cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

4 min
Raíces piernas rotas
Reflexiones |
15.07.10
  • 4
  • 7
  • 2135
Sinopsis

Lógicamente, mi padre no era mi padre, sino un novio que mi madre se había echado hace veinte años, el tipo que nos pagaba las cosas, quien nos decía a qué hora había qué cenar. A mi verdadero padre no le conocí hasta hace dos meses. Vivía en una isla repleta de turistas. Pero él tenía su cueva en un lugar apartado. Nada más verme me gritó si había ido a matarle. No; a no ser que me lo pidas, le dije. Tenía los ojos de un azul violento y el bigote amarillo de tanto fumar ¿Quién eres? me preguntó. Soy tu hija. Eso ya lo sé, ¿pero quién diablos eres?

Parecía tener cierto retraso mental y el corazón arrugado como un higo. Tenía la crueldad de un niño, por eso inspiraba tanta ternura.

- ¿Has cogido ya el sida? ¿o eres de las que se quedan en casa llamando a concursos de mierda?

- Qué te jodan.

- ¿A qué has venido?

- A nada. Estuve en muchos sitios. Este es solo uno más.

- ¿Cuántos dioses tienes?

- A ti qué te importa.

- ¿Cuántos hijos tienes? ¿Cuántos abortos?

- Puto loco, tenía que ser yo quien te friese a preguntas ¿por qué carajo vives aquí?

- Casi se rió.

- Siempre quise viajar. Y llegué aquí. Pero me quedé sin dinero. Y ya no pude salir.

Me salió del alma una carcajada horrenda, pero a él no pareció molestarle. Me dijo: igual mañana voy a una orgía, si quieres puedes acompañarme. Le miré aturdida, se parecía demasiado a mi hermano, pero él ya estaba muerto. Pensé si no había sido una mala idea viajar hasta allí. Sin embargo, me sentía muy a gusto. Le dije: estoy cansada ¿no hay ningún sitio donde pueda dormir? Se lo pensó un poco y después me mostró su cama. Acepté. Entonces salió y no volvió hasta la mañana siguiente. Me trajo pescaíto y vino blanco. No hablamos nada. Hasta el quinto vaso:

¿No te sientes solo? Sí ¿Cuando caes enfermo no crees que te vas a morir? Sí ¿No te entra a veces miedo? Sí ¿No piensas nunca en volver a casa? Cerró los ojos, como un Dorothy viejo que llevara en Oz más de cuarenta años, y hubiese perdido ya hasta los zapatos. No, dijo en voz baja. Y cambió de tema: Eres guapa, pero tienes arrugas. Me enfadé. Le dije: no te preocupes, que a partir de mañana, ya no la vas volver a ver jamás. Bajó la cabeza, como un perrillo que acabara de mearse en casa y se diera cuenta de que ha hecho mal; y sin embargo, fuera consciente de que, en cuanto pudiese, lo volvería a hacer otra vez. Vine aquí huyendo de las estatuas, me dijo. ¿Cómo de las estatuas? Sí, se movían; allí todo se movía demasiado; incluidas las estatuas.


***


Y al sexto vaso:

- Yo antes era punki. Ahora soy panteísta. He probado unas cuantas drogas y me quedo con el sonambulismo sexual: follar entre pesadillas y luchar contra el monstruo que hay en él, en mí, en los dos... Papá, yo antes era punki porque en cuanto podía cenaba spitz. Pero un día desayuné hongos y empecé a inhalar el mundo y el mundo me transformó en él. En realidad sigo siendo punki y todo sigue siendo un caos. Pero ahora el caos de fuera coincide con el de dentro, y supongo que habría que seguir destruyéndolo todo; y el mundo debería seguir destruyéndome a mí.

- ¿Y porqué me cuentas eso?

- No sé, supongo que porque eres mi padre. O porque no importa lo que te cuente. Aquí no hay nadie. Ni nadie te hace caso. Ni siquiera yo te volveré a ver.

- Eres una hijaputa rara.

- Los genes no ayudan.

- Los genes están perfectos, fui yo el que lo mandó todo al carajo. Tú no hagas lo mismo.

- Yo haré lo que me dé la gana.

- Eso es lo que tú te crees. Lo que yo creía antes también.

- Yo no soy tú.

- Lo serás.

- Y una mierda.

- Eso decía el abuelo.

- ¿Qué abuelo?

- El tuyo; aunque no le conocí. Puedes inventarte como era. Tal vez salgas a él.

- Mi único abuelo es un oso yugoslavo. Era el único al que me llevaban a ver. Pero ya no existe. Ni el oso ni el país.

- Estás alucinada.

- Estoy sincerándome, cabrón.




(...)
Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Twitter: @JFernandezLayos

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta