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17 min
Relatos de una antigua alumna enamorada I
Amor |
10.11.18
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Sinopsis

Jane es una joven universitaria que regresa a su antiguo instituto para afrontar sus sentimientos. No puede olvidar las palabras tan dulces que esa profesora le dedicó en una carta, jamás imaginó que ella correspondería a sus sentimientos. Encerradas en una habitación solas las dos, ¿cómo resultaría la situación? Recomiendo leer esta historia para entender «Love Hurts»

Era una mañana radiante, con una suave brisa y una temperatura agradable, el sol brillaba y el cielo carecía de nubes. Ahí estaba yo, frente aquel edificio en el que había pasado seis años de mi vida, jamás pensé en que el día en que yo no fuera una alumna de ese instituto llegaría. Hacía poco más de un año que me gradué con matrícula de honor, destacando entre todos mis compañeros, no era la única matrícula, pero sí la de situaciones más extrañas. Mi mente tan brillante permitía que no tuviera que estudiar para nada, solo con las clases me bastaba para sacar un diez, solo estudiaba lo que realmente me gustaba, es decir, la Historia, aunque eso sí, intentaba llevar los ejercicios siempre hechos.

No había visitado a nadie porque quería alejarme y aclarar mi mente, por mucho tiempo, creí que todo lo que sentía por mi profesora de Historia era un afecto familiar, era mucho más que una madre para mí, ejercía como mi madre, consejera, amiga y confidente y yo, yo creía que ella solo tenía un afecto maternal hacia mí, pero me equivocaba. Mis sentimientos iban mucho más allá del afecto y el cariño, estaba enamorada de ella y pensaba que alejándome mis sentimientos desaparecerían, pero no fue así.

Ese día tenía día libre en la Universidad y había decidido regresar a mi ciudad natal, puesto que era viernes, debido a que no tenía ningún familiar, aprovechaba mis estancias para arreglar mi enorme casa.

Caminaba por la calle sin seguir un rumbo fijo, solo estaba concentrada en la música que entraba por mis oídos a través de mis auriculares. Cuando me di cuenta y levanté mi mirada encontré mi antiguo instituto y una descarga me atravesó, ya no podía darme la vuelta, no quería seguir huyendo, no después de haber leído tantas veces la carta que ella me escribió para mi graduación, la cual metió en mi bolso mientras me abrazaba. Disfrutaba tanto sufriendo al leer esa caligrafía cursiva, elegante, cuidada y con personalidad que expresaba todo lo que yo significaba para ella.

«Querida Jane, ni siquiera sé porqué estoy escribiéndote esto, supongo que mi corazón no puede soportar la idea de que ya no te vuelva a ver más y no te confiese como me siento. Solo pensar en que he tenido el placer de impartirte clase estos dos últimos años me hace muy feliz, siempre escuchaba como muchos de mis compañeros hablaban maravillas de ti y que otros, decían que eras alguien rebelde y poco trabajadora, tenía curiosidad por saber como sería esa chica realmente.

En este tiempo, me he dado cuenta de que ninguno tenía razón, pero tampoco estaban equivocados, tú eres una persona muy compleja, maravillosa, buena, educada, correcta, divertida y optimista, siempre con una sonrisa en tus labios, aunque también tienes un punto de rebeldía como podía ser tu forma tan creativa de pensar, el desinterés que mostrabas en la mayoría de las materias y el mantenerte distante de tus amigas y amigos.

 Recuerdo que me contaste el golpe tan duro que fue para ti perder a toda tu familia cuando solo tenías dieciséis años, como habías cambiado radicalmente, que estabas rota y que, al mismo tiempo, amabas la vida con sus cosas buenas y malas y siempre permanecías positiva y sin miedo a la muerte. En el momento en que escuché por todo lo que habías pasado, sentí el impulso irremediable de abrazarte contra mi pecho y protegerte, defenderte, conocerte a la perfección.

No sé qué es lo que viste en mí, pero lo cierto es que tengo el honor de ser la persona a la que más te has abierto, yo te he contado cosas personales, te he confiado mis más preciados secretos y tú has hecho lo mismo, no entiendo por qué, quiero creer que es por el aura única que te envuelve y permite a las personas que están contigo relajarse y sincerarse.

Al principio creí que te veía como a una hija, veía tantas similitudes entre ti y mis hermanos pequeños que me era imposible no quererte. Pero conforme fue pasando el tiempo y te fui conociendo mejor, me ayudabas en todo lo posible, siempre me saludabas con un guiño o una sonrisa, fuiste creando algo en mi corazón y no lo comprendí hasta que vi como un chico te besaba en mitad del pasillo, al cual casi matas si no llego a intervenir. Me sentí celosa al verlo y aliviada al observar como él no era nadie para ti. Entonces, me di cuenta de que lo que sentía no era otra cosa que amor.

