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32 min
Reinado
Drama |
03.10.15
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Sinopsis

Reinado es una historia compleja, situada desde la rehabilitación de alcohólicos y un amor sincero y leal, sin embargo cuando todo está dispuesto al caos, no hay nada que pueda oponerse

Reinado

 

            “Concededme esta pieza, mientras que esa copa de vino se derrama despreocupada”. Este pasaje leyó concienzudamente, Alberto, en su libreta, que era la guía de la invitación a la muchacha que se sienta a su lado  en las jornadas de las reuniones de alcohólicos anónimos. La voluntad para recurrir a aquella invitación debía ser acerada, con determinación pensada; según él debía ser un paso seguro e importante para tamaña empresa que de todas formas se enmarcaba lógicamente de acuerdo con sus profundos sentimientos hacia su bella compañera de AA. En ese instante la bella muchacha, Emilia, estaba distraída de la fiesta en el rincón del salón. A Alberto sus líneas de su libreta le daban tal seguridad que incluso se las aprendió de memoria adjudicándole el coraje para abordar su nerviosismo, con el objeto de  actuar naturalmente delante de la muchacha y ésta le concediera el ansiado baile. Muchos obstáculos separaban a él de su pretendida; toda la pista de baile estaba ocupada por las parejas, cuales giraban y giraban por las articulaciones emocionales que brindaba el ritmo del chipi-chipi de Carmen Correa.  En esos instantes agradecía ser introvertido ya que no tenía que rendir cuentas a ninguna amistad que le impidiera abocarse a su motivo, que hasta ahora lo tenía ahí pensando y leyendo en vez de estar girando y girando al ritmo de la entretenida canción junto a su pretendida. Se metió la libreta en la solapa de la chaqueta, respiro hondo y comenzó a caminar esquivando a las parejas por medio de la pista, no impidiendo que las colas de los peinados de las bailarinas le golpearan la cara, no obstante, esto no le molestaba en su totalidad ya que esos cabellos estaban meticulosamente limpios y expedían frescos aromas que los relacionaba con su objetivo en aquella celebración, el cual era sentir el aroma femenino de su pretendida al final de la velada. Salió del tumulto jadeante por aquella pieza de los bares porteños, y, él, desaliñado por los tirones sufridos en medio del baile, decidió ir al baño a recobrar la compostura de su traje y acomodarse los cabellos engominados debajo de su sombrero de fiesta. Su supuesto desorden lo puso nuevamente nervioso de si mismo por esto la ida al baño era, también, para recobrar su seguridad e incluso quizás para leer nuevamente su libreta. El baño quedaba atrás de las mesas donde estaban los aperitivos y los alimentos de la celebración de la boda del “imponente Juan”, así le decían sus compañeros de reunión de AA por su vozarrón de locutor que hacía un jocoso contraste por su tamaño ya que era muy bajo y delgado. La muchacha se encontraba en el rincón opuesto a las mesas junto a una pareja de abuelos que eran tíos de “Imponente Juan”, por lo que ella no se daría cuenta del “figurado” desorden de ropa de Alberto porque sólo su chaqueta se encontraba mesuradamente oblicua al orden normal.

            Los tubos de neón que indicaban la barra de tragos, los baños, la salida y el sitio del pinchadiscos pintarrajeaban de un color rojo escarlata a todo el ambiente, los muros y el techo se tapizaban con ese color profundo, también espeso ,y la bola al medio de la pista que pendía de la parte más alta del salón, proyectaba sutiles cuadros de luces blancas que destellaban en todos los límites y recovecos del amplio salón de baile dando la sensación que todo el ambiente giraba junto con la bola y por inercia las parejas seguían a aquella energía roja acompañada de la aterciopelada sonoridad de la música . Un arreglado niño con su pequeño esmoquin pulcramente negro  jugaba a hacer grande con sus primos al sujetar una copa con jugo natural de guinda; la sostenía por el cuerpo de la copa dándole frágiles vueltas para que el líquido no se derramara por los bordes y que la ilusión de emular a los adultos no se quebrara.

