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8 min
¡QUERIDA JULIA! 1
Reales |
28.09.21
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Sinopsis

Un hombre vive subyugado por la figura glamurosa de una presentadora de televisión, y cuando un día va de excursión conoce a una mujer similar a ella, pero pronto descubre que la cosas no son como él desearía que fuesen.

Aquella noche de un fin de semana del año 80 Félix Pons que era un hombre bastante apocado de veintisiete años el cual vivía con su madre viuda, se hallaba ante el televisor viendo un programa de televisión cuando quedó completamente extasiado al ver que en él hacía acto de presencia la simpática y atractiva presentadora de aquel medio llamada Julia Otero,y por supuesto pensó que de buena gana le encantaría tener una historia amorosa con aquella mujer.

Sin embargo muy a su pesar tuvo que apagar el aparato porque tenía que retirarse a dormir más pronto que otras veces ya que se tenía que levantar a primera hora de la mañana del siguiente día para ir de excursión con un amigo del trabajo llamado Juan y su grupo a Montserrat,que es una tan mágica como emblemática montaña que se encuentra en las afueras de Barcelona, cuyo nombre compuesto  significa "Monte Serrado" dado que sus picos recuerdan a una sierra; y en su cumbre hay un Monasterio de frailes benedigtinos, con su correspondiente Basílica que guarda a la Virgen que es negra y a su vez es la patrona de Cataluña.

Cuando llegó la hora de despertar Félix se levantó de la cama de mala gana puesto que no le gustaba nada tener que madrugar, y tras el rápido aseo y haber tomado una taza de café con leche salio en volandas del hogar materno para dirigirse a un lugar del centro de la ciudad en el que ya vio a su compañero de fatigas Juan en medio  de una pequeña comitiva.

Mas en aquel instante su corazón dio un vuelco porque en aquel grupo había una mujer de un cabello cortado en una media melena de color castaño; así como mostraba una cautivadora sonrisa, a la vez que tenía una vivaz y chispeante mirada, la cual a juzgar por su semblante bien pudiera ser la mismísima presentadora de televisión Julia Otero. ¡Pero no, aquello no podía ser; era algo imposible! Lo más seguro fuera que se tratase de una fémina asombrosamente parecida a la famosa periodista. ¿No se dice que todos nosotros tenemos a un doble en alguna parte? Pues ahora Félix lo podía constatar..

No obstante Félix llevado por el influjo de Julia Otero quiso confraternizar con aquella excursionista.llamada Cristina. Por eso tan pronto como el grupo se distribuyó en dos cohes mientras duró el viaje a Monserrat, él intentó conversar con aquella damisela.

- ¿Qué? ¿Sueles ir a menudo de excursión? - le preguntó Félix con la mejor de sus sonrisas.

- De vez en cuando. Me gusta la vida sana - respondió la joven escuetamente.

- Claro, claro... La ciudad a veces resulta agoviante. A mí también me gusta salir de vez en cuando de Barcelona e ir al campo; al aire libre - mintió él para darle a entender que compartía su afición por la Naturaleza-. Pero también me gusta el teatro.

- Ah. Está muy bien.

-¡Ejem...! ¿Te gusta el teatro? - inquirió el hombre tratando de establecer un diálogo con aquella joven que no terminaba de soltarse.

- ¡Psé! Si la obra es buena sí - repuso ella con laconismo.

- Es muy agradable el amigo Juan.Él y yo somos compañeros de trabajo y lo pasamos muy bien cuando estamos juntos - le confió Félix cambiando de tema.

- Sí, es muy simpático - convino Cristina con una seriedad pasmosa y sin mirar a los ojos a su interlocutor; era como si le fastidiase su compañía.

Félix empezó a desengañarse de la supuesta afabilidad de Julia Otero. Era muy probable que en la intimidad dicha presentadora al igual que Cristina fuese una mujer arisca y distante, por lo que su talante risueño e insinuante fuera tan solo una máscara; puro fingimiento para dar la buena imágen en la pantalla.

Como aquel diálogo tuvo un corto recorrido puesto que la excursionista no le daba pie para entablar una amistad, siguieron lo que qudaba de trayecto en silencio.