Ya sabes que siempre te he exigido más que al resto y al mismo tiempo, te he consentido. Tuve la suerte de que te interesaras por mí y por mis asignaturas, porque me concedió la oportunidad de ver facetas tuyas desconocidas por todos.

Solo quiero que sepas una cosa, Jane, te amo y significas mucho para mí, no importa donde estés, siempre estarás en mi corazón y tendrás todo mi apoyo, hagas lo que hagas. Sé que no me está permitido esto, pero te la entregaré cuando no te des cuenta y probablemente, tenga que controlarme para no besarte cuando te vea vestida en un precioso vestido.

Perdóname, sé que está mal, pero no puedo reprimirme más. Eres mi niña y mi consentida y espero que algún día podamos trabajar juntas.»

Sabía de mis tendencias masoquistas, pero jamás pensé que llegarían a tales extremos, disfrutaba haciéndome daño.

Mis pies avanzaban sin escuchar mi voluntad, entré al edificio principal y me sorprendió el silencio que reinaba, recordé que era un día de huelga y que en ese centro se tomaban las cosas al pie de la letra. No tardé más de veinte segundos en encontrarla, bajaba las escaleras con tranquilidad y una arruga se marcaba en su ceño, ya que estaba fruncido, nadie habría ido a su clase y eso le molestó.

Dudé momentáneamente si lograría reconocerme, hacía más de un año que no la veía y que no me veía. Yo había cortado y decolorado mi cabello a un color plata y gracias al aumento de mi tiempo libre, pude aumentar mis rutinas de gimnasio y estaba muchísimo más fuerte y tonificada. Ella se conservaba exactamente igual, su cabello castaño, largo y sedoso, sus ojos de miel, su figura cuidada, sexy y estilizada y probablemente, desprendería como siempre esa esencia que lograba tranquilizarme o excitarme dependiendo de la distancia a la que se encontrara de mí.

Cuando vi como se detuvo en seco y comenzó a observarme con lágrimas en sus ojos, corriendo y abalanzándose sobre mí, mi corazón se rompió al verla llorar por mí y se aceleró al sentirla contra mí y una pared, otra vez mis tendencias peculiares volvían a salir a la luz. Permanecimos así durante varios minutos, ella lloraba en mi pecho y yo acariciaba sus cabellos que tanto había deseado tocar, aspiraba mi perfume y se aferraba a mi ropa como si creyera que era un espejismo, que no estaba ahí con ella, que solo era uno de sus sueños.

—Hey, estoy aquí, contigo. Lo siento… —susurré con suavidad y una sonrisa complicada, ella me miró y sonrió automáticamente al ver mi expresión avergonzada.

—Acabo de recordar que tengo que llevar algunos libros de texto al departamento, ¿me ayudas?

Vaya cambio de actitud y de conversación más radical, ella provocó que yo riera como hacía tiempo que no reía, ella era el motivo por el cual siempre sonreía y mi motivo había estado separado de mí durante un año, por lo que ahora me era imposible evitar sonreír.

—Sus deseos son mis órdenes, puedes utilizarme como tu mula de carga. —bromeé mostrando mis fuertes bíceps, a lo que ella abrió sus ojos con sorpresa y admiración.

—Entonces serás mi esclava por todo un día, ¡vamos! —bromeó con un tono difícil de interpretar, haciendo que mi mente imaginara una situación en la que yo me encontraba atada con esposas de cuero negro en un cuarto rojo. Me maldije internamente por haber pasado la noche viendo “Cincuenta Sombras de Grey”, naturalmente, para una «masoca» como yo, esa no era la decisión más acertada.

La seguí hasta la sala de profesores y allí me encontré a mi enemiga acérrima, la profesora de inglés que me puso un cero en un examen por mover la cabeza porque me dolía el cuello, recuerdo que fui a protestarle a Scarleth y ella se enfadó tanto que me llevó de la mano todo el camino hasta le jefa de estudios para reclamar, dejando la clase en la que estaba sin profesor y a esa profesora casi la echan y le hicieron corregir el examen delante de mí y pedirme disculpas. Aún recuerdo su expresión al decirme que tenía otro diez y que lo sentía mucho, que todo fue un error. Si las miradas mataran, hubiera muerto ese día y probablemente, estaría muerta ahora mismo.

Mi cuerpo se tensó en el mismo momento que me dedicó una mirada asesina, la que correspondí con mayor odio e intensidad, nuestra relación siempre fue conflictiva, burlándose de mi por haberme quedado sola, intentando dejarme en evidencia frente a mis compañeros, llamándome vaga incluso al no fallar ni un día en las tareas y un largo etcétera. Scarleth enlazó sus dedos con los míos y ese simple contacto me confortó e hizo que me estremeciera deliciosamente, añoraba la calidez de su piel contra la gelidez de la mía.

