó cómo lo invisible le abría más las piernas con dos cinéticas educadas que subieron desde su clítoris hasta la garganta.

Su ano ya no era preso ni invadido, centrada toda la fuerza que ya no existía en la pared en penetrarla con movimientos suaves que ya no ejercía ella. Linda no emitía sonido alguno por la impresión, con los ojos inquietos mirando a todos lados, sólo pudiendo sudar y quebrar el aire que intentaba sobrevivir en su nariz.

Sus pechos seguían siendo masajeados, y apreció la silueta de fina luz tratándola como el mejor de los amantes. Las manos se introdujeron dentro de los senos y jugaron con su interior, órganos estimulados que la hicieron sentir el cerebro apretando contra las paredes del cráneo.

Aguantó la impresión y ladeó la cara para intentar apreciar quién o qué estaba debajo de ella rozando toda su espalda, tratando a sus caderas como a un tesoro y a su cuello con una delicadeza como lo haría un escultor con su más preciada obra en piedra hecha mujer.

Quiso escapar, pero sólo sabía dejarse llevar –toda la vida lo hacía hecho– y cerró los ojos por el resto del suceso, introduciéndose dentro del ambiente hasta ser una como la luz dentro de ella. Arrugó la cara y comenzó a gritar y gemir; a girar el mundo y sentir.

La penetración se agilizó y su interior comenzó a quedar aparte, una dimensión cercana que quedaba contenida dentro y con la forma de su cuerpo. La presencia se fue haciendo una con ella y la chica notó el colchón en su espalda, gracilidad de caer como una pluma, un contrario a lo que la perforaba sin herida hasta ser peso en todo el cuerpo. La ola regresó a su punto de partida y arremetió a su cabeza para arrastrarse sobre la arena que suponía piel. Percibió el mar y el resto fue una supernova estallando desde el centro bajo el ombligo.

Tembló como electrocutada y puso los ojos en blanco. Su vagina escupió y las piernas se sacudieron faltas de oxigeno. Todo su cuerpo hormigueó dormido, inmovilizada durante minutos donde siquiera pudo pensar.

Dejó de ser Linda por un instante.

Abre los ojos y la oscuridad sigue velando. Nota el cuerpo al completo mojado como si recién saliese de la ducha. Intenta ladearse pero no se ve con fuerzas. Se siente como si flotara en un mar en calma. Un mareo la obliga a cerrar de nuevo los ojos.

Intuye que ya está amaneciendo, pero prefiere elevar la sábana con una sacudida de las piernas para notar el aire rebasando todo su cuerpo, deslizada al final la tela para endurecer sus pezones y garganta como si siguiese siendo la primera vez que lo hiciese.

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