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8 min
Primer duelo del Torneo de Escritores 2017: "El examen"
Varios |
12.12.16
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Sinopsis

Este es un duelo de exhibición entre dos autores secretos (sus nombres al cierre de la votación). Lee ambos relatos, vota por el que te guste más y si quieres comenta lo que fue de tu agrado, lo que no, puntos a mejorar, etc. Para que tu voto sea válido necesitas escribir al principio de tu comentario "relato A" si votas por el primero o "relato B" si votas por el segundo. TODOS pueden votar, no es necesario que participes en el torneo como escritor. La votación cierra en tres días (el perfil del torneo escribe VOTACIÓN CERRADA y anuncia el resultado).

 "El examen"
 

relato A

El Día del examen final todos los nuevos estamos nerviosos, pues el resultado determina el área en la que serviremos toda la eternidad. La gran mayoría anhela obtener un arco de pasión para castigar a los humanos a noches sin sueño e interminables jornadas de obsesión. Otros prefieren quedarse en el cielo, en labores administrativas de querubines que si bien no implica diversión, el horario es fijo, no hay horas extras y las prestaciones a la larga rinden frutos. La burocracia celestial es uno de los atajos en la jerarquía angelical. Algunos pocos se animan a regresar al mundo con el exclusivo propósito de ayudar a los demás, a una vida de mártir entre mundanas vanidades. Considero esta opción como un retroceso en mi carrera divina. Cada vez hay menos puestos para ángeles de la guarda; son tiempos de poca fe. Es el trabajo más fácil, solo hay que andar tras el protegido asignado, ignorar sus peticiones y darle empujoncitos hacia el camino correcto. Muchos de los ángeles que recibieron un cuerpo de mujer en su última vida conservan a flor de piel el instinto maternal y eligen ser providencias de vida, encargadas de encontrar la familia que más se adecue al alma del neonato, o deidades de muerte, para acompañar a los agónicos desahuciados en sus últimos momentos y traerlos de la mano a su nuevo hogar en caso de merecerlo,  o a la oficina correspondiente para iniciar el trámite de “Juicio y Reencarnación”. La labor que menos gusta es la de mensajero y es la que más abunda. Aquellos con la puntuación más alta eligen la tarea que llevaran a cabo hasta el final de los tiempos, el resto se verá forzado a, cargar manto pesadísimo repleto de pistas del altísimo y a repartirlos sin parar. Es una tarea monótona para la clase baja, no me tocará a mí porque vengo preparado a cumplir mi destino: en breve me sentaré junto al creador.

El examen se divide en una serie exhaustiva de pruebas físicas, psicológicas y académicas. No sé con certeza mi puntaje pero he contestado y actuado con absoluta confianza; prometo que mi nombre será uno de los primeros tres de la lista. Entro al recinto y me siento hasta atrás, reparten las hojas, leo y escribo con gran velocidad. Soy el primero en terminar y solo he dejado una pregunta en blanco:
¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?

En la clase de ética no tuve problemas con los nombres, las fechas y las definiciones, es la sección práctica la que no comprendo del todo. Es la única pregunta que me falta, ya terminé lo demás. Podría no contestarla y mi calificación seguiría siendo impecable pero sé que debo de intentar responderla. Desconozco la respuesta, es poco probable que la balanza de la suerte se incline a mi favor. Se levanta el de adelante con el examen en la mano y veo su respuesta por accidente, me parece un argumento sensato e incluso correcto.
Soy el segundo en salir y al cruzar el portón las plumas se desprenden de mis alas cuales hojas de otoño. Caigo de rodillas y en vano las recolecto con desespero. Una lágrima de rencor corre por mi mejilla y noto que todo a mi alrededor ha cambiado, me encuentro en un anfiteatro rocoso repleto de una luz negra que me atraviesa la piel.
–En el examen no importa lo que escribes ni lo que haces sino cómo lo haces –retumba una voz en mi interior.
–Padre, te he fallado –le suplico disfrazando la ira de dolor.
Mis huesos cambian de posición, mis uñas crecen sin proporción, cambio de color y no reconozco mi voz. Ya sin pena ni reserva, reniego y me hundo en blasfemias. Hago un juramento contra su injuria mientras ultraja los últimos rastros de mi divinidad.
–Este será tu reino y tu voluntad no tendrá fin –sentenció la voz del pérfido patriarca mientras se alejaba para ahogarse en un silencio infinito.