Saludé a todos con educación y cierto sentimiento, me preguntaron cómo me iba en la universidad, a lo que yo contesté que igual que en el instituto, pero mostrando interés en todas las asignaturas, provocando una risa colectiva. Scarleth me señaló una caja de cartón que estaba sobre su sitio de la mesa, ¿cómo lo sabía? Muy sencillo, me había mandado un sinfín de veces a por la carpeta de los exámenes que había olvidado.

Me dirigí con decisión a ese lugar y levanté la caja sin el más mínimo esfuerzo, agradecía las exigencias y la dureza de mi entrenador. Todos miraron mis brazos con asombro, preguntándose que cómo podría llevar todo eso por mí misma. Les guiñé un ojo como respuesta y despedida y volví a caminar tras ella. Desconocía que parte de su cuerpo me gustaba más, si su parte trasera con su espalda fina, su cintura estrecha y su cadera que se contorneaba con sensualidad mientras subíamos las escaleras.

Mi boca se sentía seca después de ver semejante espectáculo, quería sentir sus labios contra los míos, saborearla, embriagarme de ella, sentirla cerca de mí. Realmente, la distancia y el tiempo solo había provocado que mi deseo se hiciera de dimensiones infinitas. Ni yo misma recordaba cuando fue el momento en que me percaté de que también me atraían algunas mujeres, bueno, solo una mujer, ella, ella era el objetivo que seguía mi mirada sin importar donde se encontrara, yo había tenido muchos novios y había sido muy feliz con ellos hasta que se cansaban de mí e iban a por otra chica. Nunca había tenido suerte en el amor, pero seguía creyendo en él.

Por fin llegamos a la tercera planta, lugar donde se localizaba el Departamento de Geografía e Historia escondido tras una pared maestra y en esquina, aprovechando todo el espacio posible, probablemente sería el más espacioso del instituto, además del más caluroso en verano y frío en invierno. Nada más entrar, dejé la caja sobre la enorme mesa de madera maciza y sentí como me azotaba una corriente de aire increíblemente cálido, estábamos en junio, después de todo.

La miré divertida, sabía lo mal que le sentaba el calor y ya había empezado a abanicarse con una hoja de papel.

—Scarleth, ¿te ayudo a colocar los libros?

—Sería todo un detalle por tu parte. —me contestó con un tono burlón, comenzando a sacarlos de su recipiente y buscando su lugar correspondiente en las estanterías.

Yo la imitaba, pero con el doble o el triple de libros, quería terminarlo rápido para poder hablar con ella, aunque siendo sinceras, mi mente no pensaba en hablar, sino en mucho más. Pero podía sentir que yo no era la única, el ambiente en esa habitación estaba tan cargado de deseo reprimido que no sería extraño que explotara en un momento cercano.

Y ese momento llegó al colocar el último libro, nuestras manos se rozaron y sentí como una descarga eléctrica de alto voltaje me atravesaba de cabeza a pies, no pude contenerlo más. Tomé su mano y la atraje a mí para besarla apasionadamente mientras mis manos iban explorando la textura de su piel bajo la ropa, aprovechando mi fuerza, la senté sobre la mesa y ella cruzó sus piernas tras mis caderas, no quedando ningún espacio entre nosotras.

Exploraba su boca, ella abrió sus labios permitiéndome deleitarme al sentir la calidez de su lengua contra la mía, sus manos tan cálidas viajaban por mi rostro, cuello y espalda, provocándome una serie de sensaciones indescriptibles, parecía que mis puntos débiles le eran conocidos, probablemente vio como reaccionaba cuando mis amigos se burlaban de mí al tocarme en esas zonas. No podía evitar suspirar y estremecerme, se sentía demasiado bien, parecía que su boca había sido hecha para encajar con la mía como un puzle.

Entre besos y caricias, el ambiente se iba calentando hasta llegar un momento en el que parecía estar ardiendo en las mismísimas llamas del infierno. Ella ya había quitado mi camiseta de AC/DC y yo había sacado su camisa blanca por su cabeza, a lo que ella rio al separase de mis labios.

—Parece que alguien no quiere esperar. —me ronroneó sensualmente, recorriendo con sus manos toda la extensión de mi espalda, clavando sus uñas con descaro y mordiendo mi cuello. Eso había sido suficiente para que un sonoro gemido se escapara de mis labios y ella sonrió victoriosa—. Sí que era cierto que eras masoquista…

—Lo siento, pero si vuelves a hacer algo como eso, perderé la poca cordura que me queda.

