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20 min
RENEGADO
Suspense |
06.10.15
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Sinopsis

Al salir del presidio, Carlos el Iguana se encuentra con una mujer tan solitaria como él, le roba el poco dinero que le queda y Carlos se empeña en encontrarla.

 

Los últimos años habían sido terribles. Ya había creído que había perdido la esperanza. Que nada le esperaba al otro lado de los muros. Que las puertas y los cerrojos eran los únicos compañeros que tenía. Recordaba el color claro del metal de las puertas y que con el paso del tiempo se descascarillaba, se perdía la pintura y solamente se podía ver el metal, el hierro crudo.

Así que pensó que a él le pasaba lo mismo. Que perdía brillo, que no era nada más que un pedazo de metal que ya no servía para nada ¿cuánto tiempo había pasado? Lo ignoraba, no lo quería saber. Pero no sentía miedo ni rabia. El miedo y la rabia habían desaparecido y dentro de su corazón solamente había un gran vacío. Y lo que más temía era que nunca podría colmar ese vacío. Había pensado en las mujeres, pero hacía tiempo que las había olvidado. Pensaba también en largos viajes donde perderse y no volver jamás, pero el cansancio de los viajes le abrumaba. Caminaba casi desnudo. Con la poca ropa que le había quedado al cabo de los años que había vivido en el presidio.

Dio un par de vueltas y vio el edificio del presidio, como si fuese una amenaza que todavía fuese real para él. Como si realmente fuese un organismo vivo que estuviese a punto de devorarlo y acabar con su vida. Era lo que más temía. Pero por fin caminaba libre por las carreteras que le llevarían a alguna ciudad que no conocía todavía. El único objeto que conservaba de su pasado era una vieja brújula de plástico indicando el norte. ¿Pero que norte podría tomar? Entonces apretó las asas de su bolsa de viaje y decidió seguir caminando.

En realidad todos los lugares parecían los mismos. Había pasado ya más de dos horas y de forma inesperada, casi mágica se había olvidado por completo de los últimos años pasados en el presidio. Como si no hubiera existido. Se había olvidado de los sufrimientos y de las humillaciones. Se había olvidado de aquella terrible primera noche que le había pasado agarrado a los barrotes de su celda con la firme convicción de que podría doblarlos si tuviese la suficiente fe. Ahora, gracias a dios, lo que más se parecía a los barrotes de su celda eran los árboles de corteza oscura que crecían uno tras otros. Como si fueran otra barrera que tuviera que traspasar ¿cuánto tiempo faltaba hasta que llegase hasta a la ciudad? Las piernas le dolían, como si estuvieran faltas de ejercicio. Los pantalones oscuros hacían arrugas en las rodilleras y sobre las viejas botas negras. Parecía un hombre sin vida. Un hombre que acabase de venir de una guerra y el barro de la muerte le hubiera salpicado sus ropas.

No le dio importancia a sus dolores, estaba habituado al sufrimiento y una vez que hubiera caminando con sus viejas botas negras le pareció ver un edificio achatado de tejado rojizo y de ventanas negras. La puerta estaba también pintada de negro pero permanecía abierta. Entonces se aproximó y sobre la entrada vio un colorido cartel que ponía "taberna" y otro que se podía leer "comidas." Pero no era apetito lo que más sentía. De lo que más sentía ganas era de compañía, de compañía humana que no lo humillase, que no lo juzgase. Fue entonces que se aproximó a la entrada y traspasó el umbral. 

Dentro apenas había gente. Las ventanas arrojaban un diáfana claridad. Había un denso olor a café y a vino recién servido. Las paredes estaban brillantes como si hubieran acabado de pintarlas. Y en el centro de la taberna vio sentada frente a una mesa a una mujer joven que le llamó la atención. 

Era la mujer más hermosa que había visto desde hacía mucho tiempo. Tenía un cabello claro y rizado y la piel era sonrosada y parecía muy confiada sorbiendo el café de su taza. Los demás clientes apenas se habían fijado en él cuando entró. Se aproximó más a la mesa donde estaba la mujer. Al principio no sabía qué decirle. No salían palabras de su boca. La mujer agitó sus cabellos ensortijados y lo miró con confianza, fue entonces que a él le salieron las primeras palabras que se le vinieron a la cabeza.

