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4 min
Qué extraño
Suspense |
24.12.14
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Sinopsis

Algo extraño

Qué extraño

Cuando introduje la llave en la cerradura para abrir la cancela, tuve una sensación extraña, me giré y vi tres gatos andando calle arriba sin el menor entusiasmo. Los gatos son seres inquietos, si no están durmiendo, están vigilantes a lo que acontece, son por naturaleza desconfiados. Cuando se mueven, lo hacen por algún motivo, si tienen hambre van a cazar, buscan pelea por dominar su territorio, o para emparejarse si es época de celo, pero nunca los había visto caminar sin emociones, sin sentimientos, con el paso perdido y sin  estar pendientes de lo que les rodea.

Los tres gatos se encaminaban cuesta arriba con la mirada perdida, ni se fijaron en mi presencia, ni se aseguraron que no representaba una amenaza, ni siquiera tomaron precauciones buscado una opción de fuga. Me resultó extraño y supuse que algo ocurría. Pasaron de largo, los seguí con la vista observándolos, me resultó sorprendente, di un golpe con el pie en el suelo, normalmente deberían haberse girado mientras adoptaban una posición de preparados para un escape rápido, es lo que haría cualquier gato que escuchara un ruido por detrás, pero los tres continuaron sin inmutarse su monótono caminar.

Pensé que a veces suceden cosas extrañas y no di más importancia, pero al girarme vi que doblaban la esquina varios gatos más en las mismas condiciones, los conté, cinco gatos, esperé a que llegaran a mi altura, pasaron de largo  tan abstraídos como los anteriores, di otro golpe con el pie en el suelo y dos palmadas esperando que los gatos reaccionaran, pero no hicieron la menor intención de averiguar qué eran esos ruidos, entonces sí me asusté, algo pasaba con los gatos.

Me sacudió un escalofrío cuando apareció otro grupo de media docena  más de gatos que subían la calle como zombis, me interpuse en su camino, pero me rodearon como si fuera un obstáculo inerte y siguieron su camino. La imagen que ofrecían bajo la luz amarillenta de las farolas era tétrica. Ahora sí que estaba convencido que algo raro sucedía, y los seguí, tuve curiosidad por saber qué pasaba y dónde iban. Anduve aquella calle solitaria débilmente iluminada por unas lámparas de vapor de sodio con una separación tal que quedaban zonas oscuras, las urbanizaciones de las afueras de los pueblos están poco alumbradas, aún así me pudo el afán por descubrir qué pasaba.

Miré atrás y venían más gatos, de algunas calles también llegaban, uniéndose como si fueran afluentes a lo que ya se podría denominar un torrente. Parecía que todos los gatos de los alrededores se hubieran puesto de acuerdo en acudir al mismo sitio, pero... dónde y porqué. Me sentí empujado por la curiosidad a seguir.

Empezó a divisarse, ya a las afueras, un resplandor azulado, y a escucharse un susurro que se acrecentaba a medida que me aproximaba. Siguiéndolo, me adentré en un pequeño bosque en el que acaba la zona urbanizada, y descubrí qué pasaba. Alguien había adornado un abeto con luces de Navidad que se encendían y se apagaban, y había puesto un pesebre con un niño recién nacido cubriendo su cuerpecito con un abrigo de lana, y una estrella con bombillitas de color naranja colocada en el tejado.

Decenas de gatos y cientos de otros animalitos que viven por las inmediaciones, tales como ardillas, pequeños zorros, perritos silvestres, topillos, y qué sé yo cuantos más, habían acudido atraídos por una llamada procedente de aquél lugar y se habían agolpado alrededor del pesebre, y diríase que adoraban al niño acurrucado en la cuna.

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Estoy sentado, temprano, junto a la ventana tras la que veo el cielo, las nubes, un semáforo que parpadea y gente desmotivada que camina hacia sabe dios dónde, unos árboles, unos edificios, unos coches, unas pancartas, unas farolas que se apagan, y una luz que se abre camino entre la oscuridad que se marcha.

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