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60 min
Pregúntale al Diablo
Varios |
30.06.15
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Sinopsis

Relato largo, dividido en cuatro capítulos, donde exploro el mito de Fausto desde un punto de vista posmoderno y caleidoscópico; se mezclan orgánicamente poesía, aforismos, terror, fantasía, violencia...Tres personajes aprenderán, de manos del Demonio, a comprenderse a sí mismos y su tragedia personal...

~~


PREGÚNTALE AL DIABLO
Una parábola

 


Le charme de l’horreur ne tente que les forts.
Marcel Schwob

 


I

 

Llegaron al sitio acordado hacia las cinco de la tarde. Era un lugar oscuro, apartado y como mortecino. Muy a lo lejos, una especie de inercia soporífera parecía envolver la ciudad de un bochorno semilíquido. El rumor sofocado de la autopista, por lo demás, era perfectamente audible. El sol ya declinaba y el cielo aparecía sucio, indefinido, flemático.
Pasando unas rejas desballestadas, y adentrándose en una especie de bosquecillo repugnante de barriada suburbial, se llegaba a una especie de casucha baja, medio en ruinas, cuya única puerta, destrozada por los años y la acción de los elementos, estaba abierta de par en par. El sitio parecía quedar a la vez muy cerca y muy lejos de todas partes.
Eran tres, los "invitados". Un chico joven, un hombre de unos cincuenta años y un tercer muchacho de acaso poco más de treinta años que, a pesar de ir vestido de paisano, llevaba aún el alzacuellos, indicativo de sus votos. Los tres personajes comunicaban, cada uno a su manera, el mismo vacío, la misma pequeñez.
No importa cuál de los tres llegó primero, y quién después. Se saludaron mutuamente, en voz baja y de forma lacónica y esquiva. Ya sabían a qué venían; no eran necesarias más explicaciones.
Seis agujas en tres relojes de pulsera señalaron tres números cinco. El silencio podía cortarse con un cuchillo. Los corazones les palpitaban tan fuerte que casi herían el oído. Pasaba el rato y el "contacto" no hacía acto alguno de presencia. Terminaron creyendo que habían sido engañados y los tres se sintieron infinitamente ridículos.
Transcurrió así quizás un cuarto de hora, y ya se disponían a marchar cuando una voz desde el interior de la casucha se dirigió a ellos de una manera particularmente punzante.
–¿No piensan entrar, pues?
Uno tras otro se adentraron en la penumbra. Todo aquel interior estaba lleno de cacharros viejos, desballestados; el olor a meada y desechos de todo tipo resultaba insoportable.
Al principio no se distinguía casi nada. Alguien -algo- se erguía, rígido, cerca de una de las paredes, el rostro parcialmente oculto por la oscuridad. Parecía sostener algo en las manos. A pesar de la altivez y elegancia de su actitud, toda aquella figura resultaba repulsiva.
–Señores, se les saluda. He recibido sus mensajes; aquí me tienen –su voz, extrañamente baja y etérea, parecía surgir de algún sitio fuera de aquel cuerpo; era un sonido desagradable, hipnótico.
Por alguna razón, los tres hombres no podían apartar la vista de su anfitrión; poco a poco fueron acostumbrándose a la oscuridad, y las formas de éste se perfilaron. Era un personaje de alta, muy alta estatura; perfectamente pulcro y de gesto serio; impecablemente vestido, con corbata de un rojo vivo y una chaqueta americana negrísima como el carbón, muy pegada a su cuerpo, anguloso y de apariencia muy robusta; robusta, pero no sana. Todo él daba una apariencia artificiosamente pulcra, casi hipócrita; el hecho de llevar un apestoso clavel marchitado en la solapa de la chaqueta, una anticuada pero impoluta gorra de cazador calada al máximo, negra también, y unas gafas oscuras, a pesar de la penumbra, le tornaban todavía más inclasificable.
–Me llaman Balial –dijo, y contempló uno a uno a los tres hombres con una mirada elocuentemente examinadora-, pero pueden llamarme de muchas otras formas. Díganme: ¿en qué puedo servirles a cada uno de ustedes?
–¿Usted es….? - el hombre de mayor edad tomó la palabra, pero ésta le salió contrahecha y ronca debido a la comprensible desagradabilidad de la situación- ¿Usted…?
El que se había presentado como “Balial” se rió con suavidad, como dando a entender que ya se había encontrado en aquella situación otras veces.
–Obviamente, no -respondió con calma, sin levantar lo más mínimo la voz y con el mismo acento monótono-; digamos que soy sólo…, su emisario.
A pesar de estar tapados por voluminosas y negras gafas de sol que le cubrían, junto con la gorra, casi toda la parte superior de su rostro, los tres hombres notaron los ojos minuciosos y escrutadores de Balial. Estos ojos se encontraron, primero, con un muchachito imberbe, de aspecto inteligente pero frívolo, con un toque de insolencia en su gesto; después, con un hombre barbudo y ya bastante maduro, con un no-sé-qué irónico y resignado clavado de forma perenne en su expresión; y, finalmente, con un neurótico y atormentado joven, pulcramente vestido y con gruesas gafas de intelectual. El alzacuellos de este último dilató el interés de Balial.
-Es usted hombre de Iglesia -el interpelado pareció ponerse extraordinariamente tenso y a la defensiva, pero pronto se dominó-. No me pasa a menudo, esto –y Balial sonrió ampliamente por un instante, mostrando un muro terrible de cuadrados, simétricos y blanquísimos dientes que relucían en la oscuridad.
Llegado a este punto, sacó del bolsillo interior de la chaqueta una especie de cajita que emitía un resplandor mortecino. Picó seis o siete teclas con el gesto monótono y decidido de aquel que repite mecánicamente un ejercicio protocolario que ha realizado multitud de veces antes. Esa especie de calculadora brilló en la penumbra, y en los vidrios de las gafas de sol se reflejó su imagen…, pero algo espantoso había en aquello; se habría dicho que no se trataba de un mero artefacto programado, sino que poseía una suerte de vida propia, o que se expresaba en un lenguaje íntimo, acaso una especie de diálogo, con su operario… Finalmente éste último guardó el objeto en su lugar, con la misma circunspección que hasta entonces y sin pronunciar una sola palabra.
–Muy bien -dijo, y aquí alzó un poco la voz-. No conozco sus nombres; allá de donde vengo no significan nada, no expresan nada; les he asignado tres que tienen mucho más a ver con ustedes. Son desde ahora Rojo, Azul, y Negro –y diciendo esto barrió de una ojeada a los tres hombres en el orden mentado-. Y ahora, díganme sin tapujos: ¿qué es lo que desean?
–Exhaustividad Poder. Deslumbramiento. Quiero elevarme hasta el Astro -dijo Rojo.
–Paz. Armonía. Equilibrio. Quiero vencer a la Muerte -hizo Azul.
–Visión. Sentido. Ultimidad. Quiero saber si las piedras esconden un Texto -contestó Negro.
Balial calló un momento, y pareció esbozar una especie de sonrisa torcida.
–Siempre es un placer recibir filósofos, en lugar de trozos de carne ciega y temblequeadora -soltó, haciendo una mueca de sarcasmo, más para sí mismo que para sus clientes-. ¡Pobres!; ¡siempre son los que más sufren, cuando…!
Un sonido sofocado pero perturbador -una suerte de rechinamiento agudo y sin eco- salió del bolsillo de su chaqueta, y de repente aquel ser indefinible se puso rígido.
–Por aquí, por favor -señaló un rincón de la estancia; los tres hombres sintieron un mismo asco vago cuando  su mano cruzó un rayo de luz que, por una apertura en el techo, atravesaba diagonalmente aquel espacio: pues era una mano extraordinariamente robusta pero asimismo de un aspecto repulsivo, del color de los cadáveres, y estaba prolongada por cinco uñas larguísimas de un marrón sucio y malsano.
Balial apartó con violencia una vieja mesa de madera, que resbaló sobre el fangoso suelo, y una serie de chatarras cayeron con estrépito. En el espacio ahora libre se distinguió de repente una especie de compuerta que parecía surgida de la nada.
–Vamos, pues -dijo perentoriamente Balial, pasando él el primero y metiéndose otra vez las manos en los bolsillos, como si le produjera asco que éstas estuvieran en contacto con el mismo aire fresco.
Los tres hombres le siguieron, más por miedo que por convicción, y cuatro figuras altas y delgadas se adentraron silenciosamente agujero abajo, descendiendo unos peldaños de piedra que se perdían en la negrura intensa.

