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5 min
Pobres animales
Drama |
18.07.15
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Sinopsis

La iglesia olía diferente esa noche, un suave toque de jazmín inundaba el ambiente y la aferraba al suelo más que nunca.

La iglesia olía diferente esa noche, un suave toque de jazmín inundaba el ambiente y la aferraba al suelo más que nunca. Hacia horas que había cerrado al público, ya solo quedaba el sacerdote dejando todo preparado para la misa de la mañana siguiente. Pero este no era un cura común. Durante su vida había sido muchas cosas. Demasiadas. La fe le había evitado durante más de cincuenta años. Ahora, ya casi septuagenario, vivía una vida tan simple y sencilla que su yo más joven le hubiera escupido en la cara sin pensárselo.

“Ya no soy ese hombre”, no paraba de repetirse cada noche, sobretodo en esos momentos en los que la débil llama de sus antiguas pasiones asomaba entre las ruinas de su maltrecho palacio. Este había sido glorioso, con tantas habitaciones como países hay en el mundo, cada una ocultando un vicio recubierto de la oportuna “virtud”. Cuantas aventuras había vivido entre sus paredes, cuánto placer le había proporcionado jugar con el mundo exterior e ir aumentado sus habitaciones, reformando los suelos, levantando nuevas torres y murallas; todo con los “residuos” que el mundo le ofrecía. El mundo se había arrodillado ante su grandeza e inteligencia. ¿Qué mejor manera de pagar la deuda que tener como profesión arrodillarse?

Este abril se cumplirían diez años de su penitencia. Se había prometido que cuando llegará ese día se daría por cumplido su castigo. Sabía perfectamente que diez años no eran suficientes para remediar todo el mal que había creado, pero su límite había sido cruzado ya más de cien veces. Vivía al borde de un ataque de ansiedad constante. Solo tenía sesenta y ocho y aparentaba casi noventa. Necesitaba un bastón para moverse y aún así era un espectáculo verlo caminar por la calle. La gente le miraba con pena. Siempre se reía al pensarlo. “Vosotros me compadecéis, pero si vuestro abuelos supiesen quién soy me fusilarían aquí mismo”.

Su fama había sido enorme. Lo único que le separaba de la muerte más cruel eran sus cómplices arrugas. Aún así, de vez en cuando, se cruzaba con las miradas dudosas de antiguos “colegas”. Antes les hubiera aguantado la mirada con descaro, ahora se la apartaba rápidamente  con la más terrible vergüenza.

Pensamientos como esos le asaltaban día y noche. No podía esperar a que llegara el doce de abril y por fin pudiera tirarse desde el campanario de la iglesia y reventarse sus podridos sesos contra el suelo. “Unas semanas más y todo habrá acabado”.

Como cada noche antes de abandonar la iglesia se arrodilló y rezó durante unos minutos. Sus rezos eran más bien ruegos y súplicas para que si bien el mundo no le perdonaría jamás, que Dios le perdonase por todos ellos. Sabía que del infierno ya nadie le salvaría, pero quería pensar que habría alguien compadeciéndose mientras ardía en los últimos niveles del infierno.

Su concentración era tal que no oyó las puertas de la iglesia abrirse delicadamente por unas manos aún más delicadas. Un anillo plateado rodeaba el dedo índice de la mano izquierda. Su propietaria era una joven de no más de treinta años. Se movía hacía el pobre demonio más bien como una pluma que como un ser humano. Cuanto estuvo a tan solo dos metros, la espalda del religioso se irguió con aparente confusión.

- No te muevas. No grites. Vas a morir igual, César.

Hacia décadas que no oía su nombre real. Era una extraña sensación. Una mezcla de nostalgia e irrealidad. No pudo evitarlo y se río incontroladamente. Cuando pudo parar, ante la mirada inexpresiva de su probable asesina, giró la cabeza y contemplo el rostro de esta. Una inmensa humillación de niveles desconocidos para el hasta entonces inundo todos los rincones de su cuerpo.

- Te ha cambiado la voz. Ahora ya eres toda una mujer. Tan bella como tu madre - le susurró con la cabeza vuelta otra vez hacia el suelo.
- Y tan cruel como tú - respondió ella con un odio inmenso.

Por primera vez en su vida, Cesar sintió miedo. Todo su cuerpo tembló como el de un niño. Sin mediar palabra empezó a entrelazar las manos para rezar a su Dios.

- Dios no existe.
- Lo sé, hija mía. Lo sé - contestó con lágrimas cayéndole por las mejillas mientras apretaba aún más fuerte las manos.

El disparo se oyó en todo el pueblo. Los perros estuvieron aullando toda la noche sin que los dueños pudieran hacer nada para evitarlo. ¿Pero qué esperaban?  Ellos solo habían oído un mísero disparo, pero los pobres animales habían escuchado el sonido que hace una llama al apagarse cuando todo un palacio se derrumba sobre ella.

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Estudiante de Filosofia con aspiraciones literarias. Más relatos y pensamientos en mi blog: http://sinpalabras.ghost.io/

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