-¿Me puedo sentar con usted? -Y la mujer asintió- le parecerá extraño pero es que acabo de salir del presidio, uno que no está muy lejos de aquí, he venido andando y usted es la primera mujer que veo en varios años. No se asuste, no se crea que soy un loco.

-Siéntese si le parece -le dijo la mujer con voz despreocupada- estoy habituada a que los hombres quieran conversar conmigo ¿quiere una taza de café?

-Claro que sí. Un buen café es lo que más deseo. Desde que salí. No pienso en otra cosa -pero la mujer sabía que mentía aun así le sonrió como si sintiese algo de compasión por él.

-Soy Kelly y no me gusta demasiado la gente, pero eso me gusta venir a estos lugares lejos de la gente -y al decir esto alargó el brazo y le tendió la mano al desconocido. Y no dejó de sonreír.

-Soy Carlos Iguana, o el Iguana. Es como me llamaban allá dentro. De eso hace tanto tiempo que te juro que he olvidado mi nombre verdadero... -dijo Carlos Iguana como lamentándose de su pasado. Pero la mujer, es decir Kelly, hizo un gesto y un camarero se acercó y Kelly le pidió un café y una copa de coñac. Parecía que tenía Carlos necesidad de algo fuerte. Algo que entonase su alma. Si es que le quedase algo de alma.

En silencio Carlos se sentó al lado de Kelly y sorbió de su café una vez que se lo llevaron. Miró con delicia a la copa de coñac y sintió su olor reconfortante.

-¿Por qué no bebes? -Le preguntó algo divertida Kelly.

-Hace de eso tanto tiempo que ya no me atrevo. -Pero Kelly cogió la copa y la llevó hasta los labios de Carlos.

-Toma el primer sorbo, después dios dirá. Si te apetece podemos ir a un motel no lejos de aquí. El problema es que no tengo demasiado dinero.

-Yo tengo algo todavía -dijo maravillado Carlos tratando de imaginar el cuerpo desnudo de aquella mujer espléndida que se hacía llamar Kelly. De su bolsillo sacó una cartera y de ella extrajo un billete que puso sobre la mesa. 

Fuera comenzaba a llover y los dos corrieron bajo la lluvia. Sonriendo, riendo. Era la primera vez que Carlos volvía a sonreír de nuevo, después de tanto tiempo. 

-La verdad es que me importa poco tu pasado -dijo Kelly sentada en la cama del motel. Este era un lugar despejado a un par de quilómetros de la ciudad. La carretera era ancha y apenas pasaban coches. Sobre sus cabezas, en el tejado, centelleaban las luces parpadeantes del cartel luminoso. Carlos había entrado en la habitación que le habían asignado, algo avergonzado, cogido de la mano de Kelly. Como si creyese que iba a cometer algún delito. Pero la cara angelical de Kelly le tranquilizó un poco. Kelly le había puesto un dedo sobre sus labios, como si quisiese sellarlos al intuir que Carlos de pie, delante de ella, le iba a decir algo muy importante.

-Tengo que decírtelo, Kelly -dijo Carlos- estuvo durante un tiempo dentro del oscuro edificio del presidio -dijo con desolación, pensando que Kelly se daría la vuelta, abriría la puerta y no volvería a saber más de ella. Pero ocurrió todo lo contrario.. Ella se desprendió de su camisa y mostró un sostén rosado. Se quitó sus vaqueros y se tendió sobre la cama, sonriente, la melena desplegada sobre la almohada como un ser viviente. Sonreía y en aquellos momentos era lo único que de veras importaba. Carlos se echó a su lado y sintió y aspiró el aroma a mandarina de su piel, de sus pechos, de sus cabellos.

-De veras que eso no me importa. En serio -dijo ella con tono dulce- he conocido a hombres que han salido de ese presidio y muchos de ellos lloraron entre mis brazos en camas como estas y después se pasaron tres días durmiendo sin parar. Dijeron que yo era para ellos un ángel.

Aquello fue lo que le pasó, no pensaba que fuese a llorar entre los brazos de la bella Kelly, pero se quedó profundamente dormido y cuando se despertó era mediodía. Hora de abandonar la habitación. Pero por desgracia Carlos no encontró ni su dinero ni sus pantalones. Estaba desnudo.

