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7 min
Reflejos
Terror |
22.01.12
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Sinopsis

Cuentan que no hay mayor temor que el que no se ve. ¿O era el que no se quiere ver?

La persistente cantidad de formol que circulaba misteriosamente por la habitación provocó en mí cuerpo tal rechazo que vomite en la hasta ahora impune bata blanca del doctor X. Éste, sorprendido, miro cariacontecido la masa viscosa que resbalaba lentamente por sus pantalones. El desconcierto, la indignación y el fuerte olor acabaron por marearme, invitándome a probar el frío y duro suelo de la consulta.

No sé cuanto tiempo después desperté encima de una mesa de operaciones, supuse en su momento que no debía de poseer ninguna camilla libre. A medida que iba recobrando el conocimiento el metálico frío de mi lecho pugnaba por entrar a través de los poros de mi cuerpo. La tabla estaba inclinada ligeramente en su parte posterior para que los fluidos corporales de cualquier insensato que allí reposara acabaran pereciendo en un cubo. El declive que sufría mi propio organismo respecto a la tabla infundía todavía mayor malestar a mí magullada cabeza. Aquella glacial situación que soportaba  mi cuerpo, el característico y continuo frío de la camilla, que todo el mundo sabe como es pero que nadie podría describir con palabras, me hizo caer en situación de mi total desnudez en la habitación. Notaba esa congelación en todos y cada uno de los rincones, pero no podía asegurar mi desnudez pues no la veía. Hice el ademán de levantar la cabeza más tuve que desistir inmediatamente del intento ya que un torrente de dolor se apodero de mi cerebro. Extrañamente no sólo era incapaz de mover la cabeza, ninguna de mis extremidades obedeció sobre las órdenes de movimiento a las que mi lucidez les estaba sometiendo. Era incapaz de mover un solo músculo de mi relajado cuerpo. Tan solo los ojos eran aptos de producir movimiento. Esa debería ser una buena noticia, pero comprobar como alterados se desorbitaban de la cuenca ocular mientras el resto de mi existencia yacía inmóvil en el camastro metálico sólo provocaban en mi más tensión y nerviosismo. La soledad de mí presencia en la habitación sé hacia más latente por la falta de cualquier sonido que animara mi repentino letargo. Sólo la típica luz hospitalaria, blanca y potente, acompañaba mi aislamiento. Y por supuesto, el formol. El característico olor hizo de ventana hacia el recuerdo, mostrando en la retina la causa de mi estancia en la habitación, pero no aclarando, acaso empañando todavía más la respuesta del porque mi incomoda situación. La potente acción persuasora del vaporoso líquido había provocado en mí, sino la tolerancia, si cierta predisposición a su compañía, invitándome a pensar incluso que ese dolor de cabeza era debido al golpe y no a la posible intoxicación que seguramente tenía en estos momentos. Así pues, deliraba. O creía que lo hacía. Radiaba locura y bienestar por todos los inertes poros de mi cuerpo, mi mente flotaba emborrachada de drogadicción y visceralmente disfrutaba con ese apogeo de fantasía. La locura impulsa a mi mente para que cazara los haces de luz que desprendían los focos del techo. Intentaba reír, reír de gozo, pero ni siquiera la boca me obedecía. Pero hubo algo más que razonablemente produjo en mi cerebro esa sensación de libertad y bienestar. De Fé. Por un instante, y a pesar de mi inmóvil estado, creí ver y de refilón, a través de mis hinchados y llorosos ojos, al doctor X ataviado aun con su vomitada bata blanca que se acercaba a mí, agarrando con una de sus manos lo que creo que no vi, pero tenía aspecto de un serrucho de carpintero. Indudablemente alucinaba por la droga. Tal vez el golpe... Observaba atónito todo lo que mi limitada movilidad me permitía en ese momento, es decir, lo que el ángulo de los ojos podía abarcar. Después de un rato, hora y medio supe después, y de contemplar fascinado los andares, idas y venidas del doctor X por toda la sala, me pareció comprobar como levemente mi cuello recobraba algo de movilidad, además de que mi mente parecía ahora más lucida que antaño, apenas unos minutos antes. Un intenso hormigueo recorría mi cuerpo, desde la coronilla hasta las posaderas, increíblemente templadas, y digo ahora increíblemente encendidas si aun recuerdo donde reposaba. En una de sus idas y venidas el doctor X se percató de mi complaciente mejoría al ver que mis ojos perseguían sus andares, quedando petrificado por un instante para reaccionar acercándose a mi lecho con una sonrisa de oreja a oreja. Con una penetrante ronquera, mientras pellizcaba mis mejillas, me dijo:

