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10 min
Reencuentro
Drama |
26.12.14
  • 5
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Sinopsis

La noche se filtraba sobre la desalmada urbe mientras la gente regresaba a sus hogares del trabajo como autómatas sin conciencia, los comercios renqueantes echaban el cierre, y el brillo anaranjado de las farolas iba abrazando las calles conforme estas se iban encendiendo. En esa época del año los niños ya habían dejado de jugar en los parques por las tardes, y era raro ver gente en las terrazas de los bares.

          La mujer cruzó el paso de peatones con lentitud desde la entrada del centro comercial. Arrastraba un viejo carro con ruedas que hacía de cama y medio de trabajo a la vez. Por la noche lo acondicionaba con mantas sucias y sábanas acribilladas de agujeros para servirle de lecho improvisado. De día acumulaba en él cartones que recogía del suelo y de los contenedores en los que rebuscaba con tenacidad como un perro escarba con fruición en pos de su hueso enterrado. Con el escaso dinero que ganaba malvendiendo los cartones iba tirando como podía. A lo más que llegaban sus ganancias era para un bocata de tortilla o queso y una lata de cerveza caliente que constituían su única comida al día. Los otros mendigos de la zona la apodaban La Pollensa, por ser natural del municipio mallorquín del mismo nombre. Pueblo que abandonó hacía más de treinta años para instalarse en la desalmada urbe, creyendo que allí encontraría más oportunidades para prosperar.

          No imaginaba cuán lejos estaba de lograrlo cuando se marchó.

          Su semblante marchito y las arrugas que surcaban sus pliegues delataban la dura vida que llevaba. Vestía un desgastado gabán marrón al que le faltaban dos botones y remendado varias veces para alargar su uso por tiempo indefinido. El grasiento y ensortijado cabello canoso, que solía llevar recogido con un pañuelo azul, la hacía parecer mucho más mayor de lo que era en realidad. Su aspecto general no difería demasiado del de los muchos otros mendicantes que sobrevivían como podían en esa despiadada jungla urbana, los cuales se habían multiplicado exponencialmente desde el estallido de la última depresión económica que los lanzó a la calle tras quedarse sin trabajo ni vivienda. Ella trataba con frecuencia con algunos de ellos, mas no pertenecía a esa tribu de neo-indigentes. No, Águeda La Pollensa conocía la amarga e indigna existencia de sin techo desde hacía tanto que lo había olvidado. Por el contrario, sí que recordaba con claridad lo que la llevó a esa vida de miseria, frío y soledad. La botella, que durante años fue su única y fiel amiga en ese infierno de matrimonio, era la culpable de su actual estado. Las habituales palizas de su marido la hicieron refugiarse en el cálido amor de la ginebra. El alcohol le ofrecía que el consuelo que ella le negaba a Alicia, la adorable niñita rubia que una vez fue su más preciado tesoro. La hija que perdió para siempre ese triste día veintitrés, cuando los servicios sociales se hicieron cargo de la tutela de la menor tras llevarse preso a su padre por los continuos malos tratos. No había vuelto a ver a Alicia desde aquel aciago día, y no había noche que lamentara no haber dejado a tiempo la bebida, abandonar a ese cabrón y escapar las dos juntas en busca de un futuro mejor que se les había negado hasta entonces. «Maldita sea mi suerte, maldita esta historia sin fin», se repetía constantemente para después imaginarse que habría sido de su retoña extraviada. En sus etílicas fantasías nocturnas Alicia siempre era una joven moderna e independiente con un trabajo digno y un novio guapo y cariñoso que la respetaba y la hacía feliz.

          Recogió unos cuantos cartones más de la trastienda de un supermercado y decidió que ya hora de echar el cierre al negocio por ese día.

Se detuvo un momento pensando en qué lugares le ofrecerían las mejores oportunidades. Consideraba que se merecía el pequeño homenaje que pensaba en darse a sí misma esa noche después de lo que había sido una agotadora jornada. Quería festejar sus cincuenta y seis años recién cumplidos de la mejor forma posible y se le ocurrió que ir a cenar fuera sería una buena idea. Buena comida que saciase su apetito. Y qué mejor que hacerlo rodeada de los suyos. Personas como Águeda La Pollensa que buscaban lo mismo, con las que olvidarse por un rato de la soledad que la acompañaba durante todo el día. Se atusó la crespa mata cana sumiéndose en estos pensamientos. Después volvió a colocarse el pañuelo y prosiguió su penoso caminar.

          Permaneció sentada en un rígido banco de mármol manchado de cagadas de paloma, frente a una bulliciosa avenida. Los coches iban y venían a toda velocidad como peces nadando en el océano, deteniéndose brevemente durante menos de un minuto cuando el rojo del semáforo les obligaba a pararse. La temperatura bajaba con rapidez ahora que ya era noche cerrada. Al cabo de unos minutos se decidió por el lugar en el que cenaría, un sitio sencillo en el que ya había estado otras veces y del que guardaba un cálido recuerdo. Cierto era que el trato del personal fue exquisito, y la comida, abundante. Si tenía suerte y todavía había plazas libres, quizá hasta se quedaría a pasar la noche allí. La ocasión lo merecía. El problema era qué hacer con el carro, siempre era un quebradero de cabeza dejarlo en la calle el día que la fortuna le sonreía proporcionándole un techo de verdad donde resguardarse.