A la puerta sonó un golpe, luego otro y alguien abrió la puerta sin pedir permiso. Era la figura de un hombre grueso que llevaba un jersey negro de cuello vuelto.

-Es hora de dejar la habitación. -Dijo el hombre.

-Lo siento mucho pero es que me han dejado sin dinero y sin pantalones -y por unos momentos pensó que aquel hombre lo echaría a patadas, pero en su lugar oyó una estridente carcajada.

-No me diga que ha venido con esa de Kelly. No es nada más que una puta y no hace nada más que joder a los que van con ella.

-Pero es que no tengo nada con que pagarle -se quejó de nuevo Carlos.

-Por eso no se tiene que preocupar. Hay modos para que usted pueda pagarme -pero aquel hombre no dijo eso con tono de amenaza. Al contrario, le parecía la situación de lo más divertido. 

Días después, Carlos caminaba por las calles de la ciudad. Era por la noche y los carteles luminosos de los bares y de los clubes centelleaban sobre el asfalto. Había tenido algo de suerte. El tipo del motel le había proporcionado un trabajo. Un buen trabajo. El primer trabajo que tenía desde que había dejado el presidio. Algunos le habían dicho que no sería tan fácil o que la mayoría de la gente lo despreciaría. Pero por fortuna ninguna de las dos cosas habían ocurrido, aparte del episodio que había tenido con Kelly. Pero esperaba no volver a verla más.

Iba feliz y contento por las calles, las manos en los bolsillos. Silbando la melodía de un anuncio. Le habían algo de dinero. El hombre del motel, Haroldo Error, solamente le había encargado que vigilase cada una de las habitaciones que quedaban libres y que reparase algunos de los desperfectos. No eran muchos y eran fácil de repararlos.

Tenía un día libre y a la mañana siguiente que era domingo no tendría que levantarse hasta las doce del mediodía. Aquella era la primera vez que se adentraba en las calles. El mismo Haroldo le había llevado hasta el centro,  luego lo había dejado a su aire. Le había dicho que tuviese cuidado con algunos carteristas habilidosos y con algunas mujeres medio desnudas que salen a la calle. Te pueden liar fácilmente, le había dicho en un susurro antes de que arrancase de nuevo el coche. Pero Carlos hizo caso omiso del aviso de Haroldo. Hasta incluso le sonrió burlonamente. Y cuando se vio a solas emprendió un camino que no sabría a donde le llevaría.

Le llamó la atención uno de los letreros de neón en el que se exhibía el cuerpo desnudo de una mujer y debajo de este la palabra "club". Había a la entrada un hombre corpulento con uniforme. El uniforme olía a húmedo y sus cabellos los tenía grasientos. Pero por fortuna aquel hombretón no hizo nada cuando trató de franquear la entrada.

Dentro no había nada más que oscuridad, pero al poco sus ojos se acostumbraron a las tinieblas. A su derecha había una larga barra de metal y a su izquierda una pasarela de madera.  En ella una mujer se exhibía de forma indecente. Carlos cuando se acercó un poco más a la pasarela, reconoció a la mujer. Era Kelly que le sonreía con el ceño fruncido, como si estuviera enfadada por haber tardado tanto tiempo en ir a verla.

-Siento mucho haberte faltado al respeto -le había dicho Kelly con aire apesadumbrado. Ambos se hallaban en el único camerino que había en todo el club. Carlos había bajado hasta el sótano y debajo de una pálida luz había hallado la puerta del camerino. Había girado el pomo y había visto medio desnuda a Kelly y a otra mujer que no hizo caso de la presencia masculina de Carlos. A Carlos le molestó la luz mortecina y apagada de las bombillas del techo y de las paredes. Hacía que la piel y el cuerpo medio desnudo pareciese tan mortecino y apagados como ellas. Como si de los cuerpos no surgiese ni pizca de vida. Y al oír aquellas palabras el enfado y la ira que Carlos sentía desde hacía algunos días desapareció. Hasta se compadeció del aspecto cansado y avejentado de Kelly. Ya no le parecía tan hermosa como el primer día en que la había visto.