 

II

 

No sabía cuánto tiempo había pasado, ni qué había pasado. Recordaba vagamente –como desde muchos, muchos años atrás- una suerte de túnel, una luminaria intermitente, unos pasos de ritmo casi marcial…, y, después, un gran vacío, un paréntesis en el cual había perdido todo contacto con la realidad; y ahora se encontraba allí, sentado en una silla, dentro de una especie de cafetería horrible, irreal, un tugurio del inframundo.
Se palpó; estaba algo sudado y aturdido, pero parecía entero; sólo le rodaba un poco la cabeza. Aquel sitio era muy oscura; no se sabía de dónde venía la difusa luz, que en realidad no parecía provenir de ninguna parte sino más bien flotar, como por casualidad, en medio de un ambiente viciado y mortecino. Una alegría decadente y delirante –como la que tiene el borracho justo antes del vómito– se mostraba sólo de vez en cuando en los rostros de los demás escasos comensales, repartidos por las mesas de una amplísima sala de techo muy bajo. Todo desprendía un suave y agradable olor a licor barato.
Entornando los ojos, trataba de vislumbrar la apariencia de los clientes que tenía más cerca cuando una voz físicamente muy cercana le asustó.
–Rojo -la voz no era otra que la de Balial, que, sentado al otro lado de la redonda mesa, parecía ahora menos amenazador, a pesar de que iba vestido exactamente igual que….¿cuánto tiempo hacía?-, ¿te encuentras mal?
Aturdido, el muchacho intentó esbozar una sonrisa y fracasó. Balial le alargó con suavidad un vaso alargado y con el vidrio ahumado.
–Tómate un buen trago de esto, que te hará bien -dijo sonriendo, y eso mismo hizo Rojo; la bebida era espesa, aromática, con un punto de deliciosa amargura-. Dime, ¿cuál es para ti el Bien más grande de esta vida?
–¿Perdona? –lo repentino, amplio y ambiguo de la pregunta desorientaron a Rojo, que experimentó por algún motivo un mal presentimiento y una suerte de escalofrío.
–¿Aquello que consideras, por decirlo de una manera vaga y general, como una verdad última y sacra de la vida; no sólo de la tuya, sino de la de todos los mortales? -preguntó Balial, escudado tras las ineludibles gafas oscuras y la gruesa y pesada gorra que se lo tapaban casi todo.
Rojo tomó otro sorbo de la bebida antes de contestar, y clavó su mirada directamente en los ojos –unos ojos que tan sólo imaginaba– de su interlocutor para recuperar parte del protagonismo.
–El Amor -respondió con convicción-, el amor del Eros, que es sin duda el Fin de la vida y su máxima expresión. Todo lo demás converge hacia este punto; esto es lo que enseña la experiencia a aquellos que vivimos con los ojos dirigidos hacia la Tierra, que es la única Trascendencia.
–¿Justificas, pues, la Explosión, la extremidad del Sentimiento, el ímpetu gratuito y el canto lírico de la Pasión? -preguntó Balial.
–No justificarlo sería un contrasentido -respondió Rojo de forma perentoria, sin dejar de contemplarlo fijamente.
–Ya veo -Balial sacó lo que parecía un portacigarrillos y extrajo un puro estrecho y muy largo, de un color de almendra ligeramente oscuro, muy aromático. No se lo ofreció a Rojo, que no se movió, expectante. Con gran parsimonia, y con su característica e indefiniblemente perturbadora circunspección, Balial lo encendió y soltó, con visible satisfacción, un largo chorro de humo, enorme y voluble columna en estado gaseoso que se esparció alrededor, construyendo, como según un plan preconcebido, siluetas caprichosas, ¡siluetas que recordaban las de….!, y a cada expulsión de humo la columna cobraba más y más espesura y compactez, afinaba sus formas, comenzaban a descifrarse en ella matices interesantes de colores a partir de aquel azul metafísico y como infantil que ciertas medias iluminaciones confieren a menudo al humo del tabaco…
Cierta innata intuición ya había hecho que Rojo  lo hubiese adivinado antes que se materializara. Aquello que se alzaba ahora a dos metros escasos a su izquierda parecía, ciertamente, una fémina de carne y huesos; nacida del humo, pero viva, rotunda, preciosa. Existen infinitos modelos “ideales” de mujer perfecta, de mujer última, tantos como gustos personales hay; y todo hijo de Adán persigue un imposible. Aquella visión –aquel espejismo que no lo era– reunía todo aquello con lo que Rojo había soñado obscuramente, desde lo más íntimo, entre el sueño y la vigilia, en los minutos inciertos en los que muere la Noche y el alba esparce perezosamente, detenido el Tiempo, su influencia. Cabellos negros como el azabache, largos, brillantes y perfumados como una fuente silvestre; ojos incitantes, grandes, llenos de picardía y feminidad, no exentos de un toque de voluntaria sumisión; talla mediana, tirando ligeramente a pequeña; formas de texturas suavísimas, a pesar de la perfecta compactez fragrante de su carne, tupida pero deliciosamente esponjosa; pechos enormes, pero sin desentonar lo más mínimo con el todo como concepto; curvas, redondeces y piernas de una voluptuosidad peligrosa, mortal; en una palabra, la exuberancia hecha hembra.
Selene -pues este era su nombre; y no podía tener otro, dado su origen y el silencio extraordinariamente elocuente de sus ojos hipnotizantes- quedó plantada ahí delante, ya creada por completo de cuerpo y de alma, vestida y peinada con gran lujo, esperando, con cara coqueta y las manos juntas tras la espalda como una niña traviesa, una palabra dulce de su poeta.
Balial, completamente indiferente a toda la escena, como si todo se tratada de un mero protocolo profesional, acabó su puro y lo arrojó.
–No hace falta que te diga su nombre: ya lo sabes -espetó, enfático, como despabilando al pobre muchacho de un éxtasis-. Hala, ¡que lo paséis bien!
Y dicho esto se levantó parsimoniosamente y se fue. Atónito, inmóvil, borracho sin estarlo lo más mínimo, Rojo lo siguió con la mirada, como un niño contemplaría un famoso y valiente guerrero las gestas del cual ha oído narrar desde pequeño: le vio alejarse, perdiéndose en la oscuridad, allá lejos…, en algún punto remoto, porque la cuarta pared de aquel inmenso bar de techo bajo se perdía en unas extrañas tinieblas, más allá, más allá…
¿Por qué explicar todo lo que vino a partir de aquí? El lector ja conoce sin duda las delicias del amor supremo, que poco dura, pero estalla en unos fuegos de artificio que a la par matan y resucitan el corazón. Durante un tiempo imposible de determinar –¿cuánto?, ¿meses enteros?– ambos vivieron, a todos los niveles, en un auténtico remolino, un remolino que habría destruido la salud física y anímica de cualquier miembro de la enorme masa humana. Selene, que sabía ya antes de nacer la esencia ígnea de su amante y conocía todos los detalles de éste, fue no solamente la concubina perfecta, sino una amiga fiel; una compañera de intimidades y secretos; un alma sensible y cultivada, capaz de amar como ninguna otra sus exabruptos, su encanto ingenioso u ubicuo, y aquella brillante ilusión romántica que muestran los hombres creativos cuando tienen poco más de veinte años. Fue un tiempo de delicia: ella estaba hecha para él en todos los aspectos; tanto, que él sentía, muy a menudo, un miedo como de presagio oscuro, una angustia terrible. ¡Aquellos ojos!, ¡aquella sonrisa! Selene era mucho más de lo que habría podido ser cualquier diosa pagana; pues estas últimas se rodean siempre de un velo de arrogante distancia que las vuelve antipáticas, al menos en cuanto féminas, y esta Luna, por el contrario, combinaba, con un encanto y una naturalidad perfectas, las dotes de inspiradora y de humilde y entregada compañera. La mano de Balial parecía en ella, así, completamente ausente; la sinceridad más grande anidaba en el corazón de la muchacha a cada latido, en cada palabra. Nunca dos almas han conocido tal nivel de compenetración; la pasión erótica –que culminaba, en ellos, con ardores inenarrables, nunca antes imaginadas– sólo era, en ellos, la punta del iceberg, el resultado natural y máxima expresión de una atracción infernal y celestial a la vez, como una maldición.
Pero como todo aquello que, candente, intenta salir de sí mismo en un canto desesperado y ebrio de vida y potencia, estaba destinado a desaparecer. Este juego violento se consumió, ciertamente, en el vuelo de su propia incandescencia, como se consume todo lo que en el mundo se diría eterno: como efecto inmediato de una causa aparentemente nimia, puntual, mezquinamente material. Los dos amantes corrieron de noche, medio borrachos –y mucho menos de alcohol que de ideas alocadas y castillos en el aire–, alrededor del espigón de una playa lejana, desértica; hacían juegos de palabras, juegos cómplices de aquellos solamente entienden dos amantes, y reían. Selene llevaba un vestido negro, de terciopelo; iba descalza y sus cabellos revoloteaban en el aire como un campo de trigo fustigado por el viento.
Todo ocurrió en un instante. Las rocas estaban mojadas y mal colocadas las unas sobre las otras; la brisa soplaba fuerte; a penas se veían el uno al otro. Un darse la vuelta, una ráfaga traicionera de aire, un grito seco y un ruido sordo, como de animal revoloteador. Eso fue todo. De nada sirvió asomarse y escudriñar la tiniebla; ésta lo cubría todo; tan sólo permanecía –ritmo arcaico, arcano de la naturaleza– el rumor brutal, indiferente, de las olas al chocar contra los escollos. El único arañazo a la oscuridad nocturna era el brillo líquido, mortecino y decadente de la espuma; y allí en medio, un cuerpo de mujer, ensangrentado por todas partes, parecía dormir plácidamente. A lo lejos, cercano y a la vez espantosamente cruel, el amarillo fantasmal de las farolas del paseo marítimo, desierto a aquella hora.
Rojo acabó como habría acabado cualquiera en su lugar. Alcohol, putas, juego, peleas a altas horas; excesos siempre, pero ahora no basados en la ilusión de la juventud y en la fuerza de la Creación, sino en el más espantoso vacío; una espiral descendente, fatalmente delimitada y previsible, como el suspiro trémulo, de pesadilla, que hace el niño maltratado que regresa a la casa donde sabe que le espera una paliza.
Ya está todo dicho. El pobre muchacho no duró mucho más. En vano buscó a Balial; en vano recorrió todos los tugurios imaginables; en vano peinó exhaustivamente los bajos fondos; en vano intentó contactar con él por mil caminos, ya para molerlo a puñetazos, ya para echarse a sus pies y suplicarle, ya para intentar engañarle con silogismos, ya para…, ¿qué importa?, todo él no era ya otra cosa que un deshecho de ser humano. Ahora se dio buena cuenta, pobre petimetre inmaduro y ridículo, del papel que había interpretado durante tanto tiempo, engañado por unos conceptos mal entendidos, mal digeridos. Como proyección estética se había “hecho la víctima”, había jugado al pesimismo extremo y revolucionario; pero en realidad el mundo había sido para él una fuente de placeres inagotables, dulcísimo, rico y variado, ya que gozaba de la compañía perfecta, de aquella realidad anímica que había sido creada para él y en relación a la cual lo justificaba todo; gozaba de los ojos íntimos de aquella fémina celestial. Ahora, bien al contrario, sí tenía motivos para ser un pesimista extremo –ahora ya nada presentaba un mensaje detrás, al menos ninguno que no fuera bajo, repulsivo y odioso. Todo caía delante de su mirada, las letras de los libros, las casas, las estrellas. Todo era mezquino; los rostros eran asquerosos. Sentía ganas de desfigurarse a puñetazos a sí mismo cada vez que se veía reflejado en la enésima botella de aguardiente.
Un día, Rojo desapareció. Un par de meses después -cuando el hedor ya era insoportable- encontraron su cadáver en un piso minúsculo e increíblemente sucio a las afueras de una pequeña ciudad del extrarradio de la metrópolis. Se había ahogado en su propio vómito, probablemente después de dormirse aplatanado en su sofá. No habían pasado seis meses desde la muerte de la Luna que fue su Sol, pero estaba irreconocible en todos los aspectos. Escuálido de forma malsana, greñudo y con barba de pordiosero, lleno de piojos, sus ropas desprendían un olor espantoso a alcohol y a orina. Curiosamente –es una nota meramente anecdótica– acababa de abrir apenas la botella de whisky que tenía al lado, sobre una mesita; ni siquiera se había bebido aún la cuarta parte.
Los hombres –esos pajarillos, esos sordos, esas ruedas de molino– lamentaron, acaso incluso con sinceridad, la pérdida del brillante estudiante de la Facultad de Letras; del joven poeta y artista tan simpático e irónico, siempre creativo, siempre sonriente, y no obstante siempre esquivo; del futuro marido y padre; del que habría sido quizá, con el tiempo, un ejemplo moral a seguir, por lo menos hasta que sus libros e ideas hubiesen sido por completo fagocitados por la uniformidad burguesa y él hubiera "ascendido" de escritor a icono cultural.


