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14 min
Reflexiones en voz alta
Reflexiones |
11.08.15
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Sinopsis

Un breve resumen de ideas que pasan por mi cabeza con la única pretensión de contar lo que pienso una tarde cualquiera de verano

REFLEXIONES EN VOZ ALTA

 

Lo que a continuación van a leer podría describirse como un ejercicio de escritura automática, una serie de ideas que van y vienen y que en el momento en el que escribo estas líneas se quedan, quién sabe si definitivamente o para irse de nuevo. Es posible que en algún momento se sientan como la persona que tiene que escuchar las historias poco interesantes de ese amigo que no para de hablar. Si ese es el caso pido disculpas y les animo a que quemen estas páginas en la hoguera o lleven a cabo algún otro método de destrucción que dejo a elección del lector. Realmente tengo una sensación extraña al encontrarme tecleando frente a una pantalla; es mi primera vez, siendo que paso horas y horas a lo largo del día en el ordenador. Será por ese mensaje del Word  que me sugiere que debo activar mi copia, dándome a entender que no es original. Sí, posiblemente sea eso. La verdad es que siempre he pensado que sería mejor usar freeware  cuando fuera posible, pero bien la pereza, bien el dejarme llevar por la mayoría, me impide dar el paso. Iba a utilizar la palabra mainstream, tan de moda y usada últimamente, aunque me ha parecido que sería acumular demasiados anglicismos en muy poco espacio. En fin, no pretendo ni dar consejos sobre informática ni hablar de extranjerismos. No es mi estilo ni mi especialidad. Simplemente, y por empezar por algún sitio, explicaré por qué les estoy contando esto.

Mi vida es, digámoslo así, patética. Bueno, exactamente no lo es. Tiende a patética. Sí, como el límite de una función cuando x tiende a un valor. Pues x tiene un valor de “patética” y mi vida es esa función. Así a grandes rasgos. Pero como la vida no es matemática se podría decir que tiene matices. Distintas tonalidades. Actualmente mi única preocupación (salvo en algunos momentos del año) ya desde hace algo más de doce meses es comer lo suficiente como para no morir de hambre. No me siento orgulloso de ello. La ventaja que tiene es que dispongo de más tiempo para pensar, lo cual no estoy seguro de si es beneficioso o perjudicial. Bien, resulta que en una de mis cada vez más habituales siestas empezaron a fluir ideas a través de mis axones y dendritas; ideas que no podían resumirse en ciento cuarenta caracteres para sorpresa mía. Esto no es habitual en mí dado que normalmente mis pensamientos son cortos y fugaces. Los describiría como un espectador que contempla una lluvia de estrellas. Las intuyo, las veo, pero me es imposible atraparlas. Sin embargo, en aquel momento sentí la imperiosa necesidad de escribir. Digamos que inesperadamente me puse de parto y di a luz al bebé sietemesino que están contemplando. No es ni guapo ni feo; no diría todavía que se parece al padre o a la madre.  

Quizás tuve una de esas crisis existenciales. Como en el caso de la informática y los extranjerismos, no soy ningún experto (a lo mejor en un lustro sí) y puede ser que mi diagnóstico no sea el correcto. Reflexionaba sobre cómo cambia la forma de pensar a lo largo de los años, repasaba mi vida a través de los acontecimientos más destacados, recordaba las metas que me había planteado de niño y cómo creía que sería mi futuro. He de decir que llegados a este punto no veo ninguna similitud entre mi yo actual y mi yo virtual de veinticinco años en la década de los noventa. Actualmente, y aunque no creo en el destino, creo que estoy destinado a pertenecer al llamado club de los 27 del que forman parte gente como Jim Morrison, Jimi Hendrix o Amy Winehouse. Solo que en mi caso, con un transcurso por la vida ostensiblemente más tranquilo, sin haber saboreado la fama, sin excesos ni excentricidades. Diría que estoy agradecido y a la vez orgulloso de haber podido hacer casi siempre lo que he querido, y en ese sentido tengo mi conciencia tranquila. Sin embargo lo que me gustaría cambiar es precisamente esa posición de neutralidad ante las decisiones que se han de tomar, haber asumido más riesgos aunque la pérdida pudiera ser mayor. Es fácil decir esto a toro pasado y difícil ponerlo en práctica. Es más, incluso sabiendo y deseando cambiar este aspecto de mi personalidad me resulta prácticamente imposible llevarlo a cabo. Probablemente sea por una necesidad innata de agradar a todo el mundo, como si eso fuera factible.

