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8 min
Presagio
Drama |
12.06.15
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Sinopsis

William Darkholme tendrá que lidiar no solo con las responsabilidades que su alto cargo en la sociedad le ha impuesto. Su vida dará un giro inesperado cuando la tragedia, hasta entonces tan lejana para él finalmente lo alcance.

“Muerte por aplastamiento”. Fueron las palabras del forense.

 

Sin embargo, en aquellos momentos de duda, William Darkholme no conseguía pensar en la desgraciada suerte de aquél muchacho sin desligar de su memoria el recuerdo de Melissa.

Acababa de ver el cuerpo desmembrado de Vinicius Harley, el joven piloto que a pesar de su entusiasmo inicial no había logrado sobrevivir luego de su primera práctica. Era casi un niño, apenas algunos años mayor que su hija.

Las paredes interiores de la cabina de simulación habían quedado salpicadas con la sangre del joven y con los restos que se habían desprendido de él, centrifugados por la inercia de la violenta colisión. Pero desde un comienzo, William Darkholme no sintió la instintiva repulsión que tal vez sí experimentaron los otros oficiales ante aquel desastroso espectáculo, sino más bien un confuso sentimiento de zozobra en el que se entremezclaban al mismo tiempo la lástima reciente causada por la tragedia y una rabia ciega que empezaba a albergar contra sí mismo.

No podía perdonarse el hecho de haber sido él precisamente el responsable directo de aquel accidente, y tampoco dejaba de maldecir el momento en que los sistemas fallaron sin que nadie pudiera explicarse porqué precipitando en cuestión de segundos el fatídico e irremediable desenlace.

 

- Ahora vendrá lo más difícil –precisó el teniente Bryan Sanders apoyando un momento las manos sobre el barandal del alto vestíbulo donde ambos estaban. Desde allí habían observado en silencio el penoso trabajo de reconocimiento.

 

- Lo dices por sus familiares… -repuso Darkholme con su voz imperturbable de siempre-. Seguro pedirán explicaciones y nos guste o no vamos a tener que afrontarlo.

 

Ante la falsa impasibilidad que pretendía aparentar su compañero, Bryan Sanders dejó entrever una sonrisa triste. No era ésa precisamente la respuesta que él hubiera esperado.

 

- El muchacho sólo tenía a su madre… -agregó luego con cierta pesadumbre-, era hijo único.

 

A pesar que tal revelación terminó por conturbar el ya desmejorado ánimo de William, él hizo su mejor esfuerzo por permanecer sereno y se cuidó muy bien de que ninguna de sus expresiones llegara a delatarlo; pero únicamente él sabía que desde el momento en que sus oídos escucharon el insoportable grito de agonía de Vinicius dentro de la cabina de simulación algo había cambiado irremediablemente en el mundo que él conocía. Entonces recordó a Mel de nuevo, y su ansiedad creció dolorosamente como si el hálito de muerte que aún flotaba en aquel ambiente sombrío adquiriera de pronto una magnitud que empezaba a asfixiarlo. “Mi pobre hija…”, pensó. Pero no la recordó como era ahora, sino como había sido a los cinco o a los siete años de edad, cuando en sus ojos diáfanos no asomaba aún la virulencia tenaz del rencor y el reclamo.

 

Las siguientes horas transcurrieron muy rápido, a pesar que la remoción de los escombros en el lugar del incidente sin duda había tomado mucho más tiempo del previsto. Pero lo peor ya había pasado, y la madre de Vinicius Harley estaba ya al tanto de la sorpresiva muerte de su único hijo. Ahora William Darkholme se hallaba en plena autopista con las manos sobre el volante, por fin, rumbo a casa.

Debían ser poco más de las seis y media de la tarde, aunque no lo pareciera. El cielo estaba cubierto por una uniforme extensión de blancas nubes y el ya escaso resplandor del crepúsculo se filtraba caprichosamente a través de ellas incidiendo en el lado opuesto, hacia el oriente. Así en vez de un atardecer inevitable aquello parecía más bien una mañana recién iniciada, una mañana de un día desconocido e incierto que transcurría en un mundo para él que había dejado de ser el de siempre. Aunque, si lo pensaba mejor, quizás no lo fuera desde mucho antes, desde el momento en que “ellos” dieron los primeros indicios de vida, allá en lo alto, mucho más arriba y mucho más lejos de aquella engañosa cubierta de nubes. Pero ya no quería pensar más, aquel había sido un día terrible y difícil y ansiaba llegar a casa cuanto antes aunque sólo fuera para lidiar una vez más, como tantas otras con la exasperante rebeldía de Melissa. Le era difícil reconocer cuanto había cambiado su vida en los últimos meses, y todo lo que había tenido que hacer y soportar, y lo que le faltaba aún por enfrentar a causa de la adicción de aquella adolescente que nisiquiera había cumplido los diecisiete años. Su anterior inquietud no lo había abandonado, la sentía a cada momento como si flotara en medio de aquel aire enrarecido por el desencanto y la duda.