III

 

¿De dónde había ido a parar allí? ¿Era una pesadilla? ¿Dónde estaban, los otros dos? Todo era oscuro; la tiniebla se extendía; se extendía tan hacia allá que incluso las escasas rayas y suspiros de luz nocturna que se divisaban aquí y allá se habrían dicho imaginadas, anheladas, más que no objetivas. Era un yermo ondulante, infinito; algunos objetos protuberantes parecían erguirse, informes y grotescos, aquí y allí, sin ningún orden aparente.
El frío era considerable; su soledad, total. La noche lo era a muchos niveles: parecía que incluso el propio aire hubiera dejado de existir. Tan sólo cuando una enorme masa de nubes se hubo retirado, la claridad de la Luna lo iluminó todo a su alrededor, y en su hasta entonces turbio corazón experimentó una especie de alivio íntimo, extraño, como de soledad resignada, elástica, fortificada. Observó a su alrededor; enormes rocas de formas trabajadas parecían guiar una ruta imaginaria formando caminitos laberínticos. Se encontraba en un cementerio; y en un cementerio -voces atrapadas en una quietud respetable, ecos de épocas que palpitan sordamente, Silencio en movimiento- a la hora maldita de la Medianoche, cuando las leyes de los hombres y los decretos de los dioses dejan de tener significado.
–Cálmese, Azul -hizo repentinamente una voz oscura, surgida de la nada, algo más allá-, que no corre usted ningún peligro.
El hombre tuvo que forzar mucho su ya maltratada vista para obtener una vislumbre del propietario de aquella voz, a pesar de que, por supuesto, ya sabía de quién se trataba. Una figura enorme, desgarbada, oscura, se erguía a dos o tres metros de él. Mirarla hacía todavía más honda y desconcertante la oscuridad. Algo, sin embargo, brillaba violentamente en la negrura: una blanquísima y helada dentadura, resplandeciente, cruel, estallante detrás de una enorme y dislocada sonrisa que recordaba un contrahecho y espantoso tajo de melón.
–¿Cuánto hace que estoy aquí? -preguntó Azul, y su voz surgió languideciente, borrada.
–Siempre ha estado -respondió con calma Balial, y no había ningún rastro de presunción en su hablar-¬. Dígame, ¿le preocupa mucho la muerte?
Por algún motivo, estas palabras traspasaron a Azul el corazón, y se tomó un tiempo antes de responder. Precisamente por ser dos voces en completa soledad y envueltas de oscuridad, los silencios de ambas cobraban significados profundos, y cada palabra, cada entonación, cada mínimo temblor fónico, surgía de los labios como una saeta envenenada.
–Lo extraño sería que no me preocupara -Azul hablaba con sinceridad, tratando de no medir demasiado sus palabras-. No me importa la “Muerte”, la solemne, la que se escribe con mayúsculas; no soy un hombre sentimental, no me interesa la dimensión literaria de nada. No: lo que me importa es la muerte, la material y concreta, la mía, la que dentro de no muchos años me llevará consigo. Tengo sesenta y tres años y soy ateo; no espero ni pido nada al otro mundo, ni, por lo demás, creo que éste exista. Una vez yo me consuma, todo se terminará para mí.
Balial se quedó observando a Azul unos instantes. Vestía con modestia pero con pulcritud, muy digno su porte. Contempló su barba grisácea, cuidada pero inteligentemente alejada de cualquier patriarcalismo. Descubrió en él un hombre sensible y despierto, pero también preciso, analítico y nada temperamental; tanto podía tratarse de un experimentado médico, del hábil director de un diario de gran calidad o de un circunspecto ministro. Balial sintió orgullo y un cierto placer por verse confrontado por un hombre mucho más juicioso y anímicamente poderoso que el volátil e ingenuo Rojo.
–Que todo se acaba para todos, es cierto -contestó-. Pero le otorga usted al fin de todas las cosas una especie de sacralidad que resulta ridícula en un hombre de su talla. Cada persona es un tiempo, un espacio, unas condiciones particulares, y nada más; tampoco se puede aspirar a nada más. Dígame, ¿opina usted que el hombre debe rebelarse contra el Olvido?
–Ser olvidado, dejar de existir, de palpitar, de estar en el centro de las cosas, de formar parte de la realidad, de la mente de alguien, resulta espantoso; la sola idea me repugna, tanto en el plano biológico y material como en el espiritual o emotivo. No se trata de vanidad; si se juzga bien, esta sedición resulta inevitable y necesaria en todo ser humano consciente de serlo. ¿Cuánto más tiempo se supone que debo durar? ¿Y por qué?, ¿quién decide cruelmente el momento y las condiciones de mi desaparición total e irrevocable? Todos nos hemos acostumbrado, por así decirlo, a la idea de la muerte: es ésta tan ubicua que de algún modo se disuelve en el todo. La vida se nos lleva, hacemos cosas, tenemos preocupaciones, y olvidamos así, o menospreciamos, la Preocupación por excelencia; pero cuando por un momento dejamos el mundanal ruido y reflexionamos, por poco que sea, nos horrorizamos delante de este abismo, de esta negrura cruel…
Azul calló súbitamente, al vislumbrar un espeso y largo resplandor alargado y llano. Balial estiró su largo y negro brazo, acabado en una mano de color semidescompuesto pero de aspecto robusto, el dedo índice de la cual se proyectaba recto hacia un punto concreto, señalando algo.
Azul lo siguió y comprobó que hacia el fondo, a unos centenares de metros, tras unas lomas de aspecto rocoso e incierto, se comenzaba a albirar algo así como un resplandor naciente, como de alba; pero un alba sucia, difusa, del mismo color irreal y desagradable de la piel de Balial. Un rumor lejano, una especie de traqueteo, parecía acercarse por momentos.
–Ya se acercan -dijo Balial, con voz autoritaria pero tranquila-. No tema, ellos a usted no podrán verle; pero usted ganará algo de sabiduría, si les escucha bien.
Antes que Azul pudiera responder o reaccionar, Balial comenzaba a deshacerse en una neblina borrosa y espesa, ligeramente perfumada, que fue disolviéndose por momentos en el aire enrarecido.
El hombre atravesó, con cautela y con un cierto respeto por lo inexplicable, aquella ciudad de tumbas y mausoleos antiguos que ahora, bajo esa luz, parecía adquirir una extraña presencia. Salió por la vieja entrada, una reja de hierro extraordinariamente oxidada, y se escondió tras un gran plátano sin hojas que allí crecía –o, mejor dicho, que allí se prolongaba en el tiempo, de pura inercia, en una vida horriblemente apagada y sorda.
La comitiva que se acercaba no era otra que la de su propio funeral, y se componía, como el ajado plátano, de una suerte de rumor apagado, opaco, entumecido, inpalpitante. Una serie de hombres y mujeres de caras cansadas y marchitas, los ojos secos y opacos, caminaban poco a poco alrededor, y detrás, de un coche de muertos –la única cosa, paradójicamente, que brillaba y resplandecía en muchos metros a la redonda. Dentro, un gran ataúd rodeado de guirnaldas centraba la atención. Ya se acercaban a la puerta de entrada; la primera que Azul reconoció fue, por supuesto, su mujer, que iba vestida de negro de la cabeza a los pies pero, para su sorpresa, no parecía particularmente afligida. Un hombre alto y con una perenne expresión de burla ignorante en la cara –el hermano de la viuda– le acompañaba; Azul pudo escuchar sus palabras.
–…quiero decir que no pierdes gran cosa -le decía en voz baja-, no tiene sentido que te atormentes lo más mínimo. No se acaba el mundo, no eres una mujer vieja, y de todos modos él no era un hombre interesante, digámoslo claramente. Más bien todo lo contrario…, era bien aburrido, el pobre...
Se fijó en la expresión de su viuda. Su severidad era vacía, y mucho más de forma que de contenido. Su desolación era pura picardía femenina y nada más; estaba bien claro -se veía en sus ojos, en su gesto, en su forma de vestir- que lo que la preocupaba de verdad era la respetabilidad del funeral, la impecabilidad de su comportamiento y del de los otros asistentes respecto a ella. Constantemente sacaba un espejito de su bolso para retocarse la posición de los rutilantes collares y joyas que llevaba, muchos de los cuales le había regalado su marido. Bajo su negrísimo velo, sus bonitos ojos negros de mujer madura lo escrutaban todo a su alrededor, sus modales, sus comentarios, sus vestimentas. Las mujeres, en particular, centraban su interés: se fijaba en si habían ganado o perdido peso o en si traían tales o cuales zapatos, la marca comercial de los cuales trataba de reconocer. Pesar por el marido que ya no existía no parecía haberlo por ninguna parte, y el poco que pudiera comunicar era sólo como mera formalidad.
