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13 min
Porque perdimos la guerra
Ciencia Ficción |
02.08.16
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Sinopsis

Un imposible relato autobiográfico de un Lovecraft voluntario en la Guerra Civil española.

Anónimo, posiblemente de un voluntario de las Brigadas Internacionales que participó en el ataque sobre Teruel el 15 de diciembre de 1938. Solo se conoce su nombre de pila, Howard, y que era natural de Providence, USA.

 

Una semana antes de enviar mi compañía al frente de Teruel, me llamaron al cuartel general. Aquel día había diluviado y la lluvia se había helado enseguida sobre el suelo y los árboles, formando cristales cegadores que nos deslumbraban mientras conducíamos a paso de tortuga bajo un invernal pero resplandeciente cielo castellano. Empezó a nevar cuando atravesábamos la Sierra de Camarena por una carretera improvisada, que construyeron a toda prisa para enlazar, al sur del frente, las rutas de Teruel a Cuenca y Valencia. Avanzábamos a través de un paisaje desolado, de montes escarpados y de pueblos tan eternos como su miseria. En medio de la nieve, en aquel camino imposible, de fabulosos declives y precipicios, sentíase uno más allá del tiempo y de la realidad, en los umbrales de un mundo en el que la raza humana y sus guerras no son sino incidentes. La gente de aquellos lugares parecía abandonada en aquellas soledades. Sus voces, sus modales, llenos de tímida dignidad, sugerían un desapego casi absoluto por lo que sucedía más alla de aquellas montañas. Eramos extraños seres de otro mundo en aquellos parajes todavía no invadidos por la civilización moderna.

Cuando llegamos, llevaba nevando varios días. La carretera estaba helada y olvidamos la hermosura de aquel paisaje invernal cuando nos llego la noticia de que camiones resbalaron en una curva y cayeron al fondo del precipicio, con todo su contingente de soldados y vituallas. Aquel era un entorno hostil. Lo había sido para las legiones romanas, para las tropas de Napoleón y, ahora, lo era para nosotros. En aquel momento creíamos que no había una carretera más fría y peligrosa en la tierra. Conozco muy bien aquella carretera, pues la recorrí de cabo a rabo en mi motocicleta.

Muy tarde ya, pude reunir a los soldados en un pueblo bombardeado, al pie de un precipicio. El abismo formaba una especie de chimenea por donde colábase el viento, y acaso hacía más frío allí que en las montañas, si eso fuera posible. Para darse calor, los hombres dormían apiñados junto al desfiladero, donde tenían extraños sueños debido al cansancio y a la hipotermia.

Al otro lado de la hondonada, hallé una casita y entré a dormir. Más me valiera descansar al aire libre. Había tal vez, sesenta hombres arrimados al fuego y el vendaval rugía a través del techo destrozado y el humo irritaba los ojos. A pesar de todo, conseguí dormir un poco, y antes del alba estábamos en marcha. En aquel sueño de duermevela, atisbe visiones de prohibidos eones, que me hielan cada vez que pienso en ellos y en aquel viento insoportable que casi nos hacia enloquecer.

Nuestro objetivo era tomar la Muela de Teruel, una colina de cumbre llana, en la orilla meridional del río Guadalaviar. Se nos decía que necesitábamos aquella cumbre como excelente puesto de observación sobre el valle, aunque resultará casi inaccesible con sus paredes verticales y sus quebradas cortadas a pico. No obstante, atacamos en medio de una tempestad, en un frío de varios grados bajo cero. A pesar de las mordeduras del viento helado y de la cegadora nieve, conseguimos ascender a fuerza de brazos y, al mediodía, habíamos ocupado la mitad de aquella colina, justo donde podía divisarse unos extraños círculos de piedra levantados por los antiguos iberos o gentes aún más remotas. Era el 31 de diciembre de 1937.

Hasta ese momento, el horror cifrábase en el frío, el viento, la nieve o la falta de viveres. Más de la mitad de nuestras bajas las causaron miembros helados y amputaciones por el frío. Con todo, aquello no fue lo peor. Cerca de los enigmáticos restos de forma circular, donde quien sabe que clase de rituales se celebraban en los albores del hombre, humeaba un enorme disco de metal semienterrado. Al principio, pensamos que se trataría de algún tipo de aeronave alemana, algún endemoniado engendro de la técnica nazi para seguir bombardeandonos a placer que había debido de caer derribado por nuestra artillería. Pero aquel objeto era el auténtico motivo de aquel ataque realizado en mitad de las condiciones mas pavorosas que se pueda imaginar. “Sin pararse en sacrificios”, se ordenó a los hombres que desenterrarán aquella cosa antes que el enemigo fascista retomará la posición, aunque fuera inhumano exigirles más sufrimientos a aquellos soldados envueltos en mantas y casi congelados, exhaustos y atemorizados por aquella nave de ignorado origen. Extraños símbolos cubría los costados de esta, pero no eran ni la esvastica, ni la hoz y el martillo, y los caracteres que los bordeaban no se asemejaban en absoluto ni al cirilico ni a la gótica letra alemana. Era del todo extraña nuestra situación allí, donde una línea invisible y serpentina nos separaba del enemigo, mientras nuestros soldados cavaban alrededor de aquel aparato que emitía un extraño fulgor verdoso que parecía quemar el pelo y las uñas, pero sin irradiar ningún tipo de calor en aquel ambiente polar.