relato B


    La mañana amaneció gris. No tardaría en llover, lo que suponía un problema añadido porque no podría coger la moto y tendría que utilizar el tedioso transporte público, soportar las esperas, las colas y ese inconfundible olor a humanidad invadiendo toda su privacidad. Amancio Rodríguez tenía un examen final, importantísimo, en el que se jugaba todo, y aún dudaba si iba suficientemente preparado. Estaba muy nervioso y se dio cuenta de que no estaba centrado porque se había duchado pero no se había afeitado. Por su mente circulaban fugaces ideas, intentando alcanzar un nexo que las enlazara de forma conveniente. Las ideas fluían sin poder dominarlas, absorbiendo toda posible concentración, y lo llevaban a un estado de inquietud difícil de sobrellevar.

    Desayunó y, aunque iba bien de tiempo, salió a coger el autobús. Repasó que llevara todo lo necesario. Se palpó los bolsillos, el par de bolígrafos, la identificación, sus imprescindibles gafas… Tuvo suerte porque el transporte apareció pronto. Iba abarrotado, lo que era normal dada la posibilidad de lluvia ese día, pero no podía arriesgarse a dejarlo pasar en pos de uno más expedito. La circulación era muy densa y se alegró de haber dispuesto del suficiente tiempo para soslayar todos esos impedimentos. De nada hubiera servido quedarse estudiando una hora más, que lo único que le llevaría es a confundir aún más sus ideas.

    El edificio donde se iba a examinar estaba atestado. Aunque la lluvia fuera inminente el hecho de aprovechar unos minutos más al aire libre era del todo necesario para acometer la prueba de forma satisfactoria. Él, por contra, fue haciéndose hueco para acceder a las puertas, comprobar en los listados expuestos cuál era su aula (su apellido aparecía hacia la mitad de la lista) y dirigirse sin demora hacia la entrada. Miró su reloj. Tan solo faltaban quince minutos para la llamada pero la persona que haría el llamamiento ya se encontraba dispuesto, mirando inquisitivamente a los que iban a examinarse, como si ya determinara con ello quienes superarían la prueba.

    Llegó la hora. El llamador carraspeó, pero aún así su voz emergía con tono soprano lo cual generó alguna que otra risita y comentarios. Pareció no advertirlo y comenzó a nombrar.

Antonio Hernández… Hermenegildo Herrera…

    Amancio sintió en ese momento unos toques en su hombro. Se giró y vio a un hombre que no parecía ser un alumno que fuera a examinarse. Este le hizo un gesto con la mano para que lo siguiera, para que saliera del cúmulo que se agolpaba frente a aquel hombre de afeminada voz. En la tranquilidad del pasillo Amancio increpó a que le explicara el motivo de sacarlo de un llamamiento a examen que, si pasaba su nombre, no tendría opción de realizar. Él lo calmó, le dijo que había tiempo, y que tenía que seguirlo. Era muy importante. Resignado, Amancio siguió sus pasos por el pasillo. Después, el desconocido abrió una puerta y ascendieron por una larga escalera. No recordaba que el edificio tuviera esa altura y deseó que llegasen pronto a su destino para retornar cuanto antes a la sala de examen. Tras la escalinata abrió otra puerta. Parecía conocer bien por donde iba, por lo que Amancio dedujo que se trataría de un subalterno que lo acompañaba a no sabía qué lugar o persona.

    Inexplicablemente se hallaban de nuevo ante la sala de examen. Los alumnos se arremolinaban en torno a uno de sus compañeros que parecía haberse desmayado víctima de los nervios.
    A Amancio Rodríguez le recorrió un súbito estremecimiento. Sin apartar a nadie logró llegar hasta el infortunado y ver de quien se trataba. Era él. Sus ojos estaban abiertos en un rictus extraño. Alguien se hallaba inclinado sobre él, con la oreja pegada a su rostro en ademán de percibir una mínima exhalación que delatara vida. Finalmente se levantó y negó con su cabeza. Amancio lo agarró por los hombros y lo zarandeó, repitiendo una y otra vez

“No, no puedo estar muerto, no”

    Se volvió hacia su acompañante que con un gesto afirmativo lo corroboraba. Después se dio la vuelta y se alejó. Amancio sabía, por alguna extraña razón, que debía acompañarlo de nuevo.

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