Los que habían sido los amigos “de siempre” de Azul se habían quedado algo atrás y charlaban en voz baja –pero no acerca de él. Comentaban la reciente noticia del posible fichaje de un famoso jugador de fútbol extranjero en el equipo de la ciudad; uno de los amigos, médico con consulta propia y ya a punto de jubilarse, avanzaba ciertos aspectos que él supuestamente conocía por el hecho de que un cuñado suyo formaba parte del equipo de asesores de la cúpula del equipo. Otro de aquellos amigos replicaba con vehemencia; poco a poco la discusión se fue acalorando y el estado de ánimo de aquellos hombres acabó siendo perfectamente jovial. Eran hombres que se satisfacían con cualquier situación en la que tuvieran la oportunidad de parlotear y fanfarronear con los conocidos de siempre acerca de los mismos reiterados temas de siempre.
Había mucha más gente; familiares más lejanos, amigos del barrio, colegas de trabajo, antiguos miembros del servicio doméstico. Casi todo el mundo tenía un aspecto borroso, cloroformizado, análogo al del feligrés que se adormece al escuchar un largo y aburrido sermón en la misa. Curioso: el cuerpo inerte de Azul parecía ser el único todavía vivo de todo el funeral; los verdaderos cadáveres eran todos los que asistían a él.
La única que parecía afligida, y no poco, era una chica meditativa y tímida que caminaba, a paso regular, detrás de la viuda. Era la hija de Azul, que tenía veintisiete años y era físicamente mucho más agraciada que su difunto padre. Iba también de negro, pero en sus ojos duros brillaba algo que estaba totalmente ausente en los de su madre. Escuchaba con detenimiento las palabras de su tío.
–Pues sí, un hombre bien singular -seguía diciendo éste-, siempre metiendo la nariz en libros, quieto y taciturno...No, no pierdes demasiado, mujer...Como todos los hombres de esa clase, era, en el fondo, un hombre egoísta…, pensaba en él mismo, solamente, siempre tan introvertido y todo eso. No he confiado nunca en esa clase de personas que no pueden o no quieren formar parte de una tertulia informal familiar o de amigos. Los hombres tan críticos no tienen buena voluntad, en realidad; y, si deciden marginarse del mundo, merecen que el mundo les margine a ellos también. Tanta melancolía no puede ser buena para nadie; lo único que hace, en todo caso, es pudrir el alma….
–Eso es mentira -terció su sobrina, con furia contenida-, esto es lo que repiten las personas prácticas y superficiales, para justificarse a sí mismas el hecho de que ellas no se distingan en nada de todos los demás, de la masa. Si alguien sale “afuera” de esta masa, los de dentro le consideran o bien un egoísta o bien un distraído, un quimérico. ¡Quizás papá, siendo tan reflexivo, comprendía muchas más cosas, o las comprendía más cabalmente, que alguien con...otro carácter, por decirlo de forma suave…!
Esta discusión en torno a los caracteres vitales y su trascendencia era escuchada vagamente por la viuda, que, sin embargo, no sentía el más mínimo interés por ella. Escuchar caer la lluvia le habría hecho el mismo efecto. Para ella –en el día del último adiós al hombre con quien había vivido durante treinta y cinco años– lo que contaba, en última instancia, era la impresión que ella y los suyos dieran, la conveniencia social, el protocolo, el actuar con “corrección”. Ella, no obstante, no sentía en absoluto esta paradoja moral: cuatro lagrimitas nacidas como de la pura inercia y de los comentarios trillados que se hacen siempre en estos casos la convencían que su dolor era muy grande y que ella era la más grande merecedora de compasión.
El prometido de la muchacha, un chico de aspecto correcto aunque vestido con cierta informalidad para tratarse de un funeral, escuchaba también, pero sin verdadero interés, y más por curiosidad de saber qué fuera capaz de decir su amiga en uno de sus raros paroxismos. Después de la última respuesta de ella, el tío y el muchacho intercambiaron una mirada irónica que parecía decir: “Pobrecita!, ella es como su papá”.
La tumba, situada en un extremo mortecino y particularmente descolorido del cementerio, ya estaba abierta, acabada de excavar por los operarios; y la pesada lápida estaba también preparada. Era una lápida de mármol, elegante con el tipo de elegancia que caracteriza los tanatorios –uniforme, austera, aburrida. Las letras del nombre completo del difunto, así como dos fechas, resaltaban sobre la superficie negra. No había epitafio alguno, cosa que decepcionó particularmente a Azul, que, posicionado a cierta distancia, no perdía detalle de la escena.
El entierro en sí fue breve y funcional. El capellán oficiante -que no había conocido jamás al homenajeado, y apenas a su viuda- pronunció, con poco o nulo sentimiento, las esperables frases de siempre, tan repetidas que ya no significaban nada de nada. Delante de la tumba abierta -en el fondo de la cual unos rudos operarios depositaban ahora, con la ayuda de cuerdas, el ataúd- permanecía la viuda, aparentemente serena pero en realidad angustiada, sabiéndose el blanco de todas las miradas allí presentes. Lloraba sin saber muy bien por qué; su hija hacía lo mismo, pero ella conocía muy bien los motivos.
La gente calló durante un buen rato, mientras duró la forzosamente prolongada operación. Era un silencio borroso, ausente. Todo el mundo deseaba irse cuanto antes. Como suele pasar siempre en los entierros de personas de buena posición socioeconómica, no hubo apenas muestra de dramatismo o sentimiento trágico por ninguna parte; bien al contrario, quien más quien menos hacía, en voz baja, las inevitables bromitas referentes al ambiente de los cementerios, los difuntos y el ambiente lúgubre.
Todo el mundo marchó; sólo se quedaron la viuda y su hija delante de la tumba. La primera no se quedó allí mucho rato; la otra sí. Sentada sobre una tumba próxima, lloró en silencio, durante un buen rato, mientras su chico le esperaba un poco más allá, totalmente olvidado de ella, escribiendo algo en su teléfono móvil. La chica fumó un cigarrillo con calma mientras dejaba divagar la mente por senderos confusamente filosóficos.
Azul se apartó de toda la escena; ya había visto suficiente y de sobra. Se sintió cansado, con un cansancio que era de todo menos físico. No le hizo falta alzar la vista para saber que Balial estaba allí.
–Lo siento, amigo -dijo éste con circunspección-. Suele pasar.
Azul asintió de manera casi imperceptible.
–Déjeme regresar a casa -pidió; en su voz bailaba algo extraño y oscuro.
Balial no pudo negarse. Hizo chasquear dos dedos, y, de repente, Azul volvía a estar en su casa, sentado en la mesa de su despacho, rodeado de papeles y documentos. Era por la mañana; fuera, en la calle, el ruido del tránsito urbano era considerable.
Escuchó a su mujer, que faenaba en la cocina o en el lavadero, refunfuñando, como cada día, por una nimiedad doméstica u otra. La criada estaba por llegar de un momento a otro.
–Le cantaré las cuarenta, a aquella estúpida -decía su mujer-, ¿quién se ha creído que es? ¡Le he dicho mil veces que se deben almidonar todas las camisas, y no sólo las blancas! Y además, hay el tema del detergente, ¿por qué me gasta tanto para una sola lavada?
Poco a poco, sin ninguna prisa, Azul escribió con su pluma favorita una larga carta. La encerró en un sobre y escribió el nombre de su hija en mayúsculas. Se levantó y entró en la habitación de ésta; la dejó encima de la mesa. Regresó a su despacho y abrió completamente la ventana. Cuatro pisos más abajo, el ruido era tan insoportable como cualquier otra mañana; sin embargo, nadie pasaba por la calle en aquel preciso momento.
Se sentó en el alféizar interior. Estaba muy tranquilo, con una tranquilidad que no tenía nada de normal y corriente. Llamó a su mujer; ella apareció. Todo estaba a punto.
–¿Qué carajo haces sentado así con la ventana abierta? ¿Tomas el fresco? -preguntó ella con el sarcasmo de más de treinta años de matrimonio.
–Dile a tu hermano que es tan imbécil como parece; díselo así, con estas mismas palabras -respondió Azul justo antes de impulsarse de espaldas al vacío enorme detrás de él, mientras la mujer profería un grito agudo.
El último pensamiento que tuvo Azul en su existencia, un instante antes de chafarse el cráneo al impactar éste oblicuamente sobre una motocicleta aparcada en la acera, fue que, en su muerte, no había nada que no resultara perfectamente coherente con su vida.