            Los pómulos de las parejas, colorados como los tubos de neón, se acomodaban a las sonrisas producidas por el término de la pieza y los ánimos descendían a la tranquilidad y el relajo agradable suscitado por tan buen ambiente de alegría y convivencia. Los bailarines a la tregua de la música, se tomaron de las manos para ir a descansar y a comentar el esplendido baile, también destacarse sus pasos al ritmo de la buena música provista por el pinchadiscos, que al igual que las parejas se mostraba jocoso en armonía aumentando su talento tropical para hacer bailar a las parejas con el giro de sus vinilos.

            El imponente Juan con su novia, Estela, eran los más felices de la velada, vestían de acuerdo al sacramento que los mantenían celebrando junto a sus familiares, amigos y compañeros de reunión de la parroquia. Imponente Juan llevaba puesto un severo esmoquin azul oscuro con cortes drásticos que no eran acorde a su ánimo de recién casado, incluso, el esmoquin podría ser usado hasta en un funeral. Llevaba un peinado tal que sus cabellos engominados estaban petrificados hacia atrás, sin movimiento y brillaban como si estuvieran húmedos. El peinado hacía resaltar más su redondo y colorado rostro dándole a su nariz la mayor importancia entre todas sus facciones.  “Juanito” le decía Estela a su marido al llamarlo para saludar a un invitado y recibir las bendiciones por la boda, mientras hacían esta ceremonia los dos se sujetaban de la cintura y eran un murallón asimétrico delante del invitado, por la razón que Estela lo superaba por unos 20 cm a su esposo.

            Un sobrio vestido blanco cubría el delgado talante de Estela, que las mujeres invitadas diferían de opiniones con respectivo tema, algunas decían “le queda muy ancho de espaldas” y otras comentaban “su trasero se le ve muy bonito”. Mas su ánimo y su autoridad para atender a sus invitados se sobreponía a esos detalles frívolos y de poca importancia, pero más allá de su interioridad que demostraba su felicidad por sus expresiones faciales y al igual por sus excelente maestría al bailar los ritmos de la boda, un sólo detalle, un objeto, era un aporte a la delicada felicidad de la novia, su prendedor de nácar con forma de racimo de uva que en el vestido tenía la  función de anudar el tirante del hombro derecho.

 

            Los novios al sentir la introducción de una nueva canción no lo pensaron más y se lanzaron cogidos de la mano al centro de la pista, muchas parejas los siguieron y la pista de baile aglutinó los nuevos giros.

            Emilia observaba los arreglos de loza que coronaban las mesas, apreciaba su abandono ya que las parejas se divertían danzando en la pista. Al observar estos arreglos de loza que eran pequeños serafines y servían de floreros para unas hermosas calas, pensaba en el gran esfuerzo de la pareja de novios al organizar y conseguir esos arreglos y además embellecerlos con flores frescas. Consideraba que todo este nivel de detalles era un desperdicio y como Emilia buscaba más que un solo argumento a sus reflexiones, determinó que ella cuando se desposara jamás caería en esos líos,  y una razón, la primera,  porque  los adornos, decoraciones y detalles como esos pequeños adornos de loza, a la mitad de la noche y por el vértigo de las fiestas, los invitados se olvidan de éstos y sólo servían para dar la primera impresión que es totalmente de prejuicios. Emilia tenía un rostro sencillo que la hacía parecer una caricatura, de esas que eran melancólicas y abnegadas, sus facciones eran simples y por esto la simetría de sus elementos era una constante, y estaba lejos de tener una belleza rebuscada. Su color de piel era parecido a una figura de loza.  El color pesado de los tubos de neón rojos combinados con el humo de los cigarrillos, maquillaban a los adornos de loza con  tonalidades coloradas obstaculizando ese color níveo que las sublima detrás de los aparadores de las casas de los abuelos. Los abuelos de Emilia tenían un aparador de roble gigantesco que exhibían distintas figuras de loza y porcelana de diferentes temas, soldaditos con tambores, pequeños niños pastores con sus ovejas, elefantes que en sus colmillos sujetaban un billete antiguo, ángeles, carretas con sus caballos de tiro; todo un mundo pequeño  que para Emilia cuando era pequeña le sumía en una imaginación absoluta. Para ella el color era lo más hermoso en esas figuras, ese color blanco brillante de las facciones y los detalles como los ojos y la boca dibujados de una tonalidad azul, a ella le daba una sensación submarina y al mismo tiempo etérea. Emilia visitaba a sus abuelos todos los  veranos y las sensaciones que sentía observando a esas pequeñas figuras era de frescura dejando atrás la sensación aplastante del calor veraniego. Por esto Emilia al observar los arreglos de loza en las mesas se sentía incomoda al ver que sus recuerdos y memorias se teñían en un color rojo espeso y  pensaba que el calor del salón  iba a derretir a aquellas figuras de loza y con ello toda su infancia. Ya la pena fue total cuando una copa de vino derramada en una mesa hizo una posa  que rodeaba a los puros serafines y ensuciaba sus pequeños piecitos. Esta era la segunda razón.

