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8 min
Recinto Sagrado
Fantasía |
15.03.15
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Sinopsis

...esos cimientos estaban hechos de sangre y siglos de mentiras.

 

     Al contemplar la magnificencia de la catedral era inevitable que se generaran emociones y pensamientos. Estos iban desde la incredulidad sobre la capacidad del ser humano para materializar semejante obra de ingeniería, hasta una enorme tristeza ante la certeza que esos cimientos estaban hechos de sangre y siglos de mentiras.

     Sus paredes de piedra blanca alcanzaban los ochenta metros de altura y su puerta de macizo bronce labrado los 6. Para alcanzarla había que superar una escalera esculpida en mármol amarillo, el color santo, único en el mundo. Sus trescientos trece escalones la hacían verdaderamente imponente y todo un desafío físico, sobre todo para los ancianos, de presencia mayoritaria en el lugar. A ambos lados se alineaban vitrales rectangulares también de 6 metros de altura, como la puerta, en exagerada simetría. Se percibía inmediatamente una perfección opulenta. Los ángeles rubios representados y las vírgenes hermosas, los viejos reyes del poder total y sus inmaculadas túnicas blancas desplegadas, manzanas rojas cómo el fuego y árboles sagrados de un realismo impactante, jardines inabarcables y el pecado del hombre en el exilio continuo, culpa y dolor representados en crueles torturas, el juicio final con grandes y brillantes trompetas y rayos misteriosos acabando a la bestia.

     Adentro el lujo lastimaba los ojos del humilde visitante. Candelabros de oro de dos metros de altura, bancos de madera de ébano negro brillante por el lustre y que alcanzaban una longitud imposible, casi perdiéndose de vista de un lado al otro de tan majestuoso edificio. Arriba una bóveda pintada a mano, de manera que desde el suelo se interpretaran sus figuras, muy similares a las vistas en los vitrales, pero de una nitidez casi sobrenatural. Al frente la cruz, nuevamente los 6 metros de altura se repetían, de oro sólido cincelado y rojos diamantes, traídos de las zonas más pobres del África, aplicados en cada extremo; el sangrante Cristo superando los dos metros de altura tallado en mármol blanco, pero con detalles pintados en oro y gemas celestes incrustadas en sus ojos llenos de tristeza. 

     Ya había comenzado la antigua ceremonia. El sacerdote elevaba dos blancas mitades en solemne ofrenda y los fieles, sobre sus rodillas, se sumían en respetuoso silencio. Fue el instante perfecto. El terrorista se acercó con cautela, procurando no ser visto, acechando como una pantera a su presa; rodeó el altar por detrás de unas enormes columnas de unos tres metros de diámetro y se posicionó cerca del mismo, a unos pocos metros. Los monaguillos se habían retirado y ahora el sacerdote besaba hipócritamente el cáliz con un gesto de recogimiento forzado. No era un sacerdote cualquiera, iba a ser el último Papa y el terrorista lo sabía; un hombre de piel negra rondando los sesenta años de edad, de mediana estatura y con un abdomen prominente debajo de la sotana -«como no podía ser de otra manera»-, pensó con sonriente sarcasmo el terrorista. Sabía que había guardias armados disimulados en el lugar y también que su entrenamiento y destreza le habían bastado para burlarlos fácilmente. Todo estaba escrito. Volvió a sonreír, pero esta vez con una mueca diferente. Se lanzó a la carrera empuñando en una mano su arma y en la otra el detonador de contacto. Ya nada podía evitar el desenlace; vivo o muerto cumpliría su objetivo. Lo alcanzó justo en el momento que depositaba solemnemente el cáliz sobre el altar de mármol tallado.

     —¡Un movimiento y todo se termina! —Gritó mientras apoyaba el caño de su arma en la sien del incrédulo sacerdote,  al tiempo que agitaba el detonador haciendo exagerados círculos en el aire.

