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9 min
Redención
Varios |
02.11.08
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Sinopsis

1. Camacho


Cuando se oye el tintinear de cencerros a lo lejos, todos en Tellerda saben que son las ocho. Hora de encerrar. Pocos minutos después, la mancha blanca que baja por el polvoriento camino alcanza el pueblo y algunas ovejas se descuelgan del rebaño para entrar en las casas de sus dueños. Atrás, con sus fieles dos perros, anda con la vara Camacho Díaz, a paso lento, descamisado, casi harapiento, y con la chaqueta colgando del zurrón vacío.

La paridera se encuentra en La Quema, y allí recoge todos los días del año. Después vuelve hasta su hogar de piedra para tomar algo de la sopa que recalienta jornada tras jornada, y se sienta en la bancada frente a la lumbre a liarse un cigarro. La Chón, su sobrina, se pasará poco antes de dormir, con un chusco de pan, unas magras y alguna fruta, que trae envueltas en papel de estraza y mete dentro de la alforja. Probablemente sea la única persona con la que intercambia unas palabras en todo el día, y seguro que lo es de ofrecerle una cálida sonrisa. Seguro porque el otro ser humano con el que ha podido hablar es el señor Ruché, amo del rebaño y para quien lo cuida por un escueto salario.

Camacho trabajaba en Barcelona como picador, especialista en demoler estructuras de hormigón armado, levantar calles o perforar aceras para meter tuberías. Hasta que su hijo fue atropellado por un desconocido que se dio a la fuga, lo mismo que hizo su mujer tras el entierro del pequeño. Entonces se vio sólo en una ciudad extraña, donde nadie le conocía y a quien nadie le importaba. Así que decidió volverse al pueblo de sus ancestros, donde los pastos de sus recuerdos de infancia le hacían sentirse vivo evitando recordar. Por eso se ofreció de pastor, para vagar por los montes y beber el agua de los deshielos, para estar consigo mismo en soledad, para encontrar su perdón.

El que la paga fuese ridícula no supuso problema, sin cargas y sin vicios, alcanzaba sin lujos. Lo que cada vez soportaba menos eran las bravatas del amo, sus gritos sin respeto, y reírse de su falta de estima.


2. Asterio

El camino que viene del río, seco y pedregoso, se vuelve más llevadero al atardecer, cuando el sol empieza a querer ocultarse tras las montañas que conforman el valle, tornando anaranjado el cielo raso. Asterio Fernández para de empujar el carretillo cargado de alfalfa junto al pilón, para refrescarse y descansar ante el último empinado esfuerzo que le queda. Allí siempre se encuentra alguien abrevando a las caballerías, con el que charra con su tono casi afónico, pausado porque su mente va despacio y necesita tiempo para entender.

Debido a su cortísima estatura, en su juventud trabajó en el circo, ayudando en trucos de magia y de pareja con el hombre elástico en su número de baúles y contorsionismo. Pero con el avanzar de los años todo se volvió más técnico y espectacular, se endurecieron los huesos donde antes eran flexibles, y los circos fueron uno a uno cerrando ante la imposibilidad de competir con los nuevos cines y zoológicos. Así que volvió a Tellerda y con todos sus ahorros compró la vieja casa que habitaron sus padres. Se la compró a Ruché, a la vez que le solicitó un trabajo con el que seguir viviendo. El usurero se la vendió por lo que no valía y el trabajo ofrecido incluía la cláusula de la esclavitud. El menudo Asterio, inocente e incapaz de levantar la voz, hasta terminó por dar las gracias, y ahí empezaron los abusos tanto físicos como espirituales. La jornada comenzaba con el asomar del sol, moviendo la hoz y la azada, y finalizaba al ocaso acarreando el carretillo. Pero quizás lo que más enturbiaba su vida eran las chanzas y burlas a las que lo sometía Ruché los domingos en el bar. Quitarle la boina que siempre llevaba para mostrar su fea calvicie, reírse de su pasado circense aludiendo a su diminuto tamaño, y sobretodo, a su falta de luces y carácter.

A pesar de todo, Asterio, sabía encontrar la paz en la belleza de los campos, en el volar de una mariposa, en beber de su bota y en poder vivir en su pueblo, donde salvo uno, todos le querían.