 

            Alberto estaba ahí, en la fiesta, por su compañera de alcohólicos anónimos, Emilia. Alberto se arreglaba su traje y un tipo, atrás de él, orinaba silbando la melodía de la canción que sonaba en la fiesta, era un rock and roll de Elvis, Alberto lo observaba por el espejo y vio cuando terminó e hizo el gesto de que se estaba subiendo el cierre. El tipo se dio media vuelta y se dirigió al lavado para asearse las manos. Alberto se preocupó que lo descubriera observándolo y a modo de disimular se sacó el sombrero para arreglarse el peinado que aunque se subiera a un descapotable y corriera a 80 km no se despeinaría. El hombre de repente le dijo mientras presionaba un mecanismo para el jabón:

   -¿Te gusta Elvis? -

   -No mucho – contesto Alberto

   -No sabes de lo que te pierdes, primero es el que está a la moda y si no te gusta tampoco lo sabes

    bailar y no podrás ligar con alguna chica del lugar. Pero lo que  más me agrada del “Rey del    Rock” es su vida, su velocidad, su capacidad para hacer lo que  quiera sin que nadie le diga nada, en definitiva su libertad.

     Alberto no sabía que responder así que se quedo en silencio.

    -Me llamo Jesús. ¿Y tú cómo te llamas? -

    -Alberto – contestó casi obligado

    -Eres un hombre de pocas palabras, quizás necesites una motivación – Jesús mientras decía esto

      sacó de su chaqueta una petaca ofreciéndole un trago de vodka a Alberto

    -No gracias, no bebo – Alberto contestó algo dislocado

    -¿Tú eres compañero de la parroquia de Imponente Juan ?. Alberto miró el desagüe del lavado

    -¡Oh, disculpa no lo sabía, me equivoque, me disculpo con sinceridad! -

    -No te preocupes, sé que no fue tu intención – dijo Alberto muy nervioso

    -Entonces me voy a flirtear a alguna chica al ritmo del rey, ahí nos vemos -

    -No te preocupes, no fue tu culpa, pásalo bien – replico Alberto

 

            Antes de salir Jesús bebió un largo sorbo y profirió un sonoro aullido para pasar el fuerte trago, después abrió la puerta con gran ímpetu y abandonó el baño, dejando solo a Alberto. Alberto se acomodo su sombrero mirándose humildemente al espejo, sin soberbia ni vanidad, sólo con una discreta inseguridad, y reiteradamente, como en toda la noche desde que salió de su casa, extrajo su libreta con las líneas que debería usar para invitar a Emilia a una pieza de baile, y en ese momento pensó que si era oportuno hacerlo al ritmo del “rey” como dijo Jesús, quizás era demasiada rápida y estruendosa la canción y no podría hablar con Emilia y de este modo hacerla sentirse cómoda al bailar con él lo que le daría más oportunidades de bailar con ella y por ende de estar más tiempo con su pretendida. Alberto desecho la idea de bailar al rey.  Respiro hondo y dejo salir el aire despacio de sus pulmones, leyó las líneas y guardo su libreta en el bolsillo de la chaqueta, estaba preparado, sólo antes de salir, como un último movimiento, bebió agua sin tener sed directo del grifo, se secó la boca con su manga y abandonó el baño.