-Lo que no comprendo es por que lo has hecho -dijo como buscando algún tipo de explicación. Kelly le miró descarada y se encogió de hombros. Sus pechos aparecían tersos e inmaculados.

-¿Qué por qué? -Le preguntó ella- ¿es qué no te has dado cuenta? No tenía nada de dinero. No soy una cabrona como puedas pensar, pero tengo que sobrevivir sea como sea. Lo que me pagan aquí es una miseria.

-¿Lo dices en serio?-le preguntó Carlos- creía que eras una mujer honesta y que nunca me engañarías...

-Claro que lo soy -dijo molesta Kelly- pero ya te lo digo tengo que sobrevivir.

-Ese hombre del motel, ese tal Haroldo me dijo que eras una perra, y que no me fiase de ti ni un pelo. -Kelly se echó a reír- ¿de qué demonios te ríes, es que no te das cuenta de que te puedo denunciar? -Y al decir la palabra denunciar la segunda mujer que acompañaba a Kelly salió del camerino y los dejó solos- ¿quién era esas mujer, una compañera tuya?

-Me río porque Haroldo hace años que anda detrás de mí, es un pobre desgraciado, un pervertido. No quiero saber nada de él. Hace todo lo posible por joderme la vida. En las ciudades pequeñas es lo que ocurre todos quieren joder a todos, creo que lo hacen nada más que por aburrimiento. Yo sólo quiero ganarme la vida. Y lo hago con lo único que tengo. Con mi cuerpo ¿es que es eso tan grave, Carlos?

-No claro que no, Kelly -le dijo desconcertado Carlos. Kelly se vistió rápidamente y miró con pasión a Carlos.

-Tú me gustas, Carlos -le dijo- vayámonos de aquí. Olvidemonos del resto del mundo. Que los únicos que quedan seamos nosotros solos -pero el camerino olía a humedad, a sudor y a olvido. Y Carlos no tenía deseo alguno de rozar siquiera el cuerpo esbelto de Kelly.

-Sí, tienes razón -le dijo Carlos- reblandecido por las palabras de desvalimiento de Kelly. Y fue cuando los dos salieron hacia el callejón, donde no había nada, solamente dos paredes de ladrillo sucio, que Carlos se atrevió a ceñirla por la cintura y besarla con fuerza. Era lo que más deseaba, ahora que estaban en la calle.

Mientras se besaban Kelly le decía lo sola que sentía y Carlos le dijo que él era un paria para la sociedad, un renegado. Que nadie contaría con él para nada. Había perdido a amigos y solamente podía contar con sigo mismo.

-Si desconfío de ti no es por lo que haya dicho Haroldo. Sino porque sé que todo el mundo hará todo lo posible por hacerme daño. Por joderme. Tú me gustas, pero me he dado cuenta de que lo mejor que puedo hacer es vivir por mi cuenta. Vivir solo, como un cimarrón. Ya sabes, como un animal doméstico que se vuelve salvaje. Por eso no quiero hacerte daño. Y no me importa que te hayas robado el poco dinero que me quedaba.

-Es igual -le dijo Kelly- los dos somos como dos animales perdidos, muy semejantes. No era mi intención haberte engañado. Siempre me pasa lo mismo. Al poco tiempo me arrepiento de lo que acabo de hacer. Pero gracias al dinero que te robado he podido pagar el apartamento donde vivo. No tengo el valor de marcharme de esta ciudad. La detesto. En una gran urbe sé que tendría más oportunidades de ganarme la vida, de ser alguien, pero aquí entre estos callejones no soy nada más que un gato vagabundo -parecía que Kelly estaba a punto de llorar pero Carlos la tomó por las mejillas y la volvió a besar.

-Podríamos llevar una vida los dos juntos. A ti no te importa que yo haya salido del presidio. A mi no me importa que seas una ladrona o que muestres tu cuerpo en un club. -le cogió con fuerza la mano y Kelly le acarició los cabellos. De pronto empezaba a llover. Pero eran unas gotas que mojaban un poco el pelo y los hombros. Kelly se había desnudado como hacía en el club y la ropa estaba sobre el suelo. En la calle Kelly volvía a ser la muchacha hermosa y con luz que Carlos había conocido días atrás. Kelly se apretó contra el cuerpo de Carlos y permanecieron así durante largos minutos. Luego Carlos cogió las ropas de Kelly- será mejor que te vistas. Hace algo de frío.

