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8 min
Recordando
Varios |
28.11.14
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Sinopsis

De repente despierto en un sitio desconocido. Salgo a recorrer la calle, me resulta familiar pero sigo sin recordar, hasta que...

Lo primero que recuerdo de aquel día es que me desperté mientras escuchaba un profundo y desagradable zumbido. El ruido seguía sonando sin que yo acertara a comprender qué es lo que tenía que hacer exactamente para que se callara. Posiblemente llevara sonando ya tiempo sin que yo lo oyera antes. Por fin paró.

 

Me quedé pensativo sin saber dónde me encontraba. Pero una nueva repetición de aquel desastroso sonido hizo que recuperara una pequeña parte de mi conciencia. Era la alarma de mi reloj lo que me martirizaba. No recordaba haberla activado, pero la apagué mecánicamente. Ni siquiera miré la hora que era.

 

Mi siguiente impulso fue llevarme la mano a la cara tratando de apartar el rayo de sol que me llegaba a través de la rendija de la persiana, la cual apenas tapaba la ventana. Me pegaba en la cara y apenas me dejaba entreabrir los ojos. Cuando lo conseguí mi primera sensación fue la de una puñalada en el estómago, producida por el recuerdo que me vino a la mente al recrear la escena con la que me dormí en mi cabeza. Luego fue una sensación de vacío lo que me invadió.

 

Me llevé la mano a la frente de una manera instintiva motivada por el dolor que me torturaba. Cerré los ojos y traté de recordar dónde me encontraba. Eché un vistazo a aquella habitación. No era muy grande y tenía una ventana a la derecha por donde entraba gran cantidad de luz ya que la persiana no estaba totalmente cerrada, además de que no tenía cortinas.

 

Al fondo, al pie de la cama donde me encontraba acostado, había una silla con un hato de ropa que parecía que era la mía. No, no parecía, seguro que era la mía. Reconocí los pantalones y la camisa.

 

A la izquierda se vislumbraban dos puertas. Me levanté y me dirigí hacia la más cercana y la abrí. Era un cuarto de baño más bien pequeño. A la izquierda estaba el retrete y a la derecha el lavabo con un espejo. Al fondo había una bañera con una cortina de color azul grisáceo colgando de una barra. Entre el lavabo y la bañera había un toallero con su correspondiente toalla.

 

Parecía limpio aunque bastante viejo, a pesar de que se notaba que habían cambiado los azulejos no hacía mucho, pero no habían conseguido quitar ese aire a vetusto que aún conservaba.

 

Cogí el pomo de la otra puerta y la abrí. Salí a un pasillo más bien largo con puertas a un lado de la pared y lo que parecía el rellano de una escalera, que se vislumbraba al fondo del pasillo.

 

No había duda, se trataba de un hotel, o mejor dicho, era un hostal o quizás una pensión. Se veía todo de aspecto modesto pero limpio. Volví a entrar en la habitación. Me metí en la bañera y abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua resbalara por mi cuerpo. Con la cabeza mojada intentaba pensar, pero no había forma de recordar que es lo que hacía en aquel lugar y cómo había llegado hasta allí.

 

Cuando terminé de ducharme recogí toda mi ropa y me vestí. Eché un último vistazo a la habitación buscando algo que me fuera familiar y al no ver nada, salí de allí. Me dirigí hacia las escaleras que había visto antes.

 

Llegué hasta un pequeño vestíbulo con un mostrador a la derecha tras el que había un hombre, algo mayor y con una chaqueta un tanto gastada. Me acerqué hasta él y le pregunté si recordaba cuándo llegué allí. Me contestó que no sabía, que el había comenzado su turno hacía un par de horas. El nombre que figuraba en el registro de habitaciones no me sonaba de nada.

 

Me encaminé decididamente hacia la puerta y salí a la calle. La mañana era fresca y llovía. Desafié a la lluvia y comencé a caminar hacia la derecha. No sabía a ciencia cierta hacia donde me dirigía, pero caminaba con decisión, sin importarme que el agua mojara mi cabeza.

 

Al cabo de unos minutos llegué hasta una amplia avenida por la que circulaban infinidad de vehículos. Reduje la marcha y paseé con calma. Sentía la humedad del suelo a través de la suela de mis zapatos, pero eso no me impidió continuar.

