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6 min
Reivindicación de los cuernos del varón
Reflexiones |
18.08.15
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Sinopsis

Cosillas que bullen en la cabeza

  Hay quienes en aras a una exacerbada igualdad genérica pretenden equiparar los cuernos con que tradicionalmente la mujer ha venido adornando la frente del varón con los que ella por su parte, cuando se produce, recibe a la vez de su compañero, obviando ingenuamente las pruebas evidentes que de lo contrario nos muestra la Historia Universal, la Literatura y hasta la Medicina y la Ciencia.

 Los cuernos en la mujer, además de antiestéticos son malos para la salud. Baste recordar a Juana de Castilla, a la que, por culpa de las múltiples infidelidades del hermoso y rijoso don Felipe, se le fueron las meninges y que ,una vez muerto el putero monarca, le organizó un touroperator fúnebre a lo largo de toda la península, pernoctando solamente en conventos de frailes por celos hasta de que las monjas estuviesen siquiera una noche en proximidad del regio fiambre. Además, los femeninos cuernos son antiliterarios y antihistóricos, motivando en su caso la pena y la conmiseración, en lugar de los que adornan las testuces masculinas, divertidos y dados a cotilleos y cuchufletas.

Ahí tenemos, por ejemplo que, en la Roma Republicana, eran solamente los varones de la gens Cornelia quienes recibían las disimuladas risitas de los patricios y las carcajadas inmundas de los plebeyos, y no así las hembras que, tanto en uno como en otro caso, quedaban o bien como regias matronas o bien como pendones desorejados, pero respetables siempre, siendo " infidelitas mulieribus per semper auspiciata est " el lema  familiar de ellas y "putas ergo sunt" el de ellos. 

 Bicorne fue también el apodo del gran Alejandro, sin que la taimada Roxana llevase otro alternativo - a lo sumo zorrona putona, expresión que pronunciada en afgano arcaico carece de relevancia- a pesar de los escarceos del Magno con su amado camarada de armas y de catre Hefestión y otras  mariconadas varias.

 Cuando partían a sus largos periplos de pillaje o de descubrimientos, eran sólo los cascos de los varones vikingos los que ostentaban el ornamento por el que son conocidos y recordados.

  En la edad media, es el vientre bajo de la adúltera del Libro de Buen Amor el que recibe el dibujo del carnero, en clara alusión a su esposo don Pitas Payas, que aún y así no sale muy mal parado o, al menos, aunque cornudo, no apaleado -como la mayoría de veces suele acontecer- y hasta en la patriarcal y estratificada sociedad de la Granada nazarí están documentados aljamiados diálogos tales como: " Wallah !! Aicha, ahí viene tu marío tirando de una carreta. Ay nó, Fátima, es el tuyo, el mío el probetico lleva todo el día  uncido a un arao, masha Allah !! "

 Por lo demás, enmedio de aquella vorágine de cornudos vengadores con sangre ajena de su honra con que nos regalan los cantares de gesta, los romances de ciegos y el teatro del siglo de oro -como los Peribáñez o maridos como el de la amiga de Bernal el Francés- nos encontramos esporádicamente acontecimientos como el del burlado marido de la Catalina o la Martina, que una vez destapado el adulterio, lejos de tomar sangrienta venganza, tal como lo exige el código de honor de la época, se limita a tomar dulcemente de la mano a la infiel y fornicadora consorte y  devolverla a su padre, aconsejándole de paso a éste que "si no está bien enseñada, enséñela usted mejor".

 Es en plena época colonial cuando los cuernos masculinos adquieren dimensiones acordes con la magnitud de los grandes y nuevos espacios descubiertos. Todo en las colonias aparece inmenso en comparación con lo dejado atrás en la metrópoli. Las viborillas, o a lo sumo las culebrejas castallenas, se sustituyen en las selvas caribes y amazónicas por enormes boas constrictoras o descomunales anacondas, conformando para las esposas de los colonos toda una simbología sexual que poblarían unos sueños plagados de imágenes que harían las delicias de cualquier  psicoanalista argentino y freudiano.

 Y así, mientras sus maridos, enrolados en tropas de encomenderos y virreyes, se dedicaban a buscar afanosamente el Dorado, las siete Cibolas y la no menos mítica fuente de eterna juventud -y hasta a proclamar el independiente y anarquista estado marañón del paranoico Lope de Aguirre-  ellas aplacaban sus ardores tropicales en los brazos de emplumados indígenas de cuerpos pintarrajeados, que se paseaban en cueros por las calles de las poblaciones, hasta que, gracias a las prédicas y los memoriales de Fray Bartolomé de las Casas, los casi siempre levantiscos -en todos los sentidos- nativos eran paulatinamente sustituidos por dóciles africanos esclavizados que arribaban a la tierra firme en las bodegas infames y apestosas de galeones, oliendo a salitre y excrementos, pero que, una vez lavados, bautizados con nombre cristiano y vendidos en pública subasta, constituían, además de una mano de obra fácilmente amortizable de minas y plantaciones, un potencial de enhiesta virilidad -de la que llevaban ya tiempo adoleciendo los diezmados y flojeantes colonos peninsulares- conformada por circuncidados monicongos o por recios mandingas de inverosímiles miembros rematados en  caprichos exóticos, tales como sanguijuelas vivas o puntiagudas espinas de pescados de roca; dando todo ello pábulo a chismes de tabernas, literatura libertina, sainetes burlescos y  hasta desaforados sermones que desde los púlpitos contrarreformistas dirigían furibundos predicadores tridentinos -señalándolas con dedo tembloroso y hasta llamándolas por sus nombres de pila ante un público feligrés descojonado de risa- a las exuberantes y desvergonzadas colonas sentadas en las filas de bancos de las iglesias jesuíticas.

 Todo lo expuesto viene a aseverar que, desde los remotos tiempos en que la especie humana se inicia en el connatural camino de narrar oral o gráficamente todo lo que le es afín a su entorno  -desde la Ilíada, pasando por el arcipreste de Hita y hasta Valle Inclán con su patético sacristán Pedro Gailo, al que todo su pueblo acude a verle la cornamenta- han sido los astados masculinos los que, sin contraprestación recíproca, han servido de mofa, burla, tesis doctorales y fuentes de inspiración literaria y artística. 

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