 

            Para Alberto la música se confundía con todo lo que pasaba en la fiesta; la música, el humo, las parejas girando cogidas de las manos, algunas personas sentadas conversando a gritos para hacerse escuchar, el pinchadiscos, los tubos de neón, la esfera, las copas de vino, los novio, Jesús; todo era una niebla espesa que cubría el asunto de su presencia y sólo sería capas de diferenciar a Emilia del tumulto de elementos, ni siquiera estaba seguro si podría hablarle. Alberto, por fin, diviso a Emilia ,que ya no observaba a los ornamentos de las mesas, la hallo confundida con todo el tumulto que bailaba en la pista y quedó exánime cuando diferenció al hombre con quien estaba bailando,  era el hombre del lavado, Jesús, ése fanático del rock and roll, el mismo del aullido, y en ese mismo instante, Alberto recordó las palabras dichas por éste: “ Entonces me voy a flirtear a alguna chica al ritmo del rey, ahí nos vemos”. Todo se le derrumbo, Emilia giraba y giraba de la mano de Jesús con una sonrisa que él no conocía, que jamás había visto en las sesiones de AA. A Alberto le temblaron las piernas cuando le vino un mareo repentino, tuvo que sentarse para no caer, no quería mirar más esa escena, quería abandonar aquella fiesta y olvidarse de todo lo sucedido; de pronto,  le vino a su memoria  un recuerdo de él mismo cuando era un alcohólico, una imagen donde estaba empinándose una botella de vino en medio de la nada y sin compañía, sólo él y su botella. El rey dejó de sonar. Alberto en un acto de coraje, quizás su último esfuerzo en aquella fiesta levantó la vista para observar si seguirían danzando, Emilia y Jesús, la próxima pieza, pero todos los invitados le clausuraban la vista ya que  se precipitaban a sus mesas para refrescarse con algún trago o simplemente ir a descansar en las sillas. Los niños corrieron muy alegres junto a Alberto y uno tropezó con su pie, pero Alberto lo alcanzó a sujetar, el niño lo miró y le dio las gracias, y continuó su camino para alcanzar a sus pequeños amigos. Se puso de pie caminando hacia los lavados y vio a Jesús conversando relajadamente con los novios fuera del lavado para las damas, Alberto pensó que Emilia estaría refrescándose por el esfuerzo del baile y Jesús la esperaba, entonces, decidió que esta era una oportunidad para sacar a bailar a Emilia, tendría que ser una empresa casi heroica, digna de un galán de teleseries. Pero los novios se llevaron a Jesús a su mesa, quizás obligado ya que él miró por el hombro si Emilia saldría del lavado, pero fue un momento breve ya que los novios insistieron en invitar a Jesús a su mesa. La música tendría un receso porque el pinchadiscos ingresó al baño. Alberto respiro un poco más aliviado y el mareo se disipó. Emilia salió del baño y Alberto sin pensar y sin mirar si lo estaban observando, ya que cuando estaba nervioso se alarmaba pensando que todos observaban sus actos enjuiciándolo de mala manera; la llamó:

 

  -¡Emilia! -

  -¡Hola Alberto, cómo estás! -

  -Bien, bien y tú -

  -Al igual que tú, muy bien – Emilia al decir esto sonrió muy linda. Alberto se alegró enormemente

  -¿Llegaste recién, no te había visto? - dijo Emilia

  -Si, hace poco rato que llegue -

  -¿Con quién viniste o estás con los muchachos de la parroquia? - pregunto Emilia, manteniendo la bella sonrisa.

  -Vine solo y como llegue hace poco tiempo no he hablado con nadie -

  -¿Cómo que no has hablado con nadie? – al decir esto Emilia miro a los ojos de Alberto dándole un pequeño golpecito en el pecho

  -¿Cómo, no entiendo? - replico Alberto muy contento al recibir ese golpecito de Emilia que para él era lo más importante que le había pasado desde hace días

 -Estás hablando conmigo y pronto también bailaras  –

  -¿Tendré que bailar? - dijo esto Alberto muy nervioso porque no se esperaba la  buena actitud de Emilia entorno a él. Siempre se imagino ese momento de otra forma, una forma de parte de Emilia más errática y fría. Aquella situación era muy diferente, estaba que desbordaba de alegría, pero aun se encontraba muy nervioso.

  -¡Si señor Alberto, tendrás que bailar conmigo! - Emilia al mismo tiempo que hablaba con Alberto lo tomo de la mano llevándolo al centro de la pista. Alberto no entendía nada y tampoco quería hacerlo.

      

            El pinchadiscos salió del lavado sacudiendo sus manos para secar el exceso de agua, y también precalentaba sus extremidades que harían danzar a todo el mundo a su disposición.