 

IV

 

Negro emergió, de forma paulatina, como de un sueño insensible y placentero. Entre un dormir como inerte, como el del hombre ebrio, y una vigilia sobrenaturalmente densa y espesa, fue recordando ciertos detalles. Miró el reloj; se había parado a las cinco y veintiocho minutos, cuando comenzaba a descender por la gruta, de modo que no podía tener idea alguna de qué hora era. Se encontraba sentado en una silla de madera de una habitación minúscula, de techo bajo, y muy mal iluminada por una simple bombilla colgante. En la habitación no había otro objeto que la silla.
Ante él, Balial se apoyaba con indolencia, tan largo como era, en la pared. Su aspecto era el mismo de siempre. Pasaba con creces de los dos metros de estatura, y su cuerpo gigantesco tenía algo desgarbado y extrañamente –inquietantemente– elástico; llevaba unos pulcrísimos chaqueta y pantalones negros, ambos entallados a su figura, y una ancha corbata de color rojo muy vivo; enormes gafas de sol y una gorra de cazador muy calada, negra también, le tapaban casi los dos tercios superiores de la cara; sus cuatro miembros y su aspecto general se habrían dicho de cadáver putrefacto, pero al mismo tiempo comunicaban una sensación de organismo extraordinariamente musculoso y robusto, físicamente muy superior a cualquier ser humano. Diez hombres fornidos no habrían podido reducirle.
Su actitud, también, era la de siempre. Parecía estar allí igual que el oficinista ficha cada día a las ocho de la mañana, o como el profesor de bachillerato corrige, casi de forma maquinal, un montón de ejemplares del mismo examen estatal. Era una pose neta y estrictamente profesional, protocolaria; la actitud inconsciente, modelada por la inercia, del que se encuentra en horas de trabajo y realiza ciertas operaciones que, a fuerza de haber realizado ya innumerables veces, resultan automáticas, en el sentido más estricto de la palabra.
Balial también tuvo la oportunidad de estudiar el aspecto de Negro. Éste no era como los otros dos –no tenía nada que ver. Físicamente agraciado, de complexión mediana, rayaba acaso los treinta y cinco años. Llevaba gafas y su aspecto general era el de un hombre muy culto, anímicamente delicado pero con ideas propias interesantes y originales. Era obvio que su conservadurismo era meramente externo, de formas, de modo de vida; ciertamente, su mente era -quizá por saber muchas, muchas cosas, y ser consciente de muchos abismos- un caos inmenso. A pesar de esto, a Balial le pareció un rival mucho más digno, acaso el más digno de los tres; no era un niño, como Rojo, ni un burgués, como Azul. Era un hombre espiritualmente poderoso, amo de su destino, capaz de defenderse, de dudar, de enfrentarse a sí mismo, de destruir y recomenzar...
–Tu problema, y el de los que son como tú, es que te empeñas en buscar el Absoluto, y al Absoluto lo llamáis “Dios” –le espetó Balial, directo y súbito como un salivazo.
Negro se hizo rápidamente cargo de su situación y habló poco a poco pero con gran firmeza.
–No concibo a Dios como algo necesariamente opuesto al Diablo -respondió-. Sea lo que sea, el Diablo es limitación, imposibilidad; Dios, en cambio, lo es todo, de alguna manera, porque representa el autoconocimiento, la ubiquidad, la sabiduría, la serenidad. No tengo una idea medieval de lo Eterno, sino todo lo contrario. Dios no es el Bien o el Amor, para mí; es una suerte de Resignación consciente.
–Si tan claras tienes las cosas, ¿por qué has solicitado mis servicios? -preguntó Balial.
¬–Porque también creo en el Mal, la presencia del cual parece inevitable pero a menudo parece anular el Bien hasta el punto de volverlo inefectivo, inoperante. Dios, yo diría, no es ninguno de estos dos extremos, sino, más bien, un estado de ánimo, una especie de calidez que los engloba.
–¿Y por qué, si piensas todo eso, llevas el alzacuellos? La Iglesia es, en el fondo, un edificio, una construcción, y nada, o muy poco, tiene que ver con la metafísica de la que pareces alimentarte –objetó Balial, todavía brutal.
–Pero es una manera clara y efectiva de dedicarme a los demás -respondió Negro-, en lo poco que yo pueda. Considero que tan sólo aportando un bien y una virtud positiva al mundo, a los hombres, puedo decir que mi vida queda justificada; y la gota de agua que yo aporte al Océano sombrío de la Humanidad dará un sentido a mi existencia, algo por lo cual podrá ser recordada sin vergüenza o mezquindad.
–Así, ¿pretendes traerles la felicidad o cierta plenitud? –preguntó Balial.
–De ningún modo, eso sería ridículo. Me contento con aportar un conocimiento de uno mismo y del mundo que cree en los hombres una Resignación, un sano desengaño a partir del cual empezar a trabajar, a construir, pero desde la higiene espiritual –fue la respuesta del joven hombre.
Después de una breve pausa, Balial esbozó aquí una sonrisa que no llegó a cruel y acto seguido tomó la palabra de nuevo, ahora en un tono muy distinto.
–Basas tu felicidad únicamente en la entrega solidaria a los demás, y no te das cuenta que una gran Oscuridad, quizás la más grande de las oscuridades¬, que palpita alrededor tuyo desde hace mucho, te tiene cada vez más rodeado, y espera cualquier contingencia para caer Efinalmente sobre ti…
Negro parecía todavía estar intentando descifrar estas palabras cuando Balial dijo, en tono perentorio:
–Ya te aviso que todo lo que viene a partir de aquí no te gustará nada -y abrió la puerta de la habitación, que de repente se llenó de la luz del día; con un gesto le indicó que saliera.
Negro se irguió, decidido a enfrentarse a lo que fuera, y dirigió a su anfitrión una sonrisa que parecía decir "Tengo suficientes armas como para defenderme, sea la que sea la coyuntura".
–Te deseo buena suerte -le dijo Balial no sin compasión, como el que se despide de un soldado de quien sabe que no regresará de una guerra-; créame que la necesitarás.
Negro se encontró en una calle transitadísima de una ciudad de la Antigüedad, las casas de la cual estaban hechas o bien de adobo o bien de piedra. Parecía tratarse de la calle principal o al menos de una arteria comercial importante, porque estaba llena a rebosar de paradas de fruta y de aves, capazos de legumbres, mesas de cambio, tiendas y mostradores de tejidos, carretillas llenas hasta arriba, ánforas de vino, gritos de niños, groserías de calle, risas fugaces. El sol brillaba fortísimo, pero anchos tendales proporcionaban una amable sombra. Negro reconoció pronto, a pesar de que él mismo no lo hablaba, el idioma que escuchaba: era el arameo; de vez en cuando, pero, se oían retazos del griego, y también, aunque mucho menos a menudo, del latín. Nadie parecía verle ni notar su presencia en modo alguno.   
Paulatinamente una gran multitud se acercaba desde el final de la calle. Se oían gritos, silbos, risas obscenas; se trataba de un tumulto considerable. Negro se dio la vuelta: Balial había desaparecido. Divisó entonces a dos o tres soldados vestidos con el uniforme romano y empuñando largas picas, y supo definitivamente que su destino le salía al encuentro. La turba se acercaba, violenta y oscilando de un lado al otro; incluso desde lejos se percibía algo sucio y mezquino en aquel zumbido humano. Los legionarios –que destacaban doblemente por tener, en comparación con los nativos, la piel clara– encabezaban la comitiva, abriendo camino y dispersando a niños y animales. Detrás, hombres de piel cetrina y luengas y negrísimas barbas rizadas gozaban y se divertían en lo que parecía una extraña y macabra procesión. Un legionario tocaba un tambor con ritmo marcial. Un gran cartel vacilante se destacaba un poco atrás; en él había escrito

REX IVDEORVM

Y, en efecto, un gran fardo, una gran masa marrón y temblequeante que parecía elevarse y descender patosamente a un ritmo desigual, avanzaba debajo, dando bandazos. La gente salía a los balcones; todos los tenderos acudían al exterior, atraídos por el ruido. Los tres idiomas seguían mezclándose, confundiéndose, volatilizándose en el aire; el arameo, sin embargo, seguía siendo, con diferencia, el más oído. Los amargos redobles, repetidos periódicamente, añadían una violencia escalofriante a la escena.
Entonces Negro, que se había adentrado algo entre la muchedumbre, lo vio. Ya había escuchado vagamente antes su nombre; muy atrás en el tiempo quedaban ya sus años de estudios en el Seminario, pero ciertos epítetos, ciertas fórmulas de los idiomas semíticos le seguían resultando familiares; y lo que iba oyendo cada vez más a menudo, aquellas palabras cuya fonética le hacía erizar con horror todos y cada uno de los cabellos, fue: “Yeshuá Ben Nazareth”.
Como un animal herido, el reo se retorcía debajo de dos enormes postes de basta madera, atados con cuerdas, cuyo peso le doblaba por completo el torso entero, de modo que parecía que no fuera a poder erguirse nunca más. Yeshuá era un hombre de talla ligeramente inferior a la media de su pueblo, muy delgado, muy poco agraciado físicamente; su rostro borroso, terminado en una larga barba negra ya muy canosa, mostraba los estragos de la viruela. No había vida alguna en sus ojos, que parecían no ver nada a su alrededor; sin embargo lloraba copiosamente. Parecía tener unos treinta y siete o treinta y ocho años de edad: “la misma edad que yo”, pensó Negro. Alrededor de él, brutales risas resonaban envolventes, repulsivas; caían de todas partes como puñetazos. Mucho peor que éstas, sin embargo, eran los comentarios despreciativos hechos en voz baja, las burlas sofocadas, los chistes y chascarrillos soltados con cruel condescendencia hacia un pobre loco, un iluminado, un paria.
Todos los tendales de los comercios fueron recogidos, de modo que la relativamente estrecha calle de suelo arenoso quedó por completo inundada del inclemente sol del mediodía, ajeno a toda compasión. La piel del reo, ya oscura y olivácea de por sí, aparecía espantosamente quemada; sus manos eran dos callosidades huesudas; hilillos de sangre recorrían su cuerpo por todas partes, pues una corona hecha con cardos y espinos secos le ceñía la cabeza a modo de horrible y burlesco laurel. Todo el mundo calzaba el rudimentario pero resistente coturno; él iba a pie desnudo. De todas partes le llovían trozos de verduras podridas, escupitajos y puntapiés; el más comedido se limitaba sólo a insultarle.
Tras él, tres o cuatro personas, entre ellas dos mujeres y una de ellas casi una anciana, lloraban desesperadas, el rostro tapado; no podía haber más dolor en sus rostros. También a estas personas les hablaba la muchedumbre; sin improperios, no obstante, sino con algo mucho peor: crueles chistes y juegos de palabras en relación a la situación en la que, por propia voluntad, deseaban verse inmersos. Otro burdo cartel ondeaba por encima de las cabezas de los ridiculizados; Negro no sabía bastante hebreo como para leerlo, pero ya sabía perfectamente lo que decía: “Este hombre se cree el rey de los judíos”.
Yeshuá ya no podía seguir avanzando; hacía ya rato que parecía haber sacado fuerzas de flaqueza, pero también éstas se le habían agotado; avanzaba, llegado a este punto, tan sólo por inercia pura, sin plantearse cómo ni por qué. Su mente parecía vacía de cualquier cosa que no fuera el sufrimiento, el sufrimiento en estado puro y limpio, un dolor desnudo, anulador. No conseguía cerrar del todo la reseca boca: visiblemente deshidratado, la sed empezaba a provocarle alucinaciones; nadie, nadie durante todo el trayecto le había ofrecido ni el más breve trago de agua. No era poca, además, la cantidad de sangre que había perdido y seguía perdiendo: la madera de los postes estaba astillada por todas partes y le abría la piel a grandes tiras. Cada poco rato, no obstante, el reo levantaba la vista a los cielos, donde parecía ver o percibir algo que le infundía un último valor, una postrera fuerza. Luego reanudaba su camino, la vista baja, las lágrimas ardientes, la voluntad vacía. Poco a poco, con una lentitud de pesadilla, la procesión se alejaba, espantosamente monótona; los redobles resonaban cada vez más lejanos.
Negro hacía ya rato que no podía mirarla; había salido corriendo hacia no sabía dónde, hacia allí donde pudiera estar completamente solo; se encontraba horrorizado, asqueado hasta la última fibra de su cuerpo; temblaba; se paró junto a unos matojos distantes, ya muy fuera de la ciudad, y vomitó. Durante mucho rato lloró amargamente. Lo que había visto, el horror del que había sido testigo tan sólo como un destello, le había revelado tantas, tantísimas cosas que él mismo no podía dejar de maravillarse, sumido en el asco, el odio y la impotencia. Había sido necesaria esa catarsis, ese golpe fuertísimo, para despejar sus mil dudas; pero ahora lo veía clarísimo, la verdad se le aparecía más radiante que nunca. El sol le quemaba la espalda y empezaba a hacerle desvariar; pero sin embargo él se animó, se animó con la única idea que habría podido animar a un hombre de su penetración intuitiva: una firme, firmísima voluntad de combatir el Mal, de servir a sus hermanos, de aportar su grano de arena para devolver al Hombre su dignidad. Yeshuá había sufrido infinitamente por los seres humanos -por todos y cada uno de ellos- por la simple razón de que sabía mejor que nadie que lo que dentro de ellos palpitaba era algo infinitamente bello y sagrado.
No tuvo necesidad de darse la vuelta para saber que Balial estaba de pie detrás de él, adusto y circunspecto, dispuesto a esperar todo el tiempo que hiciera falta.
–Debo decirte que no has conseguido vencerme, si era eso lo que te proponías -le dijo Negro aún sin mirarle, calmadamente y remarcando cada palabra-. Veo más claramente que nunca cuál debe ser la misión del hombre consciente, qué es lo que debe motivarle, de dónde debe sacar el valor y por qué. He recibido en pocos minutos una lección de religión mucho más amplia y profunda que los cinco fútiles años que pasé en el seminario. Me dirijo hacia la Luz y no hacia la Tiniebla…
–No pretendo vencerte en nada -respondió Balial con cordial indiferencia-, sino tan sólo ponerte frente a las realidades que te preocupan y definen tu existencia. Debo decir, sin embargo, que lo peor para ti está aún por llegar. Las personas de sinceridad brutal, las personas lúcidas y visionarias como tú, lo tienen crudo en este mundo. Cristo era como tú; un hombre de este mundo, pero cuyo mensaje y cuyo aliento no parecen pertenecer a él, no tienen cabida en él, están frontalmente opuestos a la ceguera, la torpeza y la ignorancia de la masa. Has conocido la Verdad; enfréntate ahora a la Realidad –y, sin darle a su interlocutor tiempo a responder, Balial chasqueó sus pútridos dedos.
Negro se encontró, de repente, en el interior de una iglesia no muy grande, moderna, funcional; estaba claro que se trataba de la parroquia de algún barrio alejado de una ciudad pequeña. Un hombre pequeño y gordito, ya casi completamente calvo y de piel blancuzca, se acercaba, caminando despacio, a la sacristía. Iba vestido enteramente de negro y llevaba puesto el alzacuellos. Todo él parecía rezumar la más grande mediocridad anímica y su presencia comunicaba un magnífico tedio.
La habitación en sí era aburrida, perfectamente anodina; Negro se decepcionó al inspeccionarla. Siempre había apreciado el hecho de que el cuarto de trabajo de un capellán o de cualquier religioso contuviera muchos libros y documentos, y no sólo religiosos sino de tema lo más variado posible: ¿qué mejor manera de reconocer la valía del sentimiento religioso que aceptando e indagando la Vida en todas sus expresiones? En ese oscuro recinto, sin embargo, no había más que los objetos litúrgicos de turno, los cirios, el incensario, el cáliz para el vino, los misales, la casulla, todo bien colocado y ordenado hasta el punto de que esos objetos parecían como negados, anorreados, faltos de cualquier significado o relevancia. Un collar de hierro con una enorme y sencilla cruz en su extremo decoraba el pecho del capellán –debía de tratarse de alguna jerarquía superior, no de un simple y raso párroco-, que se sentó y garabateó algunas frases en una vieja libreta de hojas a cuadros. No había duda: estaba preparando su sermón. Por la expresión de sus rasgos faciales, no obstante, resultaba obvio que éste no le suponía el más mínimo movimiento o conflicto interior; parecía igual de poco interesado o concentrado al redactarlo que quien realiza una tarea perfectamente repetitiva y maquinal como pudiera ser afeitarse o abrocharse la camisa.
Un monaguillo imberbe de unos trece años entró en la sacristía, le saludó brevemente y, de forma maquinal, se vistió con la sotana blanca de monaguillo que colgaba de un perchero. Después abrió un armarito, del que sacó una escoba, y empezó a barrer. No ponía en ello el menor empeño.
–Dime, muchacho -le preguntó el cura hablando de un modo monótono e incoloro-, ¿has vuelto a ver merodear por la puerta de la iglesia aquel par de indigentes que vinieron el otro día?
