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19 min
Rebelión Sofismática
Ciencia Ficción |
30.05.15
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Sinopsis

Estamos rodeados en un mundo de locura. Pero, ¿sabemos lo que es la verdadera locura? ¿Tenemos conocimiento, acaso, de nuestras propias acciones? Conscientes e Inconscientes. Verdadero ejemplo de ello lo vive nuestro protagonista.

 

 

Yo también…

¡Sí! Yo tengo

-¿por qué no confesarlo?-

un pequeño fantasma,

un duende de familia.

Oliverio Girondo, Embelecos.

La locura puede ser una de las terminologías más complejas escondida dentro de las jaulas de cada individuo; sedienta, adiestrándose a cada  sentimiento, a cada latido perenne que surge de los más severos impulsos deseados gracias a la discordia de cada uno de nosotros, o quizá, sea algo más baladí, como la sola obsesión mecánica, atroz y disonante de una serie de pedazos psicológicos que van dejando caer sus moronas en cualquier lugar. Para la mayoría, la locura no es más que un status ordinal de una felicidad inhumana, pero no es así, su pensamiento difiere tanto en mí como en otros, entendiendo por ello, una perspectiva social en cada ser. Habiendo llegado a la conclusión de que minimiza reglas, tanto interiores como subordinares, podemos moldearlo cómo se nos plazca; es decir, esculpirlo a nuestra conveniencia, beneficiándonos en una total felicidad al colocarla como una de nuestras fuentes más potentes, o tratar de ignorarla durante un tiempo, para después, dejar que nos consuma y nos queme el cerebro, entonces, no queda más que resignarse a caer en sus dominios interminables… depende de cada uno.

Lo que trato de decir con esto, es que los psicólogos aún no han inventado una cura infalible para tratar la locura, la verdadera locura; para ellos no es más que una investigación análoga que retribuirá el suficiente solvento económico, con ello quiero referirme a un porcentaje de ellos, pues, la otra porción es tan apasionada con su profesión, que aplican sus propios métodos con un nivel de estima muy apreciable repartido entre sus pacientes y los mismos psicólogos para salir del meollo del asunto. Por esta problemática, mi muy apreciable amigo Víctor Martínez, matemático y uno de los más grandes científicos de prestigiosas universidades, si quiera intento acercarse a uno de estos magos, sino todo lo contrario, se automedicó sabiendo las irregularidades que constituyen su “cerebro”, en realidad, nunca creí estar tan intrigado de aceptar su decisión, y peor aún, ayudarle en sus minuciosos, pero lógicos (antes irracionales) planes para deshacer la prisión en que vivía; para un fenómeno que desde mi perspectiva estudia las diversas ramificaciones mentales, y no sólo ello, sino que sus aparentes percepciones guían a cualquier condenado a la orca.

Pueden considerar mi relato como simple ficción, no me importan en lo absoluto, me crean o no, me da lo mismo. Una de mis obligaciones profesionales me lleva a redactar este acontecimiento tan crítico y fantasioso (para la mayoría de ustedes), puede parecer, y lo comprendo, que todos los párrafos siguientes sean vagos y ebrios de imaginación, pero se dice por ahí que la realidad es más extraña que la ficción, y es cierto, en mi vida puedo procesar los valores terroríficos y locos que sucedieron con mi amigo. 

Víctor y yo, somos muy buenos amigos desde pequeños, lo conocí en la primaria. Estando él comiendo solo, quise ser amigable y relacionarme, desde que tengo memoria ha sido un tanto extraño su forma de pensar. Cosas incoherentes y sin sentido soltaba su boca con muy poca frecuencia, pero eso nunca me importó, pues siempre me ha llamado mucho la atención tipos de personas como él, en fin… Un día en el receso (recuerdo muy bien lo que dijo) me contó uno de sus más preciados secretos jamás dicho a alguien, por lo que me pude considerar un individuo al que le tenía suficiente confianza como para revelarme una información tan delicada. Dijo que en él no existía un cerebro como tal, que no lo tenía y que en vez de esto había en su cabeza un cuarto con pequeños duendes (según él) que controlaban todos sus procesos de pensamiento, y que uno de ellos (aferrado a la idea) escribía todas las oraciones que de él emergían; que cuando quería recordar alguna clase pedía a sus duendes revisaran los libros guardados. Me impresionó mucho este tipo de comentarios y nole creí hasta hace poco, era totalmente irracional que no tuviera un cerebro, ¿Cómo se movía? ¿Cómo hablaba? ¿Cómo resolvía operaciones matemáticas? Sin duda llegue a creer que se trataba tan sólo de una pequeña broma, equivocada en este argumento, no presté la atención debida.

