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5 min
Ralentización
Reflexiones |
19.10.14
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Sinopsis

Reflexiones al hilo de una cojera sobrevenida.

Hace dos semanas me rompí una pierna. Prueba fehaciente de que, a partir de los treinta, el fútbol, aun entre amigos, es una actividad peligrosa. En rigor, no me rompí nada. Un esguince de rodilla nomás. Grave, de muchos grados, eso sí. Y en el momento de sufrirlo-  nunca mejor dicho-, y hasta el tranquilizador diagnóstico facultativo definitivo, la sospecha terrible fue de, como poco, una condena a varios meses de postración, previo paso por el quirófano, seguida de una frustrante y dolorosa rehabilitación a manos de una jauría de encarnizados quinesiólogos. Afortunadamente, el atento traumatólogo andino que me visitó no me recetó sino reposo, acompañado de una ingesta generosa de analgésicos y antiinflamatorios, y la aplicación alterna de frío y calor en la zona afectada.

De modo que he podido llevar una vida razonablemente normal. Uno de mis mayores temores- hasta tal punto nos alienó este vil sistema socioeconómico nuestro- era no poder presentarme en mis varios y precarios puestos de trabajo. No ha sido el caso. Encaramado a una muleta, desplomado sobre los asientos que la Empresa Municipal de Transportes reserva a embarazadas, ancianos y tullidos como el que suscribe, y con la inapreciable ayuda de unos progenitores que no me merezco, he logrado arrastrar mi maltrecha anatomía hasta los diversos tajos en que se pudren los indescifrables talentos con que la providencia me dotó.

Aunque, en las sabias palabras de Pere Gimferrer, el destino de todo escritor es quizá haber vivido para convertirse en libro, nada más lejos de mi ánimo que aburrirles con el relato de mis últimas miserias. Todo lo referido hasta el momento viene al hilo de la- podríamos llamarla- ralentización a que mi lastimosa condición me ha obligado. Traducción de la voz inglesa slow down, da nombre a un movimiento partidario de- cito textualmente- calmar las actividades humanas y tomar el control del tiempo, más que someterse a su tiranía. Convendrán conmigo en que se trata de puro sentido común. Pero como éste es el menos común de los sentidos, he tenido que sufrir un accidente para, al fin, dedicar a mi persona algo del tantísimo tiempo regalado a empleadores ingratos, cuando no directamente insaciables, o malgastado en ese continuo hacer cosas con que hemos permitido vaciasen nuestras vidas.

La mencionada corriente ralentizadora- me perdonarán la cacofonía- recomienda, con cierta fiereza new age que tal vez ahuyente a más de uno, tener algún hobby. Yo tengo unos cuantos, todos ellos sospechosos; el más deshonesto de los cuales probablemente sea el de la lectura. Bien, pues compelido a ello por mi lesión y por la actual imposibilidad de acogerse al sagrado de una baja médica sin correr el riesgo de un despido fulminante, durante las dos últimas semanas- y las que me quedan, no pocas, preveo-, he consagrado buena parte de mi tiempo libre al estudio minucioso, y no por ello menos placentero, de dos obras que me resisto a dejar de reseñar.

La primera de ellas es el largo y hermosísimo poema filosófico De rerum natura. Su título, tradicionalmente traducido como De la naturaleza, admite, sin embargo, una versión, más bella en su literalidad, que por mi parte prefiero: Acerca de la naturaleza de las cosas. Su autor, Tito Lucrecio Caro; Lucrecio a secas para la posteridad. Testigo de los agitados estertores de la República romana, epicúreo tardío y atomista maldito. Desde el infame libelo que le dedicara San Jerónimo, objeto de continuadas calumnias a cuenta de su materialismo, tan mal avenido con el idealismo cristiano. Reivindicado durante el Renacimiento por Michel de Montaigne, brillantísimo filósofo gonzo- si es que tal cosa existe-, y, en días más recientes- probablemente a causa del alegato del propio Montaigne-, por Michel Onfray, hedonista y ácrata, autor de una estimulante Contrahistoria de la filosofía en seis volúmenes, cuatro de los cuales, creo, ha traído Anagrama a nuestra lengua. En mis manos, y justo a la mitad del mismo, tengo la excelente edición bilingüe de Acantilado, bajo cuyo sólido techo conviven los inmortales hexámetros latinos y la impecable traducción de Eduard Valentí Fiol. Definitivamente, una joya de valor incalculable.

Muy disímil suerte editorial han corrido las Crónicas escogidas de Marcel Proust, la otra obra en la que ando más que enfrascado, engolfado. Su enorme calidad emerge del piélago nefando de la vergonzante edición perpetrada por MCA, en su, a priori sugestiva, colección La nave de los locos. Aparte los consabidos errores tipográficos de las tiradas de saldo, se afrenta el paladar lector con alucinadas confusiones de género, aberraciones sintácticas fruto de una puntuación a la que el epíteto de equivocada le queda benévolo, y abultadas faltas de ortografía, rayanas en la ostentación analfabeta, dignas incluso de cualquiera de mis alumnos. No obstante, insisto, la decadente distinción de Proust acaba por escapar de la incompetencia con que aquellos aficionados casi lo echan a perder. Y supone una inmejorable propedéutica para mi gran objetivo lector del próximo año: En busca del tiempo perdido. Íntegramente, en sus siete tomos. Porque nunca se ha escrito nada de los cobardes. Sólo espero no tener que romperme nada para culminarlo. Veremos. O mejor, leeremos.

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