–No -respondió el monaguillo, sin levantar la cabeza, como si aquel tipo de conversación se hubiera repetido hasta la saciedad en aquella habitación.
–Mejor -terció el cura-, porque ya sabes qué opino yo de tales indeseables. Piojosos asquerosos, eso es lo que son; para pedir siempre están a punto, pero, en cambio, jamás acudirán a misa. Para mí no son mucho mejores que los perros.
–Mi padre trabaja en el ayuntamiento y, por su trabajo, sabe quiénes son -contestó el chico a modo de tímida disculpa-. Se trata de una familia itinerante de acróbatas; parece que eran gente pacífica, pero las autoridades civiles les requisaron la caravana y ahora se han quedado en la calle. No se les permite actuar porque creyeron que tal cosa constituye un "desorden público". Como no tienen otra fuente de ingresos, se ven obligados a pedir limosna hasta que les devuelvan su caravana; pero es complicado burocráticamente y pueden pasar meses. Mis hermanos y yo no comprendemos qué tiene de malo ganarse la vida haciendo espectáculos para divertir a la gente.
–Bobadas -terció el cura con una sonrisa condescendiente, como si su ayudante fuera el más grande ingenuo del mundo-. Tú eres joven aún, y te dejas impresionar por lo que brilla. Pero cuando llegues a la edad adulta aprenderás a distinguir. Las personas que se dedican a la farándula son parásitos, gente sin principios; el deber de una persona es ganarse la vida de forma decorosa e ir subiendo así peldaños en el aprecio de la comunidad; esto es lo que quiere Dios y sobre esta base deben ser educados los hombres. Con personas de esa calaña, sin embargo, no debes relacionarte.
Al oír estas palabras, el muchacho puso una cara que expresaba reticencia y escepticismo, pero no dijo nada y siguió barriendo.
–Anda, ve a ver si hay alguien para confesión esta tarde -le dijo el cura. El monaguillo salió.
Sobre el papel iban apareciendo, garabateadas con caligrafía anodina y regular, palabras que se repetían con frecuencia: "valentía", "compromiso", "lucha", "significado"...Escribía sin titubeo, sin prisa pero sin pausa, como si ya conociera de antemano el texto hasta en sus menores detalles.
El chico regresó y le informó de que una mujer esperaba sentada en un banco de una de las naves laterales.
–Gracias, hijo -respondió en voz baja pero perentoria, tras lo cual se puso de pie y se colocó, despacio y tomando cuidado de que no se formara en ella arruga alguna, la morada estola que correspondía al sacramento penitencial.
Con actitud serena pero hierática salió de la sacristía y se dirigió tranquilamente al sencillo habitáculo de madera que hacía las veces de confesionario. Desde lejos reconoció a la feligresa en cuestión, una mujer de clase obrera y muy ignorante, ya entrada en años, en cuyo rostro se había labrado, día a día, un sufrimiento sordo y aplastante. "Un corderito; ni siquiera comprende que sufre, o siquiera qué es el dolor", pensó el religioso mientras le dirigía una mirada a modo de mudo saludo. Sin embargo, en esa ocasión vio, o creyó ver, algo particular; tenía un ojo morado. 
Se encerró en la cabina y oyó a la mujer arrodillarse con trabajo, delante de la tupida reja. Se dispuso a escuchar. También Negro, invisible, se sentó en el extremo del banco más cercano a la conversación; por algún motivo podía oír perfectamente, a pesar de tratarse tan sólo de susurros, todas y cada una de las palabras. Estaba ya furioso, pero trataba de contenerse; deseaba contemplar la visión hasta su fin, lúcido sabedor de que lo más cruel y malvado que puede hacer el Diablo es, precisamente, revelarle a un hombre el infierno de la verdad -la verdad personal, la que sólo a él le atañe- transparente y desnuda.
–Habla, hija mía -manifestó el cura-.
–Buenas tardes, padre -empezó a decir la mujer, cuyo rostro Negro no veía bien debido a la oscuridad; se detuvo un momento antes de seguir-. Hay algo que me preocupa y quisiera comentar con usted.    
–Te escucho -al decir esto el cura tuvo una sensación de cansancio, de cosa soporífera-.
–Bueno -siguió ella-, se trata de mi marido. Le despidieron de la obra recientemente, y, entre una cosa y la otra, bueno, ya no es el de antes. No es que antes no tuviera mal carácter, usted ya lo sabe...
–Entiendo -contestó su interlocutor, adivinando lo que seguiría y deseando, no sin cierto asco, que todo terminara cuanto antes-.
–El caso -siguió la mujer-, es que últimamente ha empezado a beber y..., bueno, a veces él me golpea. Si me ha visto el rostro, usted ya se habrá dado cuenta -y aquí alzó la mirada; uno de sus ojos estaba completamente morado e hinchado.
–Sí -respondió brevemente el otro-.
–En las últimas semanas se ha vuelto insoportablemente cruel -reanudó ella-. Sobre todo después de beber, explota por cualquier cosa y grita y me insulta como un tirano por cualquier cosa. Entonces yo me enfado y le grito o le digo algo feo, porque ya estoy harta, francamente, padre; vivir con él es insoportable. Dos veces me quemó cigarrillos sobre mi piel, y otra vez me empujó la cabeza bruscamente contra la pared; tuve que ir al hospital. No puedo más con esta situación; he llorado tanto que he agotado mis lágrimas. No tengo a nadie a quien contárselo; hace años ya que murieron mis padres, y mi hermana fuera de la ciudad, ni nuestra relación ha sido nunca muy estrecha. Además no quiero que la gente hable, ¡imagínese la humillación, si la gente supiera que....!. Pero maquillarme ya no sirve de nada para ocultar ciertas cosas. Si acudo a las autoridades, él lo sabrá y será peor: me tiene amenazada y tengo miedo. Además, sus amigos son peores que él..., no sé qué debo hacer -aquí cesó repentinamente de hablar y, tras un extraño chasquido como de cachorro asustado, escondió el rostro entre las manos y empezó a sollozar.
Llegado a ese punto, el rector se sentía más incómodo que nunca; se dejó embargar del todo por una poderosa sensación de tedio, de indiferencia, de anhelada e higiénica distancia respecto de la suciedad del mundo. Dejó pasar el silencioso instante de rigor antes de empezar a hablar.
–Hija mía -su voz era tranquila, clara; trataba de sonar convincente-, a veces Dios nos pone a prueba y debemos estar a la altura de las circunstancias. Sé que sufres, sé que lloras; pasas por una época difícil y tienes la impresión de que no es posible salir adelante. Sin embargo, el matrimonio es uno de los pilares de la vida cristiana; es y debe ser irrompible. Lo que hay que hacer no es desunir lo que Dios deseó unir, sino reformarlo; trabajar para que, paulatinamente, cada una de las dos partes mejore poco a poco su actitud. Debes rezar, hija mía, y darle a tu marido ejemplo con tu paciencia; lo único que es tu deber hacer es pedirle a Dios que él encuentre la inspiración que... 
Algo muy, muy hondo se rompió dentro del alma de Negro. Aquello era demasiado; era demasiada la distancia entre aquel desecho humano, aquel enano moral, y  la Sed de Yeshuá, de su corona de púas, de los insultos, de las lágrimas. Allí donde la mediocridad y la estupidez humana se aliaban en un pacto de uniformidad y de decencia, allí quedaba Dios anulado, reducido a la nada.
Se levantó fuera de sí y corrió a la sacristía, donde agarró un gran candelabro de pesado metal; tiró sus velas y lo empuñó a modo de arma; sin titubeo alguno se dirigió hacia el habitáculo.
Sabía perfectamente que ahora ya resultaba visible; pero tampoco le importaba lo más mínimo, e incluso la idea le atraía, pues parecía estar de acuerdo con sus intenciones. Algo en su rostro aterrorizó a la pobre mujer, que empezó a gritar desesperadamente. Negro abrió la puerta trasera de la cabina y penetró dentro sin decir palabra; allí dentro la oscuridad lo cubría casi todo, de forma que no vio bien qué era exactamente lo que golpeaba una y otra y otra y otra vez; algo informe y correoso se debatía, gritando incoherencias y palabras que no llegaban a nacer, bajo los golpes del duro y frío hierro. La mujer salió corriendo sin dejar de gritar. El interior del confesionario quedó pronto del todo repleto de sangre como una pequeña y macabra piscina; el cráneo de su antiguo usufructuario era ahora una masa húmeda y gelatinosa sin forma ni sentido.
Un silencio, una calma infinita se arremolinó alrededor de él durante unos breves instantes, acogiéndole, arrullándole como una madre primeriza arrulla a su bebé. Esos minutos justificaron –acaso perdonaron– toda una vida de ceguera.
Poco después un grupo de hombres fornidos, con cara de muy pocos amigos, entró en la iglesia; varios iban armados. Negro levantó los brazos en señal de no ofrecer la menor resistencia. Todos le miraban titubeando, asustados; esperaban alguna clase de gesto o de signo que les diera pie a dar rienda suelta al enconado odio que les llenaba. Negro se dio un último gustazo: reírse. Soltó una larga y sonora carcajada; se rió de todos los allí presentes, de ellos y de él mismo, de todos y de todo, de la futilidad de las aspiraciones humanas, de lo ridículo de los sueños y los entusiasmos. De algún lado, rayo iluminador en medio de aquella semioscuridad, una bala cruzó la bóveda de la casa de Cristo y le traspasó el corazón a Negro, que cayó al suelo cuan largo era. Ni siquiera su caída tuvo nada de heroico o elegante; se desplomó como un fardo, con un sonido sofocado y distorsionado, aún con una sonrisa gratuita, volátil y marchitada en los labios.


