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12 min
RANIA, LA DESDEÑOSA.
Amor |
28.10.14
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Sinopsis

Después de encontrarse en una plaza solitaria, Rania y Adrián van a una fiesta donde ella pierde un anillo. El quiere refugiarse en su casa pero ella hace caso omiso a sus pretensiones.-

 

Salió de casa. Y miró hacia el largo bulevar que extendía después su casa. La casa la había comprado hacía unos cinco años y nunca nadie había entrado de ella. La única había sido Rania. Como si ella no tuviese miedo de la soledad de la casa. De su silencio. Como si ella no tuviese miedo de los fantasmas. ¿Pero de qué fantasmas podía tener miedo? La  avenida estaba en completa soledad. Como si de pronto se hallase en una ciudad abandonada. Miró de nuevo hacia la puerta cerrada de su casa y entonces se dio la vuelta. Buscó en sus bolsillos y se dio cuenta de que no las tenía.

Se había olvidado las llaves  y se las había dejado "dentro" de su casa. La casa, en su salón principal, tenía dos grandes columnas de acero  que sostenían toda la techumbre. Y en los días de mucha lluvia corría un hilo de agua que iba desde el techo falso hasta el suelo. Por fortuna, aquella desgracia solo ocurría en los meses de otoño. Dejaba tinas vacías que los regueros que caían de la techumbre se ocupaban en llenar. Rania era la única que lo esperaba desde hacia varios meses. Sin ella se sentía solo. Solitario sin nada que hacer.  Y además sin lugar donde dormir. Sin duda Rania seria la única que le permitiría pasar la noche en su casa ¿Después, qué haría?

El escaparate estaba provisto de pequeñas joyas no muy caras. Una mano de cerámica sostenía un collar de perlas. Adrian pensó en comprarlo. Hacía tiempo que no le compraba nada a Rania y ella estaría encantada y cuando entró en la tienda supo que cogería el collar antes que cualquier otra cosa. 

-¿Es para una dama? -Le preguntó el dependiente.

-Sí, claro -dijo él como si fuese algo de lo mas obvio.

El dependiente fue hasta el escaparate y sacó de la vitrina el collar. Era un collar de perlas cultivadas no demasiado caro. Le gustaría a Rania, brillaban como pequeñas estrellas recién sacadas de la arena del mar. Ella apreciaba aquellos detalles. El hombre sostenía el collar entre sus dedos.

-En mi casa había uno pero se perdió, no recuerdo lo que fue de él. Era un recuerdo de la familia.

El hombre cogió un estuche y en él colocó el collar. A Adrián le importó poco pagar el precio. Lo sostuvo en sus manos. El paquete no era demasiado pesado y lo pudo poner en uno de los bolsillos de su americana. Sólo pensaba en el rostro de sorpresa que pondría Rania. Y aquellas perlas quedaba perfectamente con su piel oscura y sus ojos claros. Salió después a la calle  y le parecía que en poco tiempo se pondría a llover.

Aun no llovía y encontró a Rania precisamente donde pensaba que estaría. Sentada debajo del toldo verde oscuro de la cafetería. Ella lo saludó con un movimiento de su mano. El, antes de acercarse, ya había sacado de su bolsillo la cajita con el collar. Ella le sonrió cuando estuvo a su altura.

-Parece como si fuese a llover.

-Y fuesen a caer perlas ¿no?

-¿Que quieres decir, Adrián?

-Mira que te he comprado. 

-Ya te he dicho que no me gusta que me compres cosas. Sobre todo si son caras.

Pero dijo eso y sin embargo le brillaron los ojos cuando vio la cajita azulada. Como de nácar. La cogió y la abrió. Sonrió y sus ojos rasgados y claros brillaron cuando vieron las perlas.

-¿Por qué lo has comprado?

-Solamente era un capricho. Ademas son cultivadas no fueron tan caras. Es un regalo. 

-¿Sólo eso?

-Pensaba que esta noche me dejarías dormir en tu casa.

Pero Rania no quiso contestarle. En su lugar sacó el collar de la caja. La caja cayó al suelo pero ninguno de ellos hizo el esfuerzo de cogerla. Ella se lo puso. La claridad de las perlas contrastaba con la tez morena de su piel. Parecía que brillaban todavía más.

-Son bonitas, no lo niego.

Y ella se quedó mirándose  en el cristal de al lado, rozando con la yemas de los dedos las perlas finas y blancas.