Al fin cuando llegaron a su destino se encontraron frente a los majestuosos y griáceos picos montañosos que se izaban dominando el paisaje.

Mientras tanto asomaba por entre las estrías de nubes que se diseminaban en el firmamento un tímido y blanquecino sol cuyos rayos pretendían ganar terreno a las mismas que  calentaban más mal que bien a aquel grupo. Seguidamente ellos subieron a un  teleférico que los llevaría arriba y Félix se vio encerrado en aquel vagón junto a otras  tantas personas. "Ay, ay...Dios mío. ¿Y si esto se cae abajo?" - pensó él temeroso dado que sufría un poco de vértigo.

Al llegar a la cumbre de la montaña, después de visitar el Monasterio y la Basílica y haber desayunado un bocadillo de tortilla, Juan condujo al grupo hacia caminos intrincados de la montaña como si de una expedición se tratara, y se aventuraron en subir por la ladera de un montículo llena de guijarros; de manera que Félix no podía atender a Cristina como hubiese deseado, del mismo modo como tampoco podía dedicarse a ligar a nadie porque bastante trabajo le costaba manener el equilibrio, sobre todo cuando tenía que flanquear algún terraplén resbaladizo de rocío matutino. Pues el miedo a caer le hacía preocuparse más de su persona que de cualquier otra cosa. "¡Maldita sea! ¿Cómo es que se me ha ocurrido hacer caso de mi amigo Juan para venir aquí?" - refunfuñaba entre dientes.

- ¡Ánimo chico que ya llegamos! - le instó Cristina con chanza.

Félix trataba de disimular su apurada situación para no hacer el ridiculo. Se hacía el valiente y pretendía aparentar una habilidad para subir montañas que no tenía.

- ¿Decías...? ¡Bah! Esto no es nada - respondió él con un temblor de voz.

Y una ténue luz de esperanza se encendió en su mente al creer que tal vez Cristina sintiese un poco de simpatía por él.

A su alrededor proliferaban toda suerte de hierbas silvestres; y en un esfuerzo supremo Félx se agarró sin darse cuenta en una planta con espinas que se clavaron en su mano. "¡Ay" - gritó.

Caminaban, caminaban sin cesar metiéndose por estrechos senderos rocosos y enrevesados, sorteando un sinfin de obstáculos que les salían al paso, y Félix resoplaba como un elefante cansado. "¡Buuff!". Entonces la comitiva llegó a un pavoroso precipicio que también servía de mirador desde el que se divisaba un bello paisaje. Mas Cristina de repente se quedó paralizada presa de un inoportuno pánico, por lo que no se atrevía a seguir.

A continuación Félix  tuvo un gesto caballeresco. Sacando fuerzas de flaqueza se acercó a ella y la instó resuelto:

- ¡Dame la mano, sin miedo! Tranquila.

- ¡Nooo! - se negó la joven.

-¡Venga, no temas nada!

Por fin Cristina cedió y pudieron reanudar su camino. Pero cuando la mujer se sintió a salvo, lejos de dar las gracias a su benefactor, lo miró con indiferencia como si él fuese un cero a la izquierda y no lle dijo nada.

Al cabo de haber caminado un buen rato a la hora del almuerzo el grupo descendió a un pueblo llamado Monistrol y se adentraron a un rústico bar-restaurante que estaba repleto de otras peñas excursionistas. Tomaron asiento en una mesa arrinconada; pidieron cervezas y una gran ensalada y se dispusieron a reponer fuerzas.

- Con este trote que nos ha hecho hacer Juan, no sé cómo mañana iremos a laborar - dijo Cristina.

 Félix intentó una vez más atraer la atención de la doble de Julia Otero. A lo mejor su desdeñosa actitud fuese tan solo una coraza para protegerse del asedio de los demás y en el fondo - muy en el fondo, claro- ella fuese una mujer dulce, sensual y comprensiva. No había que perder la esperanza.

- Cristina...Tu cabello es tan hermoso como las doradas espigas del trigo en un día de primavera - la lisonjeó él en plan romántico.

- ¡¿Cómooo? ¿Qué dices?! - exclamó la mujer como si la hubiesen pinchado con una aguja en el trasero.

 

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