     Muchos de los fieles rompieron en gritos y exclamaciones de pánico, pero otro grito ensordecedor del terrorista los contuvo, estaban en el recinto sagrado, tantos años de doctrina hacia la sumisión y la obediencia se manifestó. Todos callaron y dócilmente se sentaron en los bancos.

     —¡Ustedes! —Clamó, dirigiéndose a los monaguillos, mientras señalaba con un movimiento de cabeza hacia el centro de la nave—. Bajen del altar y pasen del otro lado.

     —A los guardias camuflados les advierto: un movimiento y el templo entero vuela por el aire con todos nosotros dentro. Me disparan y todo termina; esto que tengo en la mano es un detonador de contacto—. Esto último lo dijo aunque estaba seguro que los guardias se habían dado cuenta al instante, por el simple hecho de aun permanecer con vida.

     Entonces ocurrió un débil temblor, pero suficiente para que algunos candelabros y arañas empezaran a moverse con acompasados vaivenes de amplitud casi imperceptible. El terrorista lo notó de inmediato. Simplemente porque lo esperaba con ansias.

     —¡Vamos, que ya queda poco tiempo! —exclamó mientras obligaba al sacerdote a descender del altar y a doblarse sobre sus rodillas, dándole la espalda a todos los fieles que contemplaban la escena con horror. Una vez que estuvo en esa posición, se paró frente a él, apoyando su arma sobre su frente y acercando la mano que apretaba firmemente el detonador hacia una de sus orejas. El terrorista podía ver la iglesia en toda su extensión y a todos los allí presentes; a su espalda solo quedaba la inmóvil imagen de Cristo.

     —¿Qué quieres? —habló por fin el sacerdote, con un hilo de voz apenas inteligible.

     —Solo deseo dar un impulso inicial a los acontecimientos— sentenció con frialdad.

     —¿Pero qué cosa dices? —preguntó atónito el sacerdote.

     —Lo que escuchaste. Yo soy realmente un instrumento de Dios. No como tú y los tuyos, embusteros y charlatanes, encubridores de la Verdad, manipuladores de la Fe y empresarios de la culpa y el dolor —hizo una breve pausa, mientras el eco de sus palabras que retumbaron por toda la iglesia se apagaba lentamente. Luego continuó—: Han atormentado el alma de millones de personas por más de veinte siglos; han humillado su poder y su inteligencia, han bastardeado su origen y han mentido sobre su destino; manipularon las enseñanzas de Jesús y se han esforzado por destruir el legado de las primeras  civilizaciones, las que nacieron aquí millones de años atrás y las que llegaron de otros rincones del cosmos. Han sido cómplices del gobierno mundial para sumir a la Humanidad en la esclavitud y en una vida de consumo, de estética vacía, sin amor y sin sentido. ¿Todo en nombre de qué o de quién? —Dejó flotando la última pregunta en el aire por un tiempo que se estiró dramático.

     —¡Pero yo soy el verdadero redentor, el último mesías! —gritó con todas sus fuerzas y segundos después apretó el gatillo. El estruendo del disparo que voló la cabeza del sacerdote coincidió con el fragor de un fuerte temblor. Se abrieron las paredes de la majestuosa catedral y la mitad de ella desapareció en una enorme grieta llena de lava que nació del terremoto. La violencia de las sacudidas crecía tan rápido que los guardias ni siquiera pudieron reaccionar ante el violento asesinato, apenas si pudieron pensar en salvar sus propias vidas ante tremendo cataclismo. Afuera el volcán se había despertado con toda su furia dormida por milenios; escupía azufre, lanzaba piedras, vomitaba cenizas. Todo se desmoronaba velozmente. Los vitrales estallaron. La puerta imponente cedió y desapareció en el río de lava. Los fastuosos candelabros cayeron. Los fieles que quedaban con vida corrían sin saber a dónde ir; se chocaban, se pisoteaban unos a otros en una orgia de pánico y terror.

     En el extremo de uno de los bancos de madera de ébano negro, el único niño presente en la ceremonia contemplaba apacible al terrorista. Había soltado el detonador.     

 

7 de junio de 2011

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