Siendo ya unos adultos experimentados en el campo de la vida y sus malévolas rupturas, éramos sino unos sabios un paradigma de fuerza; mi colega, de tez morena y un tanto corpulento, alto y sofisticado y un amante de Bach, impartía clases en una Universidad prestigiosa, dando clases de matemáticas (mencioné que es uno de los más grandes científicos). Nos reuníamos dos veces a la semana, con el propósito de contar nuestras anécdotas y el sentido que le propiciábamos a la vida y sus encías; las charlas eran siempre amenas, con un indudable estilo de conocimientos pulcros que duraban unas cuantas horas.

Un día de otoño, mi querido camarada se presentó en mi despacho desesperado, con un aspecto de muerto, sus ojos no evocaban nada más que una angustia remota, su gesticulación anclada al tormento apocalíptico, denotaba intriga, y la forma en que temblaba sugestionaba una ayuda inmediata. Se presentó con el motivo de realizarle una craneotomía y matar a sus duendes “cerebrales”; ya que durante esa semana, Víctor, había estado pronunciando palabras a la gente involuntariamente, lastimándola, es decir, cometía los famosos Lapsus Línguae, en donde, según él, no podía controlar lo que decía sino que sus mismos duendes lo hacían, ellos hablaban a través de Víctor, y lo realizaban a tal grado que la gente llegaba a pensar en un suicidio; llegué a pensar que era una completa locura y por muchos días negué a practicarle una craneotomía, pero mi colega siempre consigue lo que quiere y me advirtió que si no accedía, visitaría a otro médico quirúrgico. No iba a dejar que su vida dependiera de un desconocido, así que a los pocos días acepté.

Analicé por un par de días la situación, intentando aplicar todos mis conocimientos y tratar de comprender cómo es que mi amigo no abandonaba la loca idea de sus duendes en la cabeza, era inaceptable para mí ponerme de su lado y seguirle el juego de más de 20 años. Digerí todo esto; haría la craneotomía sólo para comprobarle a mi amigo que tenía un cerebro como todos, y no unos personajes ficticios que controlaban sus movimientos. Finalizando todo, lo llevaría definitivamente con un especialista para tratar su problema y es lo que hubiera hecho si no fuera por…

El día de la craneotomía, llegó, y con él, la vaga esperanza de cazar duendes. Mi camarada estaba nervioso, por eso me pidió que le reprodujera a Bach, para ser más exactos “Brandenburg Concerto No. 3”, a Víctor le encantaba esta pieza, una de sus favoritas y de las mías. Creo innecesario describir los procedimientos de la craneotomía, hablar de incisiones, sangre y demás, podría causar a una parte de mis lectores un cierto nivel de desagrado.

Al extraer el colgajo óseo, no pude creer lo que había dentro del cráneo, sensaciones inefables me recorrían todo el cuerpo, una emotividad terrorífica me devoraba en todos los planos de lo cuerdo, pues, aunque mis ojos eran los testigos más eminentes, yo rechazaba toda evidencia proporcionada, no quería creerlo, pero, cuando mire a este “duende” y su entorno, quedé literalmente paralizado ante semejante ser fantástico; de unos 5 centímetros, robusto, de piel un poco naranja, dos ojos grandes y parpados que cerraban de izquierda a derecha, un atuendo totalmente elegante (vestimenta toda de negro, desde mi perspectiva parecía un smoking) y no tenía ni un solo cabello, ni cejas, ni boca; sus orejas triangulares muy pequeñas y su nariz estaba pegada a su piel (fue difícil hallarla), sus manos y piernas no tenían diferencia entre las nuestras, eran idénticas; dentro del cráneo pude notar un cuarto muy ordenado y luminoso, en la parte trasera se encontraba un estante demasiado amplio de color gris, de unos 3X6 centímetros; frente a él un escritorio y una silla con papeles que suscribían números; las paredes (por así decirlo) eran de color amarillo pastel. 