Aunque en mi opinión, el mayor miedo que tengo es el de equivocarme. El simple hecho de pensar en ello me aterra, me hiere de muerte, como si la humanidad tuviera unas expectativas demasiado altas sobre mí y yo debiera cumplirlas o de lo contrario cumplir penitencia. En ese sentido no entiendo por qué siendo tan parecido en muchos casos a un videojuego, en la vida real no hay una tecla de Guardar como para, en el caso de fallar, cargar la partida en el momento justo antes de hacerlo.  Quizás porque es más parecido a un modo multijugador, con todos esos elfos, enanos, bichos de todo tipo a nivel 80… Pero claro, en este caso puedo decidir en qué momento dejar de jugar. Y ustedes dirán: “Hombre, en tu vida también hay otros métodos para abandonar la partida. Prueba a saltar desde un edificio o vuélate la cabeza”. Sin embargo en la vida real no puedo cambiar de personaje, ni jugar a otro videojuego, ni lo que es más importante en mi opinión: que me reembolsen el dinero. La de cosas que podría hacer con suficiente dinero en mi no-existencia o mundo paralelo. Sueño con el momento en el que esto sea posible. Probablemente la vida dejaría de ser vida para ser una realidad virtual de la que no merece la pena formar parte, pero me gustaría al menos que se me diera la opción de experimentarlo. Al fin y al cabo yo estoy jugando a un juego que no elegí. Quizás el error está en mi percepción de que la vida es un juego multijugador online y que el hecho de poner ambos elementos a la misma altura sin ser equivalentes esté distorsionando mi visión de la realidad. Como si tratara de describir un teléfono móvil tomando como ejemplo una piedra.

Llegados a este punto me gustaría comentar que me estoy comiendo una pavía (o nectarina, como prefieran). Necesito descansar momentáneamente para recomponer mis ideas y que no se apoderen de mí. ¿Por qué relato este evento relacionado con una fruta? Porque son estos instantes en los que pienso que realmente merece la pena vivir. Hay muchas pavías que saborear, muchos proyectos que sacar adelante, muchas personas por conocer, mucho que aprender todavía. Claro que, ¿no tienen todo estos momentos bonitos su equivalente desagradable? ¿Realmente la suma de todos los factores da como resultado un balance positivo? ¿Todas las pipas buenas que has comido compensan la última pipa amarga del paquete? La verdad es que no tengo una opinión sobre esto ni la suficiente experiencia como para dar argumentos válidos. Sí sobre las pipas, aunque realmente mi solución en esos casos es beber una cerveza. Ojalá todos los problemas fueran como ese.

Es inevitable que tras estas reflexiones salga a la palestra las siguientes cuestiones: ¿Por qué estamos aquí? ¿De dónde venimos y a dónde vamos?

Yo parto de la base de que ya el hecho de plantearnos en este tipo de cuestiones un por qué es un error. Y diré precisamente por qué. En mi opinión es un planteamiento bastante infantil y por otra parte natural pensar que todo tiene un por qué. Los seres humanos somos “máquinas” que nos relacionamos con el medio en el que vivimos con unas herramientas limitadas. Percibimos estímulos del exterior a través de nuestros sentidos. Pero sólo un cierto tipo de estímulos obviando una gran cantidad de ellos. Como ejemplo, las aves son capaces de “sentir” el campo magnético de la Tierra y guiarse por él, algo que nosotros no podemos hacer. Sin embargo nuestra capacidad para pensar de forma abstracta, de descomponer un todo en partes más pequeñas aisladas, el buscar una causa a un acontecimiento para poder predecir eventos similares en un futuro nos hace percibir la realidad de un modo distinto, adaptarnos y sobrevivir. Es precisamente el hecho de intentar buscar una causa a todo que ocurre lo que nos hace plantear un por qué, y es ahí donde creo que radica el fallo. El hecho de que en nuestra realidad cotidiana, y por el hecho de ser nosotros seres finitos que habitan en una región concreta del universo todo tenga un principio y un fin no quiere decir que esto sea aplicable al cosmos. Es decir, me parece una visión antropocéntrica y muy limitada de algo que va más allá, y con esto no estoy insinuando la existencia de ningún dios, ya que de hecho me considero ateo.

Siento que me estoy metiendo en terreno pantanoso así que aparcaré aquí este tema. Todo lo que acabo de decir me hace pensar que la fruta estaba en mal estado y que me está produciendo alucinaciones. Dejo de escribir un momento para ir al baño a ver si se me pasa.