            Emilia y Alberto esperaban el giro de los vinilos junto a cuatro parejas más, todos eran de la parroquia y entre ellos sucedían saludos en todas direcciones y todos se fijaban en la presencia de Alberto junto a Emilia, todos saludaban a Alberto y les manifestaban que no esperaban su presencia en la fiesta y como la situación era contraria todos molestaban a Emilia, le otorgaban la capacidad de flanquear la timidez de Alberto que lo tenía ahí apunto de bailar y demostrar por primera vez a sus compañeros de parroquia que tenía habilidades sociales. Las conversaciones y felicitaciones entorno a la pareja se detuvieron. Emilia y Alberto Se concentraron en ellos:

 

    -Y pensar que 6 meses te has sentado junto a mí todos los viernes y con suerte me saludas, yo siempre te trato de saludar y tú mantienes una resistencia hacia mí – esto dijo Emilia con un tono sereno

  -¡Discúlpame Emilia, no era mi intención no hablarte, es que yo no me siento... -

  El pinchadiscos reanudo la música y Emilia  agarro de la mano a Alberto diciendo

  -¡Yupi, Johnny B. Goode live, mi canción favorita -

  Emilia dirigía los pasos de Alberto por la mano y lo miraba con una expresión de regocijo.  Alberto no sabía bailar lo que le incomodaba, Emilia notó cierta aprehensión de Alberto y se le acerco a él inclinando sus pies ya que Alberto era un poco más alto que ella, para susurrarle al oído:   -Serénate, disfruta y baila conmigo –

  Alberto la miró extasiado, cerró los ojos y se confundió en la bruma de humo rojo bailando como nunca lo había hecho, feliz. Bailaron 15 minutos, pieza tras pieza; hubo otra tregua.

 

  -Alberto me esperas para que sigamos bailando, yo voy al lavado -

  -Sí, anda tranquila, te espero, no hay problema -

 

            Alberto fue a la mesa de los aperitivos y cogió una taza para extraer un ponche sin alcohol para refrescarse por el baile que lo había dejado sediento y cuando hundió la taza en el líquido se manchó algunos dedos y en esto apareció Jesús:

 

  -Toma, límpiate que quedaras con la mano pegajosa -dijo, Jesús, al momento de entregarle  una servilleta -Tienes que estar feliz, te vi bailar muy entregado, de modo que te haces el loco, no eres tan introvertido como pensé antes en el lavado –

  Alberto sólo río estirando su comisura hasta más no poder

 -Es una linda chica, suertudo – Jesús dijo esto mirando beber a Alberto un pequeño sorbo y dejando la taza con casi todo el contenido en la mesa

 -Me tengo que retirar – dijo Alberto regresando a la pista.

  Jesús asió y  olió  una taza distinta a la de Alberto y ríe, llamándolo -¡Alberto! -

  Alberto gira y va a donde Jesús

  -Oye si quieres aguantar otros 15 minutos bailando tienes que saciar tu sed, toma – Jesús le entrega la taza de sus manos

  -Tienes razón -dijo Alberto, bebiendo todo el contenido de la taza

  -¡Así se hace como el rey!.

 

            Emilia miraba su proyección en el espejo del lavado, sonreía y se miraba, se encontraba bella, muy linda para tan buen momento. Alberto le había sido indiferente demasiado tiempo para que su autoestima sufriera algún daño, mas eso era pasado porque su perspicacia le indicaba que Alberto y ella se gustaban y se había, por fin, encontrado. Entre ellos dos, sin saberlo, se tenían de justificación para soportar esos meses de sesiones y todos los sermones católicos de que eran mortificados para remediar su alcoholismo. Ninguno de los dos era Católicos. Ambos estaban en la fiesta para encontrarse. Emilia adoraba el silencio de Alberto en las reuniones de AA, era una isla dentro de tantas historias turbulentas y trágicas: familias, vidas, destinos rotos por el alcohol. Gente tan simple que hablaba de su problema de forma tan simple que a Emilia le daba la sensación que ellos, los que participaban y hablaban en el nombre del Señor, salían de ahí e iban directo a la botillería y se compraban una botella de vino. Las reuniones de alcohólicos anónimos, para Emilia, eran un teatro victoriano de hipocresía. Alberto para Emilia era una persona diferente, una persona que podría tratar el problema de manera diferente, con una verdad real como una proyección de uno mismo en un espejo, pero con la distancia suficiente para observar todos los matices, factores y elementos  que producía el alcoholismo en su persona, pero más allá, evidenciar todas las pulsaciones secretas provenidas de los recuerdos que suscitaban el gusto por la embriaguez. Emilia pensaba esto de Alberto mientras se repasaba sus pequeños y delgados labios con un lápiz labial de una tonalidad rosa suave. Miró por última vez su reflejo y bebió un sorbo de agua haciendo una poza con sus manos para evitar beber directamente del grifo. Emilia abandono el lavado.