 

A medida que la distancia se acortaba la ansiedad se le fue haciendo más intensa, y tal vez para tranquilizarse él quiso atribuirla también a los confusos sentimientos que le había suscitado la prematura muerte de Vinicius Harley.

Cuando estuvo ya cerca de casa le llamó la atención el tumulto que alcanzó a distinguir a lo lejos, a sólo escasas cuadras del lugar donde tendría que estacionarse. Había un par de patrulleros y una unidad de paramédicos que acababa de llegar, y algunos curiosos que le obstaculizaban la vista. Un repentino escalofrío lo hizo estremecerse ante la idea de una nueva desgracia y las manos le temblaron imperceptiblemente por una fracción de segundo. Y no tuvo que avanzar más que un pequeño tramo cuando se sintió de pronto incapaz de seguir manejando.

 

A William Darkholme le bastó con ver desde lejos la puerta de su propia casa sin cerrar para que aquel temor impreciso y sin nombre que tanto lo había atormentado a lo largo del día arrasara de golpe con sus últimas reservas de aplomo.

Una fuerza superior a su voluntad lo hizo detenerse entonces y descender del vehículo precipitadamente, y caminar luego como un autómata y con la respiración contenida hacia el lugar que había quedado cercado por la policía. Se abrió paso como pudo entre las personas que estaban alrededor del cerco y no tardó en tener antes sus ojos la materialización del presagio que el cadáver de Vinicius Harley parecía haberle anunciado desde un principio. Era ella. La joven que se hallaba tendida sobre el asfalto era Melissa Darkholme, su única hija.

 

Sin haberse percatado de su desventura, uno de los oficiales trató de impedirle el avance, y William, ya completamente fuera de sí tuvo que darle un empellón para poder llegar hasta ella. Cayó de rodillas entonces ante el cuerpo de la joven y la tomó en brazos desesperadamente, y le habló luego con la voz entrecortada por el espanto.

 

- Mel… -balbució-. ¡Hija…, háblame…! ¡Mel…!.

 

El rostro de ella estaba tan pálido que hacía resaltar el vibrante tono carmesí de su propia sangre que le brotaba sin pausa de la herida que tenía oculta entre el pelo. Al tocarla lo estremeció la frialdad que emanaba su piel y la rigidez mórbida de todo su cuerpo.

El cerebro de William no podía articular más palabras que el nombre de ella, y hasta el oficial que acababa de ser agredido se conmovió sinceramente ante aquella insólita escena.

 

Las voces de la gente, los murmullos del mundo eran muy precisos, pero él los escuchaba como si vinieran desde muy lejos; y allí, bajo el incierto resplandor anaranjado del cielo que ya empezaba a desvanecerse, William Darkholme se sintió en medio de la nada, incrédulo y sólo, y por primera vez en su vida con el rumbo trastocado por la tenaz incertidumbre de la muerte.

Juntó su rostro al de Melissa, y mientras la apretaba contra su pecho con una avidez demencial e insensata los ojos se le desbordaron con un llanto fluido, silencioso pero a la vez devastador, implacable, era el llanto que parecía haber llevado estancado dentro de sí mismo desde las primeras horas de aquel desafortunado día.

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“Siento que cuando escribo podría hacerlo mejor. Muchas veces imagino cosas y como que me gusta escribirlas para hacerlas más reales. Si tengo algún momento para escribir, lo hago; me gusta escribir desde que tengo memoria. Me gusta compartir lo que escribo y al mismo tiempo dar y tomar ideas de otros escritores. Mi mayor anhelo es trabajar como editora, pues creo que no hay mejor manera de conocer a una persona que a través de lo que escribe, pues casi todos escribimos acerca de lo que sentimos…”

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