3. Satur

Bien entrado en la cincuentena, Saturnino Garcés perdió su empleo al cerrar la fábrica de cerraduras cercana a Tellerda donde había trabajado desde la adolescencia. Ese fue el golpe final que comenzó su hijo con las malditas drogas, y que le hicieron poner la rodilla en tierra y suplicarle a Ruché el puesto de mecánico, gracias al don para todo aquello que tuviese partes móviles, engranajes, bielas, pestillos y varillas roscadas. Así que desde entonces, se podría decir que vive bajo los tractores, las cosechadoras y demás maquinaria agrícola que se mueve por la comarca. Ni que decir tiene que el salario es el mínimo y que si no fuese por alguna que otra propina no alcanzaría para vivir.

Alguna que otra vez, Satur ha pensado en emigrar, pero sus padres muy mayores, su hijo en desintoxicación y sus raíces hasta el centro de la tierra lo han atado fuerte. De cualquier forma, en todos los pucheros cuecen habas y si no fuese por los insultantes comentarios de Ruché y la abusiva paga, sin duda podría volver a empezar en su pueblo.



4. Ruché

Si hay un edificio que destaca entre todos en Tellerda, esa es la casa de Ruché. Más grande y en mejor estado que la iglesia de San Juan, pero más oscura que la carbonería de Lozano, porque todo en esa casa es negro: fachada, paredes, techos, tejas, ventanas, puertas... todos los que forman el servicio visten del mismo color y su carruaje de ébano es tirado por dos corceles renegridos cuyas ruedas han sido tiznadas a juego. Pero Felipe Ruché, dueño de media comarca, propietario de casi todas las tierras de labor y adjudicatario de los pastos generales, viste de blanco impoluto de cabeza a los pies, y cuando monta a caballo luce una capa marfílea herencia de su padre, “El Chato”, quien a golpe de espada y comprando influencias, se hizo con todas las propiedades que ahora su hijo gobernaba.

No ha habido mujer lo suficientemente valiosa como para atraparlo o, como todos decían, aguantarlo, por lo que sigue soltero a su mediada cuarentena. Tampoco es hombre de excesos en gastos y tiene el pecado de la avaricia, desconfiando de bancos y casas de capitales, guardando, se dice, montañas de dinero en la oscura guarida. Por su falta de preparación es incapaz de saborear ninguno de los placeres de la vida, encontrando su felicidad en la desgracia ajena, en emborracharse el día de la fiesta mayor y subirse al tablado del baile para gritar que él era quien los mantenía y a quien debían sus míseras vidas. Tampoco soportaba las reuniones ni los corrillos, y acudía a desbaratarlas en cuanto percibía a más de tres personas dándole a la lengua.
Cierto es, que nunca hizo uso del látigo que lucía enrollado en el costado de su silla de montar, cosa que su padre muchas veces empleó tanto en sus costillas como en las de los siervos.

5. En Tellerda

El bar de “El Zarpas” hoy se encuentra lleno de hombres que apuran sus copas de vino y gritan en las mesas arrojando cartas sobre los tapetes. Tras la misa por ser el día de la Virgen, todos acuden al único local a pasar hasta la hora de la comida, que las mujeres ya andarán preparando. Camacho, Asterio y Satur, no son jugadores y están sentados en una esquina. Apenas hablan, hoy comerán juntos para no sentirse solos en tan importante jornada.

Ruché irrumpe en el local maldiciendo, con hideputas y desgraciados en la boca, jurando destripar a los ladrones, prometiendo arrancarles la piel cuando los encuentre. Entrecortadamente informa que alguien ha entrado en su mansión y ha saqueado su fortuna. Hombres forasteros con la valentía de abrir sus puertas hasta llegar al hormigonado sótano, donde han podido picar un pequeño agujero, desvalijando los sacos de billetes. Sabe que no son de Tellerda porque no hay nadie con los arrestos suficientes, ni con la cabeza, ni la capacidad como para atreverse a robarle a él, ya que todos son unos pusilánimes.

Los hombres han escuchado cabizbajos y en silencio las atronadoras palabras, hasta que ordena que se cierre la barra y vuelvan a sus casas. Hoy se ha terminado la fiesta, no se celebra nada.

Los tres solitarios salen entre la multitud, y prenden fuego a un fajo de leña fina bajo un olmo centenario. Camacho coloca unas chuletas de cordero sobre la parrilla, a la vez que las va salando, mientras que Asterio echa un trago de vino de la bota, y Satur corta unas rebanadas gruesas de pan de centeno. Lo poco hablado durante la comida no tiene trascendencia a pesar que en la mente de los tres está lo mismo.

Al anochecer, la bota se encuentra vacía a pesar de haberla llenado tres veces, y un cerrajero, un picador de hormigón y un enano de circo capaz de introducirse por un pequeño agujero, están calentándose en torno a la hoguera en la que queman sacos llenos de billetes. Sin apenas hablar.
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