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6 min
Psicótico
Terror |
24.03.15
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Sinopsis

Relato que se desprende de un test que se encuentra en la web para psicóticos. Quisimos darle un ambiente realista y ponerlo en acción en una historia cotidiana.

Psicótico 

De niño yo era muy normal, me gustaba jugar con mis juguetes, saltar, subirme a los árboles y compartir tiempo con mis amigos. Nunca imaginé que al crecer toda esa diversión desaparecería. Mi madre se esforzaba mucho por llevar el sustento a nuestra casa.

Trabajaba doble turno y las únicas horas que tenía para pasar conmigo, eran las horas de la noche, cuando yo ya estaba dormido. Muchos fines de semana la encontré ebria, mi madre tomaba mucho por el despecho y la decepción de mi papá.

Mi papá nos abandonó antes de que yo naciera, mi mamá cuando se embriagaba me culpaba a mí por la partida de mi padre.

Tuve un compañero cuando era niño, jugaba conmigo todas las tardes y me invitaba a comer a su casa. Su madre era una mujer asombrosa, tenía un espíritu carismático muy lindo. Un día mientras jugábamos en el patio de mi casa, él hizo algo que no me gustó y entonces me enojé. Tomé una pala que estaba en la parte de atrás de mi casa, lo perseguí y con ella le destrocé el cráneo. Tuve un sentimiento raro en ese momento; pero no afectó mi existencia.

Tomé de las piernas al que era mi compañero y lo arrastré hasta un pozo que teníamos en el patio y entonces lo arrojé. Al día siguiente al despertar, fui al pozo para ver el cuerpo de mi ex compañero y tal sorpresa me llevé, al ver que mi ex compañero ya no estaba, había desaparecido.

Crecí y mi vida se volvió una vida rutinaria como la de todo ser humano en este planeta, estaba cursando mi secundaria y mi madre seguía trabajando mucho. Un día al salir de clases escuché a un compañero decir que yo era una basura de persona, que no debía estar estudiando en esa escuela y que sería mejor que no volviera nunca más a clases. Mi compañero se despidió y yo lo seguí; en el camino me topé con un pedazo de hierro, lo sujeté fuertemente entre mis manos y atravesé a mi compañero con ello, de su estomago salía mucha sangre y sus ojos casi saltones me suplicaban perdón. Me sentí bastante bien al saber que mi compañero me había pedido perdón. Lo arrastré hasta mi casa y lo arrojé al pozo que teníamos en el patio. Al día siguiente me desperté y me acerqué al pozo para ver si aún se encontraba ahí; pero mi sorpresa fue tal, al ver que mi compañero había desaparecido.

Superé esos años de secundaria y eficazmente cursé la preparatoria. Me sentía autosuficiente, pensaba que todo sería bueno para mí y que nada me impediría alcanzar mi sueño. Un día nos tocó presentar de manera individual un proyecto en clase de ciencias. Todos se habían esforzado mucho y yo era parte de aquellos esforzados. El maestro calificó a casi todos con un puntaje perfecto; pero a mí, me calificó con la mitad de los puntos. Le hice preguntas al respecto; pero él no quería darme razones, así que lo esperé a la salida del colegio y antes de que subiera a su auto, lo golpeé fuertemente en el cuello dejándolo inconsciente. Lo llevé hasta mi casa y con una cierra comencé a cortar sus extremidades, él me decía que me calificaría con todos los puntos y que me haría ganar el curso si lo dejaba libre; pero ya era demasiado tarde. Tomé el cuerpo y las extremidades cortadas y los arrojé dentro del pozo. Al día siguiente me levanté muy temprano y me acerqué a la orilla del pozo, y como era de suponerse mi maestro ya no estaba, había desaparecido.

Me gradué de la preparatoria y con gran ilusión inicié mi primer trabajo, era asistente de un empresario poderoso y el ambiente laboral era bastante bueno. Un día cualquiera cometí un error en la redacción de un documento, mi jefe me llamó la atención fuertemente y me hizo sentir como un inútil. Esperé a que todos se fueran de la oficina, entré de manera sigilosa y con un pañuelo lleno de cloroformo hice que mi jefe se durmiera. Lo llevé hasta mi casa, lo até a una silla y comencé a rociar gasolina por todo su cuerpo. Al despertarse me vio con un encendedor en la mano, lo arrojé hacia él y su vida comenzó a arder en llamas. Sus gritos no se escuchaban, ya que me había tomado la molestia de arrancar su lengua y junto con ella sus cuerdas bucales. Mientras se quemaba vivo podía ver en sus ojos casi derretidos que estaba arrepentido por haberme tratado de tal manera. Cuando el cuerpo quedó sin vida, lo arrojé al pozo donde había depositado a todos los anteriores. Me desperté muy temprano y me acerqué al pozo, ya no me sorprendí, ya que aquel cuerpo que había arrojado la noche anterior, ya no estaba.

Pasaron los años y mi madre se volvió una anciana que no podía valerse por sí sola. No quería verla sufrir, tampoco la quería ver postrada en esa cama, así que tomé la decisión de matarla, entré a su habitación una noche mientras dormía, y con una almohada la asfixié. No podía dejar su cuerpo ahí tendido, así que la arrastré hasta el pozo y la arrojé dentro, sabía que al día siguiente ella también desaparecería. Me desperté muy de mañana y como de costumbre me acerqué al pozo, mi ser quedó conmocionado al ver que dentro del pozo aún estaba mi madre, no podía explicármelo, todos los anteriores habían desaparecido; pero ella aún seguía allí. Cada día me acercaba al pozo para ver si mi madre desaparecía; pero ella nunca se fue, estuvo ahí y aún sigue estando dentro del pozo. Podrías explicarme ¿Por qué mi madre aún sigue en el pozo? ¿Por qué ella no desapareció con los otros?

 

P. Cardona 

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