-¿No quieres follar conmigo? -Le preguntó preocupada Kelly.

-Aquí no, ahora no -le dijo Carlos. Kelly se vistió con celeridad. La lluvia seguía cayendo sobre ellos y los dos tenían los cabellos calados por el agua. Pero los dos sonreían misteriosamente como si de repente hubieran descubierto un gran secreto. Se alejaron del club. Caminaron hacia el motel y cuando pasaban debajo de algún puente de piedra se detenían y se besaban y luego seguían caminando.

Haroldo les sonrió cuando los vio llegar. Pero Kelly le lanzó una mirada taciturna. Haroldo estaba apoyado contra una esquina a resguardo de la lluvia y no le extrañó que su querida Kelly apareciese al lado de Carlos. Lanzó un silbido y Kelly se le aproximó. Parecía como si fuese a abofetearlo. Pero Kelly no mofó un solo músculo cuando pasó a su lado.

-¿Es que no quieres hablarme? -Le preguntó Haroldo de un modo descarado.

-Tú serías la última persona con la que hablaría en este mundo. Olvídate de mí, Haroldo. -Y Kelly corrió a meterse en la habitación de Carlos. Carlos por su parte quedó al lado de Haroldo.

-¿Por qué no dejas de molestarla? -Le dijo a Haroldo.

-¿Molestarla? Pero si es ella la que aparece por aquí cada tres por cuatro. Me pide dinero pero no me da nada a cambio.

-Kelly no es una puta -le dijo Carlos y cogió a Haroldo por las solapas y lo empujó contra el muro. Haroldo sonreía.

-Claro que lo es -pero Carlos no le hizo el menor caso. Caminó hacia su habitación y cuando entró cerró la puerta. Vio a Kelly metida en la cama. Eran casi las dos de la madrugada. El tiempo había pasado muy rápido. Carlos se desvistió. Permaneció con los ojos abiertos hasta que amaneció. Estuvo pensando en las palabras que le había dirigido a Kelly que permanecía desnuda a su lado profundamente dormida, hasta le parecía que podía oír los latidos de su corazón. Claro que no podía ir con ella. El no era nada más que lo que le había dicho, un paria, un renegado. No podría vivir ya con nadie más. Ni tan siquiera con la solitaria de Kelly. Entonces se levantó y se vistió. Tapó bien el cuerpo de Kelly y salió a la calle. Como si fuera un oso hibernando, Haroldo seguía en el mismo sitio. Sentado en una silla y fumando pitillo tras pitillo.

-Sabía que no tardarías en venir. Además te espera el trabajo. ¿Qué ha sido de Kelly?

-Tu bien lo sabes. Sigue en la habitación. Yo me largo.

-¿Te largas? -Dijo sorprendido Haroldo que se levantaba de la silla y se rascaba el pecho- eso si que no me lo esperaba.

-Este sitio no es para mi. 

-¿Entonces que harás?

-Iré hacia el norte. No me importa el frío. -Y Carlos sonrió. Junto con él llevaba su bolsa de viaje- lo que me gustaría saber es si todavía me debes algo de dinero. Es más bien para aclarar las cuentas. No estoy seguro -Haroldo se removió contra el muro. Echó mano a su cartera y sacó unos sesenta euros. Se los puso en la mano a Carlos.

-No te puedo dar más. Además sé lo que vas a hacer con ellos. -Y Carlos asintió. Los dos se dieron la mano y Carlos fue hasta la habitación. Kelly seguía dormida. Y en la mesilla dejó los sesenta euros que le había dado Haroldo. Luego le echó una última mirada a Kelly. Luego cerró la puerta y emprendió de nuevo su camino. 

Se alejaba de la ciudad. Se alejaba del presidio, se alejaba de los tormentos sufridos los últimos años. Con su vieja brújula en la mano se dirigía hacia alguna ciudad del norte. No importaba cuál de ellas. Sólo pensaba en el frío, en la nieve, y que en algún lugar por fin dejase de pensar que era un renegado.

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