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Recuerdo un sueño, de como la barca, el avión, la puesta y luego la obra de arte, y finalmente la muerte novaliana.
Poesía |
17.02.15
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Sinopsis

A falta de sueños lúcidos, mejor soñar simplemente y no dormirse y nada más.

Recuerdo un sueño…  como la pequeña barquita se movía de un lado a otro, entre una fuerte corriente, pequeñas olas la hacían tambalear y la inexperiencia de los que en ellas iban, ayudaba  aún más a desestabilizar la nave. En un instante la barca vuelca, y pierdo de vista a todos  sus ocupantes, mas en un acto heroico aparece una avioneta amarilla, surcando un cielo que si bien ahora lo recuerdo entre un amarillo y naranja negruzco, en el momento del mismo ensueño, solo aparecía sobre el mar, profundo pero opaco, sin cielo alguno.

Con la llegaba del insigne aparato, surgieron del mar los supuestos ahogados, y rápidos fueron  llevados a salvo, bajo la protección del pájaro de acero, libres ya del espanto del ahogamiento y la muerte vergonzosa.

Sin embargo, el avión cae. Por momentos agonizante parecía resistir lo inminente, volando y girando sobre sí mismo, se atisbaba una posible salvación, pero los hados que rigen los sueños dictaban sentencia, no pudiéndose evitar la estrepitosa caída. Poco a poco, hacia la destrucción, resignado por los poderosos designios de  lo onírico, que manda a placer, en aquellos lugares donde crea y representa.

 Como insólita transformación, donde acaeció el espantoso naufragio, mar complicado incluso para viejos marineros, se extiende ahora una especie de prado más bien decadente, como un enorme descampado cuyo fin se extendía armónico y kilométrico hasta el mismo horizonte, perdiéndose a la vista. Sobre este apoteósico y nuevo escenario vino el avión a quebrarse, destrozado por la veloz caída.

Se encuentran ahora, en medio de tan inmenso panorama. De pronto, en un instante quedan sumidos en un profundo estado  reflexivo, los supervivientes pierden la noción del tiempo y del espacio, estos referentes anulados quedan ya sin fuerza, obsoletos. Se produce en ellos una sensación de certeza, una intuición que no puede ser negada, irrevocable, totalmente necesaria y transgresora.  

Al tiempo,  quedan conscientes de nuevo. Recuperados y reunidos se miran con una templanza taciturna, apacible. Sus miradas distantes, como evaporadas,  indiferentes a lo que alrededor es tangible y material. Las pupilas ingrávidas, ausentes en una nebulosa,  renuncian a su ligereza natural, fieles observadoras, son capaces de vislumbrar los primeros destellos oscuros de la profecía, destino inmejorable de nuestros queridos afortunados, lugar  donde de un solo vistazo, la inmensidad está al alcance de nuestro corazón.

Así pues, todos los afortunados observan como transportados y agradecidos, el último estertor de una realidad que ha pasado demasiado tiempo sometida a sí misma. En el postrero espacio, sobre la línea que separa la tierra del cielo, se produce la solemne retirada. El astro que  todo lo alumbra, que a las dudoso y cuestionable cubría con el manto de la claridad y la verdad, con cuyos múltiples rayos ponía sobre su hombros, vencedora a una limpia y jovencita certeza,  ahora arrepentido, humillado por haber pecado de una injustificada codicia, bola de fuego confianzuda, insolente… Ahora, debe enmendar su abusiva supremacía y con honor decide retirarse, ocultarse bajo un crepúsculo nunca antes imaginado, ilustrísimo espectáculo.

Inigualable, como todo aquello que pretende despedirse sin caer en el olvido, despunta este en una impresionante colisión, produciendo como mágicamente una mezcla embrujada  de enormes cuerpos suspendidos en el aire, compuestos de potentes e inenarrables colores que giraban a toda velocidad hacia el astro rey, una interminable procesión fugaz pero constante de unos tonos nunca antes vistos, hipnotizantes e infinitos matices de amarillos, excitantes variaciones de unos rojos como poseídos y estáticos, atrapados en tal coalición maestra por la poderosa hazaña de tan inigualable fenómeno, naranjas interminables que no podían por menos que incorporarse al novedoso y último espectáculo del padre sol, que como soberano, como mago creador y rector del tiempo, atraía sobre sí a una cantidad temible de violetas y morados que arrodillados rendían pleitesía a su amo y amante. Revelación tan visceral que uno podía rendir su vida ante él, aprehendiéndolo hasta comprender el significado de aquella maravilla última.

 Así, mientras se conformaba este último suspiro profundo, los afortunados supervivientes, imbuidos en la contemplación de esta inconcebible fusión mística, inabarcable obra de arte, caminaban unidos y sin temor, con la cabeza alta, mirando al fiel horizonte, marco de tan esperanzador lienzo que anuncia una nueva misión, el final de este mundo, su culminación y superación, y con ello la anunciación de la negra luz.

Sublimados, pues nada que trascienda la vida, puede menos que hacer temblar nuestro corazón y conseguir que desfallezcan nuestras extremidades estremecidas, por una pasión que supera lo que todo ser humano puede soportar-, avanzan.

Hacia el horizonte, parten todos ellos guiados por esta extraña, por esta tentadora transmutación, por lo excitante de lo metafísico y contra lo perenne que ha hecho renegar incluso al sol, derrotado, lloroso al comprender que ahora sus rayos hagan sufrir de gris melancolía a todos aquellos que acoge en un abrazo desgarrador con su lúgubre manto translucido, manto que solo ofrece un mero reflejo inconcluso y pernicioso, de una belleza mundana antes paradigma de lo estético. Más allá… la muerte salvadora, ahora portadora de luz y poesía. 

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