¿Es acaso la locura un contagio? Porque no comprendí (y sigo sin hacerlo) los matices de aquel augurio abandonado, las cenizas (si es que existían) del firmamento mental que había estado prediciendo y que por lo tanto, había jugado con mi amigo en todo este tiempo ¿o es que mi amigo en realidad era aquel duende? Botaba la pelota en los corazones más sanos, el mío era el más dañado y confundido, plácidamente las estrellas caían y perdían su luz. Y la llave de todo lo conocido estaría quebrada.

Cuando miré por vez primera a este ser, con la mente ortodoxa, lo tomé cual juguete, e inmediatamente lo encerré en la jaula de mi pájaro, a éste último lo dejé en libertad.

Concluida la misión, y despierto mi camarada. (Era extraño, porque si el duende no controlaba su mente, ¿Quién lo hacía? ¿La esencia del ser humano que es independiente del cerebro? Mi análisis se enfocaba en este tipo de preguntas y sus respectivas afirmaciones, lo que más me preocupaba era el hecho de que Víctor, no tenía cerebro, ni pensamientos, ni sentimientos, pero… ¿Qué era lo que hacía que se moviera y realizará sus actividades cotidianas) Examinamos cuidadosamente a este ser, que se comportaba de tal manera que uno pudo creer que era de la alta sociedad; Víctor, agresivo y furioso, comenzó a cuestionar los dotes del duende. Ello parecía preocuparle al ser demasiado e intentó comunicarse con nosotros mediante su mímica; me pregunté por qué el duende simplemente no pudo escribir las palabras en un papel, pero mi cuestionamiento surgió demasiado aprisa. Su lenguaje era distinto al de nosotros, para nuestra sorpresa, matemático. El duende nos mostraba con sus dedos, números, mi amigo lo interpretó de la siguiente manera:

MLXXIX 86X  CMLVIII 42X  DLXXXI 219X DCCCXCVIII 31X CXXVI 146X DCLXXXVII 191X” 

Sin pensarlo, Víctor, trató de descifrar el código, primero, comenzando la traducción de los números romanos, para él era muy fácil, lo tradujo en menos de 5 minutos. El problema eran los números que ya estaban desde un principio descifrados, la maldita X le causó bastantes problemas; pasó el resto del día intentando descubrirlo; lo relacionó con coordenadas, pero estas quedaban al otro lado del mundo, con su matemática aplicada, logaritmos, probabilidades, pero nada parecía funcionar. Al fin rendido, se marchó de mi consultorio frustrado por no obtener ninguna analogía. Yo dormí esa noche allí, cuidando del duende.

Recuerdo la mañana siguiente, mi memoria nunca podrá borrar ese día, porque aquel día desconocí a mi amado amigo. Entró por la puerta herméticamente, despertándome atareado y espantado, se dirigió al ser misterioso y sin más pensamientos y acciones que ocultar lo sacó de la jaula, y con su mano lo apretó violentamente cual si estuviese exprimiendo una naranja, fue tal su agresividad que explotó, lo reventó, y de él emergió solo un líquido morado, como pintura, al finalizar este terrible escenario, Víctor, quedó desconcertado y sin conocimiento del por qué lo había hecho, ni siquiera recordaba de haberle matado. Yo era el más perplejo de los dos, atisbado de ciertos báratros que pensé nunca finalizarían. El rostro de Víctor lucía como el de un muerto, todo blanco y sus ojos perdidos delataban el velorio de la cordura, a la cual iríamos de luto, la cual se olvidaría eternamente entre cipreses y lluvia,  la cual emprendía un vuelo tan lejano, más allá del cielo y la memoria, pero no se marcharía sin dejar como recuerdo los abismos insondables e interminables de la locura (liberada ya de las jaulas interiores), esa bestia incapaz de domarse, ella baila cobijada de la luz de nuestros corazones, intacta y escondida entre las mentes. 

