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5 min
Queltehue
Amor |
24.05.19
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Sinopsis

Al ser presos de nuestras inseguridades, nos hacemos enemigos de nosotros mismos.

 

1

 

¿Todos sienten pena? Me explayo, despiertas un domingo y ahí está, limpiando los restos de felicidad del día anterior que quedaron en el suelo, como una ama de casa que está por obligación en su trabajo, y los niños a los cuales debe cuidar están cada día más insoportables. Buscas a quién contarle, pero las únicas personas que podrían entenderte están lejos, o peor aún, ya no están. Así me sentía, al amanecer siguiente de un día semi perfecto, despertando de un ayer mágico en el cual recién después de 2 años podía caminar de la mano con alguien que no fuera ella, con miedo, como si me fueran a ejecutar si algún conocido observase mi cara de comodidad fingida, compartiendo el sudor de nuestras palmas en una calurosa tarde de verano, con una sonrisa de “todo está bien, y lo seguirá estando” que ni yo me creía. Ese era yo, inseguridad por sobre todas las cosas, a excepción de mi capacidad de arruinar lo que con esfuerzo había conseguido, aunque viéndolo desde afuera, estaba todo conectado, una cosa atraía a la otra y se generaba, nuevamente, esta situación.

Pensar siempre se vio como una dicha, yo, por un momento, quería dejar de hacerlo, posponerlo para más tarde era una opción muy cautivadora, pero ya tenía mucho acumulado para dejarlo ahí, en la cola de espera para ser atendido, en una sala de 3x3 que era mi habitación.  ¿A qué le temía? Quizá me había acostumbrado a la soledad y ésta estaba celosa de mi nueva aventura, tal vez un instinto X me señalaba que esta nueva “ella” no era la indicada, o lo más probable, como tantas veces, solo estaba pensando en demasía las cosas. Ella durmiendo, sonriente, y yo, a las 7AM torturándome por pensar que la frase que utilicé de despedida fue muy estúpida, avergonzado por haber confundido la palabra “recomendaste”, y haber dicho “dedicaste” al referirme a una canción que me dijo que escuchara, la estupidez ajena agrada, pero esta vez salía desde lo más profundo de mi interior, no era necesario usar perfume, porque esta esencia la traía impregnada en cada milímetro de mi cuerpo. “Los estúpidos hacen estupideces”, -me recalcó.     Y ahí seguía yo, hablándole bajito para que el treguil que nos observaba con mirada sospechosa no lograra su objetivo, robarnos información.

            “¿Todos sienten pena?”, me volví a preguntar, esta vez la respuesta estaba más que clara, el ave no andaba en busca de información durante aquella tarde, más bien su objetivo era algo más importante.  Ya volaba con mi alegría entre sus garras.


 

 

 

2

 

¿Será solo un proceso biológico? Un vaso desechable que luego de beber todo su contenido arrojamos a la basura, un reloj de arena que luego de traspasarse en su totalidad a su parte inferior, no logra reponerse y solo lo abandonamos en la bodega de los intentos fallidos de querer. Quizás solo seamos bosquejos de un anciano que desdibuja nuestras sonrisas cuando creemos haber encontrado la estabilidad, tan preciada agua dulce en medio del mar muerto, a un par de metros de náufragos que impacientes bebieron lágrimas de sal, sin saber que el haberse aguantado la sed, les salvaría la vida.

Aquí sigo, mi barba cada vez más gruesa y una sed de amar del tamaño de mis sueños, que no son pocos, más bien, si me autodescribiera, estoy formado con cada nube que alguna vez me hizo creer que sería aurora, de cada risa en momentos incómodos, de todas mis salidas de la vía cuando la estación solicitaba mi parada, soy aquella flor que corté por ofrecerla a quién no merecía ni sus espinas, soy tu mirada de decepción al haberme ido luego de pasado cuatro meses, tiempo suficiente para darme cuenta que mientras te sentía cerca de mí alma, yo mismo era el ave que con sus garras arrancaba nuestras ilusiones, cada roce de nuestros cuerpos desnudos fue un aleteo y terminé aterrizando en tu pelo, me sentí perdido, como tantas veces pero cada una única, como aquel can que sin techo busca un paradero de bus para refugiarse de la lluvia, y cruza la calle por la noche sin saber que sería la última, así me sentía y solo cerré los ojos.

Aparecí semisentado bajo la luz anaranjada de mi cuarto, con mis manos inquietas sobre tu recuerdo, sin remordimientos por haberme rendido, porque en el fondo a veces me sienta bien este calor ausente, aunque la soledad no existe cuando está presente una voz que te dice que no estás haciendo lo correcto y que te pudrirás como la manzana agusanada que dejaste en la copa del árbol en el monte de la espera.

Solo sientes frío, pero va más allá de tu piel, no es por el viento, es mi vuelo quién mantiene el equilibrio de mis emociones, pero hoy la brisa en contra me ha contado que llegó el invierno, y no es posible seguir yendo hacia el norte.

 

 

 

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