—¿Algo como esto?

Y con esa sugerencia traviesa junto a mi oído, descendió hasta mi clavícula y mientras recorría todo mi cuello con su lengua lentamente, ahora volvía a arañarme, esta vez de forma vertical y con más fuerza todavía, sus uñas penetraron mi piel y su lengua hacía estragos en mi mente. Otro gemido de un carácter más sensual y erótico salió de mis labios y ya no me iba a andar con tonterías, la deseaba aquí y ahora.

—No sabes cuanto te he echado de menos. Lamento tanto no haber venido a visitarte, creía que estos sentimientos tabúes desaparecerían tras un tiempo… —confesaba recorriendo con mis uñas la zona que iba desde su cuello hasta el inicio de su falda, pasando por su abdomen plano y disfrutando del exquisito sabor de sus senos que eran mimados por mi lengua sobre la tela del sujetador, el cual no duró demasiado tiempo en su sitio.

Con una agilidad y maestría desconocida por mí, desaté el broche de aquel estorbo y lo bajé con lentitud, como si de un ritual se tratara, recreando mi vista con la forma y el color de su busto, sus ojos ardían en el fuego de la pasión y buscaba mis labios con desesperación, concediéndole su deseo, la forcé hacia mí, apretándola contra mi cuerpo y calentándola en el acto.

Ella gimió deliciosamente cuando sintió como el frío de mi piel invadía el fuego de la suya. Éramos opuestas, el fuego derretía al hielo y el hielo convertido en agua, lo apagaba. La besé con avidez, experimentando nuevos ángulos, masajeando sus senos y mordisqueando su labio inferior, ella se estremeció, parecía que yo no era la única que disfrutaba con un poco de dolor involucrado.

Me desabrochó el sujetador y se quedó boquiabierta, pues me había alejado de ella, permitiendo que me incorporara y mi posición se tornara totalmente recta. Mi busto exuberante parecía sorprenderle y se sintió atraída a recorrer la línea que separaba mi abdomen con sus uñas, para más tarde volver a besarme, pellizcándome un pezón con brusquedad, no parecía cortarse, esta vez, por suerte, mi gemido se ahogó en su garganta, a este paso, podrían pillarnos.

—Cuando dije que serías mi esclava, no pensé que serías mi esclava sexual.

—¡Cállate y bésame! —protesté pateando la caja y tirándola de encima de la mesa, lo que me dejaba un mayor espacio para presionarla contra la mesa, ella arqueó su espalda como un acto reflejo al sentir ese contacto inesperado con algo casi tan frío como mi piel.

—Antes necesito que respondas a lo que te expresé en la carta.

Mis besos pasaron a su cuello, descendiendo por todo su abdomen junto con mi candente lengua, para finalizar dándole ciertas atenciones a sus senos, uno de ellos era lamido, succionado y mordido por mí, mientras que el otro estaba siendo masajeado. Cuando pellizqué su pezón al mismo tiempo que mordía el otro, por fin conseguí hacerla gemir y arquear su espalda.

—¿Realmente necesitas que te diga algo tan obvio después de haber llegado a este extremo? Te amo, te amo más que a nadie en el mundo. Me has protegido, cuidado, enseñado y sobreexplotado.

—Eso último sobraba.

—¿Perdona? ¿Te has olvidado de ese «aquí tenéis sesenta y siete ejercicios para mañana»?

—Reconozco que me pasé, pero, ¿qué me dices de cuando te pelé dos mandarinas? O cuando te invité a un café.

—Agradecí que nos fuéramos a la cafetería, porque de lo contrario hubieras terminado contra una ventana.

—Tampoco me hubiera importado si eras tú quien me estampaba. —me confesó con un tono juguetón antes de robarme un beso con fugacidad.

—A mí no me hubiera importado estamparte y besarte tal y como he hecho hoy.

Entonces, alguien llamó a la puerta y agradecí enormemente que hubiera echado la llave por dentro, ella y yo nos miramos con complicidad, esto tendría que esperar. Nos vestimos con una rapidez sobrenatural, arreglamos nuestras ropas y cabellos y abrimos la puerta.

Se trataba de otro de los profesores de Historia que había venido a trabajar en su departamento, nosotras nos vimos obligadas a abandonarlo e irnos de nuevo a la cafetería.

—No te pienses que esto ha terminado. Hoy no irás a casa, no te dejaré. —esa advertencia fue suficiente para excitarme nuevamente.

¿Qué me esperaría?

 

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Soy una estudiante de Historia que ama escribir todo tipo de historias y quiere subirlas al máximo de plataformas posibles para llegar a un mayor número de personas.

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