Más tarde charlamos, y en aquella conversación me reveló las pesadillas que quizá serían la causa de aquel comportamiento tan deliberado y errático. Mi amigo, no sólo los relató sino que me prestó las mismas hojas en las que las plasmó:

“…Conducía un coche, escuchando “Brandenburg Concerto 1” de Bach, alegre, podría decirse que sumido en un éxtasis maravilloso, una sensación tan hermosa y efímera a la vez. Pronto, sin razón alguna, empecé a irritarme arduamente, al punto que apreté el acelerador a todo lo que daba, no recuerdo mi alrededor, su descripción o sus elementos, lo único que noté fue una especie de dragón en el cielo que volaba felizmente por aquel firmamento, lo extraño es que en sus manos sostenía un flagelo y su mirada dirigida a mí denotaba la presencia maligna, entonces sucedió lo peor, atropellé a un animal desconocido (nunca visto) sus partes no las recuerdo, sólo que era de color azul y desperté…”

Al terminar de leer atentamente su pesadilla, por un momento, inmerso en mis pensamientos, traté dar alguna interpretación a mi amigo, pero nunca pude proporcionarle una acertada. Le rogué que visitáramos a un especialista, pero él se negó diciendo que lo más prioritario por el momento era descifrar el lenguaje del duende caído.

Por los próximos días trabajamos hasta caer rendidos en el secreto. Refiriéndonos a todo lo complicado que existía en el campo matemático, desafortunadamente no tuvimos una analogía lo suficientemente acercada a la vida o algo que se le pareciera. 

Víctor, seguía empeorando cada vez más; me insultaba frecuentemente justificando que no se acordaba de nada; y su agresividad iba en aumento. Era indudable que un médico lo analizará. Sus pesadillas eran más frecuentes y siempre era el mismo sueño, no cambiaba en nada y no podía evitar la catástrofe que cometía en dicho sueño. Mi camarada me preocupaba bastante; algunas veces intentaba analizar exhaustivamente la herencia del ser. 

Un día, despertó totalmente aliviado, pues, esa vez había tenido un sueño maravilloso, en su caso diferente al anterior; con todo y la euforia la escribió inmediatamente de la siguiente manera:

“…Me encontraba en un lugar totalmente desconocido, creo que era algún tipo de casa, muy luminosa. A mi lado izquierdo un tocadiscos que reproducía la hermosa melodía “Jesu Joy of Mans Desiring” de Bach. A mi derecha se halla un pincel remojado de pintura negra y frente a mí, una de mis alumnas más hermosas, llevaba puesto un fulminante vestido blanco, un antifaz negro colocado sólo en su ojo izquierdo; en su pelo nacían floren muy aromáticas y su sonrisa que había perdido durante milenios en los recovecos cósmicos, en ese instante iluminaba los mundos. Me acerqué a ella con el pincel en la mano y coloreé en su lienzo cutáneo algunas formas indeterminadas que llenaban mi alma…”

Su sueño realmente era uno de los más hermosos, así que me comprometí con conmigo mismo a terminar el código. Mi amigo se marchó a la universidad a dar clases y ver a su amada. Lo que me hizo suponer que tenía un romance con una de sus alumnas, el amor vuelve más locos a los locos, o tal vez no sea cierto, y los curé, porque aquel día mi camarada se sentía muy alegre, inclusive dibujaba sonrisas en su rostro  jamás vistas. Y eso me inspiró y fortaleció y me alegró el corazón. 

Me complace informarles que ese mismo día en uno de mis sueños, se hallaba la respuesta a nuestro problema, en el mismo me encontraba leyendo un libro, de la nada las letras parecían combinarse unas con otras formando palabras. Eso era una simple combinación entre los números. Llevé a cabo esta lógica acertada, el primer paso consistió en reunir sólo los números con sus respectivas “X”, éste elemento lo consideré como el 10, número romano; por lo que deduje lo siguiente: “Entre el par de números y la X debe colocarse, quizá un símbolo matemático” Consideré en primer lugar la suma (+).

Llevando esta serie:

“86X  42X   219X 31X 146X 191X”   =   “86+10 42+10 219+10 31+10 146+10 191+10” que era igual a: 1182  52  229  41  156 201

Era sumamente ilógico, pues los números romanos unidos a éstos daban una serie de números infinitos que no se podrían constatar en alguna analogía. Eran sólo números, irritado por la frustración retomé mi sueño por unos momentos y como si fuese pájaro en su nido, recobré una idea irracional y muy simple, en estas condiciones ya no había nada que perder y lo realicé. Esta “X” no simbolizaba un número romano, de otra manera el duende nos lo hubiera dado todo en términos romanos, analicé que se trataba de el símbolo matemático, es decir, multiplicación. Coloqué la multiplicación entre los números de esta manera:

“8X6=48  4X2=8  2X19=18  3X1=3  1X46=46 1X91= 91”