 

  -¿Me demore mucho? - le pregunto a Alberto que la esperaba afuera del lavado

  -No, aun no comienza la música, el pinchadiscos está conversando con los novios.

  -Pensé que me había demorado mucho, no estamos para eso, ya no más – sonreía sinceramente Emilia

  -Acompáñame, quiero pedirle una canción al pinchadiscos – Emilia toma de la mano a Alberto y lo conduce donde estaban los novios y el pinchadiscos

  -Tengo que ir al baño, ¿me esperas?- dijo Alberto -Si anda tranquilo, pero tienes que seguir bailando conmigo toda la noche, que no se te olvide Alberto -Si, de todos modos estaré toda la noche contigo.

 

  -¡Cómo están los novios! -

  -¡Qué linda estás Emilia está noche! -  volviéndose, Estela, la esposa de Imponente Juan, a Emilia

  -¡Gracias, pero tú eres la más linda, se te nota en todas tus expresiones!-

  -Me disculpas tengo que pedir un favor al pinchadiscos, ¿tienes Escalera al Cielo de Led Zeppelin?

   -Si tengo algo del chascón, jajaja, en 5 minutos más pondré la pieza -respondió el pinchadiscos muy entusiasmado

   -¡Gracias, te pasaste!- dijo Emilia y se dirigió a los novios .¡Qué buena fiesta han armado, los adornos de las mesas son muy bonitos, pero se están manchando.

   -En las fiestas pasa eso, las cosas bonitas siempre se manchan.

   -Bueno así son las fiestas – responde Emilia y se dirige al pinchadiscos  -¡Gracias señor pinchadiscos por el favor!

 

            Alberto silbaba alegremente mientras orinaba, silbaba sin saberlo la primera tonada que había escuchado en la fiesta, silbaba el Chipi-Chipi. Acabó de orinar y se subió el cierre dándose vuelta para asearse las manos y se sorprendió al ver a Jesús observándolo por el espejo y éste le dijo

 

  -está buena la fiesta, y sobre todo para ti, te has adjudicado a una bella chica, tan tonto no eras, lo sigo diciendo-

  Alberto en una actitud reservada contestó -es que nos conocimos de la parroquia

  Jesús miro a Alberto sorprendido y dijo -¡ah, también pertenece a la parroquia!, pero ¿Alberto es tu nombre? si es tu nombre, continúo estás a punto de ligarte a la mujer más linda de la fiesta, incluso y debo ser sincero a mí me gustaba y me la quería ligar, por esto te felicito, me has ganado y merece de un brindis, reconozco mi derrota- Jesús después de decir esto sacó su petaca metálica de su bolsillo le dio un gran sorbo y se la ofreció a Alberto -toma un brindis conmigo

 -No quiero, no bebo Jesús -

 -Alberto me siento triste ya que Emilia me interesaba demasiado, me gustaba, cuando los vi juntos me dio mucha pena, soy sincero y asumo mi derrota, ahora quiero que brindes conmigo por favor, estoy muy triste.

  Alberto recordó la pena cuando vio a Jesús junto a Emilia y decidió ser solidario con él

  -Ya bueno, pasa- Jesús se la entregó.

   Alberto se la empinó bebiendo un gran sorbo de vodka

  -Eres un buen ganador, Alberto, un buen ganador -Jesús al decir esto abandonó a Alberto en el baño dejándole la petaca

  -¡Oye tu trago! - pero fue tarde, Jesús había salido del baño. Alberto se guardo la petaca en el bolsillo y abandono el lavado.