En una salida de reconocimiento me adentré en la niebla. Sólo alcanzaba a ver a pocos metros. De repente, el sol ahuyentó la niebla y toda la colina apareció deslumbrante. Proseguí la inspección, muy cerca de las línea enemigas, pero algo más lejos de la ominosa presencia de aquel inmenso disco que poco a poco nuestros camaradas iban liberando de la colina. Parecía haber caído hacía pocos días, pero la estructura misma parecía antiquísima. Al verla, uno sentía la misma sensación de reverencia hacía lo inmensamente antiguo que siente ante la visión de ciertos monumentos de extraordinaria antigüedad o de los huesos y cráneos de las bestias prehistóricas. No obstante, nuestros ingenieros advertían que la tecnología que hacía posible que aquella máquina se desplazase por el tiempo y el espacio (y quien sabe por cuales otras dimensiones que nosotros aún no conocemos) era extraordinariamente adelantada a nuestros aviones más modernos. Pero nos solos nos afectaba por su extrañeza y por su imposible superioridad, que nos hacía sentir inferiores, como bosquimanos que escudriñaran el interior de un submarino o de una catedral, intentando comprender como se sostienen las nervaduras de piedra en lo alto de una cúpula o como funciona el mecanismo de un motor industrial con sus primitivas mentes y sus primigenios conocimientos de la mente y el universo. Era, además, una sensación casi física de opresión y desconfianza que emanaba aquella nave, que se contagiaba a todos nosotros. Aquello no quería que le molestáramos. Y nos lo comunicaba sin palabras, pero metiéndose en nuestras cabezas, deslizando imágenes terribles o sonidos repugnantes, extendiendo una sensación de pánico incontestable pero también irracional e incomunicable. Mi ordenanza no era ajeno a aquellos cambios, y actuaba de un modo incompresible, incluso cuando nos encontrábamos en una misión de inspección como aquella, tan expuestos a las balas enemigas. Tan pronto hallábase a mi izquierda como a mi derecha, retrasábase o me adelantaba. De pronto, comprendí alarmado que algo nos observaba, y que ese algo era lo que estaba interfiriendo en el comportamiento de mi amigo. Al principio pensé que era un arbusto , con el tronco hinchado y deforme y las ramas apuntando al suelo, o una roca de formas caprichosas, como aquellas que inspiraron al hombre primitivo sus primeros ídolos y fetiches. Observandoló con más atención, descubrí que en realidad no parecía solido y estable, como lo son la madera o la piedra, sino casi liquido, viscoso, como si su cuerpo contuviera una pringosa melaza. De parecerse a algo, supongo que era bastante similar a esas criaturas que se observan al microscopio, apenas un saco que contiene los líquidos vitales para una existencia que merezca el nombre de vida, pero a un nivel mucho más complejo y abigarrado. Era difícil entender como esa criatura podía ver o desplazarse, pero lo cierto es que no podía evitar tener la seguridad de que me observaba a su vez y se dirigía hacia mi. Resultaba extraño y maravilloso aquel encuentro cósmico en el contexto prosaico de una guerra en un país que ocupa los titulares de medio mundo. Pensé en dispararle, pero casi instantáneamente tuve la certeza de que la bala atravesaría aquel cuerpo sin realizarle daño alguno. También supe que aquella criatura, en su simple conformación, era prácticamente indestructible y de una edad remotísima. Lo que me aterrorizaba era que aquellas no eran suposiciones que yo extrajese de mi propio razonamiento, sino que eran informaciones que provenían directamente de la criatura. Seguramente, la mente de mi compañero no era tan fuerte o no estaba preparada o no poseía las debidas conexiones para compartir el pensamiento de aquel extraño ser, y por eso saco el revolver de su estuche, lo dirigió a su sien derecha y presiono el gatillo. La sangre y los sesos salpicaron oscuramente la nieve virgen. Nunca podré olvidarlo.