-Salgamos de aquí -dijo Adrián como si de pronto pensase que estaban en un lugar poco apropiado. Entonces vio la caja de las perlas y la recogió. Después dejo unas monedas para pagar la consumición. Echaron a correr por la plaza solitaria. Sin gente. Empezaba a llover y gruesas gotas caían sobre el suelo. Al correr las perlas blancas rebotaban contra la piel de Rania. Pero Rania parecía feliz. Contenta de estar con él. 

Por fortuna dejó de llover a los pocos minutos y cuando dejaron de correr se encontraron en el centro de una multitud que bailaba al son de una orquesta. De balcón a balcón colgaban banderines de colores. Y por el suelo habían desperdigado confeti ¿Era una fiesta o una boda? 

-¿Quieres bailar? -Le preguntó Adrián a Rania. Ella frunció el ceño como si no estuviese a gusto. Tenía las manos pegadas a los muslos como si estuviese a punto de explicarse. Como si tuviese que decir algo de verdadera importancia. Pero tenía los labios apretados y no decía nada. Adrián le quiso invitar a tomar algo. 

-Ya sabes que no me gustan estas algarabías. 

-¿Entonces qué es lo que te gusta?

-Ya sabes que detesto a la gente. A las multitudes. Siempre quedamos en lugares solitarios como aquella cafetería, con aquella plaza.

-Está bien -dijo Adrián y se olvidó de la música de la orquesta y buscó un lugar donde se podrían refugiar. Había unos portales  solitarios y dentro de ellos tabernas. Hasta le parecía que hasta él le llegaba el olor del vino.

Cogió por la mano a Rania y apresuraron el paso hacia una de las tabernas. Se metieron en una de ellas. El lugar, en efecto, era solitario. Y había unas mesas cubiertas con un hule verde. Adrián pidió un vino de la casa. El vino danzaba dentro de los gruesos vasos y en aquel lugar algo sórdido por fin pudo ver sonreír a Rania. 

Rania todavía llevaba el collar que Adrian le había regalado. Era como un manojo de estrellas en la oscuridad del espacio. Se habían sentado en una de aquella mesas con el hule verde. Brillaba como si estuviese nuevo. A causa de la grasa que se había desparramado.

Ella sostenía en su mano el grueso vaso. El vino no era una cosa que le entusiasmase pero al menos estaba lejos de la gente.

-¡Dios mío! -exclamó en ese momento- mi anillo dijo ella de nuevo mirándose la mano derecha.

-¿Qué anillo? -le preguntó Adrián.

-El anillo... -y alargó su mano y le mostró una anillo que llevaba en el dedo.

-El anillo está ahí -dijo consternado Adrián sin comprender la razón del escándalo. Algunos miraban a la cara de disgusto de Rania sin comprender.

-El anillo esta aquí en mi dedo -dijo ella- pero falta la piedra.

-¿Tenía una piedra?

-Claro que sí, era un gran azabache que brillaban tan pulido que estaba. Tengo que encontrarlo.

Rania se quitaba el pelo de los ojos y miraba el suelo pero no encontraba la piedra negra. Se levantó y registró el suelo pero no encontró nada.

-Dios mío, la debí perder cuando corrimos hacia aquí. Tu me cogiste la mano y me la apretaste. Debió de ser en la fiesta.

Y Adrián la vio tan disgustada que no quiso contrariarla. 

Rania se colocó el cabello. Miró con desesperación a Adrián. El supo lo que tenía que decirle.

-Lo encontraremos. Es una piedra. Negra. ¿De acuerdo? -y ella no replicó.  Adrián fue hasta la barra de la taberna y puso unas monedas para pagar los vinos. Luego se acercó a Rania y la cogió de un brazo. Afortunadamente parecía que volvía a llover de nuevo.  El lugar estaría despejado y podrían encontrar  la piedra. Se dirigieron hacia la plaza. La música sonaba pero había poca gente. Durante el camino Rania miraba al suelo por si se encontraba la piedra. 

La gente se refugiaba en los portales o debajo de los árboles.

-Tiene que  estar aquí. Recuerdo que  me cogías con fuerza la mano -dijo Rania. Pero aquella piedra se pudo perder en cualquier  sitio. Era imposible encontrarla. Pero tenía que complacerla. La música de la orquesta se detuvo.

Después, uno de los músicos que llevaba un chaleco negro se les acercó.

-¿Que buscan? ¿Dinero? -les preguntó atentamente.

-Mi anillo -dijo ella mostrando su mano- se le cayó la piedra de azabache.

-Y fue aquí donde la perdió -explicó Adrián.

-Tuvo que ser -dijo ella y parecía que se iba a echar a llorar ante aquella pérdida. 

