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3 min
POSTALES
Varios |
31.01.14
  • 4
  • 12
  • 5985
Sinopsis

tedios y recuerdos

EL VIAJE

 

Como si el tiempo no se hubiera podrido ya hace mucho, me senté a esperar algún rastro del pasado junto al mar plagado de desperdicios. La playa solitaria es arrasada por un viento impetuoso que viene cargado de arena hiriente. Las barcas abandonadas se resisten a la muerte con sus esqueletos miserables y descoloridos, donde sobreviven a duras penas antiguos azules, rojos, y trazos de letras negras que alguna vez les otorgaron un nombre de mujer. El sitio donde un día se levantaron los campings y se alinearon las caravanas de los turistas, bajo felices atardeceres del estío, es un desierto limpio y silente. Igual que el mundo, que los trocitos de mundo que me dejó el recuerdo, el recuerdo salpicado aquí y allá, el recuerdo por donde vaga mi alma fantasma; el recuerdo y el lugar donde la vida se extinguió tragada por bocados voraces, igual que el Atlántico devora toneladas de arena con sus olas brutales, dejando bajo mis pies las piedras lisas del acantilado. 

 

EL BARRIO

 

Al final de la tarde, se pueden observar las bandadas de pajarracos salvajes sorteando las ráfagas de viento helado que llegan del monte. Ondean trabajosamente las corrientes sobre los tejados del viejo edificio. Solitario, desmantelado, las ventanas rotas, atrapado por el monte; como un buque anclado en lo alto de una colina ribeteada de higuerillas. En su falda empiezan a extenderse las primeras calles húmedas y agrietadas del barrio. El sol se apaga tras las montañas y dibuja siluetas tenebrosas de gigantes muertos, sobre un fondo rojo y triste. La luz es efímera. Aparecen las nubes sombrías que anuncian el aguacero nocturno. El alumbrado público es apenas una estela tenue sobre la oscuridad verde. Las calles se enlutan, el alma se encoge. Ya no hay mucho que hacer. La jornada se va, la gente vuelve, taciturna, en busca del refugio, alertada por las sombras amenazantes que se deslizan sobre las calles oscuras. Ya no hay nada que hacer. Las aves salvajes se lanzan en picado sobre los recintos abandonados de la antigua construcción. La noche entonces se sacude entre los arboles imponentes que estrenan las tinieblas. El silbido burlesco del viento se abalanza y azota callejuelas y jardines. Los gigantes me observan, a punto de despertar.

 

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  • Bárbaro, aunque sin cursiva y quitándole artificios hubiera sido un texto redondo
    Gran dominio del lenguaje e imágenes poderosas las de estas postales.
    Bodegones de paisajes. Quizá demasido barrocos, pero muy efectistas.
    La calidad es indudable pero me queda el regusto final de que falta algo mas, dejas una sensacion de vacio, de historia sin terminar
    Bien, por esa poeta boludo. Se ve que te asaltan las saudades de las playas hispanas y los fantasmas del viejo molino de tu niñez.
    Bravo, amigo. Tienes una pluma privilegiada. Capaz de penetrar en el alma con la precisión de un bisturí, la descripción con tonos poéticos es brillantísima. De lo mejor de la web, sin duda. Un saludo.
    Melancolía es la palabra; a raudales. Siento que no nombres las aves. Saludos.
    Buen escrito con descripciones llenas de melancolía, el texto te envuelve. Un saludo
    Esta mañana antes de leer el periódico quise que me contaran la historia de un paisaje y de un atardecer, Y me lo has dado. Pensé en mi tierra natal, obviamente. Gracias, amigo pintor.
    Nostálgico llegas, la melancolía emana de las dos escenas. bien dibujadas por tu pluma.
  • Orejas’ era un típico delincuente callejero, viejo conocido de las autoridades, siempre implicado en hurtos menores y atracos con arma blanca. Acumulaba un rosario de capturas y retornos a la calle.

    Sale un hombre joven, puñal en mano, a buscar su botín del día y acaba tendido sin vida en uno de los prados adyacentes al histórico puente de La Custodia, junto al del Humilladero,

    Si señores, como lo han leído, se trata del hurto de unos cerdos. Marranos, guarros, cochinos, puercos, chanchos o como bien quieran llamar a estos nobles animalitos.

    Es un día caluroso. Cuatro personas entran bulliciosas y sedientas. Para mala suerte de la propietaria no le piden nada embotellado, pues a una de ellas le pareció buena idea un delicioso jugo de naranja natural y los otros se antojan. Y ahí empieza el suplicio.

    Perros domésticos se han vuelto salvajes por culpa del hambre

    Mirando al vacio

    tedios y recuerdos

    La casa vacía

    que más da

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