Ya me encuentro mejor, pero el hecho de estar sentado en la taza del váter lejos de hacer que mi cabeza se tomara un descanso ha producido el efecto contrario.

Creo que al bajarme los pantalones mi cabeza se ha puesto a pensar en sexo. No sé, mis asociaciones de ideas funcionan así y son bastante aleatorias. Me gustaría aclarar en este preciso momento que el autor de estas líneas es un varón (en caso de que no lo hubieran deducido todavía), por el hecho de contextualizar y en cualquier caso que el lector elabore su propio retrato robot. Al principio les contaba que mi vida tendía a patética, y en lo relacionado a este tema no iba a ser menos. Nunca he tratado de imitar los patrones arraigados en la sociedad según los cuales se mide el éxito de una persona. Por ejemplo diré que no pretendo ser rico, no me interesa llegar a lo más alto en mi vida laboral ni pretendo establecer un record y ser el tío con el que más mujeres se han acostado.

En cuanto a esto último mi palmarés es modesto. Supongo que habrá gente que enumere todas sus conquistas y sienta orgullo al ver que necesita expresar la cifra como una potencia de diez. Bueno, no es mi caso, ni nunca he pretendido que lo fuera. Me parece escuchar varias risas de desprecio de fondo provenientes de algún que otro viril lector así como varias lectoras pellizcándome de los mofletes. Nunca he sido muy bueno en esto del arte de la seducción, y eso que fuentes fiables como mi madre y mi abuela aseguran que soy muy guapo. Dejando aparte estas dos opiniones imparciales, parece ser que el resto del público femenino y heterosexual no opina lo mismo. Seguramente el hecho de que no me guste la música que suena en los bares de marcha, no ser un fan de las grandes discotecas y ese tipo de fiesta y mi incapacidad absoluta para enlazar dos pasos de baile seguidos sin acabar cayendo con estrépito al suelo no ayudan. De hecho me resulta más fácil hablarles de Immanuel Kant que realizar la danza del apareamiento propia de nuestra especie. Como de todo tiene que haber en este mundo de vez en cuando mi táctica surge el efecto deseado aunque, llegado este momento, me doy cuenta de que realmente soy una persona demasiado racional, excesivamente académica. Me cuesta interpretar ese momento en el que tras una larga conversación es hora de entrar a matar, las dudas asaltan mi cabeza y el miedo al rechazo unas veces y la vergüenza otras me impiden actuar. Mi único fin, noble, además del propio disfrute personal, es satisfacer a la otra persona. Supongo que es por lo que decía líneas atrás cuando hablaba de que intento agradar a todo el mundo. Pues bien, el hecho de que pocas veces repita con la misma persona me da que pensar. Para mal. Quizás mis expectativas son demasiado elevadas y no soy digno de ellas, quizás el alcohol les juega malas pasadas… No sé. La realidad es que es algo que me hace perder la confianza y tener una percepción de mí mismo un tanto mala. Es algo que se cura con el paso del tiempo. Tiempo que pasa y que me ha llevado a plantarme con veinticinco años sin haber pensado nunca en tener una novia. En estos momentos mi planteamiento sobre esto ha cambiado de forma radical, posiblemente porque siento que se me pasa el arroz, y tengo la necesidad de sentirme valorado. Dejaría aquí mi número de teléfono para posibles interesadas pero no creo que sea la mejor vía para encontrar mi alma gemela.

Voy a ir concluyendo mi relato. Estamos en agosto y el calor aprieta. Mi cabeza, estimulada por la cafeína, está trabajando por encima de sus posibilidades, sobrecalentándose por la fricción de ideas entre sí, efecto agravado por las altas temperaturas. Aprovecharé para darme una ducha y pensar en varias preguntas que quiero plantearles a ustedes.

De vuelta al ordenador me han surgido un par de cuestiones: Al igual que yo, ¿no sienten la necesidad de agradar o, al menos, de recibir el reconocimiento de los demás de forma similar a un perro que espera la recompensa de su amo tras la tarea bien hecha? No tiene por qué ser de esa forma exactamente, entiéndase. Por otro lado, ¿es el miedo a equivocarse un temor que limita su forma de vivir la vida? Me reconforta la idea de saber que no soy el único.

Por último unos pequeños detalles: No me gusta Paulo Coelho. Es más, odio a Paulo Coelho aunque no lo conozca personalmente.  Esas frases que más bien parecen dogmas de fe, esa aura de semidiós… Me pasa lo mismo que con Guardiola o con Bob Dylan. No puedo con ellos, lo siento.

 

FIN

 

 

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