          El mercurio siguió cayendo en picado como un halcón tras su presa. Águeda La Pollensa se puso en marcha tirando de su carro hacia el lugar después de abrocharse los escasos botones de su gabán marrón que aún resistían y frotarse las manos con vehemencia para darse un poco de calor. Deseaba llegar cuanto antes para deshacerse del frío espantoso que le entumecía los huesos. A paso ligero esta vez, evitó cruzarse con un grupo de jóvenes que había aparecido al doblar la esquina de la estación de autobuses. El sentido común le dictaba que toda precaución era poca para alguien tan vulnerable como ella. A fin de cuentas nunca se sabía como podría reaccionar una pandilla de chavales borrachos y probablemente colocados ante una mujer sola en una calle vacía y mal iluminada.

          Tras otra media hora de caminata recorriendo varias plazas y calles peatonales del casco histórico de la despiadada urbe, llegó al lugar. En la puerta de la entrada ya se había formado una fila de gente esperando, aunque por suerte para ella no era muy larga. Aún así tendría que hacer cola a la intemperie. «Qué fastidio, no me queda otra si quiero coger sitio», pensó. La puerta del local se iba agrandando a medida que los que la precedían iban entrando. El olor a comida caliente inundó sus fosas nasales en cuanto la traspasó, haciendo que se olvidara por completo de la cuestión de qué hacer con el carro. Lo abandonó justo a la entrada.

          Con regocijo, Águeda La Pollensa se felicitó a sí misma por llegar por fin a su destino, equiparando el comedor social con el acogedor hogar que nunca tuvo. Se dirigió hacia el fondo, donde en otra fila gestionada por un anciano cura encorvado le dieron una bandeja, y dos platos y un vaso de plástico. En el extremo derecho, una chica joven de veintitantos se encargaba de rellenar ambos con sus ágiles manos. Conforme se acercaba a ella la pudo ir distinguiendo mejor: tenía una cuidada y sedosa melena rubia corta, con una cara dulce y confiada que transmitía bondad por todos los poros de su rostro. Llevaba puesto un cómodo chándal gris sobre el que lucía el peto rojo de la organización asistencial a la que pertenecía. Águeda se plantó delante de ella para recibir su ración:

          -Buenas noches –le dijo la chica con voz alegre. La sonrisa que emanaba de su boca pequeña delataba el carácter entusiasta y generoso de su espíritu. Su presencia allí era puramente vocacional -. Soy Alicia, de Cobijar al Prójimo. Hoy el menú consiste en lentejas de primero y merluza en salsa de segundo, y agua para beber –sirvió la comida nada más nombrarla.

          Águeda quedó pasmada. Atónita, no podía creer las palabras que acababa de escuchar.

          -Discúlpeme señora, no le puedo dar más. Tiene usted que continuar y sentarse en el comedor con los demás. La comida nos tiene que llegar para el máximo posible de personas, así que por desgracia no podemos llenar los platos hasta arriba. – Alicia intentó no sonar demasiado brusca. Odiaba herir a algún indigente cuando le tocaba hacer cumplir las reglas.

          -A… Alicia… ¿eres tú?… no lo puedo creer –acertó a balbucear Águeda -. Soy… soy yo… Águeda… tu madre. ¿Me recuerdas?

          Detrás de ellas un murmullo de queja generalizado comenzó a propagarse. La fila se había detenido en seco al producirse el inesperado reencuentro entre madre e hija.

          -No, es imposible…, me dijeron que mi madre murió cuando yo tenía diez años y no hacía más que preguntar por ella –la chica no daba crédito-. Carlota, ven un momento –una mujer de mediana edad acudió a su llamada-. Necesito que me sustituyas repartiendo la comida. Tengo que aclarar un asunto importante con esta mujer –Carlota dirigió una desconfiada mirada hacia Águeda preguntándose que tendría que ver Alicia con la mendiga recién llegada.

          Madre e hija se dirigieron hacia una mesa apartada del comedor social para poder hablar a solas. No sabían que decirse ahora que por fin volvían a estar juntas. Ante ellas se erguía un enorme muro de incredulidad levantado por la separación de tantos años. Un muro que a ambas les costaría gran esfuerzo derribar. Tanteando el terreno con tímidas preguntas, fueron desvelándose la una a la otra su respectivo paradero durante todo ese tiempo, retomando con cautela una frágil pero incipiente relación. Al cabo de horas de charla y tras unos cuantos cafés, mientras el resto de indigentes del refugio dormía a pierna suelta en los apilados colchones dispuestos en el suelo, Alicia y Águeda lloraban de emoción y a la vez reían de alegría. Una había recuperado a su hija perdida, la otra a su madre dada por muerta hacía mucho. Entre lágrimas, se juraron que nunca más estarían separadas, que vivirían juntas en casa de Alicia, y que Águeda La Pollensa dejaría de una vez por todas la ginebra.

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¿Sobre mí? Bueno, qué decir..... soy un veinteañero tardío con muchas inquietudes. Me encanta escribir desde que era pequeño, y con mucho esfuerzo y sacrificio voy logrando pequeños éxitos en este mundillo. Escribo principalmente relatos cortos, pero tengo siempre presente la meta de publicar mi primera novela en un plazo no demasiado largo. Soy de los que prefieren ver el vaso medio lleno a todo. Intento disfrutar al máximo cada día que pasa (o al menos que no sea tan malo). No sé qué es lo que me deparará el mañana, lo importante es el ahora. Y muy gustosamente compartiré "mi ahora" literario contigo, lector/a.

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