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4 min
Química Orgánica
Reales |
06.02.18
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Sinopsis

Pinturas rupestres de andar por casa...

        CAPÍTULO XVIII  :  ALTAMIRA  DOMÉSTICO

Doña Matilde solía aprovechar el momento de la comida, ya fuera al mediodía o a la cena, para largarnos algunos de sus más temibles y contundentes discursos, aquellos que dejaron en nuestro moldeable espíritu una impronta más profunda y duradera, logrando permanecer hasta el día de hoy vívidos, frescos e indelebles en nuestra selectiva memoria.

Normalmente, consistían en severas amonestaciones al hilo de alguna que otra fechoría cometida por persona o personas anónimas, es decir, por algún niño o niña presentes en la sala, que venían repitiéndose con fastidiosa regularidad de un tiempo a esta parte sin que hasta el presente se hubiera conseguido identificar al culpable o los culpables.

Se me ocurre ahora que a los autores materiales del hecho punitivo les iría cambiando el color de la cara y se irían encogiendo en sus asientos, parapetados tras las jarras de metal y los platos Duralex, a medida que la voz inflamada de nuestra cabreada Directora iba subiendo de tono y sus implacables diatribas los acosaban como una auténtica tormenta de saetas medievales. Lo cual, dicho sea de paso, hace aún más inexplicable el hecho de que costara tanto desenmascarar a los responsables.

Estratégicamente apostada en el umbral de la puerta donde confluían ambos comedores, la Srta. Matilde, así solíamos llamarla, iba desgranando su demoledora charla cual fiscal acusador antes de trasmutar en jueza y dictar la inapelable sentencia que los malhechores sufrirían cuando fueran, al fin, descubiertos.

Uno de sus temas favoritos y recurrentes en estos interminables preludios antes de la comida o cena, hacía referencia a las inenarrables obras plásticas que algún consumado artista acostumbraba a perpetrar en el suelo de baldosa y las paredes de azulejo pertenecientes al WC, casualmente situado en el pasillo a escasos metros de donde nos encontrábamos.

Las originales pinturas rupestres que recreaban, al parecer, símbolos indescifrables, habían sido ejecutadas con trazo firme y pinceladas rotundas usando una técnica fresca y vigorosa, no atribuible, en principio, a ninguna escuela pictórica conocida. La original gama cromática abarcaba, invariablemente, distintas tonalidades de marrón, que iban desde el pastel clarito, un evocador y entrañable sepia, hasta los ocres más furiosamente oscuros y rabiosos.

A juzgar por la familiar textura y el inconfundible aroma que emanaba de aquellas rudimentarias performances, quedó fehacientemente demostrado que habían sido ejecutadas usando materia orgánica en un sublime momento de arrebatada fiebre creadora por parte de los inspirados pintores impresionistas.

Y lo de “impresionistas” lo digo más que nada por la honda impresión, casi conmoción, causada por la descripción que, con todo lujo de detalles, nos ofrecía Doña Matilde de las obras pictóricas realizadas en el suelo y las paredes del cercano WC del pasillo al centenar aproximado de impacientes y angustiados comensales.

Creo recordar que por aquel entonces echaban por la TV el programa de difusión cultural “Mirar un cuadro”. Los doctos comentarios de nuestra directora, haciendo de Joaquín Soler Serrano, diseccionaban minuciosamente aquellos singulares y espontáneos testimonios de lo que décadas más tarde se conocería como “arte efímero”, provocando una auténtica orgía sensorial como método infalible para abrirnos el apetito, aun a los más desganados, estimulando nuestras sensibles papilas gustativas hasta el punto de convertir nuestras mandíbulas inferiores en auténticas cataratas babeantes, y poniendo a mil revoluciones nuestros expectantes jugos digestivos.

Y a todo esto, el glorioso paté de la tarde que aún seguía dando muestras de su solera y poderío, ora colmando de música nuestras tripas, ora retornando, evocador y entrañable, en forma de deliciosos reflujos esofágicos. 

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  • Jejeje divertido y bien narrado a partes iguales.
    Una historia muy entretenida y bien narrada, pero, en mi caso debo decir que me perdí con la última parte, porque no pude asociar la escatológica pintura del wc con las papilas gustativas y jugos gástricos de los estudiantes.
    Simplemente excelente
    Como siempre muy bien escrito y con un toque de humor..., lo disfruté Paco
    Divertido, principalmente desde el momento en que describe las "obras". Me gustó mucho. Muy bien llevado hasta el final.
  • 42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

    El pueblo de Castropol, con el histórico palacio de Valledor como protagonista estelar, es el singular y pintoresco escenario donde dos antiguos compañeros de estudios en la Escuela Hogar de Castropol se encuentran 40 años más tarde para revivir la emocionante "Búsqueda del Tesoro" en la que compitieron a finales de los años 70. Los enigmas y acertijos se suceden sin respiro en una lucha trepidante y sin cuartel contra el ingenio del retador y el tiempo límite para superar la prueba. José Villamañe dispone de 777 minutos para resolver 7 endiablados enigmas y encontrar el cofre con 7 lingotes de oro.

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Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

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