 

Al pasar por la puerta de un bar sentí el profundo aroma del café, pero ignorándolo me acerqué hasta un paso de peatones, donde esperé pacientemente a que cambiara el color del semáforo. Al otro lado de la calle un vagabundo, sentado en un banco a pesar de la lluvia, pedía dinero con una lata que tenía puesta a sus pies. Instintivamente me llevé las manos a los bolsillos y me dí cuenta que no llevaba ningún dinero, ni cartera ni ningún documento.

 

Me paré un momento y miré alrededor. La gente iba con prisas de un lado a otro. La lluvia hacía que caminaran aún con más rapidez. Arriba, el cielo era de color plomizo y daba la impresión de que llovería durante mucho tiempo. Aquel paisaje, donde se dibujaban altos edificios al fondo, no me sonaba de nada. En ese mismo momento me percaté de que tampoco sabía donde estaba. Pero me negaba a pensar, puesto que cada nuevo pensamiento me producía una punzada en el interior de mi cabeza; así que me senté sobre un banco mojado, al igual que había hecho aquel viejo pedigüeño.

 

No sé cuanto tiempo exactamente llevaba allí cuando de repente ví una figura parada delante de mi. Era una mujer morena, de rostro serio y ojos negros y brillantes. Me miraba fijamente mientras yo mantenía mi cabeza entre mis manos. Levanté la mirada y me quedé observándola. Era muy guapa y se mantenía en pié, quieta y sin hablar. De repente rompió el silencio y me dijo: “Vamos”.

 

No esperó a ver si yo la obedecía o no, como dando por descontado que lo haría, y fue apretando el paso. Una vez repuesto de la impresión la seguí. Fui tras ella mientras la observaba. Llevaba un impermeable y se cubría con un paraguas. Caminaba muy deprisa. Yo traté de llevar su ritmo. Nos adentramos en el parque que había al lado, hasta llegar a un rincón bajo un árbol en el que había una mesa para que usaran los visitantes.

 

“¿Por qué no has venido al punto de reunión?”. Debió de darse cuenta de la cara de incredulidad que puse, porque volvió a hablar: “¿No sabes lo que estoy diciendo?”

 

“No recuerdo nada”, le espeté.

 

“¿No recuerdas nada de lo que hiciste ayer?”

 

Negué con la cabeza.

 

 

“¿No sabes quién soy?”, volvió a preguntar, y volví a negar.

 

Me miraba con incredulidad, tratando de leer mi rostro y buscando algún signo que le revelara si decía la verdad o no.

 

Lo cierto, es que hasta ese momento no me había parado a pensar, pero no podía recordar nada anterior al momento en que me desperté esa misma mañana. Ni siquiera mi nombre.

 

Dijo: “Asesino”. Volví a mostrar cara de no saber nada, y de hecho no sabía nada en absoluto de lo que me hablaba. Se notaba que ella no me creía ni una pizca.

 

Y supe que era así porque el último recuerdo de lo que vi es el del cañón de la pistola que sacó. La levantó rápidamente y apuntó a mi rostro mientras apretaba el gatillo. No sé si hubo fogonazo o relámpago, pero si estoy seguro que oí un trueno.

 

Cuando desperté me vi aquí ante ustedes, pidiéndome cuentas por mis actos y por las docenas o cientos quizás de personas que dicen que maté. Pero yo no recuerdo nada, todo lo que tengo en mi cabeza se ajusta a lo que he contado. ¿Es justo que pague condena eterna por algo que yo no recuerdo haber hecho y de lo que creo que soy inocente? ¿Es que es ese mi castigo? Desde entonces no puedo moverme de este ataud en el que estoy encerrado. y lloro a diario por ello.

 

Y es entonces cuando vuelvo a escuchar una voz familiar, que me dice:

 

- “Leo, te vuelvo a repetir que ni yo soy el diablo ni estás ante ningún tribunal. Soy el doctor López y soy tu psiquiatra. Y ésta que está a mi lado y que te pregunta es la doctora Márquez. No tienes ninguna dolencia física y puedes levantarte de la cama cuando quieras. Y nada de lo que cuentas es cierto. Te caíste y te golpeaste en la cabeza y has perdido la memoria, pero debes intentar recordar de nuevo....”

 

Y lo siguiente, que recuerdo es escuchar un profundo y desagradable ruido, mientras despierto en una habitación desconocida....

 

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