           

 

            Emilia regresaba desde la mesa de los novios encontrándose con Alberto

  -La pieza que viene será nuestra, la recordaremos por mucho tiempo, es mi canción favorita y también será tuya -Emilia le conversaba a Alberto muy animada

  -¿Qué canción es? Preguntó Alberto

  -Una de Led Zeppelin, Escalera al Cielo ¿te gusta? - al decir esto Emilia dio un graciosísimo giro y chasqueó sus dedos

   -¡Si, me encanta, me encanta la velocidad, el trance de ese grupo – al instante que Alberto manifestó su opinión sintió una sensación extraña como si estuviera repitiendo algo que ya había vivido y además experimentó un calor venido desde su entrañas que le subió hasta el último rincón de la mollera.

  -¡Alberto qué palabras, qué palabras!. Alberto tomó de la mano a Emilia justo en el segundo que la canción comenzaba a girar y la condujo al centro de la pista.

 

            Mientras comenzaba a sonar la canción, el pinchadiscos habló  por su  micrófono

  -¡Esta pieza es para la bella Emilia quien girara al ritmo de Led Zeppelin  junto a su compañero!.    Al lado de la pista de baile los niños tomaron unos escobillones, cucharas y un vaso como instrumentos para simular que ellos estaban produciendo aquella canción; todas las parejas y las  personas en las mesas los observaban riendo a carcajadas, los niños se avergonzaron y salieron corriendo.

  -¡Qué lindos niños! - dijo Emilia danzando de la mano de Alberto. 

            Comenzaron a danzar. Emilia se refugiaba en Alberto poniendo su níveo rostro debajo de su mentón, en esa posición disfrutaban de un dialogo pospuesto durante  6 meses, un dialogo giratorio; todas las miradas furtivas, entre ellos, que se perdían en las trágicas historias de alcohólicos, sin jamás alentar a ninguno de los dos, en ese momento, graduabanse en un vórtice escarlata creado por la música quienes, Emilia y Alberto,  la sentían sonar por campanas etéreas.

  -¡Te quiero! -  dijo Emilia y se elevó en las puntillas de sus pies y lo besa en los labios,

  Alberto la abraza y le responde

   -¡Yo igual, yo igual te quiero! -

  Emilia al ser abrasada siente en el bolsillo de la chaqueta de Alberto un objeto

   -¿Qué es esto? Emilia saca el objeto encontrándose con la petaca metálica

   -¡Alberto esto es trago, yo pensé que tú habías superado tu problema! -

   -¡No es mía Emilia, es de Jesús -

   -¡ja, ahora eres un borracho recaído y más encima hablas como los demás!

   -!Pero Emilia es..!

   -¡Cállate Alberto, no quiero verte más! - Emilia abandonó a Alberto y se fue a los lavados.

 

            Las poncheras estaban vacías. Jesús les había puesto agua ardiente a todas las poncheras que estaban distribuidas por todo el salón. Los novios no distribuyeron alcohol porque ellos se conocieron en la parroquia y jamás arriesgarían la rehabilitación de su querido grupo y al igual que  a su amor por una recaída. Las poncheras antes de que Jesús las contaminara daban a beber unos exquisitos jugos naturales de piña, frutilla, mango, naranja, guinda, guayaba, melón y sandía. Antes de la tragedia sólo servían para el refresco de las parejas sedientas por el entretenido baile y su cantidad disminuía gradualmente, y cuando Jesús le agregó el contenido de sus siete botellas que había escondido en el entretecho del baño el día anterior, las poncheras habían sido vaciadas  de manera fulminante y todos se dieron cuenta, pero nadie dijo nada. La facilidad de Jesús por entrar el  trago fue porque él trabajaba de garzón ahí y le hizo el contacto a su amigo, Imponente Juan, que vivía en la casa contigua a la de él, con el dueño del local que también era su íntimo amigo. Juan fue invitado a la fiesta por su buena voluntad y buen dialogo con su jefe ya que éste  hizo una importante rebaja  a los novios y más, porque el dueño del local era feligrés de la misma parroquia.

