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6 min
Presagio de una mosca
Drama |
18.11.17
  • 4
  • 6
  • 958
Sinopsis

Después de dar dos vueltas a la manzana como una calesita desbocada, Gaspar estacionó frente al hospital como le indicó el naranjita. Ubicó la Fiorino entre un 206 y un Gacel celeste tras hacer tres maniobras y una pitada al Derby. Detuvo el motor y levantó la palanca del freno mientras se reclinaba en el asiento. Giró una vez la manija para abrir la ventanilla y tiró el cigarrillo a la calle. Subió el volumen del stereo y Los Ramones explotaron por los parlantes. Llevó ambas manos hacia la cabeza y alisó su cabello para atrás sintiendo que el corazón arremetía como un bagayo sobre el andarivel final y en un abrir y cerrar de ojos otra vez la taquicardia le hacía transpirar las manos, la frente y la nuca. Inspiró y exhaló aire al ritmo de “I wanna be sedated” y de la guantera sacó el blister de "Alplax", extrajo un cuarto y se lo mando al buche. 
Quedó recostado un instante y la modorra se colgó de sus párpados dejándole los ojos entrecerrado como un chino despierto. Por el rabillo miró un batallón blindado de nubes grises que marchaban por delante del parabrisas y recordó el día que junto a Marisa planearon reformar el cielo mientras se acariciaban despacio sobre la cama. Fue un viernes de abril dónde hicieron el amor por primera vez en el hotel Madrid de calle Obispo Trejo. Luego de estrellar sus cuerpos por varias horas llamaron al conserje para que les agregara un turno más. Tenían que tomarse un respiro y así, poco a poco resolver el conflicto del paraíso sin tener la necesidad de leer a Kant o a Hegel, ya que ella sostenía que la filosofía aburría al igual que la metafísica y la autoayuda. Ya entre risas y gemidos cándidos y después de abrazarse asfixiantemente, ella decía que uno podía argumentar y el otro refutar pero sinceramente. Y luego se soltaba como una niña mal criada que buscaba atención permanente. Caprichosamente tomaba el teléfono celular y lo fotografiaba envuelto en las sábanas tibias como un modelo que posa para la marca de un colchón.
El chirrido del limpiaparabrisas lo volvió en sí, el hombre vestido con el chaleco anaranjado sujetó el ticket entre la goma de la escobilla y el cristal pegando su cara lustrosa de transpiración contra la ventanilla. 
––¡Son 10 pesos todo el día, pá! –– dijo afirmando sus labios carnosos y ajados por la sequedad.
Gaspar bajó el volumen del stereo y asintió con la cabeza. El cuidacoche le devolvió la aprobación con el pulgar en alto y se retiró moviendo el cogote de un lado al otro como si fuese un partido de tenis entre Del Potro y Federer.
Tras su retirada Gaspar se percató que una aureola de sudor había quedo impregnada en la ventanilla, observó las pequeñas partículas húmedas y aperladas que empezaron a descender como el ascensor de La Torre Ángela hasta perderse entre la ranura del vidrio y la puerta. Sonrió sarcásticamente y nuevamente la imagen de Marisa le recorrió la cabeza.
Ella, sudada y agitada, vomitada y con una rigidez en la nuca fue como él la encontró sobre los almohadones del sillón al costado de la cama. La sostuvo por un rato hasta que Marisa perdió el conocimiento. Al llegar al hospital, los médicos le diagnosticaron aneurisma cerebral y ella quedó en coma
Luego de ese fugaz recuerdo, Gaspar se refregó los ojos y notó que el pulso se normalizó, decidió bajar del furgón y enfiló hacia el hospital. En las escalinatas del nosocomio un anciano en silla de ruedas y cargando una mochila de oxígeno lo detuvo:
––¡Perdón joven, buen día! ¿ no tiene un cigarrillo que me convide?  ––preguntó el viejo con la voz repta.
Gaspar sacándose las gafas lo observó un instante y pensó en una de dos, le daba el cigarrillo y lo mataba, o le daba el último placer antes de morirse por el cigarrillo.
––¡Buen día! Me parece que su condición no amerita un cigarrillo. ––contestó con una sonrisa socarrona.
––¡Mijo! Tengo 89 años y estoy rodeado de moscas, y cómo ve sigo aquí.
Gaspar no entendió lo de las moscas pero del bolsillo de la campera sacó el atado y lo acarreó hacia su boca, sopló por la abertura del paquete para separar los puchos y una vez separados dio vuelta la etiqueta y contra su dedo índice la impactó hasta que se asomó el filtro blanco del Derby. Desenvainado ya, extendió el brazo diciéndole:
––¡Tomé! cuando lo prenda las moscan se van a espantar.
––¡Jaja! Acá afuera no importa, allá es el problema ––respondió el viejo señalando el hospital, y agregó,  ––Cuando hay una mosca adentro seguramente es porque la parca se lleva alguno.
Bamboleando la cabeza Gaspar saludo al anciano y continuó. Traspasó el hall central del Privado y una oleada de lejía mezclada con amoníaco le devolvió el color a la cara, subió en el ascensor y paró en el segundo piso. En el pasillo se encontraba Nicolás, el hermano de Marisa y Graciela la madre, ambos dialogaban con un médico y sin mirarlos ninguno de los dos, dejaron que Gaspar entrase a la terapia para ver a Marisa, fue raro pensó él. Ya que en los últimos tres años ellos nunca le permitieron verla.
Gaspar tomo la silla sentándose al lado de la cama. Ella estaba entubada y conectada a miles de aparatos, no lo podía creer y mucho menos cuando observó que una pequeña mosca revoloteaba en el cuarto. En ese momento recordó lo que le dijo el viejo en la entrada y entendió  porque Nicolás y Graciela lo dejaron ingresar. 
Ya estaba decidido, golpearon la puerta y el médico intensivista le dijo que tenía cinco minutos.

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Actualmente un dandy sin vermú, que en el despertar de su adolescencia y luego de oír las incisivas opiniones de George C...! mientras se ojeaba la 13/20, nippur, el eternauta, el diario o madhouse lo tentó el 4 poder. En la juventud luego de hacer mucho head bange! la melena se fue, la panza apareció y la militancia llegó, militar por el asado, la cerveza, la lectura e Internet. El viejo se harto y lo mando a laburar! y aunque los años pasan nunca perdió el espirito púber punkero.

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