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6 min
Relato de amor mediocre
Amor |
10.09.16
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Sinopsis

No es obligatorio leer esto.

Quizás sea algo tonto escribir así, sin una idea, sin un guión. Quizás ni siquiera debería malgastar más tiempo en recordarte. O sí. No lo sé. Quizás no debería haber salido de casa a las cinco de la mañana solo para venir aquí, a este lugar. Y quizás no merezca la pena escribir lo que siento. Pero en cierto modo pienso que no vine a este mundo para hacer lo correcto. Aunque eso solo sea una excusa barata para volver a pensar en ti. 

Sé que está mal. Sé que esto es un suicidio mental. Pero ya no hay vuelta atrás. Mi mente ya ha viajado a un pasado no tan lejano. A un bonito invierno de mi adolescencia. Y no, esto que cuento no es un cliché, es que realmente todo sucedió así, justo en ese momento, sin una idea, sin un guión. Quizás fue algo tonto, sí. Pero ¿sabes? yo nunca fui una chica muy lista. 

Nunca supe muy bien qué era lo que veías en mi, creo que jamás me lo llegaste a decir. Yo solo me sentía como una niña con suerte. Quizás fue mi inocencia, mi ignorancia ante todo. Supongo que tenías la necesidad de hacerme ver el mundo desde otra perspectiva. Me viste tan débil, tan perdida, que fuiste hacia mí para darme la mano. Y yo sin pensármelo demasiado la tomé, y me agarré a ella con todas mis fuerzas. 

Caminé tras de ti día tras día, y me enseñaste, propablemente sin querer, cosas en las que jamás me había parado a pensar con claridad. Creo que eso fue lo que me enamoró de ti. El hecho de saber que me estabas cambiando. 

La gente nunca pensó que fueras una buena influencia, pues eras mayor, fumabas y te daba igual lo que se dijera o no de ti. Siempre me decías que tú sabías perfectamente quién eras, y que con eso era más que suficiente. Con eso pienso que tenías razón, como en la gran mayoría de las cosas. Pero a mí me daba igual. Te habías metido en mi cabeza, y yo nunca le hice demasiado caso a la opinión de los demás. Yo sabía perfectamente quién eras, y con eso me era más que suficiente.

Fue un invierno precioso, entre el olor de tu chaqueta y las noches paseando bajo la luz de las farolas. Fueron pocos los momentos a tu lado. Era irónico que después de todo viviésemos en dos lugares completamente opuestos, separados por tantos kilómetros. Aunque ahora que lo pienso cualquier tiempo a tu lado me hubiera parecido poco. Jamás se agotarían mis ganas de mirarte ahí, sentado, encendiendo tu cigarro. 

A veces solías decir que las mejores historias no tenían un buen final. No entendí muy bien eso hasta mucho después. Cuando te fuiste, me soltaste de la mano, y caí. En ese momento no me diste una razón lógica, tan solo te marchaste como el asesino que comete su homicidio y desaparece en silencio. 

Fui fuerte, o lo intenté. Lloré, bebí, salí de fiesta. Dejé atrás a la niña inocente que tanto te admiraba y me porté mal. Empecé a odiar el mundo y a todo el que me rodeaba. Le hice daño a mucha gente, sin importarme cómo pudieran sentirse ellos. Y todo eso sabiendo que en el fondo seguía siendo yo, y que seguía teniendo la tonta esperanza de que volverías. Porque eras un asesino, y un asesino siempre vuelve al lugar del crimen, y tú lo hiciste. Volviste para marcharte. 

Cuando regresaste intenté hacerme la fría, la dura. Pero todo se desmoronó cuando me dijiste que te irías pronto a otro lugar. Tú en poco tiempo serías adulto, y en cambio yo seguía siendo una niña a la que le quedaba todo por delante. Decidí ciegamente en ir a despedirme de ti. Pensé que me iba a arrepentir si no lo hiciera, así que fui. 

Todo se recreó de nuevo. Cincos minutos de espera en la estación, el sonido de tu autobús al parar y, de repente, tú.

Puedo decir que fue un día bonito, un día que olía a humo y a verano. Me gustaba tu yo del verano, pero seguía echándote de menos en invierno. Cada minuto que pasaba nos acercaba más, literalmente. Desgraciadamente me di cuenta demasiado tarde. Justo cuando mi cara quedó a dos centímetros de la tuya después de un chiste malo. Te veía perfectamente desde esa distancia. Veía dentro de ti. No pude evitar sonreír. 

Entonces me besaste, y pareció que llevabas esperando ese momento toda la vida. Supe que tan solo querías transformar ese día de verano en una de las tardes de nuestro invierno. Y yo fui terca, y lo permití. Volví a creer. Metí la excusa más mala de mi vida para coger el último autobús de vuelta y recorrí aquellas calles de tu mano de nuevo. Volví a sonreír de verdad, después de bastante tiempo. Y sentí que todo estaba donde debía estar, que todo era perfecto de esa manera. Nada más. 

Los últimos minutos de esa tarde de me escurrieron entre los dedos. Vi llegar el autobús después de un clásico "jamás empieces a fumar". Te abracé con todas mis fuerzas, enterrando mi cara en tu pecho. Entonces lloré. Lloré como una estúpida adolescente en tu chaqueta, sí. Porque sabía que tú eras el chico al que quería y al que no podía seguir.

Antes de que me fuera, me dijiste que me volverías a ver, que no te ibas a ir sin estar conmigo una vez más, y te despediste a través de la ventana mientras te encendías otro cigarrillo. 

Esa fue la última vez que te vi. 

Probablemente no te imaginas qué estoy haciendo ahora. Puede que ya ni pienses en mí, sí, es lo más probable. Puede que no sepas que he empezado a fumar tu marca de tabaco, que ha pasado casi un año desde que nos conocimos y que ahora mismo estoy en un parque a las seis de la mañana. Sé que ya te has ido, pero yo sigo esperando tu llamada. El invierno vuelve lentamente, y con él, tu olor.

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