Quiso saber porque luchábamos. Intenté visualizar la explotación del hombre por el hombre, la defensa de la democracia, los sufrimientos de aquellos hombres que luchaban por un gobierno y una vida mejores, más justas, y la piedad que me despertaban. La criatura, a su vez, como correspondiendo a mi esfuerzo, me comunicó el supremo esfuerzo de su colonia, aquellos miles de millones de individuos que poblaban un océano oscuro, iluminado débilmente por una estrella anciana y enferma, que extendían sus tentáculos al compás de las corrientes, intercambiando con la misma naturalidad nutrientes, esporas sexuales e ideas puras. Aquellas flores carnosas poseían un intelecto superior, en constante comunicación con el del resto de sus semejantes. No eran exactamente individuos, pero tampoco resultaban una colmena impersonal. Ante mi pregunta de si eran comunistas o fascistas, me respondió que aquellos conceptos no tenían significado para su raza, como no lo tendría para la nuestra correspondencia alguna la autonomía que les brindaba su simbiosis con ciertas algas que crecían en sus fluidos y sostenían su organismo produciendo todos los nutrientes que les eran necesarios, liberándolas de la dependencia de otros seres para su subsistencia, ya fueran como ganado o cultivo, o como trabajadores o esclavos. Así mismo, eran hermafroditas, desconocían el amor romántico, y podían reproducirse como los esquejes de determinadas plantas, de los que brotaban individuos completamente formados, por lo que no concebían lo que era la familia de los mamíferos. No conocían los bandos o los partidos salvo en un nivel puramente intelectual, no conociendo un termino medio entre el individuo, autónomo e independiente, y la raza por entero, millonaria en número y esfuerzos. Creo (en realidad no lo creo, lo sé) que nos observaban como nosotros lo haríamos a unas gallinas en un corral sucio y desordenado, con huevos y crías desparramados por el suelo, lanzándose picotazos y arañazos por unas pocas migajas y la oportunidad de cohabitar con el gallo del corral.

Teruel es la ciudad más fría de España; pero la colina era aún más fría. La cima permanecía yerma, sin arboles, sin hierba. Los aledaños de la antigua ciudad son parajes erosionados, de hondas quebradas, duros y hostiles; pero mantuvimos allí nuestra posición. Un día, acompañé al general Hernando Sarabia en una de sus visitas al sector del disco. No le conté como la criatura había entrado en contacto conmigo, porque no cambiaría nada. En realidad, temía que me tomaran por loco si lo contaba. Nos paramos en lo alto de una loma para contemplar los trabajos, y entonces todo el campo nevado pareció hervir bajo el zumbido que surgió de la nave. Yo sabía que el ser había regresado a su interior, y no le interesaba lo que había visto. Eramos un incidente, tan solo. El enorme disco empezó a separarse de la tierra. No cabía tasa en la cantidad de gritos y movimientos que se sucedían a su alrededor.

El general Sarabia era un hombre tranquilo. Durante un rato, contempló en silencio el despegue de aquel coloso, y acabó murmurando entre dientes:

  • ¡Así se podría ganar la guerra! Primero los franceses se niegan a ayudarnos, luego los ingleses nos impiden comprar armas y ahora esto...

Diríase que no cabía final para las puras, blancas explosiones, llenas de hielo y restos humanos, que la nave dejaba atrás en su recorrido, entre nuestras filas y las del enemigo (una misma cosa debíamos ser para aquellos seres, una misma cosa igual de infinitesimal y nimia). Solo con el potencial de esa nave, se hubiera ganado la guerra al fascismo en España y posteriormente en Europa se hubiera evitado la posterior masacre. Pero, ¿podría importarle el destino de la República española, de las democracias europeas y de la revolución soviética a los seres que habitan un océano oscuro bajo un sol enfermo en los confines de un abismo de oscuridad donde no existe el amor ni el Partido Comunista?

 

Anónimo, “Memorias inéditas de un brigadista de Nueva Inglaterra en la guerra de España”,

reproducidas por A. Derleth, The survivor and others,

Miskatonic World Library, Arkham, 1964, pp.254-256.

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  • Muy buen escrito. Me transportaste a esos duros paisajes y a aquella época. Un cuento digno de una antología de horror cósmico. Especial para los amantes del género. Lo he disfrutado mucho.
    Me inspire en el testimonio de un miliciano superviviente de la batalla de la Muela de Teruel, una historia realmente estremecedora, asi que si, como dices, tu padre estuvo alli, me parece extraordinario. Sigue escribiendo, tu historia es muy buena (me tiene intrigado y desconcertado la referencia a una sociedad secreta), pero creo que somos pocos los que en esta pagina hacemos algo mas que una lectura superficial de los textos. Pero animo, esta tarde le echare un vistazo al tercer capitulo.
    Gracias por tu comentario en "Esquelas", ya empezaba a dudar de publicar los siguientes capítulos, dados los pocos lectores que tiene. Pero con que uno sólo le interese la trama, lo termino de subir. Esta misma tarde publicaré la siguiente parte
    Buen relato sin duda y más aquí que se pueden contar con cuentagotas los relatos y abundan los telegramas. Además mezcla dos géneros que me encantan el bélico y la ciencia ficción. Y casualidades de la vida, mi padre estuvo justo combatiendo en ese mismo lugar en el siberiano invierno del 38, perteneciente a la que en su momento se llamó "quinta del biberón".
  • Una vuelta de tuerca a aquello de "los opuestos se atraen".

    Una historia que cabalga entre el genero negro y una posibilidad más propia de la literatura fantástica. ¿Que harías si supieras la fecha exacta de tu muerte?

    Un imposible relato autobiográfico de un Lovecraft voluntario en la Guerra Civil española.

    Un extraño texto rige la vida de unos primitivos supervivientes en un futuro cercano. Un reportaje antropológico que les entusiasmara.

    ¿Podrá nuestro protagonista mantener su promesa en un mundo que se acerca a su final durante una invasión extraterrestre?

    La no muy esperada Segunda parte de esta Historia que a tan pocos ha fascinado. ¡No se la pierdan!

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