 

             

 

            Emilia salió del baño como una enferma de posta recién inyectada, su palidez exacerbaba sus ojos profundamente rojos y una  grosera mueca en sus labios cambiaba toda la metáfora inicial: a su ataque nervioso sólo le faltaba la  ceñida camisa de fuerza y los largos pasillos con ventanas enrejadas, como en su pasado cuando en el psiquiátrico de Avenida La Paz debían inyectarla para aletargarla de sus ataques esquizofrénicos. Emilia había bebido todo el vodka de la petaca metálica y la había lanzado al espejo quebrando su reflejo presente, ahora la copa se derramaba grotescamente en su cabeza y ella sentía una ardor en sus pies por lo que se deshizo de su calzado.

            Los bailarines pedían más rock and roll al pinchadiscos y éste les suministraba el jolgorioso baile, todos aullaban, giraban de forma torpe tropezándose entre ellos, se besaban; sin duda la solemnidad de la boda fue derribada, las señoras de edad habían partido, su experiencia les indicaba que el ímpetu de los bailarines no era natural, la vergüenza de bailar rock and roll de forma ridícula les parecía grotesca, las abuelas vaticinaron un peligro. Alberto las vio retirarse y en ese acto, fue alarmado de la extrañeza del ambiente como un perro ladrando a la nada, algo en esas abuelitas marchándose le indicaban una amenaza. Elvis sonaba y retumbaba en la cabeza de Alberto, las parejas a su velocidad giraban, Alberto  observaba a Jesús como besaba desaforadamente a su joven pareja y al mismo tiempo tocaba su trasero, la joven se defendía a duras penas de los embates lujuriosos  separando de si el truculento cuerpo de Jesús.

 

  -¡Mira cómo estás, todo borracho! -

  -¡Juan dónde te embriagaste!

  - No sé, sólo pasó, me desabroche la corbata y ya está -

  -Estela es nuestro camino, somos efecto de esto – Imponente Juan al decir esto se pone de pie, perdiendo el equilibrio y cayéndose de bruces sobre una de las mesas. Estela se rompe a llorar abandonando el salón y la fiesta.

 

            Alberto rompe su estática y sale a increpar a Jesús que acaba de golpear a la joven por no querer sucumbir ante él. Jesús atisbo la inminente embestida de Alberto y lo recibe de un golpe certero en la cara y éste cae al suelo con toda la boca sangrante. La joven delata a Jesús de haberla golpeado y los bailarines salen en busca de él, y otros lo defienden por causa de la confusión.  Jailhouse Rock de Elvis comienza a sonar programada por el pinchadiscos que al ver el violento baile de puños y empujones saltó de su tarima para separar a los implicados. Ahora la riña era una colectividad que saltaba y se derribaba -“The joint was jumpin and the band began to swing” (el colectivo saltaba y la banda empezó a cambiar) – Las cabezas rotas cubrían los rostros de rojo profundo, pero nadie se detenía, Jesús con una copa rota hería, Imponente Juan- recién incorporado- golpeaba para todos lados sacando sonidos roncos a mandíbulas ajenas, Alberto se incorporó al tumulto de peleadores sin ningún honor  -”Spider Murphy plated the tenor saxophone, Little Joe was blowin on the slide trombone, the drummer boy from Illinios went crash, boom. Bango, the whole rhythm section was the purple gang” (Araña Murphy tocaba el saxofón tenor, el Pequeño Joe soplaba el trombón slide, el chico baterista de Illinios hacía crash, boom, bang, toda la sección rítmica eran los gánster de púrpura)-  todo el mundo aullaba, peleaba, caían, los mismos se paraban con sus camisas ensangrentadas y sus ojos salidos de órbita. Emilia con sus pies rotos por los vidrios se agazapaba en una espalda mordiendo la oreja de donde estaba encaramada, las sirenas de cola roja se acercaban rugiendo. Era el término de la fiesta. Los ornamentos revoleaban en todas direcciones, las sirenas se acercaban y todos se irían, Jesús lo supo, y el agua ardiente endemoniaba a cada hombre y a sus puños, Alberto golpeaba y su libreta se mojaba en el piso, Emilia fue lanzada debajo de una mesa encontrándose con sus adornos. Las sirenas habían llegado y Jesús abandonó la fiesta.

 

  -¡Señores carabineros qué fiesta -dijo éste, continuando -¡están todos adentro! -        

  -!“Let's rock, everybody, let's rock. Everybody in the cell block. Was dancin'to the jailhouse rock! (rockeemos, todo el mundo, rockeemos todos en el bloque de celdas)

 

 - ¡Ése es el ritmo del rey! -

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