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4 min
PRESO Nº ONCE
Terror |
05.03.15
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Sinopsis

Un libro que impele ser traducido; un amor destructivo entre un poeta y una lectora asesinada por él. El castigo, la ausencia y el sacrificio que busca el libro.

PRESO N° ONCE

…ya nadie me territorializa,
ni ella, ni mis yo y mucho menos mi propia persona.
Elías Jaimes

El reo conocido como el Once, asesinó a su esposa y con
ella, las emociones que lo gobernaban. Amanecía cuando
llegó a su casa pasado de tragos; desde hacía mucho ella
lo sentía ausente y no lograba asimilarlo del todo, ¿tenía
fe?, no, sólo estaba enamorada de un poeta.
Una mañana como muchas, antes de irse a trabajar, ella
se vio cansada de estar ahí sin hacer nada para ella y sí para
él, así que dejó unos cuantos billetes para que los gastara en
trago, pues si no, se ponía algo violento. Hacerlo le empalaba
el ánimo, de hecho había momentos en que hubiera
preferido el golpe.

Antes de irse, en la puerta de la nevera, pegó un sobre
con una nota de la que se corrió lo escrito después que él la
leyera; le quedaron frías las vísceras, como la última comida
que ella le preparó. Desayunó, luego almorzó, y finalmente
se entregó a la espera del rito.

Ambos eran profesores, grandes lectores de mundos,
obsesionados con libros raros y antiguos: E. se había graduado
de pedagogía en lenguas ya hace unos años, cuando
lo conoció en una lectura de poesía experiencial, llena toda
de sucesos. Pasaron varias semanas juntos, y poco a poco,
cada uno desde su arista, coloreaba el raye de su planeta
citando al otro.
Sí, fueron felices; sin embargo, él siendo un apasionado
ebrio, la sedujo con la idea de traducir un libro viejo que
los sacaría de este mundo, de esta realidad, que al final los
rompería. E. sólo era consciente de que había decidido vivir
con ese apasionado del libro por fe, así que tomó una
licencia para la traducción. Ella, en sus reflexiones embotelladas
y en sobriedad, consideraba que en ciertos momentos
antes de la lectura, las gotas de un dulce vino oscuro la
llevarían a entregarse a la voz que buscaba traducir, para así
encuadrar lo que hace 300 años había sido escrito. El tiempo
estuvo presente, nunca se fue, pero ellos sí, y su moral
colapsó junto con su razón.
—…lo nuestro no nos lleva a ninguna parte O., usted
me hizo volar un instante pero ya no hay viento, sólo un
deseo indeterminado, una máscara roja que nos dice qué
hacer, qué va a pasar. Somos sólo piel sin huesos y sin labios
qué besar, besos de vodka barato, eso sí, nunca supo a otras
mujeres…
—Debió ser literatura en vez de lengua.
—Y usted, en vez de poeta, carnicero o filósofo mendicante.
No hubiera sido tan mediocre…
—¿Filósofo o carnicero?
— No, lo que es ahora, un bebedor come libros, al final
eso será sin importar el oficio.
—Sí, lo sé, un azota calles, un ebrio, uno que no es
digno y en eso estamos de acuerdo; yo, le he enseñado que hay cierto tipo de hombres-libro que… que se la pasan
haciendo pactos leyendo, que viven sin un motivo aparente;
mi motivo, usted, que me retiene en esta vida, se está
alejando, volviendo ausente y más amada y dolorosa. Se
está haciendo, usted, una sucesión de recuerdos que me
torturan y que irremediablemente tendré que desangrar...
—Desangrar, desangrar. No debí traducir el libro, lo sé,
pero no me arrepiento.
—No dormirá, temerá por su cuello blanco, como la
cara oculta de mi luna; va a morir en las manos del hombre
que ama, para cerrar el ritual.
—¿Qué otra cosa se le puede pedir a la vida?
La noche del once de diciembre, un año después de ser
condenado, un guarda le iba a dar una paliza, porque días
antes, durante su turno, presuntamente intentó fugarse y lo
encontraron vagando por los pasillos de la prisión. Cuando
llegaron a su celda, estaba cerrada. A Once el guardia
le ofreció un cigarrillo, como muestra de buena voluntad,
para luego proceder a fracturarle la mano con el bolillo.
Las luces del presidio se apagaron, las de emergencia no
se encendieron. La respiración se apagó, se escuchó entre
las sombras el forcejeo, el guarda cayó, las luces se encendieron,
los presos gritaron, el caos imperaba. Preguntaban
por Velásquez, fueron a buscarle y lo encontraron frente a
la celda del Once degollado, y a él, fumando.

 

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