Buscaron por toda la plazoleta. En los rincones donde habían estado. Pero no aparecía por ningún lado. El hombre muy amable buscaba por su cuenta.

-Una piedra no es una tragedia.

-Pero  era mi anillo -dijo Rania con tono desconsolado. 

-Pero no se disguste señorita, ya verá como con el tiempo tendría otro anillo todavía más bonito y más lucido. Si perdemos algo siempre conseguimos otra cosa.

-Es una buena filosofía -dijo Adrián. Dejaba de llover y algunas parejas salían a la plazoleta pero la música no sonaba todavía.

-Tenemos diez minutos de descanso -dijo el músico- y otra media hora de música y ya se acaba. Les invitó a tomar un vino. Y era tan amable aquel hombre con ellos que no se atrevieron a llevarle la contraria. Fueron hacia los soportales y se dio la curiosa coincidencia de que entraron en la misma taberna de antes. La que tenía los hules verdes. Y el camarero les sirvió unos vinos y brindaron. No supieron por qué pero es lo que hicieron y algunas gruesas gotas de espeso vino cayeron sobre el hule verde. Pero nadie se molestó en limpiarlas. El hombre, el músico acabó de beberse su vino.

-Tengo que regresar -les dijo. Y ellos le dieron las gracias por la invitación. El  músico salió. Y de nuevo se volvieron a quedar a solas.

-Esta visto que no encontraré jamás el azabache. Le tenía tanto cariño a este anillo.

-Piensa en lo que te dijo ese hombre...

-¿Lo qué? -preguntó ella.

-Pierdes algo pero encuentras  otra cosa.

-¿Qué encontré?

-Has perdido ese anillo, esa piedra, pero has ganado el collar que te he regalado. Quizás tenías que perderlo para tener el collar. Ella lo miró enfadada.

-Eres un simple -dijo Rania con furia. 

Rania se puso de pie y se dirigió hacia la salida. Se apostó en un soportal. Volvía a llover pero esta vez con intensidad. Rania a veces miraba al suelo por si encontraba su azabache.

Afuera salió también Adrián. La miraba con curiosidad.

-¿Qué es lo que pretendes?

-Llámame a un taxi. Entra en la taberna y desde un teléfono llama a un taxi.

La gente pasaba y algunos se quedaba mirando, de reojo, hacia ellos como si se sintiesen sorprendidos por ver a una pareja discutir. Adrián a alguno les hacia una mueca de burla. Pero ninguno de ellos se atrevía a decirle nada, como si temiesen a un loco.

-¿Que haces? -le preguntó ella pero él no quiso explicarse. Miraba hacia la fiesta. Podrían estar en ella. Se podrían refugiar debajo de los arboles. Aunque llovía no tardaría en parar. Eran lluvias pasajeras. Lloviendo a cada poco. Incluso algunas parejas bailaban debajo de los arboles. A Adrián le dieron envidia. Le gustaría estar debajo de una de aquellos árboles y apretarse contra el cuerpo tibio de Rania. Pero Rania no quería hablar de bailar debajo de los árboles y mucho de la posibilidad de mojarse.

-Llama el taxi. Lo esperaré en estos portales. No importa el tiempo que tarde.

-Pensé que este sería un día especial para nosotros. Podíamos bailar, pero todo lo ha estropeado ese dichoso anillo sin piedra.

-Era un azabache. Fue regalo de un amante mío que murió hace unos años -Adrián la miró a sus ojos y supo que mentía. Era una fantasía que se acababa de inventar. Conocía de sobras el talante novelero de Rania. 

-Lo que es una birria es este collar que me regalaste. Te lo devuelvo.

Rania quiso quitárselo. Luego, como no podía abrir el broche,  tiró de él varias veces. Por fin tiró tan fuerte que el hilo se rompió y las perlas cayeron al suelo, desperdigándose.

Adrián se agachó e intentó recogerlas. Pero cada una tomó un camino diferente. Cayeron por alguna alcantarilla, otras fueron tan de prisa que las perdió de vista. Solamente atrapó media docena de ellas. Las sostenía en la palma de la mano como si las hubiese pescado en un océano profundo. Se sintió orgulloso de haber rescatado aquellas pocas perlas.

Se las mostró a Rania pero ella las despreció desdeñosa. Mirando si podría aparecer algún taxi en aquella tarde de lluvia. 

¿Y dormir en su casa? Adrián calculó que tendría que pasar aquella noche en las escaleras de su propia casa. 

 

FIN.

 

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