-¡Bueno, ya está! No hay indicios de caries en la según tú maltrecha muela, ni cualquier otra enfermedad que deba preocuparnos. Pero he aprovechado para hacerte una revisión completa. Espero que no te sepa mal. Cuando desees puedes marcharte, supongo... –

El doctor desapareció de nuevo, y comenzó a hacer ruidos detrás de unas cortinas, buscando algo. Mis sentidos cobraban cada vez más fuerza y conocimiento, y aunque había desaparecido por completo el hormigueo que recorría mi cuerpo en su lugar florecieron unos eléctricos y punzantes pinchazos acompañados de repentinos y abrasantes fogonazos que golpeaban con fiereza mis extremidades, aun inertes. Apareció de nuevo el doctor, sonriente como siempre, cruzando delante de mí arrastrando con ingente esfuerzo un enorme espejo ovalado. Hacía donde se dirigía con el cristal me supuso todavía una incógnita, pues el arqueo de mi cuerpo impedía ver más allá de mi estómago. Volvió a aparecer, no quise creer que se trataba de un ilusionista, desapareciendo de nuevo y situándose en la parte delantera de la fría pero ardiente camilla. Los golpes de calor que centelleaban en la ingle y los hombros eran cada vez menos soportables, aunque extrañamente era incapaz de pronunciar quejido alguno. Prácticamente notaba como mi cuerpo recobraba la vitalidad de antaño, a la misma velocidad que los pinchazos y el bochornoso calor aumentaban en intensidad y número. De pronto escuche un chirriante ruido, un profundo tic-tac, al mismo instante en que la camilla comenzaba a elevarse, incorporándome con ella. Me di cuenta que estaba sujeto con cuerdas por el pecho y el vientre. La camilla, accionada manualmente por el doctor subía lentamente, girando sobre su propio eje como si de una balanza se tratara. Un esférico reloj azul de pared marcaba las once y media. ¿Tanto tiempo ha pasado? Si la verdad debo decir, aquellos viajes alucinógenos en los que volaba proponían a mi mente una nula percepción del tiempo y todo lo que me hubiese rodeado, por lo tanto incapaz seria de percibir cualquier cambio. Por fin, después de los dos o tres minutos que duro la ascensión pude ver con mis nublados y propios ojos la respuesta de mi espera y la pregunta y el por qué de mis alucinaciones. Observe como la cara, hinchada y amoratada, estaba recubierta de sangre que goteaba gelatinosamente sobre mis hombros. Todo mi cuerpo estaba cubierto del mismo rojizo líquido, que rápidamente, y con el horror que produce la desesperación sobre lo que va a pasar y uno no puede evitar, la consternación de saber de antemano lo que va a suceder, generalmente algo horroroso y espeluznante. Casi humeante, la sangre que caliente recorría mi cuerpo sin ningún destino era mía. De mis propias entrañas. Gire entre inútiles lágrimas los ojos por mi contorno reflejado en el espejo y comprobé el origen de la desgracia. Me habían sido amputadas todas las extremidades. ¡No tenía piernas ni brazos! Había sido testigo de mi propia muerte mientras lo consideraba una alucinación. ¿Qué mayor viaje que este?, Me pregunte mientras observaba aterrado el espantoso semblante de lo que en el espejo veía reflejado.

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