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5 min
Quimera
Varios |
26.10.14
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Sinopsis

Quimera, quimera. ¿Dime dónde estás?.

Quimera, quimera. ¿Dime dónde estás?.

 

 Sentí la impetuosa necesidad de reencontrarme con mi amiga mexicana Marcela Santaolalla, profesora de la Universidad Autónoma de México. Tenía que contarle lo que había visto en mi expedición reciente en las tierras más incógnitas y remotas de los patagones. Un ser sin igual señoras y señores, damas y caballeros. Al encontrarme con el monstruo frente a frente, nuestros ojos se entrecruzaron. Su vista penetraba en la mía hasta el fondo de mi alma. Una criatura sacada del relato más surrealista, de la mitología más fantástica, de la mente de un loco sin límites o de la imaginación de un intrépido que todavía no existe. Esta bestia era como una tortuga marina, nadaba debajo del agua y era lenta. Pero no se engañen porque sobre tierra corría ágilmente, más que un caballo inclusive. Tuve la suerte de observar a varios de ellos desde lo lejos. Trabajan en manadas y aullaban como lobos. Tenían la fuerza y el peso de un tigre de bengala pero lo suficientemente sutiles como para caminar o correr de manera veloz sobre la superficie del agua sin hundirse en ella si así lo deseaban.

 

 -¡Qué hay que hacer para subirse rápido a un avión!- gritaba furioso en el aeropuerto mientras esperaba que llegase mi vuelo retrasado. Ya a bordo del avión me encontré con  un amigo astrónomo francés llamado Trille Diable. Le comenté sobre tal bestia que me había hallado en las deshabitadas y frías tierras desérticas y áridas de la Patagonia. -Solo falta que volara- me decía mi amigo con respecto a la fiera. -¡Bah!, eso sí que es exagerado- mencioné y me negué a contarle más. En cambio le narré un sueño que había tenido: -... Yo era sirviente de Dios, en mi obediencia hacía todo lo que me pedía. Parecía que satisfacía plenamente a mi señor, entonces él decidió poner a prueba mis facultades otorgándome un violín para que tocara y viera si lo podía deleitar. En eso empecé a tocar de tal manera, con suma virtuosidad que no me lo podía creer. Vi la cara de pánico de mi creador, entendía que él pensaba cómo un ser tan ínfimo e insignificante como yo era capaz de orquestar semejante sinfonía divina y en cambio, él con todo su poder nunca pudo recrear semejante melodía. En mi osadía, que en realidad el santo padre en cierta manera me incitó, ya que él fue el que me otorgó el violín, lo desperté. Entonces yo abandoné el reino de Morfeo, pero solo porque, al haber levantado al señor de su soñolencia él ya no me podía soñar, y por ende mi razón de ser en el reino onírico ya carecía de causa...-.

 

 Por fin había llegado a México. Ansioso de juntarme con mi amiga estaba. Marcela Santaolalla era su seudónimo, su verdadero nombre es Isabel Arraiza. Un tipo muy buen mozo y aún mejor vestido me estaba esperando para llevarme en su limosina. Qué elegancia la de Francia: o por lo menos eso diría Homero. Súbitamente y sin previo aviso nos encontrábamos transitando en una calle de oro. Llegamos a la cima de una colina. Todo el camino de subida hasta la cumbre estaba rodeado y techado con una arboleda de mezquites y oyameles. Al llegar al palacio donde Isabel residía atravesé un gran portón de plata con zafiros, citrinos y esmeraldas incrustadas. Ella vivía literalmente como una reina. Iba a contarle sobre la grotesca alimaña que paría a sus crías como también ponía huevos. Que era omnívoro en tierra pero cuando se sumergía en los ríos o mares era estrictamente herbívoro. Sus pies se erguían de manera transversal sobre tierra y de manera horizontal se disponían transformándose en aletas cuando dentro del agua nadaba. Recubierto de piel y pelos como un mamífero además de escamas como un reptil. Todo eso y más quería contarle a su majestad. Pero al verla, al observar que tanta belleza residía en su figura, me quedé mudo. Luego de un rato pronuncié unas palabras, antes me arrodillé: -¿Te casarías conmigo Arraiza Isabel?-, a lo que ella respondió: -¡Ahhh...!, que tierno…  pues... claro... que... prefiero morir antes. ¿Qué te pasa?, vienes sin previo aviso y me pides mi mano. ¡Argh!, estos argentinos se creen importantes, la "Europa de América", por favor. Por suerte si tienen algo bueno, sus perros-. -¿A qué te refieres?- preguntaba balbuceando, a lo que ella respondió con un: -Suelten los dogos-. Hora de correr.

 

 Saben, después de todo la situación no fue tan mala. Es decir, es parte de la vida. Hay gente en el mundo que sufre y mucho más. Tal vez una reacción exagerada por parte de Isabel, pero por otro lado ella no merecía a alguien como yo. Isabel era más pura e inteligente, meritaba a alguien mejor. De todas maneras solo recibí una mordida de dogo en mi nalga derecha y ya estoy cicatrizado. ¡Viva la vida!.

 

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