En alguna parte, Balial se alisaba con cuidado las mangas de su pulcrísima camisa. Su misión había sido cumplida puntualmente y con profesionalidad; él, sin embargo, no sentía el menor orgullo o transporte artístico por su trabajo, igual que un asalariado cualquiera que se limitara a aplicar una serie de conocimientos técnicos impersonales a su tarea profesional.
Su calculadora hizo un extraño ruido en su bolsillo. La sacó y miró la pantalla durante unos instantes.
–¡Vaya!, me esperan clientes de nuevo...Allá vamos, pues. ¡Me moriría de hambre, si no fuera por aquellos que ven algo, pero desean ver todavía más....!  

 
 
 

 

 

 

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  • Relato largo, dividido en cuatro capítulos, donde exploro el mito de Fausto desde un punto de vista posmoderno y caleidoscópico; se mezclan orgánicamente poesía, aforismos, terror, fantasía, violencia...Tres personajes aprenderán, de manos del Demonio, a comprenderse a sí mismos y su tragedia personal...

    Relato histórico de misterio, con una fuerte dosis de terror sobrenatural, en el que he tratado de reflejar el caótico ambiente político de la Cataluña costera durante la época decimonónica de la Primera República. Como siempre, un toque presagioso y "dark" tiñe mi relato por completo...

    Relato de vampiros que, lejos de tópicos y esteticismos, regresa a las raíces antropológicas y míticas de esa leyenda. Un joven viajero se zambulle en una tierra desconocida, donde descubrirá que el verdadero Terror surge de cierta forma de Silencio, de cierta soledad insondable...

    Historia oscura, más sugerida que descrita, acerca de la maldición individual (nunca formulada claramente) que tejen mudamente ciertas fuerzas de la naturaleza cuando se levantan contra un hombre malvado. Abstenerse de leerlo personas que tengan fobia a las aves...

    Relato de misterio y terror, a medio camino entre M.R. James y Roland Topor. En busca de tranquilidad, un artista torturado se muda al piso más alto de un edificio barcelonés. Allí empezará a oír un extraño ruido desconocido que, poco a poco, empezará a influirle de forma artísticamente oscura, y conocerá la demencia y la crueldad de cierta antigua creencia...

soy un joven escritor de Barcelona de 33 años, de tema y estilo eclécticos, con gran interés por los clásicos de todos los tiempos. Disfruto de los libros tanto a nivel analítico como emocional..

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