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21.10.14
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Sinopsis

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Su pico dorado resplandecía en el encuentro con los rayos solares. La cigüeña hacía su típico y reconfortante sonido particular. Se la escuchaba crotorar tranquila. Chapoteaba en el agua turbia en donde algunos pececitos e insectos transitaban. En el medio de una arbolada joven de copas exuberantes y fuertes tonalidades verdes se encontraba. Un zorro de tres bigotes y patas embarradas la miraba desde su escondite entre el follaje infestado de mantis religiosas: éste no buscaba devorar al ave con ornamenta de oro, tenía en su mente otra víctima más indefensa e ingenua. La cigüeña mojaba su blanco y negro plumaje en el estanque. De forma delicada corría con su pico los nenúfares y las flores de loto para ver su imagen plasmada sobre la superficie del agua. Gran sorpresa se llevó al advertir que su reflejo estaba siendo acompañado por la de otro: el zorro hacía su presencia por detrás. Se asustó en un principio. Al prestar más atención notó que el zorro tenía su mente dispuesta en otra cosa, porque a ella no le prestaba ni siquiera un poco de atención. Entendió que el raposo venía a llevarse su preciosa carga. El bebé recostado envuelto en una manta blanca con manchas de lodo, sollozaba en la orilla. De acción veloz fue la cigüeña. Por sobre el agua daba grandes zancadas con sus largas piernas. Arribó sobre la criatura antes qué la alimaña carnívora de cuatros patas. Defendía al nene como podía. Recibió varias mordeduras provocadas por la fauce de la bestia, que emanaba un olor hediondo a carne cruda y desperdicios. Sus plumas se teñían de rojo por la enorme cantidad de sangre que se expedía por las heridas a borbotones: que se mezclaba luego con el suelo y fluía hacia el estanque. El alado antes de morir pudo penetrar su gran pico en los ojos del zorro dejándolo ciego, luego en el cuello se lo enterró como acto final de su vida. El zorro bramaba de rabia y dolor. La fiera dio un suave y ligero gemido por lo bajo antes de desplomarse en el pasto. Ambos animales yacían inertes en el frondoso suelo del pantano. El bebé seguía llorando. Una pareja que por allí justo pasaba, lo oyó. Luego de atravesar por putrefactas ramas caídas y húmedas lianas mohosas que les entorpecían el paso quedaron asombrados, al ver al niño solo e indefenso junto al cadáver de dos animales. Se lo llevaron y cuidaron bien de él. La inmóvil cigüeña, que apenas energía vital contenía en sí, sonrió con el corazón.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El ave ofrece su vida para salvar a un humano, cuando los humanos ofrecemos nuestra vida para matar animales. Y colorín colorado, quiero decir que aunque este cuento se haya acabado, yo soy bien carnívoro y para nada vegetariano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Constant dibujaba a las mujeres con rasgos y dentro de una sutil atmósfera oriental. También pintaba otros aspectos de dicha cultura. Sin embargo el otro Constant no estaba interesado en lo que él consideraba, simples garabatos y trazos de color. Era escritor, filósofo y político. Al tal político se le amerita la siguiente frase: 

"La independencia individual es la primera necesidad de los modernos, por lo tanto no hay que exigir nunca su sacrificio para establecer la libertad política. En consecuencia, ninguna de las numerosas y muy alabadas instituciones que perjudicaban la libertad individual en las antiguas repúblicas, resulta admisible en los tiempos modernos.”

"De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos", 1819.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue muy consolatorio lo que él me dijo. La verdad que me tranquilizó demasiado. Si así no fuera, con suma seguridad en este preciso instante estaría tirado sobre las vías del tren esperando a la locomotora me aplasté. O sobre un puente exhalando mi respiro final antes de tirarme al encolerizado y misterioso mar, de fundirme con sus caóticas olas que se estrellan en la orilla para desaparecer: que brama y muge con impetuosa necesariedad un sacrificio humano a su honor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El comentador no lo podía creer, su equipo favorito volvía a perder de manera humillante y degradante. Por suerte esta vez trajo consigo la pistola. Descargaría su ira con quien se encontrara a su paso. Esa noche no habría manera de que terminara de manera apacible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El secreto estaba compuesto cifradamente. Sus códigos eran imposibles de penetrar. Lo oculto nadie podría ver. El enigma quedaría sin resolver. Acertijo imposible de saltear. A toda clase de pruebas e intentos soslayaba. No había ingenio que no pudiera eludir. Entonces el más tonto, junto al más loco, lograron desentrañarlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dividiremos la naranja en catorces partes iguales y cada uno se queda con un catorzavo. Así todos felices y contentos nos quedaremos. ¡Y qué nadie pida más, malditos mocosos!.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuidado con el cátodo, no lo vayas a tocar que esta enchufado. ¡Maldita sea Firulais, te dije que no lo tocaras!, ¡Perro estúpido!, ¡Ahora ve a hacer la cena mientras yo salgo a mear los árboles, persigo al señor del correo y me como mi propia caca!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlyle fue un historiador, crítico social y ensayista británico. De familia calvinista. El pensamiento y las obras de Carlyle renovaron la escritura anglosajona; suele señalarse entre sus méritos indudables el haber conseguido que sus compatriotas se interesasen al fin por la literatura y la filosofía alemana, que habían denostado tanto, y perdieran parte de sus prejuicios sobre las mismas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con un búlgaro me encontré el otro día. Muy buen tipo. Bebimos hasta el amanecer en la cima de los montes Apalaches. ¡Qué noche!.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Era un bato. Necio a escuchar los que otros les decían. Bobo en su manera de actuar. Muy rústico con sus quehaceres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atroneraba todo el tiempo. La guerra se acercaba y había que disponer de espacio desde donde los cañones pudieran disparar al enemigo. El tiempo se acababa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atrozmente decapitaba a las gallinas para luego cocinarlas y disfrutarlas sobre la mesa durante la cena con su querida familia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada año plantamos altramuces con mi mamá, una planta leguminosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siempre llevaba conmigo mi argentería. Un bordado hecho con el más fino oro y plata.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al querer lanzar el ancla para que se deposite en el fondo marino y se sujete con algunas rocas de aquel estrato me quedé trabado con el arganeo. Desde entonces he odiado las argollas de hierro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fueron unos bocados muy apetitivos los que consumí en la fiesta de año nuevo en la mansión de la Madame Clementine. Había unos italianos que no me cayeron muy bien, ya que odio a los italianos. El ponche estaba exquisito. El caviar era un manjar. La orquesta consolaba todo oído que la oyera y todo desafortunado en el amor que hubiera. Y lo mejor de todo fue que, ¡Era gratis!, ¡Todo gratis!. ¡Vive la France!.

 

 

 

 

 

 

 

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