Los números eran considerablemente pequeños. Pero no logré hacer nada hasta combinarlos con sus respetivos números romanos ya traducidos:

 “1079 48 957 8 581 18 898 3 126 46 687 91”

¡Eureka! Tenía una corazonada que era una resolución perfecta, sólo tenía que relacionarlas con algún objeto, lo hice con horas, fechas, coordenadas, y demás pero no me resultó. Una vez más recurrí a mi sueño, un libro, ¡sí!, eso era, un libro, un diccionario tal vez. Entusiasmado corrí a uno que se encontraba justo en mi consultorio obsequiado por mi querido amigo Víctor. Reforcé aún más mi autoestima al ver que el diccionario contenía alrededor de 4000 páginas por lo que, lo números romanos significaban el número de páginas y el número arábico la palabra, la resolución fue la siguiente:

“Yo soy inocente Responsable bajo ¿?”.

Era ilógica la frase, la última palabra llegaba a la 67, por lo que los cálculos de la última palabra eran incorrectos, por lo que simplemente recorrí la X:

“687 19x1=19” traducida: mío. La frase estaba completa: “Yo soy inocente Responsable bajo mío”.

Recordé entonces, que cuando extraje el colgajo óseo fue en sólo en la parte superior del cráneo, quería decir, que en la parte inferior vivía otro duende, éste que controlaba todo lo que mi amigo realizaba, eso explicaba muchas cosas, Víctor había matado al duende equivocado. Corrí lo más pronto que pude a informarle de esta cuestión, -por fin los problemas se solucionarían- pensé, pero, nuevamente pensé demasiado pronto.

Al llegar a la universidad, gran cantidad de policías y ambulancias se encontraban dentro de la universidad. El capitán me informó que uno de los profesores había matado a una de sus alumnas. Traté de no pensar en mi camarada; desafortunadamente era él el culpable.

Meses después, en su juicio afirmó no recordar nada de dicho evento; el juez dictaminó que fuera encerrado en un manicomio para que se le analizara. Lo visité con gran frecuencia comentando el descifre del secreto, pero me respondió diciendo que nadie iba a creer semejantes tonterías, y tenía toda la razón.

Estando en el manicomio, uno de los psiquiatras, mediante diversos experimentos, hizo que recordará (Víctor) aquel suceso que lo habría de encerrar. Esto fue lo que redactó:

“…Explicaba a los muchachos la problemática de las matemáticas cuando, en mi cabeza se erigió la dulce melodía de Bach “Jesu Joy of Mans Desiring”, resonaba en mi alma los indicios del arte, el arte de la muerte, que debía ser propagada como una de las esperanzas más celestiales. Tomando el cuchillo de la derecha de mi escritorio (colocada ahí por una serie de acontecimientos sin sentido) me acerqué sigiloso a mi amada, cual colibrí que busca la sangre azucarada de una bella flor; la música seguía impartiendo mis impulsos más oscuros. Al estar frente a ella pude ver en sus ojos la alegría que encierra los misterios del secreto. Ella lo sabía, fue por ello que cosió alas en su espalda, una vez preparadas para salir huyendo del profundo sueño, clavé el cuchillo en el refugio de su vientre (guarida de los ósculos etéreos) y su aliento llenó todo el salón de silencios fértiles. La había salvado, de la vida, de las lunas y soles finitos que desaparecían en los recónditos firmamentos ajenos al verdadero fecundo de la vida…”

Entendí lo que en realidad había pasado, una simple venganza del duende… Una rebelión sofismática. 

 

 

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    Estamos rodeados en un mundo de locura. Pero, ¿sabemos lo que es la verdadera locura? ¿Tenemos conocimiento, acaso, de nuestras propias acciones? Conscientes e Inconscientes. Verdadero ejemplo de ello lo vive nuestro protagonista.

    ¿Qué fuerza existe realmente en nuestro interior? ¿Una dualidad o es que simplemente no existe nada? ¿Somos gobernados por nuestra religión o por nosotros mismos?

    ¿Realmente conoces el miedo en su total apogeo? El narrador lo experimenta por primera vez al estar en una sala de cine común y corriente, sólo que éste tiene uno de los sentidos más desarrollado que los demás.

    Una carta que es enviada al tío del narrador que desglosa lo que en realidad sucedió esa noche... ¿Encerrado? ¿Qué fue lo que sucedió realmente?

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