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4 min
RAMÓN
Reales |
21.02.14
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Sinopsis

Hay algo que a la postre es lo único que trasciende a la vida de los hombres: su memoria.

Había dejado de interesarse por las cosas del mundo: ya no quería saber nada de política, ni de los asuntos de los pueblos; ni de lo bonito o lo feo de los decorados con que se ornamentaban sus paisajes cotidianos, ni de las obligaciones más urgentes siquiera. A sus ochenta y cinco años, Ramón ya sólo recitaba con los pormenores de la memoria los momentos de su infancia que quizá su mente guardara en su más oculto rincón como los instantes verdaderamente felices de su vida. Cuando fue a su pueblo natal, recordó toda su infancia de golpe, como si  la luz de la calle Central le iluminara de repente las aventuras que en aquel escenario había guardado durante ochenta años, y entonces empezó a señalar el lugar donde ensayaba la banda de cornetas, adonde acudían a comer limones para taponar los pitorros de los cornetas babeantes; recitó luego las tonadillas de los carnavales de la república, una a una, letra a letra, con una exactitud prodigiosa. Fue entonces cuando el sobrino Luis, investigador de un grado de Filología, decidió hacer de su tío su fuente de materia prima, y entonces se sentó a su lado y dijo “Tío Ramón, ¿recuerda usted todas las letras?” Tomó papel y lápiz, y de aquel hombre sacó su tesis doctoral.

Y hablando de mentes prodigiosas, caímos en que Ramón se había largado de su trabajo por negarse a utilizar calculadora. Los americanos, que tan rápido evolucionan en la tecnología, le dijeron un día a su contable: “Mire, Ramón, a partir de ahora ya no tiene que hacer más cuentas, porque le vamos a poner un ordenador…” Y entonces aprovechó que acababa de cumplir sesenta y cinco años para despedirse de la empresa. Cuando le entregaron el regalo por sus cuarenta y cinco años en la empresa, él apartó al encargado y le pidió el compromiso de suministrarle cada mes una caja de botellas de ginebra, la misma que había estado bebiendo desde hacía veinticinco años.

Desde entonces Ramón se levantaba todos los días a las siete de la mañana, paseaba por la manzana durante una hora, hasta que abrían las panaderías y los quioscos, compraba el periódico y el pan, y volvía a casa.  Un día le robaron unos desalmados y llenó de miedo a toda la familia, pero él no se arredró y a partir de entonces tan sólo llevó el dinero justo del pan y el diario.

Otro día sufrió una caída al llegar a casa: un desmayo. Al llegar al hospital junto a su señora, la enfermera preguntó: “Señora, dígame el número de alguno de sus hijos”, pero ella no sabía ninguno. “¿Entonces?”, respondió la enfermera. Y fue aquel el momento en que Ramón despertó, miró a la enfermera y dijo: “Llame a mi Rafael, nueve cuatro cinco cuatro tres cuatro dos tres, o a Irene: seis seis seis cuatro cinco …, o a Manuel Jesús: siete, seis ocho….”, con aquella facilidad con que almacenaba en la memoria los números de los carnés de todos ellos, o la cuenta bancaria que le habían abierto hacía tres meses a su cuarto nieto. En el hospital estuvo un día entero en observación. Al llegar la noche despertó de un sueño y vio la noche posada sobre la ventana. Entonces dijo a su mujer: “¿Qué hora es?” “Las nueve” “Pues dile a la enfermera que nos vamos, que tenemos que cenar”. Su señora lo tranquilizó. Pero él tenía otras razones. “Vámonos, Carmela, que aquí está todo el mundo enfermo”.

Hace tres meses que Ramón no sale de casa. Ya no se fía de sus propios pasos. Y la avenida a las ocho de la mañana es otra cosa. Fíjense ustedes.  

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